lunes, 25 de junio de 2012

LA ABUELA INVISIBLE



   — Mamá, yo quiero tener un abuelo. 
   — Cariño, por desgracia todos tus abuelos murieron hace tiempo y eso no tiene solución. 
    — ¡Ya, pero yo quiero un abuelo, o una abuela! 
   Esa conversación se repetía todas las semanas entre Camila y su madre, la señora Apis. Y seguro que la cosa habría continuado igual hasta que Camila llegase a la adolescencia, que es cuando la gente cambia de intereses y se dedica a hacer otras cosas. 
    Pero no sucedió así. La cosa fue... diferente. Es complicado de explicar. Veamos, a partir de un cierto día, Camila dejó de decir que quería tener un abuelo o una abuela, simplemente empezó a hablar de su abuela María, como si fuera real. Decía cosas como: 
    — Dice la abuela María que para que las espinacas sepan mejor, hay que hacerlas con bechamel. ¿Mamá, me haces las espinacas con bechamel? 
    — Dice la abuela que para evitar que me piquen los mosquitos en los brazos, que me ponga vinagre.
    — Dice la abuela que me va a enseñar a hacer tarta de manzana y arroz con leche... 
    Era tanto lo que hablaba Camila de su abuela María que los padres decidieron llevarla al psicólogo de la escuela. La psicóloga, una señora muy estirada que sabía mucho de lo que decían los libros sobre la mente de los chavales, le hizo un montón de preguntas, le hizo mirar unas manchas extrañísimas sobre el papel y le preguntó si veía algo en ellas, como murciélagos, pero a María le parecían cagadas de mosca. 
    La psicóloga, después de sumergirse en docenas de libros muy sabios, llegó a la conclusión de que la niña se había inventado una abuela. Sí, una abuela invisible. De la misma manera que otros niños inventan amigos invisibles, Camila se había inventado una abuela invisible que era lo que más deseaba tener. Y a continuación dio unos buenos consejos a la señora Apis: 
    — Tenga paciencia. La niña se ha inventado una abuela invisible porque no tiene abuela real. En casa no le digan nada, háganse los tontos, díganle que sí, sin molestarla. Verán cómo, con el paso del tiempo, la niña se olvida la abuela en cuestión
    — ¿Está segura de eso? — le preguntó la madre algo preocupada. 
   — Pues claro, ¿para qué se cree que he hecho yo tantos estudios? La mente humana no tiene secretos para mí, y menos aún la mente infantil — le respondió la psicóloga estirada mientras acompañaba a la señora Apis hasta la puerta. Además, preparó un informe completísimo, de noventa y siete páginas con gráficos a colores, para la maestra de Camila, Manuela, para que supiera tratar aquellos síntomas. 
  Pero Manuela, cuando recibió aquel informe gordísimo, ni lo hojeó. Tenía todo el aspecto de ser insoportable, como leer las páginas amarillas. Además, vio que el tamaño de aquel ladrillo de papel era ideal para ponerlo debajo del monitor de su ordenador y así tenerlo a una altura ideal; por tanto, lo usó para eso.    Y ahí se quedó el informe de la psicóloga por los siglos de los siglos. 



* * *



    Mientras, Camila seguía hablando todo el día de su abuela, de las cosas que aprendía de ella, de las historias preciosas que le contaba. Era una maravilla. La niña estaba más contenta que nunca. A la madre gustaba de verla así de satisfecha, pero no dejaba de preguntarse si aquello sería bueno. ¿No acabaría loca y encerrada en un manicomio? Hasta con los tíos y con el resto de la familia hablaba de la abuela María como si acabara de estar con ellos. 
    La señora Apis volvió a hablar con la psicóloga estirada para manifestarle su inquietud, no fuera que ella, por casualidad, se hubiera engañado levemente.
    – No, señora –le respondió ella indignada, porque nunca no se equivocaba, faltaría más–. Lo que pasa es que su hija tiene un síndrome de ausencia de figura ávica endogámica severa. No es fácil de detectar, porque es aún muy pequeña y esta enfermedad tiende a manifestarse cuando los niños ya tienen unos doce años y su hija aún tiene diez... 
    – Puede ser, pero ella es muy precoz –quiso insistir la madre. 
    – No me replique, aquí la experta soy yo –concluyó la psicóloga irritada, de modo que la mamá de Camila se tuvo que marchar por donde había venido sin haber resuelto nada. 
    Y así, la señora Apis, muy desesperada, se fue a hablar con la maestra de la niña, Manuela. 
    – Pues como le digo –explicaba la madre de Camila–, estoy muy preocupado por las fantasías de mi hija, que como ya debe saber, se ha inventado una abuela como quien se inventa un amigo invisible. Y fíjese que hasta dice que le ha enseñado a hacer tarta de cerezas y a tejer jerséis de lana... No sé de donde se saca todo eso, sinceramente. De mí no, porque yo ni sé hacer tarta de cereza ni tejer. 
    La maestra no le quitaba los ojos de encima. Cuando acabó de hablar, le preguntó: 
    – ¿Y se lo ha preguntado a ella? 
    – ¿A la niña? No, para qué, si ella va a decir que todo se lo cuenta su abuela. 
    – No, yo quería decir que si le ha preguntado como conoció a la abuela. 
    – Claro que no, es absurdo –explicó la señora Apis–, la niña se pasa todo el día en casa, no la podría haber conocido en la calle. Además, ya la tenemos bien avisada de que no siga a extraños por la calle. 
    – Entiendo. Sin embargo, hable con ella y se llevará una sorpresa, es lo único que le puedo decir. 
    Las palabras de la maestra sonaron misteriosas, enormemente misteriosas. 
    ¿Qué quería decir la maestra? Por si acaso, la señora Apis decidió que iba a espiar a su hija, aunque sonara extraño. 


* *


    Empezó a seguirla hasta la escuela. La mamá no era muy buena espía, se tropezaba con toda la gente porque solo tenía ojos para la hija, armando siempre buenas escandaleras, pero por suerte para ella, Camila nunca se enteraba de la presencia de su madre. 
    Sin embargo, todo parecía en orden, la niña no se encontraba con ninguna abuela. Por tanto, ¿dónde la podía ver, si es que se veía con alguien? Y entonces una luz le vino a la cabeza: el ordenador. La niña se pasaba horas y horas delante del ordenador, sola, sin control. 
    Qué error. Ni la madre ni el padre se ocupaban de la niña cuando estaba delante del ordenador. ¿Y si por casualidad algún pervertido se había hecho pasar una amable ancianita que fingía querer ser su abuela?
    La señora Apis iba a comprobar eso inmediatamente, aquella misma tarde, sin más tardar, cuando la niña, después de hacer las deberes escolares, se sentara delante del ordenador y empezara a navegar por la red... 
    Caminando de puntillas, procurando no hacer ruido alguno, se acercó al cuarto de la niña, abrió la puerta con mucho cuidado. Y desde el umbral, mirando por la rendija que dejaba la puerta al ser abierta, espió...
    Pero, de pronto, la voz de Camila dijo sin que la niña se hubiera girado:
    – Pasa, mamá, que te voy a presentar a la abuela. 
    La mamá se quedó de piedra. ¿Cómo era posible? Sin embargo, enseguida se enteró de que Camila hablaba con alguien a través del ordenador, alguien con voz auténtica de abuela, bueno, de persona mayor. Se acercó hasta su hija y se la quedó a mirando por encima del hombro de la niña. 
    Efectivamente, allí había una simpática anciana con gafas redondas en un cuarto cubierto de cuadros que hablaba con Camila. La anciana enseguida vio a la señora Apis y con una enorme sonrisa la saludó a través del ordenador: 
    – Buenas tardes, señora Apis. Como ve, soy una abuela real... 


* * *



    Seguro que os estáis preguntando cómo es posible que Camila tuviera una abuela así. Pues es bien sencillo. A Camila le había dicho su maestra que conocía una simpática abuela internauta –ella también era internauta– que vivía en una residencia de ancianos y estaba sola, porque ni sus hijos, ni sus nietos iban nunca a verla. 
    Camila contactó con ella por chat y ambas entablaron una relación real de abuela y nieta. La abuela le enseñaba docenas y docenas de cosas, le daba recetas, le explicaba cómo tejer, etc, y por su parte, Camila le contaba todo lo que le pasaba, porque era la única persona que la escuchaba de verdad. Como las nuevas abuela y nieta vivían a más de mil kilómetros de distancia, solo podían relacionarse por medio del ordenador, por internet, pero nadie hubiera negado que aquellas dos eran realmente abuela y hija, y así seguiría siendo por mucho tiempo... 
    Hasta que un día, la abuela Liliana se presentó con una bolsa de viaje en casa de Camila, de repente, sin avisar...
    Pero esa, amigos míos, esa ya es otra historia.

© Frantz Ferentz, 2012

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