miércoles, 4 de abril de 2012

CUANDO CHILLAN LAS GAVIOTAS


Las gaviotas del barrio de Fontecadelas tenían fama de ser las gaviotas más ruidosas de todo el continente europeo. No había manera de hacerlas callar. Cuando se ponían de acuerdo para chillar todas al mismo tiempo, los vecinos se desesperaban y, si eran horas de dormir, nadie dormía... bueno, nadie, no, don Claudio sí, porque era sordo del todo y ya podían disparar un cañón al lado de su oreja que se pensaba que era un mosquito. 

Los vecinos hicieron juntas y juntas para tratar el tema, pero nadie tenía la menor idea de cómo se podía hacer callar a las gaviotas. Tampoco se podían molestar, porque había una ley que impedía hacerles cualquier mal, por lo que la propuesta de ponerles un trozo de esparadrapo alrededor del pico a todas ellas no pudo ser llevada a cabo, aunque contara con el apoyo de todos los vecinos. 

Por eso, pusieron un anuncio en el periódico que decía: «Comunidad de vecinos del barrio de Fontecadelas busca experto que acabe con el caos de los cantos de las gaviotas sin molestarlas». Solo hubo una respuesta a aquel anuncio y llegó de la mano de una joven muy delgada con los cabellos rizados llamada Lucía Dapena, y un poco de pena sí que daba verla. Ella dijo a los vecinos en una junta que acabaría con su problema por solo quinientos euros y una bolsa de palomitas de maíz a colores. 

Los vecinos aceptaron. Nadie, sin embargo, sabía qué es lo que iba iba a hacer. Creyeron que, tal vez, tendría algún método secreto o que, a lo mejor, se podía comunicar telepáticamente con las gaviotas para convencerlas de que se callaran. Pero no ocurrió nada de eso. Apareció vestida de directora de orquesta, con batuta incluida. Se plantó en medio del puerto, que era donde estaban la mayoría de las gaviotas y empezó a agitar la batuta como una loca, a toda velocidad. Las gaviotas no la perdían de vista, de manera que el resto de gaviotas del barrio se concentraron en el puerto hasta formar un semicírculo. Comenzaron todas a chillar, con lo cual los vecinos pensaron que llegaba el fin del mundo, pero, poco a poco, los chillidos fueron convirtiéndose en cantos harmónicos, rítmicos, agrupados, con tonalidades suaves. Y la joven dirigía aquel coro de gaviotas, haciendo entrar a unas y callar a otras, distinguiendo entre tenores y sopranos... 

Al final, acudieron los vecinos para aplaudir y las gaviotas bajaron la cabeza desde lo alto de los edificios para agradecer los aplausos. Había Sido un concierto espectacular. Tanto fue así, que poco tiempo después la televisión fue a transmitir el concierto de gaviotas y, poco a poco, comenzaron a llegar los turistas para disfrutar de aquel espectáculo de chillidos de gaviota en concierto. 

Y aquello habría acabado bien de no ser porque, después de conseguir armonizar los cantos de las gaviotas, Lucía Dapena decidió cambiar de aires y marchar lejos de allí para dedicarse a enseñarles a los pingüinos a  jugar al voleibol. Y el problema ahora no es que las gaviotas chillen caóticas como antes, sino que, cuando intentan dar un concierto, desafinan horrorosamente, lo cual es aún peor.


© Frantz Ferentz, 2012

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