sábado, 10 de marzo de 2018

EL LADRÓN DE TAREAS

En la casa de Nicolás sucedía algo muy extraño, pero solo él era capaz de notarlo. Los adultos vivían felices ajenos a cualquier situación que el chico sí notaba, o más bien, sufría.

Ocurría que, cada vez que él hacía una tarea de la escuela por la tarde, esta había desaparecido por la mañana al levantarse. No importaba dónde la dejara, pues a la mañana siguiente ya allá no estaba. Podía esconderla debajo de la almohada, en el armario y cerrarlo con llave, entre los papeles del trabajo de la mamá... Llegó incluso a meterlas en la cisterna dentro de una bolsita de plástico, pero aún así las tareas de la escuela desaparecían.

"¿Quién me roba las tareas de la escuela en esta casa?" preguntó él un día.

"No se dicen esas cosas", replicó el papá. "En casa nadie roba nada".

Pero era evidente que alguien le robaba las tareas de la escuela. Cuando pensaba en eso, veía que no tenía ninguna lógica que los adultos de la casa le robaran nada y tampoco la hermanita pequeña que tenía dos años y cuya pasión era atrapar un lápiz de colores o un marcador y dibujar en la primera pared que encontraba.

Lo cierto es que, si aquello era una broma, no tenía ninguna gracia, pues ya en la escuela había empezado a tener serios problemas. El profesor Benjamín era capaz de botar chispas por los ojos cuando un estudiante no traía las tareas. Causaba terror. Cuando, durante tres semanas seguidas, Nicolás usó la misma excusa para explicar que no tenía las tareas hechas y que los castigos no servían, don Benjamín decidió tener una entrevista con los padres del chico y también con la abuela Marisa, que iba a todas partes con ellos, porque le encantaba salir de casa.

Es mejor no contar cómo fue la entrevista. Ya ustedes se imaginan. Nicolás fue seriamente amonestado. De nada sirvieron sus excusas. Pero entonces, él solito decidió que iba a descubrir quién le robaba las tareas. Iba a aprovechar el fin de semana para atrapar al ladrón. Esperaba haber resuelto todo para el lunes antes de ir a la escuela.

Nicolás decidió tender una trampa al ladrón. Aquella noche del viernes, se quedó dormido con unas tareas falsas pegadas a la barriga por debajo del piyama. Si alguien intentaba robarle los papeles, él iba a notarlo inmediatamente. Que lo intentara. Así, se durmió tranquilamente.

Cuando despertó, lo primero que hizo fue buscar los papeles por debajo del piyama. ¡No estaban allá! ¿Cómo así? No había notado absolutamente nada. Pero Nicolás no se rindió. No, él iba a demostrar que no se inventaba excusas sin ton ni son y que alguien de ley le robaba las tareas.

Aunque su primera estrategia había sido un fracaso, probaría con otra cosa. De hecho ya tenía una idea. Para la siguiente noche, hizo que las tareas se quedaran impregnadas de pintura roja. Como en el cuarto todo estaba a oscuras, el ladrón no se daría cuenta de ello hasta salir del cuarto. De hecho, había tanta pintura que hasta se resbalaba por el suelo y se dejaría un rastro que en la mañana sería fácil de seguir.

Y así fue. En la mañana temprano, Nicolás comprobó que desde la mesa hasta la puerta había un rasto rojo por el suelo. Quien se hubiera llevado las tareas no estaba consciente de ello, pero lo cierto es que no había dejado huellas. El muchacho salió del cuarto. Atravesó el umbral y se fue por el pasillo siguiendo el rastro. Ya estaba a punto de entrar en la cocina, cuando en el suelo ya no vio ninguna marca.

Pero, ¿qué pasaba allá? ¿Cómo podía desaparecer en medio de la nada un rastro de pintura roja?

Y entonces llegó una voz enojada hasta los oídos de Nicolas:

"¡Nicolásssssss, quiero saber por qué el suelo de tu cuarto y del pasillo tiene todo ese rastro rojo! No será sangre, ¿eh?"

Sería inútil explicar a la mamá toda la historia, porque no se la creería. Era mejor callarse y recibir un castigo. Pero en su cabeza ya estaba formándose un nuevo plan. Un plan infalible. Un plan definitivo.

Para llevarlo a cabo, utilizaría su arma más mortífera, la que reservaba para ocasiones especiales.

Antes de dormirse, preparó la trampa. Después, dejó la falsa tarea escolar encima de la mesa y se acostó. 

Alrededor de las tres de la madrugada, Nicolás se despertó. Había oído varios estornudos en algún lugar de la casa. Debía actuar deprisa, antes de que sus papás se despertaran. Los estornudos seguían a cada poco. Pero no sonaban como si fueran producidos por un ser humano, sino tal vez por un gato. En medio de la noche, a oscuras, el chico siguió el rastro de los estornudos.

Los atchís sonaban cada vez más cerca. Siguió por el pasillo hasta al armario de la entrada, una masa enorme y oscura que parecía un pequeño castillo encantado dentro de la casa, colocada al lado de la puerta. Cuánto miedo le había causado a él de pequeño. Pensaba entonces que, aunque fuera un armario por fuera, en su interior cabía un castillo aterrador, con todo tipo de criaturas monstruosas.

Aquellos temores volvieron a él. Parecía que, en efecto, allá dentro vivía una criatura mágica, tal vez era incluso aterradora. En ese momento no tuvo duda de que los estornudos procedían del interior del armario. Vaciló. ¿Era lo suficientemente valiente para afrontar lo que hubiera allá dentro? Reconoció que le daba miedo, sí, pero enseguida se acordó de los muchos problemas que lo que había dentro del
armario le había causado.

Por fin, decidió llegar hasta al fondo del asunto. Dio un paso al frente, abrió la puerta del armario de golpe y...

Nada. No había nada anormal. Solo había ropa de abrigo colgada. Y zapatos en la parte inferior.

Sin embargo, inmediatamente oyó nuevamente un estornudo. Venía del interior del armario. No tenía dudas. Algún bicho había allá dentro muy bien escondido, quizá perfectamente camuflado.

Nicolás reaccionó rápidamente. Prendió la linterna de su celular. Inmediatamente descubrió pedazos de papel muy pequeños en el suelo del armario. No tuvo que esforzarse mucho en reconocer que eran fragmentos... ¡de sus propias tareas escolares desaparecidas en las últimas semanas!

Allá estaba el ladrón. Sí, pero ¿dónde exactamente?

Y de nuevo... ¡atchis!

El ladrón estaba atrapado. No podía escapar por ningún lado, aunque infelizmente no había posibilidad de verlo allá dentro.

Un gato se lanzó de repente sobre Nicolás y corrió por el pasillo, perdiéndose de vista al instante.

"¡Regresa, maldito ladrón!", gritó el chico y salió tras él.

De nuevo volvió la tranquilidad al armario. Durante casi un minuto, allá dentro no hubo movimiento alguno. Después, lentamente, algunos de los abrigos empezaron a menearse. No es que cobraran vida, sino que un pequeño ser se desplazaba entre ellos con la intención de salir del armario. Tuvo aún ganas de estornudar, pero consiguió hacerlo muy bajo para no ser oído.

Bajo el brazo llevaba todavía un fajo de papeles. No eran muchos, pero le bastarían para el desayuno. Le encantaba el sabor del papel en que se hacían las tareas escolares, pues, antes de comerlas, siempre las leía y aprendía cosas nuevas.

Aunque él fuera invisible para el ojo humano, podía ser descubierto por ellos. Por eso, en los hogares humanos intentaba pasar desapercebido. Sin embargo, aquel chico había conseguido acorrararlo en aquel armario gracias a aquellos polvos para estornudar. Muy inteligente. Pero él había sido aún más inteligente y había conseguido capturar en el último momento al gato de la vecina y usarlo como chivo expiatorio.

Aquella vez había salido indemne de la trampa, pero para la próxima, debería tener mucho más cuidado...

© Frantz Ferentz, 2018

martes, 6 de marzo de 2018

¿DE DÓNDE VIENEN LAS LLAMAS?

Resultado de imagen para llama

   Miguel estaba fascinado con aquel animal que tenía ante sí. Su cabeza quedaba más alta que él y el cuello del animal era larguísimo. Ambos se contemplaban mutuamente, con curiosidad. El animal, cuyo cuerpo estaba todo cubierto de lanas, de vez en quando bajaba la cabeza hasta el suelo para arrancar hierba y masticarla con parsimonia.
   "¿Te gusta la llama?", preguntó una voz por detrás de Miguel. Era su abuelo Evaristo, que se había quedado observando a su nieto y al animal.
   "¿Se llama llama?", preguntó Miguel.
   "Sí", respondió el anciano. "Son unas criaturas increíbles. Dan lana, carne y sirven para ayudar a los campesinos de los Andes".
   La llama oía todo el discurso sin dejar de masticar. Escuchaba y movía la cabeza, como si asintiera.
   Hacía apenas dos semanas que Miguel y su familia, incluido el abuelo, se habían mudado a Quito. Todo le estaba resultando novedoso al chico, pero probablemente aquel animal, que pacía tranquilo a pocos quilómetros de la ciudad, era lo más exótico que había visto hasta entonces.
   "¿Y de dónde vienen las llamas?", preguntó Miguel a su abuelo.
   El abuelo se aclaró la garganta y explicó:
   "Las llamas son animales mitológicos. Cuando los españoles llegaron a América, trajeron ovejas y caballos entre otros muchos animales. Y cuenta la leyenda que, una noche de luna llena, un caballo y una oveja se enamoraron en un bosque de los Andes. Se habían escapado para vivir juntos y de su amor nació una criatura diferente", explicó el abuelo. "Fíjate bien cómo la cabeza de la llama es la de una oveja, pero su cuerpo es el de un caballo, aunque cubierto de lanas. Desde entonces, las llamas poblaron los Andes".
   Y sin más, el abuelo se dio la vuelta y dejó a su nieto solo con la llama, que seguía masticando hierba. Cuando ya los dos se quedaron solos, el humano y la llama, el animal dejó de masticar y dijo:
   "Tu abuelo tiene una fantasía extraordinaria. Yo no soy ningún hijo de oveja y caballo, soy pariente de los camélidos de África y Asia".
   Miguel se lo quedó mirando sin dar crédito.
   "¿Has dicho algo?", preguntó el chico.
   Pero la llama no respondió. Simplemente siguió mascando hierba, como si aquello no fuera con ella.

© Frantz Ferentz, 2018