domingo, 27 de marzo de 2011

LA ORQUESTA CONTAGIOSA DE LA CALLE LA MORMERA

Este cuento fue escrito en 1994. Lo encontré por suerte en papel y le pedí a mi hija Laura que lo transcribiese al ordenador, cosa que ella hizo con mucho gusto. Por eso, le dedico este cuento a mi hija Laura Frías.



    En la calle la Mormera nunca pasaba nada. Era tan tranquila que hasta los planos, a veces, se olvidaban de ella.




     Los policías echaban allí la siesta, porque nadie los molestaba.



    Los abuelos y las abuelas se pasaban también allí las tardes porque no había ruidos de motos y podían jugar al tute o hacer escarpines de lana.




    Hasta el sol, al pasar por ella, se paraba un ratito a descansar.




    El viento cruzaba de puntillas para no romper la calma y la lluvia, cuando caía, ni se notaba.
    Todo era calma en la calle la Mormera. Pero, cierto día ocurrió algo especial. Aquello fue muy, muy extraño. Nadie se lo esperaba.




    
    Fue en el número siete de la calle la Mormera, una casa de siete pisos tan tranquila como las otras.
    Aquel día hacía muchísimo calor. Las ventanas y las terrazas estaban todas abiertas.






    La bebé del primero, sentada en su silla, cogió una cuchara y un biberón de vidrio.
    CLONC, CLONC, sonaba la cuchara al golpear contra el cristal.
    A la bebé del primero le encantaba aquel CLONC, CLONC. Siguió produciéndolo porque así pasaría más rápido el tiempo hasta la hora de comer.
    Qué bien sonaba:
    CLONC, CLONC, CLONC.




    En el segundo piso, un niño también hambriento se encontró una bolsa de pistacho.
    Se sentó delante del libro de geografía y se puso a estudiar las capitales de Europa. ¡Cuántas eran!  
    Mientras tanto, partía con los dientes el pistacho:
    CROC...CROC...CROC...CROC.






    En el tercer piso no había nadie en casa y un grifo goteaba aburrido.
    BLOB...BLOB...BLOB.
    Necesitaba una pieza nueva porque el agua se escapaba gota a gota. Saltaban al lavabo una tras outra.
    BLOB...BLOB...BLOB.





    En el cuarto piso se estropeó un viejo reloj de cuco. 
    El cuco ya non sabía dar las horas justas o las medias. Sonaba cuando le apetecía. 
    Había enloquecido...
    CU-CU...CU-CU...CU-CU...





    En el quinto piso, un maquinista echaba la siesta. Había estado toda la noche conduciendo un tren perezoso.
    Ahora estaba echado en el sofá, con la boca abierta como la chimenea de una locomotora.




    Cada vez que aspiraba, sonaba:
    GHRUUUNFF...GHRUUUNFF...



    En el sexto piso, una estudiante de bachillerato pasaba un trabajo sobre las arañas a máquina.
    Como era muy lenta, daba a las letras una vez cada mucho tiempo.





    TAC    TAC    TAC    TAC


     En el séptimo piso, vivía un músico de poca fortuna.
     En ese momento no estaba en casa. Había salido a comprar el periódico para buscar trabajo en los anuncios.





     Vivía en un pisito reducido, donde todo era pequeño, con partituras e instrumentos viejos por todos lados.
  


    Una guitarra, en un rincón, hacía de perchero.



    Una trompeta colgaba como si fuese un cuadro.




    Un tambor servía de mesa.




    Un piano, cubierto con una manta, era la cama.




     De noche, el músico miraba a la luna y las estrellas en busca de inspiración.
     El músico tenía talento, pero no tenia suerte alguna.
     Necesitaba encontrar algo distinto, especial.


     Aquel día, en la calle la Mormera, nada fue igual.



    Los policías se despertaron de la siesta.




     Los abuelos dejaron de jugar a las cartas y las abuelas de hacer punto.



    El sol se detuvo en el cielo...




      Aquel día, la casa número siete producía muchos ruidos al mismo tiempo:




    CLONC, CLONC,




    CROC...CROC...




    BLOB...BLOB...




    CU-CU...CU-CU...




    GHRUUUNFF.......
  

    TAC    TAC    TAC


    Pero, enseguida, empezaron a sonar todos mezclados:
    CLONC,  CLONC...GHRUUUNFF-TAC
    CROC...CU-CU...CROC...-TAC
    BLOB, CROC, CLONC..........GHRUUUNFF
    TAC. CU-CU    TAC    TAC
    Sonaba tan extraño.



    Hasta los gorriones, al oírlo, dejaron de construir sus nidos.
    Como tenía ritmo, los pájaros movían sus cabezas.
    CLONC, CLONC...GHRUUUNFF-TAC




    Llegó entonces el músico del séptimo piso. Oyó los ritmos que surgían de la casa, los siguió con los dedos y lanzó el periódico al cielo que se convirtió en palomitas, barcos e aviones de papel.
    Daba saltos de contento gritando:
    — ¡Eureca! ¡Lo encontré!
    Se sacó un cuaderno del bolsillo.
    Le sacó punta al lápiz casi gastado.




    Trazó cinco líneas de un pentagrama y apuntó los sonidos que salían de su edificio.
    Acababa de nacer la Sinfonía la Mormera.
    Ahora el músico es famoso.
    Compone una obra casi todas las semanas.
    El anota los ruidos que, a veces, hacen sus vecinos todos juntos.



    Pero cuando nada suena, los policías, los abuelos y las abuelas disfrutan del silencio.


© Texto: Xavier Frías Conde
© Ilustracións: Valadouro 
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