viernes, 3 de abril de 2020

ÉRASE OTRA VEZ

Wilhelm Marstrand - Night scene in a tavern with two women and one ...


Dramatis Personae

Mujer 1
Mujer 2
Camarera

Escena 1

En el escenario solo se ilumina una mesa de bar con dos sillas en el centro, pero al borde, delante del público.
Entra una figura por la izquierda, en penumbra. Se nota que se cambia de ropa, deja unos vestidos vistosos. Avanza hacia la mesa. Es una mujer vestida con ropas de motera, con su mono y su casco. Se sienta, deja el casco en el suelo  y espera.
En cuanto se sienta, por la derecha, también en penumbra, entra otra mujer. Sigue el mismo proceso, se desviste de ropas vistosas y luego se acerca también a la mesa. Lleva un vestido sencillo y una pamela. Se acerca a la primera mujer.
Mujer 1 (levantándose para dar un beso a Mujer 2): Hola, linda, ¿qué tal todo?
Se besan. Mujer 1 se sienta y Mujer 2 se acerca a su silla y luego toma asiento.
Mujer 2: Todo bien, gracias (se quita la pamela y la deja colgando en el respaldo de la silla). ¿Qué tal todo por casa?
Mujer 1: Bien, mi marido, como siempre, de caza, a sus cosas. 
Mujer 2: Cómo te entiendo... El mío, en cambio, se dedica a tuitear todo el santo día y subir fotos a Instagram. Solo quiere que lo adoren.
Ambas sueltan un sonoro suspiro al alimón.

Escena 2

En ese momento, se les acerca la camarera. Es una joven que viste una blusa blanca y un pequeño pañuelo rojo que le sujeta el cabello. Su delantal también es rojo.
Camarera (sonriendo): Hola, chicas, ¿qué les pongo?
Mujer 1: Para mí un café con leche, pero con nata por encima.
Camarera: Entendido (toma nota en una libreta). ¿Y para usted? (dirigiéndose a Mujer 1).
Mujer 2: No sé, soy tan indecisa...
Camarera: Déjeme aconsejarle. Tenemos un batido de guanábana que resucita a un muerto. Se lo recomiendo.
Mujer 2: ¿Guayaba?
Camarera: No, guanábana. Es una fruta también de América. Es feísima, pero su sabor es una maravilla.
Mujer 2: De acuerdo, tráigame uno de esos.
La camarera toma nota y sale.

Escena 3

Mujer 2: ¿Sabes? Te he echado mucho de menos (toma la mano de su amiga que está encima de la mesa). No entiendo como tanto tú como yo nos dejamos embaucar por un par de cretinos.
Mujer 1: Bueno, hay que entender el contexto. Éramos muy jóvenes. Ambas vivíamos en unas circunstancias donde nuestros padres nos controlaban, y claro, aquellos dos tarugos vinieron, nos besaron por primera vez y nos creímos que todo era de color de rosa.
Mujer 2: Sí, así es. Pero menos mal que nos conocimos en aquella fiesta. 
Se toman las dos manos.
Mujer 2: No habría podido vivir todo este infierno sin tu apoyo. Menos mal que nos podemos ver de vez en cuando, estar juntas, apoyarnos...
Mujer 1: Sí, pero esto es un parche. Yo no puedo aguantar más. Voy a mandar al tuitero con su madre, que sigue siendo su bebé deliciosito...
Mujer 2: ¿Estás segura?
Mujer 1: Al ciento cincuenta por ciento.
Hay un momento de silencio. Ambas se miran, sin soltarse las manos.
Mujer 1 (nerviosa): ¿Y por qué no das el paso y mandas a tu cazador a paseo y nos vamos tú y yo juntas?
Mujer 2: Pero ¿a dónde?
Mujer 1: Yo que sé. Me da igual. Lo importante es que estemos juntas. No quiero depender de un tipo solo por el hecho de que una vez me besó y aparentemente me salvó.
Mujer 2: Te entiendo tan bien. Por eso hay tanta química entre nosotras.

Escena 4

Entra la camarera. Lleva una bandeja en la que transporta las bebidas. Primero coloca el café con leche y luego el batido de guanábana en un vaso alto.
La camarera ya se está retirando, pero, de golpe, se detiene y se vuelve a la mesa.
Camarera: Perdonen el atrevimiento, pero creo que yo a ustedes las conozco.
Mujer 1 y Mujer 2 se sueltan las manos y se quedan mirando a la camarera.
Camarera: Yo las he visto antes (hace gestos de querer recordar). ¿Ustedes no son... no son... no son... un dueto musical que actuaba hace años?
Mujer 1 y Mujer 2 se habían echado hacia atrás, asustadas. Parecían querer no ser reconocidas. Pero ahora se relajan.
Mujer 2: No, no somos nosotras.
Camarera: Perdonen, perdonen.
Mujer 1: No se preocupe.
Camarera (apenas se da media vuelta, cuando, de repente, se vuelve hacia las clientas): ¡Ya sé! Ustedes son Blanca Nieves y Bella Durmiente!
Las dos mujeres se echan hacia atrás, arrastrando la silla.
Mujer 1: Cállese, por favor.
Camarera (sonriente): Tranquilas, aquí están entre amigas. ¿No saben quién soy yo?
Ambas mujeres niegan con la cabeza,
Camarera: Yo soy Christine Chapeau.
Ambas mujeres se la quedan mirando sin comprender.
Camarera: Más conocida como Caperucita Roja.
Mujer 1 y 2 (al alimón): ¡Ahhh!
Camarera: Así que, quédense tranquilas.
Mujer 2: ¿Pero a usted no intentó comérsela un lobo y la salvó un cazador? 
Camarera: No, que va. Esa fue la versión que contamos. Lo cierto es que el cazador era un cretino que quería casarse conmigo para que le cocinara y le lavara. Nos sirvió de excusa, le hicimos creer que mató al lobo, pero lo cierto es que fue todo un montaje. El lobo es ahora mi marido, quien, por cierto, es quien sirve en la barra, llevamos el negocio entre los dos.
La camarera saluda al fondo, pero no se ve nada, porque está oscuro, pero se oye un aullido.
Mujer 1: Gracias por todo.
Camarera: No hay de qué. Y están invitadas.
Mujer 2: ¡Qué hermoso detalle! Gracias otra vez.
La camarera se retira.

Escena 5

Mujer 1: Bueno, ¿te animas?
Mujer 2 duda unos instantes.
Mujer 2: De acuerdo, vayámonos juntas y dejemos a esos dos mentecatos.
Mujer 1: Si quieres, los ponemos en contacto entre ellos.
Mujer 2: No vale la pena... Son demasiado perfectos, o al menos eso se creen ellos, se admiran solo a sí mismos.
Mujer 1 se toma el café de un solo trago
Mujer 2 lo intenta, pero necesita tres tragos.
Mujer 1: Entonces, te paso a recoger mañana al alba.
Mujer 2: Sí, ¿Pero cómo viajaremos?
Mujer 1: En mi moto, u olvidas que soy una mujer de recursos.
Ambas se levantan y se abrazan. Recogen el casco y la pamela, y se separan. 
La una se va por la izquierda y la otra por la derecha. Ambas vuelven a vestirse como al inicio, pero ahora sí se ven sus ropas. Son trajes de princesas. Ambas se colocan una diadema.
Salen cada una por un lateral.

Telón

 © Frantz Ferentz, 2020

martes, 31 de marzo de 2020

ÍNGRIDO, CABALLERO MATADRAGONES

Desenho de Cavaleiro com espada e escudo pintado e colorido por ...
Íngrido era un caballero matadragones.
Se ganaba la vida poniendo su espada al servicio de reyes y nobles que tenían problemas con los dragones, quienes le daban dinero para liquidar a aquellos bichos que calcinaban todo a su paso.
Sin embargo, últimamente los negocios no iban muy bien.
Había pocos dragones y, por tanto, reyes y nobles no contrataban los servicios de caballeros como él.
Qué mal.
Un día, mientras Íngrido tomaba su baño semestral (un buen caballero solo se baña un par de veces al año como máximo, porque el hedor es parte de sus estrategias de caza, lo cual es algo que no alcanzo a entender, pero en fin...), algo que era el equivalente a un periódico de esa época cayó en sus manos.
Era un bando, pero no estaba firmado por el rey, que es lo habitual, sino que estaba firmado por un tal Lupubrún que así decía:


Se buscan caballeros matadragones
dispuestos a enfrentarse a un solo dragón
de modos alternativos, sin espadas,
escudos, ni cualquiera de esas zarandajas.
Acérquense a la cueva Kola-Kola
mejor siempre a primera hora.


La cueva Kola-Kola era un lugar siniestro donde ni siquiera los más valientes entraban porque decían que estaba embrujada.
Sin embargo, nuestro caballero quería mejorar su currículo.
Tenía que demostrar que podía ir a la cueva Kola-Kola y enfrentarse al dragón que, según rezaba el bando, estaba esperando a un caballero que pudiera enfrentársele sin espada o escudo.
Y ahí estaba él.
Tuvo que atravesar desiertos, bosques impenetrables, montañas nevadas, ríos... hasta llegar a la isla Simpática, que de simpática solo tenía el nombre, en medio del lago Fuententera, cuyas aguas se consideraban venenosas.
Y allí, en esa isla, era donde estaba la cueva de Kola-Kola.
Cruzó las aguas del lago después de pagar una fortuna al único barquero que se atrevía a surcar aquella superficie.
Pasó la noche al pie del esqueleto de un viejo árbol que parecía querer rascar la luna.
Tuvo que esperar hasta el amanecer.
Ante él, el antiguo volcán Ukululu se alzaba en el centro de la isla.
En el medio de la ladera, se abría la entrada.
Íngrido dejó su armadura, escudo y espada en el suelo y comenzó a ascender.
Por el camino iba pensando en cuál sería el desafío: ¿luchar con las manos, kungfú, a ver quién aguantaba más conteniendo la respiración, una guerra de pedos...?
Cuando finalmente llegó a la entrada de la cueva, entró.
Dio unos pasos y enseguida se topó al dragón acostado en una esquina.
Cuando el dragón lo vio entrar, se levantó y se presentó:
– Bienvenido, caballero, soy Lupubrún.
– Entonces eres tú quien firmó el bando.
– Exactamente. Estoy buscando un rival digno de mí. ¿Serás tú?
– Probemos –dijo Íngrido.
– Acompáñame.
El caballero siguió al dragón a través de la cueva hasta que llegaron a una gran galería.
En el centro había algo oculto bajo una enorme manta.
El caballero pensó que sería una pista de fango.
Estaba seguro de que, si luchaba, derrotaría al dragón.
En ese momento, el dragón se puso unas gafas y retiró la manta
– ¿Qué demonios es eso? –preguntó Íngrido cuando vio una mesa con pequeñas figuras perfectamente colocadas.
– ¿Eso? Eso es un tablero de ajedrez. Elige, ¿blancas o negras?

© Frantz Ferentz, 2020


lunes, 23 de marzo de 2020

LOS VECINOS DEL 1ºD

Resultat d'imatges per a "quarantine"

Día 1: Acabamos de entrar en cuarentena por el Covid-19. Los vecinos actúan como si no se enteraran de la televisión. Van y vienen para visitarse felices. Nunca han aprendido a hablar, siempre gritan. Se pelean entre ellos. Parece como si lucharan por la comida. No sé qué pensar. 

Día 2: Llegan los hijos, se van los hijos, vuelven los hijos. Tengo la tentación de conectar con la policía e informar de que ellos no respetan el confinamiento. Oigo a los perros, ignoro si hablan con ellos o si se pelean con ellos. 

Día 3: Mientras toda la población sigue confinada, los vecinos mantienen su vida ordinaria. Mi esposa sale a la calle para hacer compras y dice que ha visto a los vecinos, pero que llevaban máscarillas... ¿Para qué? Me pregunto yo. 

Día 4: Los vecinos no cambian de comportamiento. 

Día 5: Son las cinco de la madrugada. Me despiertan unos ruidos terribles en el pasillo. Es el ejército que entra. Derriban la puerta de la casa de los vecinos. Después de dos horas, todos los que entraron, no han salido todavía. Todo es silencio. 

Día 6: Me asomo al pasillo. La puerta de la vivienda de los vecinos está cerrada. El silencio dura hasta la noche. Después, vienen más hijos y hacen los ruidos habituales. 

Día 7: Hay policías y militares en la calle, pero no se atreven a subir. Los vecinos continúan con sus disputas. Me asomo a la ventana y veo como lanzan cadáveres. Hay gritos de terror en la calle. Retiran los cuerpos. Todos se van. Los vecinos tienen más fiesta. 

Día 8: Toda la noche despiertos a causa de los vecinos. De repente entran sin aviso las fuerzas de asalto. Es un escándalo sin precedentes. Los vecinos parece que controlan a los asaltantes. Silencio durante unas horas. 

Día 9: Creo que vamos a morir todos. Estoy en el suelo escribiendo estas últimas líneas en el celular. Parece ser que los vecinos controlan el coronavirus a voluntad. Hartos de que los ataquen, usan los virus contra el resto de la población. 

NOTA FINAL DEL DR. LIEGER: Después de leer este diario de un vecino de los habitantes del 1ºD, creo que el control que ellos obtuvieron del coronavirus fue posible gracias al hecho de que eran los últimos australopitecos vivos y son inmunes a virus como el Covid-19. De ahí su capacidad de supervivencia primero y de control del virus después. Pena que no tengamos descubierto antes que eran la última tribu de australopitecos a vivir entre nosotros. Infelizmente, la única hipótesis para que los seres humanos sobrevivan es desevolucionar a australopitecos. Sin embargo, ya ahora estamos todos, absolutamente todos, contagiados. Por ahora, ya me he quitado la ropa y me preparo a caminar con el apoyo de las manos, como los habitantes del 1ºD. Ellos han de mostrarnos el camino.


© Frantz Ferentz, 2020

jueves, 20 de febrero de 2020

ABDUL AL-GHANDUL, EL GENIO AZUL

Resultat d'imatges per a "genie"
Prosodio García se dispuso a introducir su tarjeta en el cajero automático. Marcó el código y espero que saliese la siguiente pantalla, la que daba opciones de operar. Pero no pasó eso. No. Pasó algo inesperado. 
Por la ranura de los billetes salió un humillo azul, que poco a poco fue tomando forma de un ente, con cabeza gorda, cuerpo menudo, pero sin piernas, porque en su lugar tenía una especie de cola, como de pescado, pero sin aletas al final. El ente en cuestión, con los brazos cruzados, dijo:
– Hola, soy Abdul al-Ghandul, genio de este cajero automático.
Prosodio no daba crédito. ¿Un genio? ¿Y en un cajero automático? Pese al estupor que le causaba la situación, preguntó:
– ¿Acaso los genios no viven en lámparas?
– Cierto, pero la mía me la robaron hace tiempo.
– ¿Y por qué vives en un cajero automático? –inquirió Prosodio.
– Es una larga historia, pero te la voy a contar resumidamente. Resulta que provengo de un campo de genios en mitad del desierto, pero un buen día, hace unos años, unos cazatesoros encontraron mi lámpara en un templo subterráneo. Me trajeron para acá en mi lámpara y la vendieron. La limpiaron con salfumán, con lo cual me expulsaron de mi hogar, por los gases, que son irrespirables hasta para los genios. En fin, cuando quise darme cuenta, estaba en mitad de la calle, sin mi lámpara. Cómo necesitaba un hogar urgentemente. Entonces vi que la gente acudía a los cajeros automáticos para satisfacer sus deseos. No lo dudé, me quedé a vivir en este cajero, porque aquí puedo satisfacer deseos. En mi caso, estoy asociado a tu tarjeta de crédito.
– ¡Ah, pues muy bien –exclamó Prosodio–. ¿Eso significa que te puedo pedir tres deseos, como en las fábulas?
– ¡Claro!
Prosodio seguía sintiéndose un poco escéptico. Sospechaba que había truco, que tal vez se tratase de un programa de cámara oculta, pero decidió arriesgarse. Si era una broma, se reiría, si no, quién sabe.
– Está bien. Este es mi primer deseo: quiero ser rico, inmensamente rico.
El genio sacudió la cabeza y dijo:
– Déjame darte un consejo de amigo: no pidas dinero. Desde que vivo en el cajero, sé cómo funciona esto. Verás, Hacienda se te puede quedar con la mayoría del dinero y, si no consigues explicar su procedencia, hasta te investigarán, serás sospechoso de narcotráfico, o blanqueo de capitales, o cualquier otro delito.
Prosodio se quedó pensativo.
– Y entonces, ¿qué pido?
– Permíteme aconsejarte –dijo Abdul al-Ghandul–. Pide solo aquello que deseas de  verdad.
– Está bien. Quiero: una casa nueva de tres pisos, un avión para viajar donde yo quiera y... –ahí se quedó pensativo un momento.
– ¿Y? –preguntó el genio.
– Es que no sé ––dudó Prosodio.
– Recuerda –dijo el Abdul al-Ghandul–, algo que desees de verdad.
– Y el mejor amigo que se pueda tener –concluyó Prosodio.
– Concedido.
En ese momento, ante el perplejo aparecieron tres objetos: una especie de casa de muñecas, una maqueta grande de una avioneta y... una especie de androide. Pero los tres objetos tenían algo en común. ¡Estaban hechos de lo mismo. ¡Estaban fabricados a base de libros!
Prosodio iba a decir algo, iba a pedir explicaciones a Abdul al-Ghandul, pero entonces, una mano le agitó el hombro y despertó. Se había quedado dormido de pie delante del cajero. Una señora malhumorada le dijo:
– Despierte ya, que otros queremos usar el cajero.
Detrás de Prosodio había ya una fila considerable de gente esperando para sacar dinero. Qué vergüenza. ¿Cómo podía haber tenido aquel sueño y encima de pie?
– Joven –llamó la señora indignada a Prosodio según se iba–, no se olvide de la tarjeta y de los diez euros...
Prosodio llegó a casa media hora más tarde. Metió la llave en la cerradura, abrió, avanzó por el pasillo y... se topó de morros con su esposa, Plinia, que lo esperaba con cara de pocos amigos.
Él intentó darle un beso, pero ella se apartó y gruñó.
– Pero ¿qué pasa?
– ¿Que qué pasa? Ven y explícamelo tú...
Y sin más, ella agarró del antebrazo a su marido y lo llevó hasta donde un rato antes estaba el trastero, pero que ya no era un trastero, sino una biblioteca enorme, bien provista, con libros desde el suelo hasta el techo.
– ¿Y esto? –preguntó Prosodio.
– Tú sabrás. Vino aquí un tipo azul, parecía salido de una fiesta de disfraces. Dijo que trabajaba para el banco y que venía de tu parte. Se me coló en casa sin que yo pudiera detenerlo, estuvo husmeando por todas partes. Se metió en el trastero, cerró la puerta, sonaron unos golpes, salió y se fue. Cuando entré en el trastero, me encontré eso –y señaló a la biblioteca.
Prosodio comprendió que no había sido una alucinación. Todo había sido real.
– ¿Y no te dijo nada más?
– Ah, sí –recordó Plinia–. Antes de irse dijo que en los libros encontrarás todos tus deseos y más... y algo de que son un amigo que nunca falla y que en ellos está la auténtica magia ¿Me lo puedes explicar?
Pero Prosodio se limitaba a mordisquear las esquinas de la tarjeta de crédito.

Frantz Ferentz, 2020

jueves, 13 de febrero de 2020

LA PRIMERA Y ÚLTIMA CONTADORA DE HISTORIAS

Resultat d'imatges per a "guacamayo"


El gran Icquatchú carraspeó y dijo:
“Anoche pedí a nuestros antepasados que me inspirasen historias de esta nuestra tierra milenaria y tal como ellos me contaron, yo os cuento”.
Y entonces, comenzó a narrar una antigua historia de volcanes enamorados y de lagos celosos.
Todos los chicos de la aldea escuchaban la nueva historia, sin pestañear, en círculo, sentados en el suelo, bajo el cielo estrellado, con una hoguera en medio.
Cuando Icquatchú acabó, Belver habló:
“Maestro Icquatchú, ¿tal vez podrías contarnos mañana una historia sobre el mar?”
Toda la chavalada se quedó mirando a aquella chica extraña. Ninguno de ellos, ni el propio Icquatchú, aunque fuera centenario, había nunca oído hablar del mar. Era una extraña palabra.
“¿Cómo aprendiste esa palabra?”, preguntó el maestro Icquatchú, pero su tono de voz no mostraba buen humor, más bien lo contrario.
“El río me habló del mar”, explicó la niña. “Él me contó cómo viaja, cómo desciende rápido nuestras montañas hasta alcanzar la selva, para después continuar lentamente hasta el lugar donde se une con el agua que no termina, que él llama mar”.
Icquatchú podría haber dicho que todo era producto de la imaginación de la chica, pero Belver era su nieta, pertenecía a su casta de contadores de historias, historias que tenían el don de escuchar directamente de los espíritus y de la naturaleza. Ser contador de historias era uno de los privilegios más grandes de la tribu. Era casi tan importante como ser chamán.
El gran maestro contador de historias sabía que algún día su nieta ocuparía su lugar en la tribu, donde contar historias tenía una importancia muy grande. Sin embargo, la joven no entendía cuál era el verdadero sentido de esa tarea.
“No voy a contar ninguna historia que no tenga que ver con nuestra tradición, con nuestra realidad, ¿te enteras?”, respondió molesto Icquatchú mirando fijamente a su nieta, pero era un aviso para todos los chicos de la aldea, si por casualidad soñaban con escuchar historias que no hablaran de cóndores, volcanes, lagos, espíritus de los antepasados o la madre tierra o el padre sol”.
Aquellas palabras tuvieron un efecto inmediato en el alma de Belver.
Cuando, al día siguiente, su madre fue a buscarla, ella no estaba acostada en su estera. Y ya no la vieron más. Había desaparecido de la vista de todos.
Mientras, Belver había abandonado la aldea. Había puesto rumbo a la selva, para conocer otros pueblos que conocieran otras historias. Y así viajó durante meses, hasta alcanzar las villas y ciudades, donde pudo escuchar no solo a los abuelos y abuelas contar cuentos, sino también a aquellos que, en medio de las calles llenas de polvo, entre coches, contaban historias por unas monedas.
Belver, además de escuchar y recordar historias de todo tipo, comenzó a hacer amistad con los escandalosos guacamayos. Todo había empezado cuando salvó a una de ellos de ser vendido en el mercado. Le habían cortado las alas para no poder volar, pero Belver, aprovechando un descuido del vendedor, se escapó con el guacamayo posado en su hombro, mientras se organizaba un escándalo terrible por toda la calleja, perseguida primero por el vendedor del ave, que gritaba cosas muy feas a la ladrona, y después el resto de comerciantes que también la perseguían, aunque no supieran por qué.
Sin embargo, el guacamayo conocía muy bien la ciudad. Se puso a indicar a la chica por dónde ir: “Ahora a la izquierda... sube esas escaleras... ve por ese pasillo... ¡salta! Ahora a la derecha, aún a la derecha...”
Fue una carrera loca, pero después de diez minutos, Belver se sentaba en la arena de la playa con el guacamayo en su hombro. Y allá se extendía aquella masa de agua infinita, más grande que cualquier lago que hubiera visto nunca, con suaves olas.
“¿Qué es eso?”, preguntó Belver
“El mar”, respondió el guacamayo.
La niña acarició el pecho del ave con un dedo y le preguntó:
“¿Cómo te llamas?”
“No tengo nombre”.
La chiquilla se quedó un instante pensativa. Después dijo:
“Puedo llamarte Mar?”
“¿Por qué?”
“Porque tú me mostraste el mar por primera vez”.
Y así fue.
Tras varios meses conociendo otras partes del continente, Belver empezó a echar de menos su casa. Decidió volver, pero no lo hizo sola. Regresó con Mar y todos los papagayos que se iban encontrando por el camino, pues todos estaban curiosos por conocer cómo eran aquella inmensas montañas donde vivía la niña con su familia.
Durante las largas caminatas, la niña aprovechaba para contar a los papagayos todas las historias que había oído. No quería olvidarlas y, a su vez, quería practicar el arte de contar cuentos, pues ese sería su empeño en la aldea cuando su abuelo faltara.
Belver llegó a la aldea cuando Icquatchú tenía a toda la chavalada reunida alrededor de la hoguera, mientras les contaba la historia de amor de un colibrí y un rayo de luna. A los chicos les gustó la historia, mucho, se veía en sus rostros.
Y cuando el contador terminó su narración, Belver dijo:
“Yo puedo contaros la historia de una vendedora de abrazos en el mercado de la ciudad, o si preferís, la historia de un dragón que quiso ser astronauta”.
Los chicos ni sabían de qué estaba hablando Belver, pero sonaba interesante. Sin embargo, al gran Icquatchú todo aquello le sonó como una grave ofensa. Batió palmas y ordenó a los niños irse a casa.
“¿Como te atreves?”, preguntó el abuelo a la nieta cuando estuvieron solos.
“Abuelo, el mundo es mucho más grande que este valle nuestro. Hay montones de cosas allá fuera y hay historias maravillosas que yo he oído”.
“Aquí solo se cuentan las historias que nos inspiran los espíritus y que hablan de nuestra tradición, de nuestra tierra, ¡ya te lo he dicho mil veces!”
Las protestas de Belver no sirvieron de nada. El abuelo convenció el cacique para prohibir que la nieta pudiera contar cualquier historia hasta que no comprendiera cuál era el valor auténtico de la tradición. Se tuvo que quedar en casa, encerrada, solo con la compañía de su amigo Mar.
“No te pongas triste”, la consoló el guacamayo. “Lo que tenga que ser, será”
“¿Qué quieres decir?”, preguntó Belver.
Pero el guacamayo no dijo más nada. Solo dio un brinco y saltó por la ventana hacia fuera.
Así, cuando a la noche siguiente, el gran Icquatchú quiso contar su historia, se topó que ningún chico o chica de la aldea estaba alrededor de la hoguera esperando su cuento.
“¿Dónde diablos se fueron todos?”, se preguntó.
Apenas tuvo que desplazarse hacia fuera de la aldea cuando vio que la chavalada estaba sentada al pie del bosque. Sobre una roca inmensa, estaba posado Mar, que en ese momento contaba cuentos de cosas desconocidas para la chavalada, cosas como un submarino que surcaba el mar por debajo la superficie y a veces tenía ganas de estornudar. O de una ballena que quería ser bailarina.
El gran Icquatchú pidió a los guerreros que acabasen con aquel maldito guacamayo, que se salvó por uno pelo y se refugió en el cuarto de Belver.
Pero, cuando el día siguiente convocó a los chicos alrededor del fuego, tampoco apareció ninguno. Y no estaban al pie de la roca.
El viejo contador de cuentos se desesperaba, no entendía cómo era posible. ¿Se trataba acaso de algún hechizo?
Pero no, cada chico estaba en su casa.
Y cada uno de ellos, oía una historia de lugares lejanos o no tan lejanos, que un papagayo le contaba.
Frantz Ferentz, 2020