martes, 6 de marzo de 2018

¿DE DÓNDE VIENEN LAS LLAMAS?


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Miguel estaba fascinado con aquel animal que tenía ante sí. Su cabeza quedaba más alta que él y el cuello del animal era larguísimo. Ambos se contemplaban mutuamente, con curiosidad. El animal, cuyo cuerpo estaba todo cubierto de lanas, de vez en quando bajaba la cabeza hasta el suelo para arrancar hierba y masticarla con parsimonia.

"¿Te gusta la llama?", preguntó una voz por detrás de Miguel. Era su abuelo Evaristo, que se había quedado observando a su nieto y al animal.

"¿Se llama llama?", preguntó Miguel.

"Sí", respondió el anciano. "Son unas criaturas increíbles. Dan lana, carne y sirven para ayudar a los campesinos de los Andes".

La llama oía todo el discurso sin dejar de masticar. Escuchaba y movía la cabeza, como si asintiera.

Hacía apenas dos semanas que Miguel y su familia, incluido el abuelo, se habían mudado a Quito. Todo le estaba resultando novedoso al chico, pero probablemente aquel animal, que pacía tranquilo a pocos quilómetros de la ciudad, era lo más exótico que había visto hasta entonces.

"¿Y de dónde vienen las llamas?", preguntó Miguel a su abuelo.

El abuelo se aclaró la garganta y explicó:

"Las llamas son animales mitológicos. Cuando los españoles llegaron a América, trajeron ovejas y caballos entre otros muchos animales. Y cuenta la leyenda que, una noche de luna llena, un caballo y una oveja se enamoraron en un bosque de los Andes. Se habían escapado para vivir juntos y de su amor nació una criatura diferente", explicó el abuelo. "Fíjate bien cómo la cabeza de la llama es la de una oveja, pero su cuerpo es el de un caballo, aunque cubierto de lanas. Desde entonces, las llamas poblaron los Andes".

Y sin más, el abuelo se dio la vuelta y dejó a su nieto solo con la llama, que seguía masticando hierba. Cuando ya los dos se quedaron solos, el humano y la llama, el animal dejó de masticar y dijo:

"Tu abuelo tiene una fantasía extraordinaria. Yo no soy ningún hijo de oveja y caballo, soy pariente de los camélidos de África y Asia".

Miguel se lo quedó mirando sin dar crédito.

"¿Has dicho algo?", preguntó el chico.

Pero la llama no respondió. Simplemente siguió mascando hierba, como si aquello no fuera con ella.

© Frantz Ferentz, 2018  

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