jueves, 30 de julio de 2015

EL MISTERIO DEL MÓVIL DE EDID

   La oferta sonaba estupenda: móvil no solo inteligente, sino también ultrasensible. La tecnología estaba avanzando a un ritmo que iba a conseguir que los móviles tomasen sus propias decisiones.
   Tal vez fuese ese el motivo por el que Edid decidió cambiar su viejo aparato. Era escandalosamente viejo, tenía tres años y con una antigüedad así no conseguiría hablar bien enseguida con nadie. Además, los hijos de Edid le insistían para que acabase de cambiar aquel aparato y hasta la tienda de celulares para comprar aquel modelo que tanto anunciaban y se podía pagar en cómodos plazos durante veinte años.
   El vendedor, un tipo espabilado y de largos bigotes, sabía bien hacer su trabajo. Tenía una labia bien desarrollada que le permitía hablar sin tema durante tres horas, lo cual le resultaba muy útil para vender celulares de última generación.
   — La mejor selección, señora —empezó a explicar, mientras sus bigotes se movían por cada extremo para un lado, como si tuviesen vida independiente—. Este móvil ten función autoprogramable, retrorreciclable, con detector de idiotas, cronómetro inverso, chat con sintonizador de voz… bueno, bueno, tiene de todo, pero lo mejor es su extrema sensibilidad, que hace que, por ejemplo, usted lo llame, incluso estando apagado, se conecte automáticamente y responda lo que usted quiera. La frase que suena por defecto es: “Estoy aquí, cariño…”, con voz de hombre o de mujer según corresponda.
   — Mamá, este móvil es perfecto para ti.
   — Puede, pero a mí me basta con que se pueda hablar por él. ¿Se puede hablar con este?
   — Señora, se habla hasta del revés con una aplicación que lleva aquí que…
   — Déjelo, ande, me lo llevo.
  Y Edid se llevó el móvil a casa. En cuanto estuvo allá, abrió la caja que lo contenía, colocó la batería y enseguida el móvil se puso a funcionar. Se encendió una pantalla de bienvenida y una voz delicada e insinuante, dijo:
   — Hola, soy su nuevo teléfono móvil Pinkio 415. Encantado de servirle. Toque la pantalla para iniciar mi configuración.
   Edid tocó la pantalla porque era muy formal. Y entonces del aparato surgió un sonido extraño, un sonido como “gligligli” sin ningún resultado. Luego, la misma voz sensual repitió la orden:
   — Toque la pantalla para iniciar mi configuración.
   Edid volvió a tocar y de nuevo sonó “gligligli”.
   Se pasó así bastante tiempo, entre tocar la pantalla y el “gligligli” que no dejaba de sonar, sin poder avanzar. Desesperada, Edid recogió el teléfono y se lo llevó a la tienda, done el simpático vendedor con los bigotes de puntas independientes la acogió con una sonrisa de oreja a oreja que desafiaba todas las leyes de la anatomía.
   — Dígame, señora, ¿algún problema con su nuevo móvil?
   — Pues que no consigo configurarlo. ¿Podría probar usted?
   — Por supuesto.
   El vendedor del bigote tocó la pantalla y sonó un clink que enseguida activó todo. Después de atravesar varias pantallas, le pidió a Edid:
   — Señora, siga usted.
   Edid tocó la pantalla y enseguida se volvió a oír el “gligligli” de antes. Ahí la sonrisa del vendedor desapareció del todo. Él mismo tocó la pantalla y concluyó la configuración. Después volvió a pedir a    Edid que lo intentase ella.
  Y otra vez sonó aquel “gligligli” y el móvil no reaccionaba. Sin embargo, cuando tocaba el vendedor, todo funcionaba perfectamente, pero cuando tocaba Edid solo sonaba aquel ruidillo y el móvil no funcionaba, incluso la pantalla se oscurecía unas décimas de segundo.
    — No entiendo nada —confesó el vendedor que, por primera vez en su carrera e incluso en su vida, se quedaba sin palabras. 
    No obstante, en la mente de Edid se hizo la luz.
    — ¿No había dicho que este móvil es ultrasensible como ningún otro fabricado hasta ahora?
    — Sí.
    — Pues ya sé lo que le pasa. Usted toca la pantalla con fuerza, pero yo lo hago suavemente, por eso yo provoco en él una sensación que usted no provoca.
    — ¿Y cuál es, señora?
    — Cosquillas.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Imagen: Valadouro, 2015

NICO EL NICÓPTERO

    Sara contemplaba a su perro Nico. Era tan pequeñín que casi parecía que podía flotar. Recordó que por algún sitio había un invento del abuelo, un gorro que parecía que servía para que los animales pequeños pudiesen volar. Por eso, fue al arcón donde se guardaban los inventos del abuelo, que había sido inventor, pero nunca se lo tomaron muy en serio. 
    Entre las cosas del abuelo había un pequeño gorro con una hélice encima. Sara pensó que seguro que aquello era un gorro volador para perros pequeños como el suyo. Iba ajustado con una correa por debajo de la mandíbula. No se lo pensó dos veces. Sara le colocó el gorrito a Nico. A continuación apretó un botón que había en un lateral y la hélice comenzó a girar; luego, Nico se puso a volar por el cuarto.
    — ¡Nico, estás volando! —le gritó Sara.
    Efectivamente, Nico volaba por la sala y ladraba para mostrar su felicidad.
    — ¡Eres un nicóptero, o sea, un Nico volador! —le dijo ella entusiasmada.
    El perro volaba por la habitación mientras las hélices sonaban como las de un ventilador. De vez en cuando, Nico se golpeaba contra una pared, porque aquel invento del gorro con hélices no tenía timón para poder girar. Y claro, al final, aquello acabó siendo un desastre, porque Nico estaba cada vez más nervioso y ladraba. Algunos cuadros se cayeron al suelo, también un jarrón de la tatarabuela… Un desastre, tanto que acudió la abuela para ver cuál era la causa de tanto jaleo en la habitación.
    — Sara, ¿qué es todo esto? —gritó la abuela cuando vio al nicóptero ladrando e pasando por encima de sus cabezas sin control.
    — He cogido este invento del baúl del abuelo —explicó Sara—. Pensé que era para que vuelen los perros, ¿o no es para eso?
    — ¿Pero qué dices? Eso es un ventilador cerebral. Tu abuelo lo inventó para la gente, con el fin de que se les refresque el cerebro y así puedan pensar fríamente...
    Y justo en ese momento, el nicóptero enfiló por la ventana abierta y salió hacia el patio...

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Imagen: Valadouro, 2015

jueves, 23 de julio de 2015

LA HISTORIA DE ARIADNA, LA DRAGONA COQUETA

    Siempre, en todas las historias que tratan de dragones, estos animales son descritos como fieras sanguinarias que escupen fuego y asan a los caballeros que los atacan como si fueran pollos a la parrilla. Tampoco es que los caballeros quedasen en buen lugar, pues solían atacar a los dragones con la misma fiereza, provistos de una lanza y en escudo, sin importarles gran cosa la suerte que corriera el caballo que montaban, porque no atacaban a pie. Cuando un caballero conseguía evitar las llamaradas del dragón y clavaba su lanza en el pecho de la bestia, esta podía caer muerta, pero incluso así existía el riesgo de que el caballero no consiguiera alejarse a tiempo del cuerpo del dragón en su caída, en cuyo caso morían ambos y nadie contaba la hazaña, ni el dragón a sus nietos, ni el caballero a los suyos.
    En definitiva, se trataba de muertes estúpidas, pero hubo un tiempo antiguamente en que les gustaban estas cosas. No sé si el hecho de que ya no se vean más dragones responde a que acabaron con todos ellos, o si, en cambio, se cansaron de que los persiguieran y de alguna manera consiguieron pasar desapercibidos para los humanos. Hay quien cree mucho en esa segunda posibilidad, porque desaparecieron de un día para otro sin dejar huella, pero esa es otra historia que no vamos a tratar aquí.
    Hay muchas leyendas que hablan de relaciones entre humanos y dragones, pero existe una poco conocida que es la que te voy a contar aquí. Sucedió en algún lugar de la antigua Inglaterra, en alguno de sus bosques…

    ¿Es que Inglaterra es tan antigua que ni cinco generaciones de tortugas de esas alcanzan los trescientos años son más viejas que ella?

    Inglaterra es aún más antigua que todo eso y esta historia ocurrió hace mucho más tiempo de ese que dices de cinco generaciones de tortugas… Ten en cuenta que hace por lo menos mil años que no se ve un dragón sobre la faz de la tierra, así que esto sucedió mucho antes.
    Todo empezó en una familia de dragones corrientes. El padre y la madre –en eso no hacían diferencias– repartían su tiempo entre buscar comida y defenderse de los caballeros que, de vez en cuando, aparecían por el claro del bosque donde vivían para clavarles una lanza. En la familia, Ariadna era hija única y creció en un ambiente de presión, pues siempre un miembro de la familia tenía que velar mientras el resto dormía, para evitar así ataques nocturnos de los caballeros andantes, o más bien cabalgantes. 
    También a la joven Ariadna le llegó el turno de vigilar de noche. Al principio tenía miedo, porque no sabía si sería capaz de lanzar llamas contra un caballero que avanzase hacia ella al galope. Por eso, las primeras veces, en cuanto oía cualquier ruido cerca de ella, lanzaba llamaradas contra lo que se moviese. Como consecuencia de aquellos miedos, algunos conejos y ardillas acabaron churruscados.
    Una de cada tres noches, Ariadna se la pasaba despierta atenta a cualquier movimiento sospechoso. Poco a poco se fue acostumbrando a los sonidos de la noche, supo lo que era una lechuza, que sonaba muy distinto a un sapo, además de que la primera vuela y el segundo no. Gracias a los nuevos conocimientos que iba adquiriendo sobre el bosque, fue poco a poco perdiendo el miedo de lo que se le acercaba. Ya no largaba llamaradas contra cada movimiento que se producía cerca de ella.
    Era cada vez más valiente…

    Mira que yo también soy valiente, y mucho. No me da miedo lo que quiera haya ahí debajo de mi cama. 

    Quizá sea una rata.

    ¿Una rata? ¡Venga, eso sí que me da miedo!

    Que no, que es broma. Tal vez Ariadna, aunque fuese tan valiente, tuviese miedo de las ratas, no sé.
    Bueno, y volviendo a la historia, Ariadna se iba alejando cada vez más del claro, penetrando en el bosque, porque se sentía curiosa por ver lo que había más allá de la fronteras de su pequeño mundo. Como además era una dragona menuda, es decir, que era una cría de dragona, no tuvo problema para esconderse entre los matorrales.
    Fue así cómo descubrió que no lejos de donde vivían corría un arroyuelo en que se reflejaba la luz de la luna. A su orilla, una chavalilla acudía todas las noches y siempre hacía lo mismo. Se sentaba sobre los talones y pasaba el dedo por las rocas de alrededor. En ellas había una especie de tintes naturales con que la chiquilla se cubría el rostro y los labios. Después se contemplaba en las aguas serenas del arroyo y sonreía. Se veía tan guapa así. Después, se limpiaba la cara y se iba canturreando por el camino. 
    Ariadna enseguida comprendió que lo que hacía la chavala era algo que la ayudaba a sentirse bien, entendió que aumentaba su belleza, así que decidió probar ella también. ¿Es que acaso no tenía todo el derecho a sentirse bonita?
    Fue así como una noche, después de la chavalilla se hubiera ya ido, Ariadna se acercó al arroyo y contempló su rostro reflejado en el agua. Ella no sabía si era bonita o no, porque de hecho solo había visto dos dragones en toda su vida: su padre y su madre… y, bueno, también ahora ella misma reflejada en el agua. Pero como era una dragoncita curiosa, imitó los movimientos de la chica en la orilla del arroyo y se puso polvos de aquellas rocas por toda la cara con la ayuda de sus garras. Lo cierto es que aquello era lo más parecido a maquillarse.
    Y así, apareció una mañana por el claro del bosque donde vivía con sus padres. Cuando estos la vieron, pensaron que la dragoncita había pillado cualquier enfermedad grave, algo si acaso contagioso, por eso la mandaron para un rincón, lejos de ellos.
    – ¿Has comido algo en malas condiciones? –preguntó el padre.
    – ¿Has bebido agua con moho? –preguntó la madre.
    Ariadna tuvo que explicarles gritando que no estaba enferma, que solo había imitado a una niña humana que se arreglaba a la orilla del arroyo y que ella quería estar tan guapa como ella.
    – ¿Estás loca? –preguntó la madre–. Nosotros somos dragones, no humanos, no tenemos que estar guapos, ¿has entendido? Nuestra vida pasa entre cazar, dormir y defendernos de los humanos.
    Ahí Ariadna pensó que qué pena pasarse toda la vida haciendo solo esas tres cosas. Seguro que se podían hacer algunas más. Y a ellos que eran tan mayores, ¿no se les ocurría algo más? 
    Cada vez que a Ariadna le tocaba guardia, acudía al arroyo, se maquillaba y luego contemplaba el resultado en la superficie del agua si es que había luz de luna. Y fue en una de esas cuando apareció por allí la niña de la que había aprendido a maquillarse la dragona. Había llegado más tarde de lo habitual.

    Y la chavala se asustó, ¿verdad? Se puso a berrar como una desesperada pidiendo socorro y aparecieron campesinos por todas partes con hoces, guadañas y horas, ¿a que sí?

    Pues no, no fue así. La chavalilla se llamaba Sabry y lo cierto es que le hizo mucha gracia toparse con aquella dragona maquillada, así que se echó a reír.

    Venga, y ahora me dirás que la dragona no se ofendió y la lanzó una llamaada que dejó frita a la chica.

    No, no, no se ofendió. Al contrario, le gustó lo que veía y ambas se hicieron buenas amigas. Date cuenta que ni la niña ni la dragoncita entendían aquella extraña manía de sus respectivas especies de perseguirse y aniquilarse. Ellas se vieron como iguales, como compañeras de juegos.
    Así, a partir de aquella noche, cada vez que ambas amigas se encontraban a la orilla del regato, se maquillaban. Se hicieron buenas amigas, tanto fue así que primero Sabry maquillaba a Ariadna y luego Ariadna maquillaba a Sabry. Lo cierto es que se entendían muy bien y se lo pasaban en grande juntas. Se revolcaban por el barro de la orilla y luego se bañaban en el arroyo.
    Ariadna no quería que sus padres se enterasen de sus andanzas con Sabry, por eso solo la veía cada tres días, cuando le tocaba a ella la guardia.
    Y así transcurrieron varios meses, en buena compañía. La chica llegó a presentar a su hermano Bob a la dragona
    – Este es Bob –dijo Sabry–. Mis padres quieren que se convierta en caballero.
    Pero la cara de Bob no era precisamente la de un futuro caballero. Lo de atacar dragones provisto de escudo y lanza no parecía ser algo que le fascinara.
    Ariadna extendió su garra llena de polvos de maquillaje y se la ofreció a Bob.
    – No, él es un chico. Los chicos no se maquillan –le explicó Sabry.
    Ariadna no entendía por qué ella sí podía maquillarse para estar más guapa y él no, pero eran cosas de humanos y no iba a entrar en eso.
    Cuánto disfrutaron ambas durante varias semanas, también a veces acompañadas de Bob, que resultó ser un excelente constructor de cabañas de madera; con un hacha, podía construir casi cualquier cosa. Pero, un buen día, Sabry y Bob desaparecieron sin dejar rastro, ya no acudieron a la orilla del arroyo. Durante semanas, Ariadna los estuvo esperando, maquillándose sola, pero la chavala humana no volvió a aparecer. Le resultó muy triste a la joven dragona, porque había perdido a la única amiga de su infancia.

    ¿Y no conoció otros dragones con los que hacer amistad?

    Sí, claro que conoció, con el tiempo, pero nunca se olvidó de su amiga. Sin embargo, Ariadna se negó a dejar de maquillarse. Le encantaba hacerlo, por eso, cuando se fue encontrando con otros dragones, estos se reían de ella, no se la tomaban en serio. Ningún dragón entendía por qué Ariadna quería estar coqueta. Incluso con el tiempo, había aprendido a maquillarse muy bien, sabía destacar sus pestañas o le daba un brillo especial a sus labios. A ella le interesaba aquello más que ir achicharrando caballeros andantes matadragones.
    Su madre aún le decía:
    – Esa manía tuya de maquillarte en vez de asar caballeros cabalgantes va a ser tu perdición, ¡espabila!
    Aquellas palabras de la madre se hicieron realidad algún tiempo después, cuando ya Ariadna, como dragona adulta, se fue a vivir sola a una parte del bosque entre rocas. Buscó un sitio donde hubiese polvos de aquellos que le servían para maquillarse y, al mismo tiempo, un arroyo donde pudiera ver su reflejo. Al final lo encontró y allí se fue a vivir.
    Pero su calma no duró mucho, porque poco tiempo después de haberse instalado, coincidió en pasar por allí un caballero andante a lomos de un viejo caballo blanco que era el hogar de millares de moscas. Hasta el escudo que llevaba estaba lleno de golpes y todo mugriento, tanto que ni se sabía cuál era el color original.
    Ariadna estaba entonces maquillándose, probándose una especie de peluca hecha a base de musgo verde que le sentaba muy bien, porque le hacía juego con su color de ojos. Para eso, había enjugado el musgo con su aliento de dragona y después se había hecho una especie de tapete que se ajustó a la cabeza. ¡Qué mona estaba ella así! Fue entonces cuando oyó de repente una voz a sus espaldas que sonaba metálica, porque salía de debajo de un casco oxidado que le gritaba:
    – ¡Prepárate para morir, dragón del infierno!
    Pero, a continuación, una pieza de la armadura se cayó al suelo haciendo bastante ruido.
    Ariadna se dio la vuelta y vio a un caballero pésimamente armado, a quien la mitad de la vieja armadura se le estaba cayendo al suelo, mientras intentaba sujetársela de alguna manera, pero en aquellos tiempos no existía la cinta aislante.
    La dragona estuvo tentada de lanzar una llamarada contra aquel infeliz, pero no le gustaba la idea. Por otro, se trataba de su vida o de la de aquel humano.
    Así que se llenó los pulmones de aire y se dispuso a lanzar fuego…

    ¡Espera!

    Sí, justo eso fue lo que dijo el caballero.

    No, que digo que esperes tú, que tengo que ir al baño (…) Vale, ya está, puedes seguir.

    – ¡Espera!

    Eso ya lo has contado.

    Ten paciencia.
    Después de ese grito, la dragona detuvo su ataque, pero entonces le entró hipo, porque se había dejado todo el fuego dentro.
    Y ahí el caballero se quitó el casco de aquella armadura que ya era prácticamente una lata de conservas.
    – Soy yo, Bob –dijo–. Cuando te has girado, te he reconocido. Eres el único dragón que se maquilla.
    Ariadna soltó un gruñido que quería decir; “dragona, que soy una dragona”. Y luego soltó otro que Bob entendió perfectamente:
    – ¿Sabry? ¿Qué dónde está Sabry?
    Ahí Bob se dejó caer en el suelo y los restos de la armadura se desparramaron cada uno por su lado.
    – Llevo años buscándote –explicó Bob–. Mis padres me obligaron a entrar en la escuela de caballeros, aunque yo no quería. Sin embargo, Sabry me pidió que tne encontrase, por eso acepté ser caballero, para encontrarte, porque eres la mejor amiga que ha tenido nunca…
    En fin, fue muy emocionante, hasta me vienen ganas de llorar al contarlo…

    ¿Y qué pasó con Sabry? ¿Se murió o qué? ¿Se casó con alguien y se fue a vivir muy lejos? ¡Venga, cuéntame!

    Déjame un momento, que no puedo continuar. Se me ha metido algo en el ojo y se me saltan las lágrimas. Voy un momento al baño.

    Anda, vete y acaba la historia, que no puedo quedarme con las ganas de saber cómo acaba, porque ya me dirás tú si es normal que una dragona se maquille. ¿Dónde se ha visto cosa igual? No sé cómo puedes tener tanta imaginación para contar una historia tan increíble como esta… Hey, pero espera, ya entiendo. Tú dices que Bob podía hacer cualquier cosa con la madera, como tú, que eres el artesano con más fama de todo el pueblo, tanto que hasta haces exposiciones. Y luego está la dragona, que sabía maquillarse muy bien, que hasta le gustaba el verde: la abuela tiene los ojos verdes e incluso se pone pelucas verdes, es una gran maquilladora a la que siguen llamando de la televisión y de los concursos de belleza para maquillar… Claro, ahora lo entiendo todo, lo que me has contado es una fantasía de cómo conociste a la abuela, ¡que encima es muda! Es como la dragona, que tampoco habla.
    Pero aún me queda por averiguar una cosa: ¿quién es en realidad tu hermana Sabry?

    Ya estoy aquí. Pues bueno, si eres tan listo, adivina tú quién es mi hermana Sabry en esta historia. Y ahora, a dormir, buenas noches.

    Abuelo, no me dejes así… ¡quiero que acabes la historia, quiero que la acabes!

    Ya es muy tarde. Piensa en el nombre de quien tú dices que es mi hermana. Buenas noches.

    ¿Que piense en el nombre? Sabry, Sabry, Sabry, Sabry… si suena a… ¡brisa!

jueves, 9 de julio de 2015

CÓMO HABLAR INGLÉS COMIÉNDOSE LAS PALABRAS

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A Lu le había dicho su maestra que no podía seguir así con el inglés, que nunca lo hablaría bien si no aprendía a comerse las palabras.

– ¿Comerme las palabras? –preguntó Lu–. ¿Y eso cómo se hace?

– Has oído alguna vez cómo hablan los afroamericanos? Ellos sí que hablan bien. Se comen bien las palabras y su inglés es perfecto –dijo la maestra, que era una tipa la mar de rara–. Mientras no te comas las palabras, no hablarás bien inglés y, por tanto, no aprobarás.

Lu se quedó muy preocupada con aquellas palabras de su maestra. ¿Y cómo iba a hacer ella para comerse las palabras del inglés?

Ahí se topó con la abuela por el pasillo de casa, quien, aunque no tenía estudios, era una mujer muy sabia. Lu le contaba todos sus problemas.

– Con que tienes que comer las palabras –reflexionó en voz alta la abuela después de oír el relato de la nieta–. Escucha, de niña, mi madre, tu bisabuela, tenía un remedio infalible para comer cualquier cosa.

– ¿Y cuál es ese remedio?

– Miel de brezo.

Dicho y hecho. Antes de empezar las clases de inglés, Lu se llevaba un frasquito de miel de brezo que le proporcionaba su abuela. Se metía una cucharada en la boca y después se ponía a hablar inglés.

– Lu –le dijo al final la maestra–, no sé cómo lo haces, pero cada vez hablas inglés mejor, hasta te comes las palabas como un afroamericano. ¿Cómo lo has hecho?

Pero Lu no le contó su secreto. Sin embargo, cuando tuvo que aprender alemán, algún tiempo después, ya no le sirvió la miel de brezo, porque el profesor de entonces le dijo que para hablar bien alemán, tenía que aprender a hablar con hipo. Por eso, enseguida Lu gritó:

– ¿Abuelaaaaaa, cómo se provoca el hipo?

– ¿Cómo se quita?

– No, como se provoca...

Frantz Ferentz, 2015

lunes, 6 de julio de 2015

EL ATAQUE DEL DONUTOSAURIO

Cada vez que Fernán se comía un dónut, tenía miedo de oír unas potentes carcajadas a su lado y a continuación unos gritos que lo hacían sentirse avergonzado de comer, precisamente, dónuts.

La desgracia de Fernán era que le encantaban los dónuts y precisamente en eso varios de sus compañeros de clase encontraron un motivo para atacarlo todo lo que les apetecía. Se trataba de tres chavales tremendos, Pin, Dan y Gos. Con nombres tan graciosos no era de extrañar que los conociesen como los pindangos, uniendo las sílabas de sus nombres.

Los pindangos no dejaban cualquier ocasión para meterse con Fernán y avergonzarlo. Durante los recreos lo espiaban, no importaba dónde se escondiese, y en cuanto daba un bocado al dónut, empezaban las risas y los comentarios:

– ¡Fernán es un caníbal, socorro, se come a los de su especie!

– Fernán, Fernán, Fernán, no me comas, que podría ser tu hermano…

– ¡Para, Fernán, si no me comes, te concedo tres deseos!

El pobre Fernán no podía comerse un dónut en paz cuando estaba en el colegio. Tampoco tenía el valor de contar a nadie lo que le hacían los pindangos, pero no hacía falta, porque toda la clase estaba al corriente de ello y hasta les parecía divertido.

En casa, Fernán tampoco contaba nada. De hecho hasta la madre le decía que no comiese tanto dónut que ya se estaba poniendo bien gordo.

Probablemente las cosas habrían seguido igual, pero sucedió algo que lo cambió todo. Fue simplemente que los pindangos, a la vista de que lo que le hacían a Fernán se quedaba totalmente impune, decidieron dar un paso adelante para divertirse aún más.

Así, durante un recreo, aprovechando que los maestros intentaban separar a varios alumnos de una pelea, los pindangos rodearon a Fernán. En vez de reírse e imitar a un dónut a punto de ser devorado, se acercaron al chico, le arrebataron los tres dónuts que llevaba encima y con cada uno de ellos hicieron algo diferente.

El primero lo desmigaron en las manos y obligaron a Fernán a comérselo; el segundo lo mezclaron con salsa picante que llevaba uno de los pindangos y también obligaron a Fernán a comérselo; y el tercero salió volando hasta el tejado del colegio y estaban a punto de obligar a Fernán a subir a recuperarlo, cuando, por suerte, sonó la campana que anunciaba el fin del recreo.

Los tres pindangos se quedaron muy satisfechos, había sido todo un éxito y se sentían orgullosos de su “hazaña”. Querían sin duda repetirla lo antes posible, les bastaba con que Fernán volviese al colegio con más dónuts, tan sencillo como eso.

Pero Fernán no reaccionó como suelen reaccionar tantos chavales en su situación. No les fue con el cuento a los profesores y tampoco dijo nada en casa. ¿Para qué? No lo entenderían.

Aparentemente no hizo nada.

Aparentemente.

Sin embargo, aquella misma noche, Pin, Dan y Gos tuvieron el mismo sueño. Se trataba de un sueño horrible en que alguien llamaba a la puerta de su casa. Los chavales abrían y entonces entraba una criatura que espantaba de lo lindo. Se trataba de una especie de tiranosaurio, pero lo cierto es que no era un dinosaurio normal, aquel… aquel… ¡aquel estaba hecho de dónuts! Aquel dinodónut, o lo que fuera, los perseguía por toda la casa, destruyendo los muebles a su paso, rugiendo y abriendo una bocona llena de dientes afilados, que quizá fueran también de dónut, pero no iban a pararse a averiguarlo.

Sin embargo, la pesadilla prosiguió la noche siguiente. Resultó que los tres pindangos estaban en medio del campo y apareció nuevamente aquel monstruo de cualquier sitio y se lanzó a correr tras ellos. Los pindangos no hacían más que gritar de miedo, sintiendo el aliento del dónut del monstruo en la nuca. Se pasaron toda la noche corriendo y escapando del montruo, sin conseguir perderlo de vista.

Y aún la tercera noche volvieron las pesadillas. Por entonces, todo sucedía en un avión. Los tres chavales tenían que salir de la cabina y correr por las alas y el techo del avión, con el riesgo de caerse, siempre con el dinosaurio de donuts pisándoles los talones.

Claro, con tanto terror no habían podido descansar aquellas tres noches. Tenían unas ojeras que les llegaban a los pies. Acabaron confesando a los padres que se habían reído de Fernán y que aquello tenía que ser una venganza de aquel gordito de Fernán por haberse reído de él por comer dónuts sin parar. Era claro que no contaron más detalles…

Los progenitores de los pindangos, totalmente indignados, fueron a ver al director del colegio. Le iban a pedir que aquel Fernán respondiera por hacer magia negra sobre sus queridos hijitos, aquellas buenas almas que habían sido objeto de venganza por parte de aquel chaval insensible devorador compulsivo de dónuts.

El director, un hombre prudente, primero quiso hablar con Fernán y escuchar su versión. Para eso, lo convocó a su despacho y escucho atentamente lo que el chaval le contaba:

– Llevan todo el curso riéndose de mí porque como dónuts, eso es verdad –reconoció Fernán; luego, contó el último episodio.

– ¿Y por qué no se lo has contado a nadie? El acoso es una falta grave.

Ahí Fernán bajó la cabeza, sin decir una palabra. El director entendió que el chaval no quería que lo señalasen como un chivato.

Al día siguiente, el director mandó llamar a los progenitores de los cuatro chavales y les dijo:

– No hay pruebas de que Fernán causase esas pesadillas en Pin, Dan y Gos. Ademáis, ellos no han sido sinceros, no han contado toda la verdad de lo que le hacían a Fernán.

Los padres de los pindangos protestaron. Dijeron todo cuando lo que habían hecho sus hijos eran cosas de críos, pero que lo de Ferrán era pura brujería y que eso sí que merecía un castigo.

Entonces el director preguntó a los pindangos:

– Chicos, dibujad aquí la criatura que os perseguía.

Los pindangos, a pesar de ser malos dibujantes, consiguieron trazar una criatura con pinta de T-Rex, pero hecha a base de dónuts.

Mientras tanto, en otra sala, había pedido a Fernán que dibujase el monstruo que él creía que perseguía a sus compañeros de clase. Lo que Fernán dibujó fue una especie de T-Rex hecho a base de rosquillas.

Cuando los progenitores de los pindangos compararon los dibujos de sus hijos con los de Ferrán, saltaron inmediatamente:

– ¿Lo ve, señor director? ¿Lo ve? Es él quien crea las pesadillas en las cabezas de nuestros hijos. ¡Expúlselo ya!

Solo les faltó gritar que quemasen a Fernán en una hoguera, como se hacía siglos atrás con los brujos o con los que se consideraban brujos. Pero el director no hizo nada de eso. Colocó los dibujos en la mesa y pidió a todos los progenitores que los examinasen atentamente.

– ¿Es que no ven las diferencias? –acabó preguntando el director.

Pero aquellos ocho pares de ojos no veían nada de particular, solo cuatro tiranosaurios hechos a base de dónuts o algo así. El director tuvo que explicar:

– Lo que Pin, Don y Gos han dibujado es un roscosaurio, salta a la vista, porque es la criatura que los perseguía. En cambio, lo Fernán ha dibujado es un donutosaurio. Observen que es distinto, aunque sean especies emparentadas. El donutosaurio es más amarillo y está cubierto de azúcar. ¿Es que no lo ven?

Ahí los padres se callaron. ¿Qué iban a decir? No eran expertos en la materia.

Cuando ya los padres se hubieron marchado, el director aún pidió a Fernán que se quedase unos minutos en su despacho.

– Fernán, no te preocupes más. Esos tres no te molestarán más.

– Gracias, director.

Fernán ya estaba a punto de salir por la puerta, pero aún se giró y preguntó:

– ¿Por qué me ha ayudado?

El director, que acababa de empezar a escribir en el ordenador, se detuvo, miró al chaval y le dijo:

– Porque de chaval, a mí también me acosaron y tuve ayuda…

– ¿Y también se reían de usted por los dónuts?

– No, en mis tiempos era porque me pasaba el día dibujando elefantes, o construyéndolos de plastilina o arcilla, o de lo que fuera.

Y justo en ese momento, Fernán creyó sentir el bramido de uno de esos paquidermos salir de debajo de la mesa del director, tal vez de un cajón, pero ya no quiso preguntar más. Tan solo pensó que, quizá, algún día el elefante del director y su donutosaurio llegasen a conocerse y hasta saldrían juntos.

Frantz Ferentz, 2015

sábado, 4 de julio de 2015

EL MISTERIO DEL SEXO DE OLI

    El lunes a primera hora, la profesora entró en el aula de 6ºB con un chaval –o chavala– nuevo. Tenía el pelo largo, sobre todo por delante, hasta casi cubrirle los ojos. Llevaba ropa holgada, unos deportivos normales y cargaba una mochila donde probablemente llevase todos sus libros.
    – Chicos, os presento a Oli. Viene del extranjero como estudiante de intercambio por vuestra compañera Leila. Solo se quedará una semana, desde hoy hasta el viernes, pero se alojará en la residencia escolar, porque los padres de Leila tienen perro y Oli tiene alergia al pelo de perro. Espero que os portéis bien, ¿eh? Y no os preocupéis, porque habla nuestra lengua.
    Todos los estudiantes se quedaron mirando para aquel o aquella Oli. Resultó que el primer pensamiento que tuvieron todos era si Oli era chico o chica. Pareció como si el resto de cosas que les interesaban a los chavales de aquella clase pasasen a un segundo plano. Quizá fuera porque vivían en un barrio tranquilo de las afueras de una gran ciudad, donde rara vez sucedía nada interesante. Por eso, quisieron averiguar si aquel recién llegado era de un sexo o del otro, lo cual se convirtió en una cuestión de máximo interés para todos ellos.
    Por su ropa era imposible afirmar si era un chaval o una chavala. Por su voz, tampoco, porque ni hablaba, pero a ciertas edades resulta hasta complicado distinguir el sexo por la voz. Además, Oli optó por sentarse en un rincón del aula aparte, sin parecer querer mezclarse con el resto de compañeros.
    De todos modos, ninguno de ellos tenía el valor de preguntarle si era él o ella. Por eso, durante el primer recreo, todos los alumnos de la clase de 6ºB dejaron de jugar a lo de siempre, ya fuera saltar a la cuerda o dar patadas al balón, para observar a aquel Oli.
    Y Oli se pasó todo el recreo pendiente de su celular, cosa que no resultaba extraña, pues muchos de ellos también se pasaban horas y horas jugando con aquel aparato. En ese sentido, Oli no era ninguna excepción.
    Así pasó el primer día de clases sin que los chicos de la escuela consiguieran averiguar cuál era el sexo de Oli. Tuvieron que esperar hasta el segundo, cuando Sara, en una asamblea casi clandestina en el gimnasio del colegio con el resto de sus compañeros de clase, dijo:
    – Existe el modo de averiguar cuál es el sexo de Oli sin complicarnos la vida.
    – ¿Y cuál es?
    – Basta con vigilarlo y saber si entra en el baño de los chicos o las chicas.
   Aquella propuesta de Sara les pareció bien a todos. Acordaron organizar pequeños grupos de vigilancia que no perdieran de vista los movimientos de Oli durante todo el tiempo que pasara en la escuela aquella mañana. Debía estar allí cuatro horas, de modo que era muy probable que en ese intervalo pasase, tarde o temprano, por el baño.
    De ese modo, durante el segundo día, todos los chavales de la clase de 6ºB no hicieron más que vigilar los movimientos de Oli en cuanto a sus necesidades fisiológicas. En grupitos, intentando pasar desapercibidos, fueron vigilando los movimientos de Oli para ver si iba al baño.
    Pero no fue.
    No pisó el baño en toda la mañana. ¿Es que acaso no necesitaba hacer pis como todo el mundo?
    Y así llegaron al tercer día. Antes de empezar las clases, hubo una nueva asamblea de estudiantes. El misterio de la identidad sexual de Oli aumentaba. Por entonces fue Nel quien propuso que probasen otra estrategia:
    – Durante el recreo, los chavales jugamos al fútbol y las chavalas saltan a la cuerda. Y dos de nosotros, por ejemplo María y Luis, le dicen que juegue con los chavales o con las chavalas. Veremos qué escoge. Si juega al fútbol, es chaval; salta a la cuerda, es chavala.
    – No estoy de acuerdo con eso –replicó Carla–. ¡A mí me gusta jugar al fútbol y soy chica!
    Ahí ya se montó una discusión, donde hasta Pedro iba a reconocer que a él le encantaba saltar a la cuerda.
    – Lo de saltar a la cuerda –dijo– es un deporte igual que dar patadas al balón.
    – No digas tonterías –le replicaron.
    – ¿Tú no has visto cómo se entrenan los boxeadores?
    Ahí ya nadie dijo nada, porque los boxeadores eran tipo duros que saltaban a la cuerda al entrenar.
    Al final, consiguieron ponerse de acuerdo. Ya durante el recreo, los chavales empezaron una partida de fútbol, pero con Carla, y las chicas un festival de saltos de cuerda, con Pedro, quien prefería mil veces saltar allí que correr detrás de un balón y que lo cosiesen a puntapiés las rodillas y las espinillas.
    Tal como estaba planeado, María se acercó primero a Oli, quien no paraba de golpear con los dedos en la pantalla de su celular.
    – Hola –saludó María.
    – Hola –devolvió Oli el saludo alzando la vista del celular.
    – Quería preguntarte si quieres saltar a la cuerda con nosotras…
    Y justo entonces llegó Luis y dijo:
    – Seguro que prefieres jugar un buen partido de fútbol, ¿verdad?
    Oli se los quedó mirando como si estuviese pensando en cuál de las dos opciones escoger. Los otros dos chicos lo contemplaban atentos, como esperando una respuesta que fuese a cambiar el destino del planeta.
    Al cabo de unos segundos, que parecieron horas, Oli dijo:
    – No me gusta ni dar patadas al balón ni de saltar por encima de una cuerda. Lo que realmente me gusta…
    Ahí los dos chicos se quedaron boquiabiertos.
    – Lo que realmente me gusta –prosiguió– es dibujar mapas estelares. Lo hago aquí en mi celular. Hay una aplicación estupenda para eso…
    Ambos chicos tuvieron el mismo pensamiento:
    «¿Y eso es propio de chicos o de chicas?»
    Pero para entonces Oli ya había dejado de hacerles caso y seguía trazando líneas en la pantalla de su móvil, mientras aún decía:
    – Constelación del Caballo…
    Fue un nuevo fracaso. Sin embargo, cuanto peor iban las cosas en ese sentido, más interés tenían los chavales de la clase de 6ºB por saber cuál era el sexo de Oli. Aquello ya estaba volviéndose una cuestión de honor para aquel grupo de chavales y chavalas de aquella pequeña escuela de un barrio pequeño y olvidado de una gran urbe, donde casi nunca pasaba nada.
    Y así llegaron al cuarto día, que comenzó, como no podía ser de otro modo, con una nueva asamblea de los estudiantes en el gimnasio antes del inicio de las clases.
    Aquel día, fue Belén quien propuso:
    – Yo le echaría un cubo de agua por encima. De esa manera tendría que mudarse de ropa. Podemos tener ropa preparada, tomarla de la que se deja en el cuarto de objetos perdidos y que hace siglos que nadie reclama. Tendrá que escoger ropa de chico o de chica.
    – ¿Y cómo haces para echarle un cubo de agua encima sin que parezca que lo haces a propósito? –preguntó alguien.
    Esa era una buena pregunta. Tenía que parecer un accidente.
    – Hagamos una guerra de globos de agua justo antes de que suene la campana –propuso Enrique–. Podemos conseguir que tres globos choquen contra Oli.
    A todos pareció una buena idea. Rápidamente fueron a comprar globos a la tienda de la esquina y los llenaron con agua. Se quedaron en el patio a la espera de Oli. Cuando apareció por la cancela, fingieron que iniciaban la guerra, pero disimularon mal y poco, porque ya más de una docena de globos llenos de agua fueron a dar directamente contra Oli.
    XAAAAAAAAAFFFFFFFFFF!
    Oli se quedó más que empapado. Parecía que el anticiclón de las Azores acababa de descargarle encima y de golpe.
    – ¡Pobre!
    – ¡Qué desgracia!
    – ¡Hui, cuánta agua!
    – Te has mojado, ¿eh?
    Todos eran comentarios para tentar ocultar un plano malévolo de los chavales de la clase. A continuación pusieron en marcha la segunda parte de su plan:
    – Oye, hay ropa seca aquí en el cuarto de los objetos perdidos, Oli. Ven y escoge lo que quieras.
    Casi toda la clase empujó a Oli hasta el cuarto en cuestión, sin dejar siquiera tiempo a Oli para que protestara, porque lo llevaban como una escolta de gorilas acompaña un cantante de moda para evitar ser molestado por sus admiradores.
     Y una vez en la sala, la ropa estaba perfectamente separada en ropa masculina y femenina.
    – Escoge –le dijeron.
    Oli observó toda aquella ropa, tanto la masculina como la femenina. Era feísima. No le gustaba nada de lo que allí veía.
    – ¿Sabéis que? ¬–dijo de repente Oli–, que no me hace falta nada de eso. En la mochila llevo ropa de sobra. Siempre la llevo, para accidentes imprevistos. Y mi mochila es impermeable. ¿Os importa salir mientras me mudo de ropa?
    Todos se quedaron boquiabiertos. Nadie se esperaba algo así. Ya era el cuarto plan que fracasaba. Al final, salieron todos de la sala y dejaron que Oli se cambiara de ropa tranquilamente.
    Y así llegaron al viernes, el último día que Oli estaría en la escuela. Como ya venía siendo habitual, hubo una asamblea de los estudiantes de la clase de 6ºB para discutir sobre la cuestión que tanto interés despertaba en ellos.
    – ¿Es que no hay manera de saber cuál es el sexo de Oli?
    – Parece que no.
    – Es un chaval... o chavala... tan extraño. Nunca he visto cosa igual.
    – Ni yo...
    – Ni yo...
    – ¿No será hermafrodita?
    – ¿Hermafrodita? ¿Y eso qué es?
    – Es como las lombrices, que tienen los dos sexos. Yo he leído algo de eso en internet...
    – Yo creo que no, que o es chico o es chica, pero no hay manera de enterarse...
    Y entonces alguien lanzó la pregunta más inteligente del día:
    – ¿Y si se lo preguntamos?
    – ¿Preguntárselo?
    – Sí, preguntarle si es chico o chica. Con su nombre es imposible de saber.
    Ahí se produjo un momento de silencio sepulcral en el gimnasio de la escuela. La cuestión que rondaba la cabeza de todos ellos y ellas era: «¿y quien tiene coraje para preguntar a Oli cuál es su sexo?»
    – Hagamos uno sorteo. A quien le toque, tendrá que hacerle la pregunta.
    Ahí estuvieron todos y todas de acuerdo. El sorteo consistió en escoger un pedacito de papel, había tantos como estudiantes, pero solo uno tenía una marca. Quien escogiera aquel papel tendría que preguntar a Oli por su sexo.
    Y le tocó a Irene, quien se puso toda roja por la vergüenza que le causaba tal tarea.
    – Puedes hacerlo cuando esté a punto de marcharse, al final de las clases –le dijo Félix, que estaba enamorado de ella desde el primer día que la había conocido, seis años atrás–. Y mira, si quieres, le pregunto yo por ti.
    – No –respondió Irene–. Me basta con que estés a mi lado cuando tenga que preguntar...
    Aquella respuesta sonó a Félix cómo música celestial. Y fue así como transcurrió aquel viernes sin contratiempos, hasta que llegó el final de las clases. No parecía que hubiera ninguna ceremonia, que la estancia de Oli por allí iba a pasar inadvertida, porque ningún profesor apareció para despedirse de aquel estudiante de intercambio. Por eso, ya Oli iba a marcharse, pero los compañeros le dijeron: 
    – Oli, espera, queremos preguntarte algo.
    Oli se detuvo en la puerta. Félix se colocó al lado de Irene y hasta la golpeó suavemente con el codo en las costillas.
    – Oye, Oli –empezó a decir Irene con todos sus compañeros haciendo un semi círculo–, ¿y tú que eres, chico o chica?
    ¡Por fin había lanzado la pregunta!
    La reacción del Oli fue reírse. Sí, se rio con aquella pregunta que le pareció tan divertida. Después, dijo:
    – Con que era eso lo que os venía inquietando toda la semana, ¿verdad? Bueno pues ya que lo preguntáis, yo soy...
    CATAPLUMMMM
    Justo en ese momento se desmoronó un andamio de obras que había por fuera de la escuela. Su estruendo al caer había silenciado las últimas palabras de Oli.
    – Me lo he pasado muy bien aquí con vosotros –dijo antes de marcharse–, pero, para la próxima vez, preguntad al principio, no al final.
    Y Oli se fue, dejando a los chavales de 6ºB, una vez más, con la boca abierta.

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Imagen: Valadouro
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