sábado, 24 de noviembre de 2012

EL MONSTRUO DEL ARMARIO Y EL ATAQUE DE RAMIRA, LA NIÑA MÁS MIOPE


Artimulo era un monstruo del armario de lo más feroz. Ya asustaba con solo con abrir la boca y dejarse ver. No había ser humano que resistiera su presencia. Tanto era así, que se había convertida en legendaria su fealdad. 

Pero su brillante carrera se topó con un obstáculo importante. Fue el mayor desafío que tuvo en todos los siglos que se llevaba asustando. Aquello sucedió cuando conoció a Ramira, una niña muy corta de vista que usaba gafas, ero que era como si mirara a través de un papel, porque veía lo mismo, la pobre. 

La primera noche que Artimulo se plantó delante de la niña para espantarla, ella estaba sentada en la cama leyendo un libro que creía que trataba de hadas, pero lo cierto es que estaba leyendo un manual de Derecho Internacional del Siglo XVII, aunque lo mejor de todo es que la niña a veces se ría con lo que allí decían. 

El monstruo no llegó a abrir la boca. Solo extendió sus inmensos brazos para dar la apariencia de que su tamaño era el doble del que era (realmente los monstruos de los armarios no son muy grandes, tienen que caber en los armarios). La niña lo vio y se lo quedó mirando. Sonrió. Qué bonito, pensó Ramira, tengo un amigo... 

El monstruo no entendía aquella sonrisa, pero algo le hizo intuir que aquello no presagiaba nada bueno. Y no se equivocó, porque enseguida pudo comprobar que lo que se escondía tras aquella sonrisa era un ataque, algo contra lo que ningún monstruo doméstico estaba preparado, algo contra lo qué ni la bestia más brutal tenía armas, aunque no supiera cómo se llamara lo que allí estaba a punto de pasar... 

Ramira saltó de la cama, porque estaba mirando al monstruo desde allí, se fue hasta el cajón de sus instrumentos de belleza y comenzó a sacar todo lo que allí había. Después, se llevó todo entre los brazos y dejó todo su cargamento (armamento, podría decirse también) encima de la cama. Mientras, el monstruo permanecía inmóvil, atento a los movimientos de la niña. De repente, sin mediar palabra, Ramira se lanzó sobre el monstruo y comenzó a hacerle una especie de permanente sobre el pelo brutal de la criatura. Le puso bigudíes por todo el cuerpo. Para Ramira era genial, porque como todo el cuerpo estaba lleno de cerdas, podía hacerle la permanente al monstruo por todas partes. 

Artimulo no podía moverse. Estaba totalmente paralizado por aquel ataque que, ni en la peor de sus pesadillas, podría haberse esperado. Sin embargo, aquello no había hecho más que empezar, porque la segunda fase fue peor. La niña cogió las lacas y empezó a pasárselas por el cuerpo de él. Los rizos se quedaron como petrificados. Hasta perdió la movilidad el monstruo. Y a continuación, la niña decidió que era hora de teñirlo. Sin embargo, debido a su escasa agudeza visual, confundió la pintura con el tinte. 

Por eso, pintó, pintó con pintura de coches el pelo del monstruo por la espalda y por la cabeza, hasta dejarlo de un color amarillo fosforito muy visible. De hecho el monstruo no necesitaría en adelante un chaleco de automovilista, porque se lo veía a kilómetros de distancia. 

La niña estaba feliz. Qué obra de arte la suya. Qué mono aquel peluche gigante que le habían regalado. ¿Quién habría sido, la abuela? La pobre, siempre se le olvidaba la fecha de su cumpleaños y, por eso, le hacía regalos en cualquier momento. Era tan buena la abuela. Sin embargo, aquel peluche gigante era el más bonito regalo que le habían hecho nunca, pensaba Ramira. 

Artimulo, mientras tanto, continuaba inmóvil. Primero se había quedado paralizado por la sorpresa, pero después por la laca. Tenía que huir de allí, pero no podía ni mover un dedo del pie. Estaba a punto de amanecer y eso es tremendo para un monstruo del armario. De hecho, la gran mayoría de los monstruos domésticos evitan la luz del día, aunque algunas especies, como los monstruos del armario, tienen fotofobia, es decir, miedo de la luz. 

Y amaneció. Pero no cantó ningún gallo porque esta escena sucedió en una ciudad y en las ciudades no suele haber gallos, como máximo despertadores, pero no suenan igual de bien. La mamá de Ramira, que por suerte sí veía bien, aunque oía mal, entró en el cuarto para despertar a la hija para ir a la escuela. Lo primero que se encontró fue aquel caos de cosas de belleza desparramado por el suelo. Después se encontró al monstruo inmóvil en pie, al lado de la cama. Ella pensó, como la hija, que se trataba de un peluche gigante. No tenía ni idea de quién se lo había podido regalar, pensó en la vecina del sexto, que le tenía mucho aprecio a la niña y cuyo marido era fabricante de peluches de todas clases. 

Sin embargo, aquel era feo con ganas, hasta casi daba miedo, pero lo suavizaba la permanente y la pintura fosforescente de la espalda. La mamá de Ramira tiró de él y lo sacó del cuarto arrastrando. Lo metió en un armario empotrado en la entrada del apartamento, y se quedó allí encerrado. Después se fue a despertar a Ramira, quien le preguntó enseguida a la madre: 

— Mamá, ¿has visto tú mi peluche gigante? 

Y la madre, como oía más bien poco, entendió: 

— Mamá, ¿has pedido tú una pizza gigante? 

¡Qué barbaridad, una pizza gigante para el desayuno, que es la comida más importante del día. Esta niña era tonta. 

— No hija —respondió la madre—, que te vas a intoxicar... 

¿Intoxicar? ¿Acaso el peluche gigante era tóxico? La niña se asustó. Habría que decirle a la abuela que el próximo regalo que le hiciera tendría que llevar un certificado de que el producto no estaba intoxicado. Pero tal vez la madre se refería a la laca... Sí, seguro que era eso, que era un producto tóxico. 

Mientras, Artimulo seguía encerrado en el armario. Por un lado, estaba más tranquilo, porque al menos allí estaba en lo oscuro y lejos de aquella niña. ¿Qué sería capaz de hacerle luego? Aquella niña era un peligro, en toda su carrera de monstruo nunca había sufrido un ataque como aquel. Pensaba que hasta incluso estaba dispuesto a pedir ayuda a otros monstruos, aunque después ellos se rieran de él hasta caerse a cachos, pero era preferible pasar por la humillación de que se supiera que había sido derrotado por una niña corta de vista y que, por tanto, era imposible de asustar por los medios convencionales, que seguir en las manos de ella. De momento, estaba a salvo. 

Todo era cuestión de que aquella maldita laca se fragmentara... Ya podía empezar a mover las garras de la pata derecha. Tendría que aguardar pacientemente a que llegara la noche. 

Y la noche llegó. Y con ella Ramira. Volvió al atardecer, después de haberse pasado el día en la escuela, después en el curso de pintura con las orejas y, finalmente, en el curso de natación en fango. La niña dejó los zapatos en el armario empotrado de la entrada y, oh sorpresa, reconoció a su muñeco de peluche allí depositado. Tiró de él de un brazo y lo arrastró hacia su cuarto. Era fácil hacerlo resbalar por el suelo todo encerado de la casa. El pobre de Artimulo se temió lo peor. Aquello no iba a acabar bien. Apenas había conseguido recuperar la movilidad en las garras de la segunda pata. A aquel ritmo no recobraría la movilidad completa hasta pasados diez años...

La niña dejó al monstruo en su cuarto, en lo oscuro y se fue a cenar. Cuando volvió, traía una afeitadora del padre en la mano. 

Horror. Comenzó a hacer lo que nunca ningún monstruo peludo doméstico podría ni imaginarse en toda su vida. La niña empezó a depilarlo. Sí, porque ella pensaba que un peluche de aquel tamaño no podía seguir con aquellas greñas, aunque ella misma le había hecho la permanente la noche anterior, pero ni se acordaba de eso, porque tenía una vida muy ajetreada. El monstruo, mientras, contemplaba con horror cómo su pelo iba cayendo al suelo y formaba una alfrombra... Hasta sintió ganas de llorar, pero los monstruos no lloran... Alto, ¿quién ha dicho eso de que los monstruos no lloran? ¿Está por casualidad escrito en algún manual de leyes monstriles? 

- Ya está -anunció la niña cuando acabó el proceso una hora después. 

Si queréis saber cuál era el aspecto del monstruo pelado, eso ya es algo que este narrador no puede describir. Por pudor, es mejor que eso quede en secreto. Este narrador solo pode comentar que, cuando dos horas más tarde, la madre entró en el cuarto para arropar a la niña, se encontró aquel pelo por el suelo. No entendía de dónde había salido, pero como era una señora muy hacendosa, metió todo en una bolsa de plástico enorme. Tenía intención de trirarlo a la basura, pero algún tiempo después se dio cuenta de que aquel pelo era ideal para rellenar un colchón, bueno de hecho varios. Hoy, en la casa de Ramira, toda la familia duerme en colchones de pelos de monstruo del armario, pero ellos no lo saben. 

Pero volviendo a nuestra historia, Artimulo empezó a tener una sensación que nunca antes había experimentado, una sensación totalmente nueva para un monstruo: ¡comenzaba a sentir frío! Y aquella era una sensación totalmente desconocida para los monstruos, pues todos ellos están cubiertos por una gruesa capa de pelo que los protege. De hecho, nadie ha visto a un monstruo depilado. 

Y claro, el frío provocó que el monstruo Artimulo estornudase: "¡Atchís!" 

La madre de Ramira, que había oído aquel estornudo, lo confundió con la pesa de la olla exprés en la cocina. Salió del cuarto de la hija para ver si, por si acaso, se le había olvidado la olla en el fuego. Gracias a eso, no descubrió el monstruo inmóvil en una esquina oscura del cuarto de su hija. 

Pero también es cierto que, gracias a la depilación, el monstruo fue poco a poco recuperando la movilidad. Sin embargo, no se podía marchar de allí así, sin pelos, no tanto porque algún otro monstruo podría explotar a carcajadas al verlo, sino por el frío tremendo que tenía. Así, salió del cuarto de puntillas para no ser oído por la madre —el pobre no se había enterado de que ya podía derrumbar una pared que la madre pensaría que se trataba de unos platos cayendo en la cocina— y se fue al salón. Después se fue al baño. Allí se encontró un albornoz detrás de la puerta que parecía muy cálido. 

Se lo puso sin pensárselo. Por fin estaba entrando en calor.Cuando ya estuvo más o menos recuperado, buscó un armario, que es el vehículo de transporte de estos monstruos (¿o por qué pensáis que los llaman monstruos de los armarios, porque los fabrican?). La puerta del armario del baño crujió, pero consiguió meterse dentro, entre unas cajas de aspirinas y unos frascos de colonia de bebé que, por casualidad estaban mal cerrados y empaparon la piel del monstruo según se iba, con lo cual quedó impregnado de un olor a culito de bebé durante varias semanas. 

Podríamos decir que ahí acabó la historia más terrible que Artimulo vivió en su vida. Y fue así. Pero es cierto  que, desde aquel día, Artimulo ya no pudo dedicarse a lo que se dedican todos los monstruos de los armarios. 

Entre otras cosas porque no le creció el pelo de nuevo, contra la creencia de que los pelos vuelven a crecer. Eso será entre los humanos, pero no entre los monstruos. Artimulo tuvo que usar pieles sintéticas para cubrirse el cuerpo. Se pasó algún tiempo probándose pelambreras artificiales por tiendas de toda la ciudad. Sin embargo, ninguna lo convencía lo suficiente, así que decidió diseñarlas él mismo. Y fue tal el éxito de sus diseños, no solo entre los monstruos, sino hasta en el mundo de la moda humano, que ahora es un diseñador de modas de fama mundial tanto para humanos como para monstruos, aunque en ese sentido lleva una doble vida. Sin embargo, no queráis saber cuál es su nombre humano, porque ese es uno de los secretos mejor guardados. 

Artimulo quiso agradecerle a Ramira que le cambiase la vida. Por eso, una noche volvió al cuarto de la niña a través de su armario. La encontró durmiendo plácidamente abrazada a un monstruo de los cajones, una especie más pequeña que el monstruo de los armarios cuya especialidad es asustar desde detrás de la almohada. Sin embargo, aquel estaba todo teñido de naranja, ciertamente fosforescente, y vestido con un vestido de muñeca que lo inmovilizaba. Sintió pena del monstruito, así que lo liberó suavemente de los brazos de la niña y después le quitó el vestido que lo aprisionaba. A continuación, aquel monstruito desapareció por un cajón abierto para no volver nunca jamás a aquella casa. 

Artimulo cogió luego un estuche que llevaba en el bolsillo. Sacó un par de gafas de él y las cambió porlas gafas de Ramira. Había comprendido que aquella niña no podría nunca reconocer la realidad tal como era, porque todos los pares de gafas que le hacían eran un desastre. Así pues, el bueno del monstruo, como prueba de agradecimiento, le iba a regalar aquellas gafas especiales para ella. Y una vez hecho el cambio, volvió a meterse en el armario y desapareció para siempre de la vida de Ramira. 

A la mañana siguiente, cuando la niña abrió los ojos, lo primero que hizo fue ponerse a buscar su par de gafas en la mesita. Casi se puso los vasos de agua en los ojos, pero descubrió a tientas dónde había dejado sus anteojos. Y cuando ya se hubo puesto las gafas, levantó la vista hacia la pared. Y entonces vio aquello. Era horrible, una criatura que construía casas en la nada, que escupía un tejido pegajoso y que la contemplaba con muchos ojos donde el rostro de la niña se reflejaba. Raimunda no pudo más y soltó un grito descomunal, un grito que hasta la madre sintió y acudió al cuarto a toda prisa. 

— ¿Qué tienes, hija? 

— ¡¡Mamá, mira ahí, en la pared, un monstruo, un monstruo!! —señalaba la niña hacia un punto negro en la pared de enfrente. 

La madre miró hacia allá. Lo único que vio fue una pequeña araña colgando que estaba aún más asustada que la propia niña y que corría hacia su telaraña en una esquina del techo.

Frantz Ferentz, 2012

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