jueves, 23 de julio de 2015

LA HISTORIA DE ARIADNA, LA DRAGONA COQUETA

    Siempre, en todas las historias que tratan de dragones, estos animales son descritos como fieras sanguinarias que escupen fuego y asan a los caballeros que los atacan como si fueran pollos a la parrilla. Tampoco es que los caballeros quedasen en buen lugar, pues solían atacar a los dragones con la misma fiereza, provistos de una lanza y en escudo, sin importarles gran cosa la suerte que corriera el caballo que montaban, porque no atacaban a pie. Cuando un caballero conseguía evitar las llamaradas del dragón y clavaba su lanza en el pecho de la bestia, esta podía caer muerta, pero incluso así existía el riesgo de que el caballero no consiguiera alejarse a tiempo del cuerpo del dragón en su caída, en cuyo caso morían ambos y nadie contaba la hazaña, ni el dragón a sus nietos, ni el caballero a los suyos.
    En definitiva, se trataba de muertes estúpidas, pero hubo un tiempo antiguamente en que les gustaban estas cosas. No sé si el hecho de que ya no se vean más dragones responde a que acabaron con todos ellos, o si, en cambio, se cansaron de que los persiguieran y de alguna manera consiguieron pasar desapercibidos para los humanos. Hay quien cree mucho en esa segunda posibilidad, porque desaparecieron de un día para otro sin dejar huella, pero esa es otra historia que no vamos a tratar aquí.
    Hay muchas leyendas que hablan de relaciones entre humanos y dragones, pero existe una poco conocida que es la que te voy a contar aquí. Sucedió en algún lugar de la antigua Inglaterra, en alguno de sus bosques…

    ¿Es que Inglaterra es tan antigua que ni cinco generaciones de tortugas de esas alcanzan los trescientos años son más viejas que ella?

    Inglaterra es aún más antigua que todo eso y esta historia ocurrió hace mucho más tiempo de ese que dices de cinco generaciones de tortugas… Ten en cuenta que hace por lo menos mil años que no se ve un dragón sobre la faz de la tierra, así que esto sucedió mucho antes.
    Todo empezó en una familia de dragones corrientes. El padre y la madre –en eso no hacían diferencias– repartían su tiempo entre buscar comida y defenderse de los caballeros que, de vez en cuando, aparecían por el claro del bosque donde vivían para clavarles una lanza. En la familia, Ariadna era hija única y creció en un ambiente de presión, pues siempre un miembro de la familia tenía que velar mientras el resto dormía, para evitar así ataques nocturnos de los caballeros andantes, o más bien cabalgantes. 
    También a la joven Ariadna le llegó el turno de vigilar de noche. Al principio tenía miedo, porque no sabía si sería capaz de lanzar llamas contra un caballero que avanzase hacia ella al galope. Por eso, las primeras veces, en cuanto oía cualquier ruido cerca de ella, lanzaba llamaradas contra lo que se moviese. Como consecuencia de aquellos miedos, algunos conejos y ardillas acabaron churruscados.
    Una de cada tres noches, Ariadna se la pasaba despierta atenta a cualquier movimiento sospechoso. Poco a poco se fue acostumbrando a los sonidos de la noche, supo lo que era una lechuza, que sonaba muy distinto a un sapo, además de que la primera vuela y el segundo no. Gracias a los nuevos conocimientos que iba adquiriendo sobre el bosque, fue poco a poco perdiendo el miedo de lo que se le acercaba. Ya no largaba llamaradas contra cada movimiento que se producía cerca de ella.
    Era cada vez más valiente…

    Mira que yo también soy valiente, y mucho. No me da miedo lo que quiera haya ahí debajo de mi cama. 

    Quizá sea una rata.

    ¿Una rata? ¡Venga, eso sí que me da miedo!

    Que no, que es broma. Tal vez Ariadna, aunque fuese tan valiente, tuviese miedo de las ratas, no sé.
    Bueno, y volviendo a la historia, Ariadna se iba alejando cada vez más del claro, penetrando en el bosque, porque se sentía curiosa por ver lo que había más allá de la fronteras de su pequeño mundo. Como además era una dragona menuda, es decir, que era una cría de dragona, no tuvo problema para esconderse entre los matorrales.
    Fue así cómo descubrió que no lejos de donde vivían corría un arroyuelo en que se reflejaba la luz de la luna. A su orilla, una chavalilla acudía todas las noches y siempre hacía lo mismo. Se sentaba sobre los talones y pasaba el dedo por las rocas de alrededor. En ellas había una especie de tintes naturales con que la chiquilla se cubría el rostro y los labios. Después se contemplaba en las aguas serenas del arroyo y sonreía. Se veía tan guapa así. Después, se limpiaba la cara y se iba canturreando por el camino. 
    Ariadna enseguida comprendió que lo que hacía la chavala era algo que la ayudaba a sentirse bien, entendió que aumentaba su belleza, así que decidió probar ella también. ¿Es que acaso no tenía todo el derecho a sentirse bonita?
    Fue así como una noche, después de la chavalilla se hubiera ya ido, Ariadna se acercó al arroyo y contempló su rostro reflejado en el agua. Ella no sabía si era bonita o no, porque de hecho solo había visto dos dragones en toda su vida: su padre y su madre… y, bueno, también ahora ella misma reflejada en el agua. Pero como era una dragoncita curiosa, imitó los movimientos de la chica en la orilla del arroyo y se puso polvos de aquellas rocas por toda la cara con la ayuda de sus garras. Lo cierto es que aquello era lo más parecido a maquillarse.
    Y así, apareció una mañana por el claro del bosque donde vivía con sus padres. Cuando estos la vieron, pensaron que la dragoncita había pillado cualquier enfermedad grave, algo si acaso contagioso, por eso la mandaron para un rincón, lejos de ellos.
    – ¿Has comido algo en malas condiciones? –preguntó el padre.
    – ¿Has bebido agua con moho? –preguntó la madre.
    Ariadna tuvo que explicarles gritando que no estaba enferma, que solo había imitado a una niña humana que se arreglaba a la orilla del arroyo y que ella quería estar tan guapa como ella.
    – ¿Estás loca? –preguntó la madre–. Nosotros somos dragones, no humanos, no tenemos que estar guapos, ¿has entendido? Nuestra vida pasa entre cazar, dormir y defendernos de los humanos.
    Ahí Ariadna pensó que qué pena pasarse toda la vida haciendo solo esas tres cosas. Seguro que se podían hacer algunas más. Y a ellos que eran tan mayores, ¿no se les ocurría algo más? 
    Cada vez que a Ariadna le tocaba guardia, acudía al arroyo, se maquillaba y luego contemplaba el resultado en la superficie del agua si es que había luz de luna. Y fue en una de esas cuando apareció por allí la niña de la que había aprendido a maquillarse la dragona. Había llegado más tarde de lo habitual.

    Y la chavala se asustó, ¿verdad? Se puso a berrar como una desesperada pidiendo socorro y aparecieron campesinos por todas partes con hoces, guadañas y horas, ¿a que sí?

    Pues no, no fue así. La chavalilla se llamaba Sabry y lo cierto es que le hizo mucha gracia toparse con aquella dragona maquillada, así que se echó a reír.

    Venga, y ahora me dirás que la dragona no se ofendió y la lanzó una llamaada que dejó frita a la chica.

    No, no, no se ofendió. Al contrario, le gustó lo que veía y ambas se hicieron buenas amigas. Date cuenta que ni la niña ni la dragoncita entendían aquella extraña manía de sus respectivas especies de perseguirse y aniquilarse. Ellas se vieron como iguales, como compañeras de juegos.
    Así, a partir de aquella noche, cada vez que ambas amigas se encontraban a la orilla del regato, se maquillaban. Se hicieron buenas amigas, tanto fue así que primero Sabry maquillaba a Ariadna y luego Ariadna maquillaba a Sabry. Lo cierto es que se entendían muy bien y se lo pasaban en grande juntas. Se revolcaban por el barro de la orilla y luego se bañaban en el arroyo.
    Ariadna no quería que sus padres se enterasen de sus andanzas con Sabry, por eso solo la veía cada tres días, cuando le tocaba a ella la guardia.
    Y así transcurrieron varios meses, en buena compañía. La chica llegó a presentar a su hermano Bob a la dragona
    – Este es Bob –dijo Sabry–. Mis padres quieren que se convierta en caballero.
    Pero la cara de Bob no era precisamente la de un futuro caballero. Lo de atacar dragones provisto de escudo y lanza no parecía ser algo que le fascinara.
    Ariadna extendió su garra llena de polvos de maquillaje y se la ofreció a Bob.
    – No, él es un chico. Los chicos no se maquillan –le explicó Sabry.
    Ariadna no entendía por qué ella sí podía maquillarse para estar más guapa y él no, pero eran cosas de humanos y no iba a entrar en eso.
    Cuánto disfrutaron ambas durante varias semanas, también a veces acompañadas de Bob, que resultó ser un excelente constructor de cabañas de madera; con un hacha, podía construir casi cualquier cosa. Pero, un buen día, Sabry y Bob desaparecieron sin dejar rastro, ya no acudieron a la orilla del arroyo. Durante semanas, Ariadna los estuvo esperando, maquillándose sola, pero la chavala humana no volvió a aparecer. Le resultó muy triste a la joven dragona, porque había perdido a la única amiga de su infancia.

    ¿Y no conoció otros dragones con los que hacer amistad?

    Sí, claro que conoció, con el tiempo, pero nunca se olvidó de su amiga. Sin embargo, Ariadna se negó a dejar de maquillarse. Le encantaba hacerlo, por eso, cuando se fue encontrando con otros dragones, estos se reían de ella, no se la tomaban en serio. Ningún dragón entendía por qué Ariadna quería estar coqueta. Incluso con el tiempo, había aprendido a maquillarse muy bien, sabía destacar sus pestañas o le daba un brillo especial a sus labios. A ella le interesaba aquello más que ir achicharrando caballeros andantes matadragones.
    Su madre aún le decía:
    – Esa manía tuya de maquillarte en vez de asar caballeros cabalgantes va a ser tu perdición, ¡espabila!
    Aquellas palabras de la madre se hicieron realidad algún tiempo después, cuando ya Ariadna, como dragona adulta, se fue a vivir sola a una parte del bosque entre rocas. Buscó un sitio donde hubiese polvos de aquellos que le servían para maquillarse y, al mismo tiempo, un arroyo donde pudiera ver su reflejo. Al final lo encontró y allí se fue a vivir.
    Pero su calma no duró mucho, porque poco tiempo después de haberse instalado, coincidió en pasar por allí un caballero andante a lomos de un viejo caballo blanco que era el hogar de millares de moscas. Hasta el escudo que llevaba estaba lleno de golpes y todo mugriento, tanto que ni se sabía cuál era el color original.
    Ariadna estaba entonces maquillándose, probándose una especie de peluca hecha a base de musgo verde que le sentaba muy bien, porque le hacía juego con su color de ojos. Para eso, había enjugado el musgo con su aliento de dragona y después se había hecho una especie de tapete que se ajustó a la cabeza. ¡Qué mona estaba ella así! Fue entonces cuando oyó de repente una voz a sus espaldas que sonaba metálica, porque salía de debajo de un casco oxidado que le gritaba:
    – ¡Prepárate para morir, dragón del infierno!
    Pero, a continuación, una pieza de la armadura se cayó al suelo haciendo bastante ruido.
    Ariadna se dio la vuelta y vio a un caballero pésimamente armado, a quien la mitad de la vieja armadura se le estaba cayendo al suelo, mientras intentaba sujetársela de alguna manera, pero en aquellos tiempos no existía la cinta aislante.
    La dragona estuvo tentada de lanzar una llamarada contra aquel infeliz, pero no le gustaba la idea. Por otro, se trataba de su vida o de la de aquel humano.
    Así que se llenó los pulmones de aire y se dispuso a lanzar fuego…

    ¡Espera!

    Sí, justo eso fue lo que dijo el caballero.

    No, que digo que esperes tú, que tengo que ir al baño (…) Vale, ya está, puedes seguir.

    – ¡Espera!

    Eso ya lo has contado.

    Ten paciencia.
    Después de ese grito, la dragona detuvo su ataque, pero entonces le entró hipo, porque se había dejado todo el fuego dentro.
    Y ahí el caballero se quitó el casco de aquella armadura que ya era prácticamente una lata de conservas.
    – Soy yo, Bob –dijo–. Cuando te has girado, te he reconocido. Eres el único dragón que se maquilla.
    Ariadna soltó un gruñido que quería decir; “dragona, que soy una dragona”. Y luego soltó otro que Bob entendió perfectamente:
    – ¿Sabry? ¿Qué dónde está Sabry?
    Ahí Bob se dejó caer en el suelo y los restos de la armadura se desparramaron cada uno por su lado.
    – Llevo años buscándote –explicó Bob–. Mis padres me obligaron a entrar en la escuela de caballeros, aunque yo no quería. Sin embargo, Sabry me pidió que tne encontrase, por eso acepté ser caballero, para encontrarte, porque eres la mejor amiga que ha tenido nunca…
    En fin, fue muy emocionante, hasta me vienen ganas de llorar al contarlo…

    ¿Y qué pasó con Sabry? ¿Se murió o qué? ¿Se casó con alguien y se fue a vivir muy lejos? ¡Venga, cuéntame!

    Déjame un momento, que no puedo continuar. Se me ha metido algo en el ojo y se me saltan las lágrimas. Voy un momento al baño.

    Anda, vete y acaba la historia, que no puedo quedarme con las ganas de saber cómo acaba, porque ya me dirás tú si es normal que una dragona se maquille. ¿Dónde se ha visto cosa igual? No sé cómo puedes tener tanta imaginación para contar una historia tan increíble como esta… Hey, pero espera, ya entiendo. Tú dices que Bob podía hacer cualquier cosa con la madera, como tú, que eres el artesano con más fama de todo el pueblo, tanto que hasta haces exposiciones. Y luego está la dragona, que sabía maquillarse muy bien, que hasta le gustaba el verde: la abuela tiene los ojos verdes e incluso se pone pelucas verdes, es una gran maquilladora a la que siguen llamando de la televisión y de los concursos de belleza para maquillar… Claro, ahora lo entiendo todo, lo que me has contado es una fantasía de cómo conociste a la abuela, ¡que encima es muda! Es como la dragona, que tampoco habla.
    Pero aún me queda por averiguar una cosa: ¿quién es en realidad tu hermana Sabry?

    Ya estoy aquí. Pues bueno, si eres tan listo, adivina tú quién es mi hermana Sabry en esta historia. Y ahora, a dormir, buenas noches.

    Abuelo, no me dejes así… ¡quiero que acabes la historia, quiero que la acabes!

    Ya es muy tarde. Piensa en el nombre de quien tú dices que es mi hermana. Buenas noches.

    ¿Que piense en el nombre? Sabry, Sabry, Sabry, Sabry… si suena a… ¡brisa!

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