miércoles, 27 de junio de 2012

EL MONSTRUO APESTOSO Y DOÑA PERIFRÁSTICA GARCÍA


Una de las criaturas más misteriosas que pueblan los hogares es el monstruo apestoso. El monstruo apestoso, como todos los monstruos domésticos, es invisible al ojo humano, por lo menos a simple vista, excepto si él quiere manifestarse, lo cual sucede muy pocas veces. El monstruo apestoso se dedica a pasearse por la casa produciendo un hedor insoportable que causa desesperación en sus moradores. Es capaz de producir los pestazos más increíbles, aunque normalmente cada monstruo apestoso –cuya descripción no os puedo dar porque nunca he visto ninguno– se especializa en un cierto tipo de olores. Justo el monstruo del que vamos a hablar aquí, Heliotropo, es uno de ellos. Su especialidad era el hedor de pies. 
Sí, Heliotropo. Había escogido desde hacía tres meses el hogar de la familia García para pasearse y dejar aquello hecho un desastre, cubriendo de hedor todo el apartamento. Los García eran el padre, la madre, el hijo mayor y la hija menor. Con todo, los García tenían un problema del que el pobre del Heliotropo no se había dado aún cuenta en aquellos tres meses. Los García no tenían sentido alguno del olfato, eran incapaces de oler, nada de nada, toda la familia. Por eso, las rondas nocturnas y diurnas del monstruo no causaban efecto alguno en las narices de la familia, porque no les llegaba aquella peste a pies que él tan magistralmente producía. ¿Y sabéis por qué? Porque los cuatro miembros de la familia ya eran inmunes al hedor de pies a causa del padre y del hijo, que lo producían en cantidades industriales. Por tanto, el monstruo no era capaz de superar aquel olor que padre e hijo producían juntos, aunque sí era capaz de extenderlo por fuera de la vivienda de la familia García. 
Sin embargo, las cosas no eran tan sencillas. Tanto era el afán del Heliotropo de producir olores que estos ya eran tan poderosos que salían del apartamento y llegaban a invadir el resto del edificio de tres plantas. Y lógicamente llegaron las quejas de los vecinos, que no entendían cómo podía apestar tanto en la casa de los García, aunque ellos aseguraban que los cuatro miembros de la familia hacían limpieza total del apartamento una vez por semana. 
Y Heliotropo se seguía paseando y produciendo aquel olor a pies podridos, insoportable, tan sumamente desagradable. 
Hasta el día en que apareció por allí doña Perifrástica. Se trataba de doña Perifrástica García, tía del padre de los García. La buena señora, a diferencia de sus sobrinos y sobrinos nietos, tenía un olfato muy agudo. Y un día, en cuanto llegó de visita, notó aquel hedor. 
– ¿Cómo podéis vivir en una casa que huele tan mal? –les preguntó–. ¿Es que no sabéis limpiar bien y desinfectar? 
Los García le explicaron que no se trataba de eso, sino que había algo que causaba aquel hedor a pies que invadía todo el edificio, pero que salía del propio apartamento. 
Doña Perifrástica decidió que aquello era una tarea para ella, descubrir cuál era la fuente de aquellos terribles olores, por lo que se dedicó a recorrer la casa centímetro a centímetro en busca de la fuente de los olores. Como era de esperar, no había una fuente fija, porque Heliotropo se movía por la vivienda siempre desprendiendo aquel hedor a pies podridos (y sin lavarse desde hacía tres meses después de sudar y sudar). De hecho, aquello se convirtió en una persecución de la buena señora tras el monstruo. Aunque ella no lo podía ver, notaba cómo la fuente de los olores se movía por la casa. Y fue así como decidió ponerle una trampa. 
Cualquier criatura con boca sería incapaz de resistirse a su pastel de fresas con nata. Por eso, preparó uno delicioso, lo colocó en el suelo de la cocina y colocó la trampa alrededor. 
Y fue ahí donde atrapó al ingenuo de Heliotropo. Sería apestoso, pero inteligencia tenía poca. Cayó en la trampa, que consistía en una campana de vidrio. Allí se quedó atrapado el pequeño muestro de los malos olores. 
Pero doña Perifrástica no era una mujer cruel ni deseaba dañar a cualquier criatura. Simplemente quería liberar su familia de aquella peste en el apartamento. Por tanto, al día siguiente metió la campana de vidrio en una caja de cartón y emprendió un largo viaje hasta el otro extremo del país. Había salido al alba de la casa de los sobrinos sin avisar, sin decir que se marchaba y menos aún que se llevaba consigo la fuente de los hedores del apartamento. 
Después de toda una jornada de viaje, llegó a la fábrica de quesos de la familia, que regentaba su propio hermano, Hercúleo García. El negocio llevaba algún tiempo cayendo en picado porque sus célebres quesos “pie de cabra” hacía tiempo que ya no disfrutaban del favor del público. Perifrástica se plantó delante de su hermano con la campana de vidrio vacía y le dijo: 
– Hermano, confía en mí. Nuestros quesos volverán a tener días de gloria. 
Después, abrió la campana dentro de la fábrica y dejó que Heliotropo saliera. El monstruo enseguida comenzó a recorrer las instalaciones difundiendo un penetrante olor a pies podridos, de una intensidad aún mayor que la que había conseguido en la casa de los García. 
– ¿Notas el olor? –preguntó Perifrástica. 
– Sí, sí, hermanita. Nuestro queso vuelve a oler. 
Y fue así como los hasta entonces llamados quesos “pie de cabra” pasaron a llamarse “pie de monstruo” y triunfaron en el mercado de quesos aromáticos artesanos. 

© texto: Frantz Ferentz
© ilustración: Enrique Carballeira


martes, 26 de junio de 2012

CUANDO AGRIPINO, EL MONSTRUO DE DEBAJO DE LA CAMA, SE LLEVÓ LA SORPRESA MÁS GRANDE DE SU VIDA


Agripino era un ejemplar espléndido de monstruo de debajo de la cama. Muy peludo, algo apestoso, con dos colmillos afilados y expresión fiera. 
Agripino era envidiado por sus colegas monstruos de debajo de la cama que, como todo el mundo sabe, es una especie de monstruo que da miedo, a diferencia de, por ejemplo, los monstruos de los calcetines que no se dedican a asustar, sino, como su nombre indica, a robar calcetines sueltos. El resto de monstruos de debajo de la cama no eran capaces de causar tanto terror nocturno como él, por eso había una especie de mito alrededor de aquel monstruo legendario. 
Generaciones y generaciones de niños habían sido víctimas de terrores nocturnos por culpa suya. Causaba unos miedos imposibles de describir, precisos, fríos, espantosos. De hecho, Agripino ya había publicado varios libros de técnicas de cómo asustar de una manera repentina y sin dejar huella. Como bien os podéis imaginar, todos ellos eran superventas. 
Hasta aquella noche. 
Sí, porque hubo una noche en que las cosas cambiaron. Nada sucedió como estaba previsto que sucediera. Nada.
Todo empezó cuando Agripino tuvo que ir a asustar una niña nueva: Lara. Lara era una niña menuda, de cabellos largos de ojos grandes que, según los datos de Agripino –los monstruos tienen también su base de datos, no os creáis– tenía siete años, una edad ideal para ser asustada. 
Y Agripino salió de debajo de la cama cinco minutos después de que Lara se metiera en ella. Soltó unos rugidos terroríficos que solo él sabía largar. Se quedó en pie al lado de la niña a la espera que ella soltara un chillido que atravesara todo el edificio y aun más allá. 
Pero no pasó eso. La niña, desde debajo de las sábanas, con los ojos bien abiertos, se lo quedó mirando y le dijo: 
– Gracias. 
¿Cómo que gracias? ¿Desde cuándo una niña no se asustaba de Agripino y, para colmo, le daba las gracias? 
Pero antes de que el monstruo dijera nada, ya la niña explicó: 
– Eres el primero que me felicita por mi cumpleaños. Y es que ya son las doce, con que es mi cumple. Qué rico, tú te has acordado.
Agripino se quedó de piedra en el sitio. Hasta parecía una estatua. 
– Venga –dijo la niña de repente saltando de la cama y agarrando al monstruo de la mano–, voy a celebrar mi cumple contigo. Mañana tengo fiesta, ¿sabes? Pero como tú estás ahora aquí, lo vamos a celebrar. 
Y tiró de él hasta la cocina. Agripino se dejaba arrastrar, no sabía cómo hacer, nunca una niña lo había tratado así. ¡¡Y encima quería celebrar con él su cumpleaños!! 
En la cocina, Lara abrió el frigo y sacó una tarta de chocolate con vainilla. Lo cierto es que tenía un aspecto delicioso. A Agripino se le hacía la boca agua. Lara lo sabía y cortó un buen cacho que puso en un plato. Agripino iba ya a meter la garra en la tarta, pero Lara le puso en ella una cuchara. 
– No seas guarro. Come como la gente. 
¡Pero él no era gente! Sin embargo, aquella tarta tenía tan buena pinta... Incluso con la cuchara, que no sabía usar, se comió su trozo de tarta y todavía puso cara de querer repetir. 
– Está bien, otro trozo más, pero no abuses porque mañana tiene que quedar para mis invitados, ¿de acuerdo? 
Y Agripino devoró aún otro cacho buenísimo de tarta, que le supo a gloria. 
– Estoy muy contenta de que tengas viniendo a felicitarme –dijo Lara al monstruo mientras este tenía los dos carrillos ocupadas con la tarta, por lo que solo pudo gruñir. 
Y poco a poco, Lara le preguntó al monstruo: 
– ¿Y cuándo es tu cumpleaños? 
¿Su cumpleaños? Agripino no había pensado nunca en eso. Vamos a ver, él había nacido de una monstrua, como es normal, había crecido en una aldea de monstruos y cuando le llegó la edad, se dedicó a asustar niños desde debajo de la cama, que para eso era un monstruo de debajo de la cama, no un monstruo que sale por el váter o un monstruo que esconde cosas en casa, son clases diferentes de monstruos. Llevaba toda su vida haciendo lo mismo y era muy bueno en su trabajo, eso no lo dudaba nadie. Pero jamás de los jamases había pensado en su cumpleaños, ni él ni ningún otro monstruo que hubiera conocido.
– Pues es muy importante que sepas cuándo es tu cumple –insistió la niña. 
Agripino se quedó sentado. No tenía un carné de identidad ni nada así donde pusiera su edad ni el día de su nacimiento. 
– ¿Sabes una cosa? –comentó de pronto la niña–, me da la impresión de que hoy has venido porque es también es tu cumple. Me da que tú y yo nacimos el mismo día. 
Y sin más, Lara tiró otra vez de él y volvió a su cuarto. Una vez allí, sacó una caja de maquillaje infantil y empezó a hacerle coletas al monstruo, a pintarle las mejillas –en realidad le pintaba los pelos–, le puso pestañas postizas, le colocó gafas de sol de rockero y hasta le hizo ponerse un poncho mexicano lleno de colores. Después sacó una foto con la cámara del ordenador, donde ella, también maquillada y disfrazada salía al lado de Agripino. Y al final, imprimió la foto y se la dio. 
– Me lo he pasado muy bien –dijo la niña–, pero ya es hora de que te vayas, que yo mañana tengo que ir a la escuela antes de celebrar mi cumpleaños. Me lo he pasado genial contigo. 
Y la niña le dio un beso todo tierno al monstruo por entre los pelos. Después saltó a la cama y cayó dormida enseguida. 
Agripino volvió debajo de la cama. Nunca le había pasado una cosa así. Ni siquiera sabía cómo reaccionar. Pensó que tal vez sería mejor no contar nada de aquello, más valía que el resto de sus conocidos monstruos de debajo de la cama no supieran nada de aquella fiesta de cumpleaños con Lara. 
Más valía. Por aquella noche, se volvió a casa, procurando quitarse todo el maquillaje y las coletas que le había hecho la niña. Tenía una imagen que mantener, probó a soltar uno de sus rugidos brutales, sonaba bien, pleno de energía, horrorizaba, sí, volvía a ser el de siempre.
Sin embargo, había olvidado algo. Había olvidado la foto que se había hecho con Lara. Y esa foto, sin que él se enterara, acabó en manos de otro monstruo de debajo de la cama. 
Pero lo que sucedió después ya es otra historia, que comienza justo cuando aquel segundo monstruo fue a visitar el cuarto de Lara... 

© Frantz Ferentz, 2012

lunes, 25 de junio de 2012

LA ABUELA INVISIBLE


    — Mamá, yo quiero tener un abuelo. 
   — Cariño, por desgracia todos tus abuelos murieron hace tiempo y eso no tiene solución. 
    — ¡Ya, pero yo quiero un abuelo, o una abuela! 
   Esa conversación se repetía todas las semanas entre Camila y su madre, la señora Apis. Y seguro que la cosa habría continuado igual hasta que Camila llegase a la adolescencia, que es cuando la gente cambia de intereses y se dedica a hacer otras cosas. 
    Pero no sucedió así. La cosa fue... diferente. Es complicado de explicar. Veamos, a partir de un cierto día, Camila dejó de decir que quería tener un abuelo o una abuela, simplemente empezó a hablar de su abuela María, como si fuera real. Decía cosas como: 
    — Dice la abuela María que para que las espinacas sepan mejor, hay que hacerlas con bechamel. ¿Mamá, me haces las espinacas con bechamel? 
    — Dice la abuela que para evitar que me piquen los mosquitos en los brazos, que me ponga vinagre.
    — Dice la abuela que me va a enseñar a hacer tarta de manzana y arroz con leche... 
    Era tanto lo que hablaba Camila de su abuela María que los padres decidieron llevarla al psicólogo de la escuela. La psicóloga, una señora muy estirada que sabía mucho de lo que decían los libros sobre la mente de los chavales, le hizo un montón de preguntas, le hizo mirar unas manchas extrañísimas sobre el papel y le preguntó si veía algo en ellas, como murciélagos, pero a María le parecían cagadas de mosca. 
    La psicóloga, después de sumergirse en docenas de libros muy sabios, llegó a la conclusión de que la niña se había inventado una abuela. Sí, una abuela invisible. De la misma manera que otros niños inventan amigos invisibles, Camila se había inventado una abuela invisible que era lo que más deseaba tener. Y a continuación dio unos buenos consejos a la señora Apis: 
    — Tenga paciencia. La niña se ha inventado una abuela invisible porque no tiene abuela real. En casa no le digan nada, háganse los tontos, díganle que sí, sin molestarla. Verán cómo, con el paso del tiempo, la niña se olvida la abuela en cuestión
    — ¿Está segura de eso? — le preguntó la madre algo preocupada. 
   — Pues claro, ¿para qué se cree que he hecho yo tantos estudios? La mente humana no tiene secretos para mí, y menos aún la mente infantil — le respondió la psicóloga estirada mientras acompañaba a la señora Apis hasta la puerta. Además, preparó un informe completísimo, de noventa y siete páginas con gráficos a colores, para la maestra de Camila, Manuela, para que supiera tratar aquellos síntomas. 
  Pero Manuela, cuando recibió aquel informe gordísimo, ni lo hojeó. Tenía todo el aspecto de ser insoportable, como leer las páginas amarillas. Además, vio que el tamaño de aquel ladrillo de papel era ideal para ponerlo debajo del monitor de su ordenador y así tenerlo a una altura ideal; por tanto, lo usó para eso.    Y ahí se quedó el informe de la psicóloga por los siglos de los siglos. 



* * *



    Mientras, Camila seguía hablando todo el día de su abuela, de las cosas que aprendía de ella, de las historias preciosas que le contaba. Era una maravilla. La niña estaba más contenta que nunca. A la madre gustaba de verla así de satisfecha, pero no dejaba de preguntarse si aquello sería bueno. ¿No acabaría loca y encerrada en un manicomio? Hasta con los tíos y con el resto de la familia hablaba de la abuela María como si acabara de estar con ellos. 
    La señora Apis volvió a hablar con la psicóloga estirada para manifestarle su inquietud, no fuera que ella, por casualidad, se hubiera engañado levemente.
    – No, señora –le respondió ella indignada, porque nunca no se equivocaba, faltaría más–. Lo que pasa es que su hija tiene un síndrome de ausencia de figura ávica endogámica severa. No es fácil de detectar, porque es aún muy pequeña y esta enfermedad tiende a manifestarse cuando los niños ya tienen unos doce años y su hija aún tiene diez... 
    – Puede ser, pero ella es muy precoz –quiso insistir la madre. 
    – No me replique, aquí la experta soy yo –concluyó la psicóloga irritada, de modo que la mamá de Camila se tuvo que marchar por donde había venido sin haber resuelto nada. 
    Y así, la señora Apis, muy desesperada, se fue a hablar con la maestra de la niña, Manuela. 
    – Pues como le digo –explicaba la madre de Camila–, estoy muy preocupado por las fantasías de mi hija, que como ya debe saber, se ha inventado una abuela como quien se inventa un amigo invisible. Y fíjese que hasta dice que le ha enseñado a hacer tarta de cerezas y a tejer jerséis de lana... No sé de donde se saca todo eso, sinceramente. De mí no, porque yo ni sé hacer tarta de cereza ni tejer. 
    La maestra no le quitaba los ojos de encima. Cuando acabó de hablar, le preguntó: 
    – ¿Y se lo ha preguntado a ella? 
    – ¿A la niña? No, para qué, si ella va a decir que todo se lo cuenta su abuela. 
    – No, yo quería decir que si le ha preguntado como conoció a la abuela. 
    – Claro que no, es absurdo –explicó la señora Apis–, la niña se pasa todo el día en casa, no la podría haber conocido en la calle. Además, ya la tenemos bien avisada de que no siga a extraños por la calle. 
    – Entiendo. Sin embargo, hable con ella y se llevará una sorpresa, es lo único que le puedo decir. 
    Las palabras de la maestra sonaron misteriosas, enormemente misteriosas. 
    ¿Qué quería decir la maestra? Por si acaso, la señora Apis decidió que iba a espiar a su hija, aunque sonara extraño. 


* *


    Empezó a seguirla hasta la escuela. La mamá no era muy buena espía, se tropezaba con toda la gente porque solo tenía ojos para la hija, armando siempre buenas escandaleras, pero por suerte para ella, Camila nunca se enteraba de la presencia de su madre. 
    Sin embargo, todo parecía en orden, la niña no se encontraba con ninguna abuela. Por tanto, ¿dónde la podía ver, si es que se veía con alguien? Y entonces una luz le vino a la cabeza: el ordenador. La niña se pasaba horas y horas delante del ordenador, sola, sin control. 
    Qué error. Ni la madre ni el padre se ocupaban de la niña cuando estaba delante del ordenador. ¿Y si por casualidad algún pervertido se había hecho pasar una amable ancianita que fingía querer ser su abuela?
    La señora Apis iba a comprobar eso inmediatamente, aquella misma tarde, sin más tardar, cuando la niña, después de hacer las deberes escolares, se sentara delante del ordenador y empezara a navegar por la red... 
    Caminando de puntillas, procurando no hacer ruido alguno, se acercó al cuarto de la niña, abrió la puerta con mucho cuidado. Y desde el umbral, mirando por la rendija que dejaba la puerta al ser abierta, espió...
    Pero, de pronto, la voz de Camila dijo sin que la niña se hubiera girado:
    – Pasa, mamá, que te voy a presentar a la abuela. 
    La mamá se quedó de piedra. ¿Cómo era posible? Sin embargo, enseguida se enteró de que Camila hablaba con alguien a través del ordenador, alguien con voz auténtica de abuela, bueno, de persona mayor. Se acercó hasta su hija y se la quedó a mirando por encima del hombro de la niña. 
    Efectivamente, allí había una simpática anciana con gafas redondas en un cuarto cubierto de cuadros que hablaba con Camila. La anciana enseguida vio a la señora Apis y con una enorme sonrisa la saludó a través del ordenador: 
    – Buenas tardes, señora Apis. Como ve, soy una abuela real... 


* * *



    Seguro que os estáis preguntando cómo es posible que Camila tuviera una abuela así. Pues es bien sencillo. A Camila le había dicho su maestra que conocía una simpática abuela internauta –ella también era internauta– que vivía en una residencia de ancianos y estaba sola, porque ni sus hijos, ni sus nietos iban nunca a verla. 
    Camila contactó con ella por chat y ambas entablaron una relación real de abuela y nieta. La abuela le enseñaba docenas y docenas de cosas, le daba recetas, le explicaba cómo tejer, etc, y por su parte, Camila le contaba todo lo que le pasaba, porque era la única persona que la escuchaba de verdad. Como las nuevas abuela y nieta vivían a más de mil kilómetros de distancia, solo podían relacionarse por medio del ordenador, por internet, pero nadie hubiera negado que aquellas dos eran realmente abuela y hija, y así seguiría siendo por mucho tiempo... 
    Hasta que un día, la abuela Liliana se presentó con una bolsa de viaje en casa de Camila, de repente, sin avisar...
    Pero esa, amigos míos, esa ya es otra historia.

© Frantz Ferentz, 2012