lunes, 20 de octubre de 2014

EL EXTRAÑO CASO DE LA OBESIDAD CRECIENTE DE OBDULIO GARCÍA

Obdulio García era un caso único en Villanueva de Aldeavieja. Era la única persona obesa que vivía allí. Pero eso no era lo curioso del caso, su obesidad, sino que estuviese obeso cuando solo se alimentaba de semillas de girasol, arroz cocido y fresas cuando llegó la estación de las mismas. Y para beber solo agua.
La gente de Villanueva de Aldeavieja, buena gente en general, pero también extremadamente curiosa, especulaba sobre las causas de de aquella inexplicable gordura de Obdulio García. En su familia no había antecedentes de mega-sobrepeso, así que nadie se explicaba cómo aquel desgraciado podía tener una cintura tan enorme que si una diminuta mosca pasaba a su alrededor, se quedaba capturada por la fuerza de gravedad que surgía del cuerpo de Obdulio hasta convertirse en una especie de satélite alrededor de la cintura del hombre, incapaz de escapar de ella.
Así, la obesidad de Obdulio aumentaba día tras día. Algunos habitantes comenzaron a temer que Obdulio ocupase él solo la mitad de la ciudad y el resto de la gente de allí se viese obligada a vivir en la otra mitad, apretujada.
Como ya dije antes, los habitantes de la Villanueva de Aldeavieja eran en general buenas personas y querían ayudar a su vecino Obdulio. Por eso, se convocó asamblea ciudadana en el Ayuntamiento y se discutió cuál era la causa de aquella obesidad inexplicable.
– Debió absorber alguna toxina de pequeño –opinó doña Crisanta, la farmacéutica–. Se le quedó en el cuerpo y no la expulsó cuando llegó el momento.
– En mi opinión –opinaba dueña Fina, la dueña de una tienda de embutidos con denominación de origen–, la causa está en que no come jamón. Aunque digan que el jamón engorda, es falso. Mírenme a mí...
Era verdad, estaba hecha una sílfide.
– Creo que os equivocáis, queridos convecinos –dijo el concejal de la oposición, don Leocadio de Todos los Santos–, el problema de nuestro vecino es que no hace suficiente ejercicio, se mueve poco y mal...
En fin, había tantas opiniones como vecinos, o a lo mejor más, porque algunos vecinos tenían más de una opinión, pero en la asamblea solo se podía dar una sola causa de la obesidad de Obdulio.
El último vecino al que le tocó hablar, don Hegemonio, aún dijo:
– El problema de nuestro apreciado Obdulio es precisamente su nombre. Obdulio comienza con “ob-“ como “obeso”. Si se cambiase el nombre, desaparecería el problema.
Nada que hacer. Así era imposible encontrar una razón convincente. Entonces el alcalde de Villanueva de Adeavieja, dijo a la asamblea:
– Preguntemos a nuestro querido Obdulio qué es que él piensa.
– Ya, pero tendremos que salir al campo, porque él no entra por la puerta principal del ayuntamiento –explicó el cabo Rodríguez de la policía local, máxima autoridad armada de la villa, que siempre vestía un impecable uniforme azul con el escudo del ayuntamiento. 
El cabo Rodríguez hasta se había hecho confeccionar tres pijamas de algodón, los tres con la forma de su uniforme de policía, que podría usar para salir en mitad de la noche en caso de que hubiera cualquier emergencia, sin tener que perder el tiempo en vestirse su uniforme de cabo de la guardia urbana, pero, por suerte para él, Villanueva de Aldeavieja era un lugar muy tranquilo donde por la noche solo hacían barullo los ratones y a veces doña Ramona, que la pobre era sonámbula, pero siempre por la calle Mayor, mirando los escaparates de las cuatro tiendas que había en toda la villa, aunque por suerte a esas horas estaban cerradas y no podía gastar dinero en ellas.
Todos los vecinos que participaron en la asamblea corrieron a la vera del río, que era el lugar favorito de Obdulio García y donde se encontraba el parque municipal. Allí, acostado en la hierba, los vecinos hicieron un círculo alrededor de él. El alcalde, que por algo era la máxima autoridad municipal, le explicó que nadie se ponía de acuerdo sobre cuál era la causa de su obesidad creciente.
Él, Obdulio, echado en la hierba, comenzó a pensar. Lo cierto es que incluso él no se había preocupado nunca de eso. Sí, notaba que cada vez era más gordo, pero no parecía importarle mucho, sinceramente. Y lo dijo así:
– Queridos vecinos, es verdad que cada vez estoy más gordo, pero no me importa mucho, sinceramente. Soy un tipo verdaderamente inteligente, soy el tipo más brillante de toda la provincia... qué digo de la provincia, de todo el país. Deberíais estar orgullosos de que un genio como yo viva en Villanueva de Aldeavieja.
Todos los vecinos presentes en la asamblea, excepto doña María de los Juncos, que estaba absorta en la contemplación de una mariposa que se le había posado en la nariz y le hacía cosquillas, se quedaron asombrados con aquellas palabras.
Ahí el líder de la oposición municipal, no se sabe si por convencimiento o si por ganarse unos votos para las próximas elecciones, dijo:
– Caro Obdulio, es tremendo eso que estás diciendo. Nosotros, todos tus vecinos, no hacemos más que preocuparnos por ti...
Y Obdulio sonrió y replicó:
– No seas mentiroso. Lo que pasa es que a vosotros se os come la curiosidad... y la envidia.
Aquellas palabras irritaron a los vecinos, que enseguida comenzaron a murmurar. Pero aquel ambiente hostil no pareció incomodar Obdulio, él estaba disfrutando de la situación, con tanta gente pendiente de él.
En ese momento, de entre los vecinos, doña Levedad se acercó hasta Obdulio y lo pinchó con una aguja de hacer calceta. Y Obdulio, como cabe esperar, tuvo la única reacción normal: chillar.
–¡Ayyyy! Señora, ¿se ha vuelto loca o qué?
Y doña Levedad explicó que aún quería comprobar si el problema de Obdulio no era que estuviese hinchado de algo y pensó que con una aguja, pinchándolo, quizás se deshincharía, pero ya se vio que no.
Y así las cosas, los vecinos se fueron marchando del parque. Sin embargo, Ximena, una niña con pecas y trenzas, dijo a los vecinos:
– ¡Creo que sé por qué Obdulio no para de engordar!
Todos la contemplaron atónitos. ¿Cómo una niña tan pequeña iba a saber el motivo de la obesidad de aquel ilustre vecino de la villa? Ella no tenía experiencia ninguna de la vida como para entender de esas cosas.
– Me lo contó mi abuela –explicó Ximena sonriendo–. Me dijo que ella conoció, en sus años jóvenes, gente como Obdulio y que los motivos de su obesidad no son por comer mal, sino por otras cuestiones... ¡Y yo sé cómo ayudarlo!
Todos los vecinos presentes se quedaron boquiabiertos. ¿Cómo iban a hacer caso a una niña tan pequeñita con trenzas? Sin embargo, si Obdulio seguía engordando, acabaría ocupando toda la villa... Algo había que hacer. Al final, en otra asamblea, los vecinos aceptaron la propuesta de Ximena, que consistía, sencillamente, en un concurso de preguntas y respuestas, como los que echaban por televisión.
No fue difícil convencer Obdulio para participar en un concurso. En cuanto se enteró de la propuesta, dijo:
– Sí, sí, me gusta la idea. Voy a demostrar mi gran inteligencia y mi inmenso talento...
Y en cuanto dijo eso, engordó todavía algo más.
Montaron los platós del programa en el parque, al aire libre. Y el concursante que se iba a oponer al propio Obdulio no era otro que la propia Ximena. Se trajeron a un presentador muy conocido de la televisión, Johnnie John, también conocido como John al cuadrado, al cual, cada vez que sonría, le surgía un destello de entre los dientes, pero no porque le brillaran, sino porque tenía un pequeño dispositivo instalado encima de la encía que disparaba automáticamente los destellos.
Todos los habitantes de Villanueva de la Aldeavieja congregaron alrededor del parque municipal, en el plató habilitado para el efecto. Todos, excepto don Agamenón, que confundía la claustrofobia con la agorafobia; el pobrecillo estaba convencido que tenía pavor a los espacios abiertos, cuando en la realidad lo tenía a los espacios cerrados, así que se iba a perder aquella magnífica ocasión de ver cómo se grababa un programa de la televisión en su misma villa. Y todo por no consultar en el diccionario la enfermedad que sufría.
 Johnnie John empezó soltando un discurso sobre lo buen presentador que él era, lo cual irritó mucho a Obdulio, a quien no le gustaba nada que otros se exaltaran delante de él. Pero por suerte para Obdulio, una paloma que pasaba por allí dejó caer una cagarruta encima de Johnnie John y hubo que cortar la grabación para limpiarle el hombro de la chaqueta.
Una vez resuelto aquel penoso incidente, comenzó ya el concurso de preguntas y respuestas sin más prolegómenos. Para intentar resumir cómo fue el concurso, nos vamos a limitar a reproducir algunas de las preguntas y respuestas.
JOHN: Primera pregunta. ¿De qué color es la melancolía?
OBDULIO: Anaranjada...
JOHN: Incorrecto. Rebote
XIMENA: Del color contrario a los sueños.
JOHN: Correcto.
OBDULIO: ¿Y de qué color son los sueños?
JOHN: Eso aquí no se pregunta. Segunda pregunta. ¿Cómo harían para que los peatones caminen por la orilla y los coches por la calzada?
OBDULIO: Con una buena legislación y buenas multas, está claro...
JOHN: Incorrecto. Rebote.
XIMENA: Poniendo carteles que digan que la gente tiene que caminar por la calzada, mientras que las aceras quedan reservadas a los coches.
OBDULIO: ¿Y por qué es correcta esa respuesta?
XIMENA: Porque a la gente le gusta hacer lo contrario de lo que se le dice que haga.
(...)
JOHN: Décima y última pregunta. ¿Qué tienen en común un gato siamés y una gallina clueca?
OBDULIO: En que ambos son domésticos?
JOHN: Incorrecto. Rebote.
XIMENA: ¿En que el nombre de ambos comienza con ga–?
JOHN: ¡Correcto! Y la ganadora es...
Ahí sonó un redoble de tambor, pero era innecesario, porque ya todos sabían que la niña había ganado el concurso. Ella había respondido bien las diez preguntas, mientras que Obdulio había fallado en todas.
– La ganadora es... ¡Ximena!
Toda la villa aplaudió entusiasta, toda excepto Obdulio, que estaba rojo de ira porque lo habían humillado. Nadie reparó en él, pero se marchó de allí, se adentró en un bosque próximo donde se quedó a la sombra de una secuoya, donde no quiso ver a la gente. Sin embargo, por allí pasaban vecinos de vez en cuando, vecinos que corrían, llevaban al perro a pasear o montaban en bicicleta. Todos, muy atentos, lo saludaban:
– Buenos días, Obdulio.
– Buenos días, Obdulio.
– Buenos días, Obdulio.
Pero Obdulio solo gruñía. Nunca en su vida lo habían humillado de aquella manera, y eso era lo que tanto le fastidiaba. Él, el tipo más brillante del mundo mundial, vencido en un concurso de preguntas tontas por una niña con trenzas...
Y entonces, se corrió la voz por la villa: Obdulio había adelgazado. Sí, después de una semana, Obdulio estaba cada vez más delgado. Lo testimoniaban todos los vecinos que pasaban por el bosque y se encontraban con él sentado siempre debajo de la secuoya.
– Lo mismo ha adelgazado porque ha dejado de comer –opinó doña Crisanta.
– No, amiga mía, ha sido porque solo come piñones –replicó doña Fina.
– Las secuoyas no dan piñones –comentó entonces Ximena–. El verdadero motivo por el que engordó es otro.
Y ahí toda la villa quiso enterarse del motivo, toda la villa sin excepción:
– Ha adelgazado porque su ego estaba expandiéndose por su cuerpo. Se creía el tipo más inteligente, el más sabio, el más guay y el más mejor de todos. De eso es de lo que me había avisado mi abuela: el orgullo solo con modestia se cura. Por eso me inventé lo del concurso, porque si alguien demostraba a Obdulio que no era ni el más inteligente, ni el más sabio ni el más mejor, su ego se deshincharía...
Aquellas palabras fueron muy bien acogidas por los vecinos de Villanueva de Aldeavieja. Alguien hasta pensó que había que levantar una estatua a la niña, pero ella dijo que prefería que la convidasen a tarta de fresas con chocolate, que le iba a sacar más provecho.
Y así fue como Obdulio dejó de estar obeso por causa de su egolatría, pero poco a poco volvió a engordar, pero entonces fue a causa de su afición desmedida a las golosinas, que, según él, le calmaban la angustia de ya no ser el tipo más inteligente, más sabio, más guay y más mejor de toda la provincia… lo de todo el país, mejor no mencionarlo.

Frantz Ferentz, 2014

viernes, 17 de octubre de 2014

LA ALFOMBRA MÁGICA DE MANUEL

    Manuel comprobó con sorpresa que la alfombra donde su perro Felipe acostumbraba echarse la siesta era mágica. ¿Que cómo lo averiguó? Lo cierto es que no fue muy complicado. Le bastó contemplar cómo, durante las siestas de Felipe, la alfombra se elevaba unos milímetros del suelo.
    ¡Era genial!
  Manuel se quedó pensando: «Y si yo me montara en esa alfombra, ¿podría volar?»
    El chaval aprovechó cuando el perro había salido a hacer pis en la calle, porque la madre se lo había llevado de paseo, para subirse en la alfombra. Le dijo:
     – Vuela.
    Pero la alfombra no se movió. Manuel pensó que, tal vez, la alfombra era muy delicada y probó con fórmulas de cortesía, porque la profesora siempre decía que “por favor” era una palabra mágica.
    – Vuela, por favor... Por favor... Por favor... Por favor...
    Nada, aquello no era una palabra mágica por mucho que lo afirmase su profesora. Usó todas las fórmulas que se le ocurrieron, empezando por Abracadabra, pero todo fue inútil, la alfombra seguía allí inmóvil.
    Entonces volvió Felipe. Tras tanta carrera, quiso echarse en su alfombra. Había que reconocer que era un perro perezoso y que lo que más le gustaba en la vida era dormir en su alfombra durante casi todo el día.
    Así, el perro se quedó dormido enseguida, mientras Manuel miraba se lo quedaba mirando. A los pocos minutos, la alfombra empezó a flotar en el aire. El chaval se dio cuenta entonces de cómo funcionaba aquello: era el perro el que hacía flotar la alfombra.
    De alguna manera, el animal tenía la capacidad de activar los poderes mágicos de la alfombra, sin palabras. Lo hacía con su mente. Sí, tenía que ser así, con su mente.
    De repente, Manuel tuvo una idea. Como Felipe, cuando se dormía, tenía un sueño muy profundo, tal vez él pudiera viajar en la alfombra mágica montado en Felipe. Era evidente que no valía la pena echar de allí al perro, porque la alfombra no funcionaría, pero él, Manuel, podría sentarse encima del perro e intentar dirigir el vuelo a lomos del animal.
    Y probó. Aprovechó que la alfombra ya estaba unos centímetros en el aire para subirse en ella y sentarse a lomos del perro. Se sintió como un vaquero del Oeste americano, solo le faltó gritar como uno de ellos.
    El perro, es claro, ni se dio cuenta, siguió durmiendo tranquilamente. Hasta se podría decir que roncaba como el abuelo Carlos. 
    Y cuando ya estuvo encima del perro, Manuel ya no supo qué hacer. ¿Cómo se conducía un perro echado en una alfombra mágica? A lo mejor, funcionaba como con un caballo. Iba a probar. Golpeó suavemente con los talones en los costados del perro y susurró: 
    – Arre.
    Y el perro avanzó lentamente, siempre hacia delante, pero claro, sin cambiar de dirección, corrían el riesgo de pegarse contra la pared. De repente, Manuel tuvo una idea: hacer girar la cabeza del perro con las dos manos hacia la izquierda, en un acto instintivo. Y funcionó, sí, claro que funcionó, porque el perro giró a la izquierda en el último momento, antes de pegarse de morros contra la pared. 
Manuel se puso contento no solo porque podía volar, sino también porque ya empezaba a entender cómo podía dirigir al perro, para a su vez guiar la alfombra. Por tanto, durante varios días, durante las siestas de Felipe, hizo prácticas para guiar al perro echado en la alfombra mágica. Ya había descubierto que para girar a los lados sólo tenía que mover la cabeza del perro para el lado escogido y hasta podía hacerlo estirando suavemente la oreja. Después, para hacer que el perro subiera o descendiera, la clave estaba también en las orejas, estirando de ellas para arriba o para abajo también suavemente, pero estirando de ambas a la vez.
    Fue así como, tras varios días haciendo prácticas por el cuarto, Manuel decidió probar a hacer un pequeño vuelo por fuera. Para eso tenía que escoger un momento cuando sabía que el perro dormiría bastante tiempo, porque sabía que, si el perro se despertaba en el aire, la alfombra se caería al suelo desde una gran altura. De hecho, nadie podía verlo volar montado en un perro que, por su parte, iba echado encima de una alfombra.
    Por tanto, decidió volar de noche. Sabía que Felipe dormía ocho horas seguidas sin menear ni el hocico. Era una ventaja que fuera un perro tan perezoso, sinceramente, porque así podría pasarse algunas horas volando por encima de los tejados de la ciudad, sintiendo el aire fresco en el rostro. Sin embargo, Manuel siempre conducía despacio, por nada en el mundo quería ser descubierto. 
    Hasta aquella noche. Fue cuando Manuel empezó a oír un ruido de motor que se aproximaba de él. Entonces vio como un helicóptero de la policía se le acercaba, con un gran foco iluminando el gran bulto en el aire que formaban él, Felipe y la alfombra. Pero, de repente, Felipe se despertó. Tanto barullo no podía mantenerlo despierto más tiempo, hasta un perro tan perezoso como él tenía que despertarse a la fuerza con aquel ruido horrible, pues, además del motor del helicóptero, se oía a los policías berrear:
    – Les habla la policía. Identifíquense y aterricen lentamente.
    ¿Pero cómo iban a identificarse y aterrizar a la vez? Así no había manera de obedecer, porque al despertarse el perro, su mente dejaba de controlar la alfombra y esta caía en picado como un balón de plomo hacia el suelo...
    Y entonces Manuel se despertó. Felizmente todo había sido una pesadilla. No se había estrellado contra el suelo perseguido por la policía, pero debería estar más atento a sus salidas nocturnas con Felipe y la alfombra mágica. Si lo descubrían, iba a tener serios problemas, pues sí.
    Tras el desayuno, se fue ver al perro. Seguramente estaría durmiendo en su alfombra, todo comodón, después de desayunar y darse su paseo matinal, durante el cual solía regar con pipí todos los árboles del parque, sin dejar ninguno.
    El perro estaba, en efecto, en su rinconcito habitual durmiendo feliz. Bien, vale, todo estaba en orden... ¿O no? Manuel volvió a mirar para al rincón. Y entonces, lo que había notado inconscientemente pasó a ser una percepción consciente: ¡la vieja alfombra ya no estaba allí! El perro dormía encima de una alfombra nueva que, de hecho, era horrible, todo hecho a base de cuadritos a colores. ¡Y de muy mal gusto!
    Manuel se precipitó a la cocina.
    – Mamá, ¿donde está la alfombra vieja de Felipe? –preguntó a la madre, quien en ese momento estaba sentada en el suelo haciendo yoga.
    – En la basura –dijo ella sin alterarse y hasta se diría que sin haber movido los labios. ¿Se habría comunicado con el hijo por telepatía?–. Estaba ya toda deshilachada y daba asco, que ya no cabía más guarrería en ella, aunque la lavara cinco veces seguidas. Ahora el perro tiene una alfombra nueva, que es muy artística, ¿no te parece?
    Pero Manuel no estaba interesado en eso. Abrió el contenedor de la basura, pero la alfombra ya no estaba allá. Se precipitó a la calle, tal vez aún estuviera en la bolsa de basura. Sin embargo, solo pudo contemplar cómo el camión de recogida de basuras se alejaba después de haber vaciado el contenedor... Era inútil correr tras el camión, la alfombra estaba perdida para siempre.
    Qué desgracia. Manuel no pudo evitar que una lágrima se le cayera por la mejilla. ¡Había perdido una alfombra mágica! ¿Cuántas veces la gente encuentra en la vida una alfombra mágica? ¿Cuántas?
    El chaval se volvió todo triste para casa. Solo tenía ganas de llorar. Entró en su cuarto y se tiró en la cama. Al rato vino Felipe. Se había despertado muy pronto aquella mañana. Tal vez había notado que Manuel estaba triste. Saltó a la cama y se quedó a su lado hecho un ovillo. Manuel pensó que era una gran suerte tener un perro tan bueno, aunque se pasara la mayor parte del tiempo durmiendo. Y justo eso fue lo que hizo el perro: hacerse un ovillo y quedarse dormido en la cama de Manuel, bien cerquita de él.
    Enseguida el perro empezó a roncar. Y unos segundos después, la cama empezó a flotar en el aire. Manuel miró al suelo para comprobar que, efectivamente, la cama flotaba. No había duda. Y entonces comprendió algo: nunca había tenido una alfombra mágica, sino un perro volador. 
    En ese instante, Manuel dejó de llorar y alzó suavemente la oreja izquierda de Felipe y la cama se movió lentamente hacia...

Frantz Ferentz, 2014

martes, 7 de octubre de 2014

LA PRINCESA SAPO


    La princesa Clodina, recién maquillada, muy mona ella, se acercó a la charca y empezó a echar un vistazo a las ranas que había alrededor. Buscaba una grande y gorda, la mayor de toda la charca. Por fin la encontró tomando el sol tranquilamente en una roca en la orilla.
    — Hola, rana. Hoy tengo que hacer una buena acción. Me lo ha dicho mi consejero espiritual. Dijo que vivo como una princesa... ji, ji, ji, ji... y ahí  se rió por lo bajo, pero el tonto de él no se ha debido dar cuenta que soy una princesa...
    La rana gorda la contemplaba mientras movía el papo arriba y abajo, que es lo que hacen las ranas cuando están tomando el sol, siempre inmóvil.
    — Así que prosiguió la princesa Clodina yo me dije que mi consejero espiritual tenía razón, que tengo que preocuparme más del resto de las criaturas, pero como en el palacio nadie quiere que lo ayude, todos me ignoran, dicen que soy tonta, pues decidí dar un beso a una rana para convertirla en príncipe. Por lo visto las princesas tenemos ese don. Yo nunca lo he probado, pero creo que sí, ji, ji, ji, ji...
    La rana seguía inmóvil mirando a la princesa, sin siquiera mover un párpado, como si escuchara las sandeces de la princesa atentamente. Si por casualidad tenía capacidad de entender, la rana pensaría que la pobre princesa era verdaderamente tonta.
     ¡Así que te voy a besar para convertirte en un príncipe!
    Y clavó sus labios recién pintados, todo rojos, en los labios de la rana, quien, efectivamente, ante los asombrados ojos de la princesa, se convirtió, previo paso por una nubecita de humo, en un ser humano... pero no en un príncipe, sino en otra princesa.
     ¡Hombre, vaya! exclamó la princesa Clodina. Tú no eres un príncipe.
    Y la princesa rana dijo:
     Efectivamente. Es que como no has mirado nada, has besado a un sapo hembra, porque soy una hembra. Y ni siquiera soy una rana, soy un sapo...
     Puagh, qué asco.
     Asco es lo que me dio a mí cuando me besaste.
     Ay, no se indignó la princesa Clodina, toda herida en su orgullo, a mí nadie me habla así, porque mando que le corten la cabeza...
     A ver, a ver insistió la princesa sapo. Yo quiero recuperar mi forma normal, con que vete pensando en cómo devolverme a mi forma de sapo, que yo vivía muy feliz en mi charca.
     ¡Qué desconsiderada eres! protestó Clodina. ¡Voy a llamar los guardias para que te decapiten! ¡Guardias, guardias, a mí!
    Enseguida acudieron cuatro guardias armados.
     ¡Decapitad a esa princesa!
    Los guardias se quedaron paralizados.
     Princesa Clodina, ¿estáis segura? preguntó el capitán de los guardias—. Si parece que sois vos misma.
     Sí, decapitadla.
    Era cierto, la princesa sapo, al convertirse en humana, parecía una hermana gemela de la princesa Clodina. 
     Ella es la impostora dijo entonces la princesa sapo.
    La princesa sapo sonrió, puso carita de niña buena, se les acercó y dio un beso a cada uno de ellos en los labios. De repente, los cuatro guardias se quedaron convertidos en sapos y corrieron a la charca en busca de moscas, porque les estaba entrando hambre.
    ¿Pero qué has hecho?
     Ya lo has visto respondió la princesa sapo. Oye, ¿sabes qué? Que me está gustando esto. No voy a volver a la charca, voy a quedarme de princesa.
    — ¡Ay, no, aquí la única princesa hay soy yo! ¡Voy a llamar a más guardias...!
    — Los voy a convertir en sapos también. Pero voy a hacer algo por ti...
    Y sin más, la princesa sapo le dio un beso en los labios a la princesa Clodina, la cual se convirtió en una preciosa sapita, que mantuvo toda su realeza incluso convertida en sapo, de manera que todos los sapos machos de la charca cayeron rendidos a sus pies. Y la princesa se quedó encantada, porque como sapo le hacían más caso que como humana.
    Y por su parte, la princesa sapo abandonó los jardines y se dirigió al palacio para ir a tomar el almuerzo. Por alguna extraña razón, tenía capricho de pastel de moscas...

Frantz Ferentz, 2014


martes, 12 de agosto de 2014

ANABELA Y PIRULO

   Anabela acababa de adoptar aquel cachorrillo precioso. Siempre le habían explicado que era mejor adoptar un animal abandonado que comprarse uno. La chica siempre se había impresionado con la expresión triste que tenían la mayoría de estos animales y no le gustaba quedarse de brazos cruzados sin hacer nada. Por eso, le pidió a su madre:
   — Mamá, ¿por qué no adoptamos un perrito? Mira, en esta página hablan de sitios donde se ofrecen animales que fueron abandonados y necesitan un hogar.
   La madre no tenía ninguna gana de tener un perro en casa. Eso significaba problemas
   — Yo me ocuparé de él, ¿de acuerdo? ¡Lo prometo!
   Mucho insistió la niña hasta que convenció a su madre. De hecho, la madre comprobó que la idea de tener una mascota en casa le daba mucha alegría a su hija. La madre solo impuso una condición:
   — Pero tiene que ser un perro muy pequeñito, que casi ni ocupe espacio. Los perros grandes comen mucho y, si se echan en el sofá, lo ocupan entero. Ha de ser un perro muy menudillo. ¿De acuerdo?
   — ¡De acuerdo!
   Al día siguiente, Anabela ya tenía un cachorro adoptado. Su raza era imposible de adivinar. Sin embargo, era muy pequeñito. Ideal para jugar con él. Cómo le cambió la expresión del rostro al perro cuando fue adoptado por Anabela. Parecía otro animal. ¡Incluso parecía que había aumentado de tamaño!
   — Voy a llamarte Pirulo —dijo la niña.
   Sin embargo, no todo ese día iba a ser felicidad.
   — La ducha está estropeada —anunció la madre.
   — ¡Viva! —gritó Anabela, que hay que decir que era un pelín sucia y odiaba ducharse.
   — Hija, no se puede ser tan guarra. Voy a llamar al fontanero.
   La alegría de Anabela duró muy poco tiempo. El fontanero vino inmediatamente y trajo una nueva ducha, que quedó instalado enseguida. La reparación y la visita costaron una pequeña fortuna, por eso la madre se pasó todo el día gruñendo. Y claro, finalmente, su mal humor lo pagó Anabela, que oyó a su madre decir:
   — ¡Quiero que ese perro pase por la ducha ya! ¡Ya basta de bichos sucios en esta casa!
   — ¿Estás diciendo que yo también soy un bicho? —preguntó Anabela indignada.
   — ¡A la ducha! — fue la única respuesta de la madre en un tono que no admitía réplica—. ¡O lavas tú al perro, o lo lavo yo junto contigo!
   La madre era capaz de cumplir su amenaza. Claro que sí. Anabela consideraba que aún no le tocaba pasar por la ducha, por tanto, tendría que ducharse solo Pirulo.
   La niña metió al cachorro en la bañera y desde fuera comenzó a lavarlo con la ducha, cubriendo previamente su cuerpo con jabón, como ella creía que se tenía que hacer. Hasta llenó el cuerpo del perro con tanto jabón que hasta parecía una bolita de espuma con patas. Desgraciado. Después, Anabela abrió la ducha e hizo salir el agua para enjuagar el jabón. 
   Y ahí llegó la sorpresa. Cuando el perro quedó sin espuma, parecía otro perro, es decir, ya no era de pardo, sino que era casi blanco, como la espuma que lo había cubierto. ¿Cómo era posible?
   — ¡Mamá, este perro destiñe! —gritó la niña a la madre.
La madre acudió corriendo al baño.
   — ¿Qué sandeces estás diciendo? —preguntó.
   Pero la niña no mentía. El perro ya no tenía aquel color pardo con que había llegado a casa, sino que lo había cambiado por el blanco.
   — ¿Destiñe? —quiso confirmación la niña.
   La madre no quería creérselo, pero sí, era lo más lógico.
   — Tal vez lo que el perro llevaba encima era una capa de roña inmensa. Como lo has lavado muy bien, se ha quedó todo limpito, ha perdió la capa de suciedad. Déjame  ver con qué lo has lavado, hija.
Anabela le mostró el jabón. Era un jabón especial, muy potente, para lavar coches. 
   — ¿De dónde has sacado este jabón?
   — Del garaje... es que no encontraba el jabón normal...
La madre tuvo una idea.
   — Mira, hija, lávate tú también con este jabón. Es buenísimo. Seguro que también te cambia el color de la piel, porque hace semanas que sospecho que tú no puedes estar tan bronceada en pleno febrero.
   — ¡Mamá!
   — Obedece, dúchate tú también con este jabón. 
   Anabela obedeció. Y sí, la madre tenía razón, cuando la niña salió del cuarto de baño, su piel era mucho más blanca.
   — Misterio resuelto —sonrió la madre—. Este jabón es tan bueno que es capaz de lavar hasta las pieles más sucias. Ha funcionado contigo y también con el perro... —concluyó la madre.
Sin embargo, no era exactamente así. El misterio estaba muy lejos de quedar resuelto. 
Aquella misma tarde, mientras Anabela estaba acostada en su cama leyendo, entró la madre en su cuarto y le preguntó:
   — ¿Dónde está el perro?
   — ¿Pirulo?
   — Vaya, ¿tenemos más algún perro en esta casa?
   — Aquí acostado en la cama, conmigo. ¿Es que no lo ves?
   — No...
   Anabela acarició la cabeza del perro que estaba a su lado y el animal meneó el rabo. La madre solo notó un movimiento de ondas. 
   — Mira, no quiero decir una tontería, ¿pero es posible que el perro se haya desteñido con la manta y se haya vuelto azul?
   Anabela solo se encogió los hombros. Su madre estaba muy sorprendida. Sin decir una palabra, se fue hacia donde ella creía que estaba el perro. Lo encontró porque seguía meneando el rabo. Lo cogió en brazos y se lo llevó otra vez a la ducha. El contraste del azul del perro con el blanco de la ducha le permitió ver al perro, al cual le estaba gustando la situación, pues se tomaba aquello como un juego. Que divertido. La madre abrió la ducha y dejó caer el agua. Ni necesitó de usar aquel jabón especial, porque, en cuanto el agua comenzó a mojar la piel de Pirulo, el perro se volvió nuevamente blanco, como la bañera.
   — Tal vez lo que causa un efecto especial es el agua y no el jabón —pensó la madre.
   Pero ya no pudo continuar con sus indagaciones, porque el perro saltó fuera de la bañera para fuera, mojado como estaba y desapareció de su vista. Y tanto fue así, que nunca volvió a verlo claramente. Sabía que andaba siempre por casa porque Anabela le hacía fiestas en la cabeza y a veces decía que el perro siempre dormía en su cama, pero la madre no lo veía, por casualidad lo oía alguna vez ladrar en voz baja, pero cuando ella se aproximaba a él, Pirulo se callaba.
   ¿Se habría vuelto un perro invisible?
   Lo cierto es que no. Solo Anabela supo lo que pasaba con el perro. Lo descubrió mientras navegaba por internet en busca de información sobre su perro. Y resultó que algún tiempo después, una vez que la madre preguntaba por el perro, quiso saber:
   — Hola, Anabela, ¿sabes ya cuál es la raza del perro?
   — ¿De Pirulo? Sí, es un canmaleón.
   — ¿Un qué? ¿Un camaleón?
   — No, un canmaleón, es decir, un perro camaleón. Es capaz de mimetizarse como los camaleones, pero es siempre un perro, o sea, un can.
   Y entonces, solo entonces, la madre comprendió muchas cosas...

Frantz Ferentz, 2014




lunes, 30 de junio de 2014

LIBORIO Y LAS PELUSAS (5)



— Liborio, limpia tu cuarto de una vez, porque las pelusas te van a comer! —chilló la madre.
— No puedo, mamá.
— ¿Y por qué?
— Porque me miran con esos ojillos tiernos...

Frantz Ferentz, 2014

LIBORIO Y LAS PELUSAS (4)



   — Liborio, limpia tu cuarto de una vez, porque las pelusas te van a comer! —chilló la madre.
   — No puedo, mamá.
   — ¿Y por qué?
 — Porque ellas son las únicas que saben dónde tengo las cosas en esta alcoba. Sin ellas, no encontraría ni los calcetines.

Frantz Ferentz, 2014

LIBORIO Y LAS PELUSAS (3)



   — Liborio, limpia tu cuarto de una vez, porque las pelusas te van a comer! —chilló la madre.
   — No puedo, mamá.
   — ¿Y por qué?
   — ¡Porque voy ganando en la partida de naipes y, si me deshago de ellas ahora, después no me pagan!

Frantz Ferentz, 2014

LIBORIO Y LAS PELUSAS (2)



   — Liborio, limpia tu cuarto de una vez, porque las pelusas te van a comer! —chilló la madre.
   — No puedo, mamá.
   — ¿Y por qué?
   — Porque ya me he convertido en una de ellas...

Frantz Ferentz, 2014

LIBORIO Y LAS PELUSAS (1)



   — Liborio, limpia tu alcoba de una vez, porque las pelusas te van a comer! —chilló la madre.
   — No puedo, mamá.
   — ¿Y por qué?
   — Porque ya se me han comido ellas la mí... ¡Te estoy hablando desde el estómago de la pelusa reina!

Frantz Ferentz, 2014

miércoles, 4 de junio de 2014

LOS LIBROS QUE DABAN MIEDO

   La madre de Sofia estaba muy preocupada. Su hija, de cinco años, tenía miedo de los libros. Intentaron explicarle que los libros son amigos, que nada malo le podían hacer los libros, pero ella insistía que sus libros le daban miedo. Hasta hablaron con la psicóloga del jardín de infancia, quien también intentó explicarle que sus libros eran buenos. Pero todo fue inútil, la niña se escondía debajo de las mantas y solo quería oír los cuentos contados por su madre, nada de tenerlos cerca. A veces, Sofia incluso se refugiaba en la cama de sus padres, porque decía que los libros la miraban y la niña estaba muy asustada.
   — No es bueno que Sofia tenga miedo de los libros —comentaba el padre—. Si no le gustan, de mayor será una ignorante porque no podrá estudiar.
   La madre estaba de acuerdo con la opinión del padre, pero ninguno de ellos sabía qué se podía hacer. Sin embargo, el problema de Sofia resultó estar repitiéndose por el barrio. Otros críos de su edad comenzaron a decir que también tenían miedo de los libros. Los padres se reunieron, contrataron psicólogos, pero era inútil, por lo menos diez crios tenían terror de sus libros y no hacían más que lamentarse de que tenían pesadillas nocturnas de monstruos salidos de los libros...
   Hasta que la abuela Cristina, maestra jubilada, fue a visitar a su familia. Cuando los padres de Sofia le contaron lo que pasaba, ella quiso ver los libros. Cogió algunos de ellos y empezó a hojearlos. Ella misma tuvo que reconocer que había sentido miedo.
   — ¿Pero vosotros habéis visto los dibujos de estos libros? —preguntó la abuela Cristina.
  — Claro. Estos álbumes son un superéxito editorial. ¿Qué tienen que particular? —quisieron saber los padres.
   — En mis tiempos —empezó a explicar la abuela—, los dibujos estaban hechos para acompañar a los textos, pero estos libros, todos los que la niña tiene aquí, fijaos, dan miedo. ¿Vosotros habéis visto estas narices picudas? ¿Y tanto color gris? ¿Y estas rayas que parece que quieren saltar a los ojos? ¿Pero si a mí misma me entran ganas de cerrar estos libros y ponerlos en órbita!
   Los padres se quedaron muy sorprendidos. No obstante, tenían mucha confianza en la abuela Cristina. Por eso, hablaron con los otros padres, pues todos los niños iban al mismo jardín de infancia y leían los mismos libros. Dejaron a la abuela Cristina hacer una prueba: pidió a los chavales que hiciesen sus propios dibujos; a continuación pegó los dibujos de los niños encima de los originales. Los críos reaccionaron de una manera diferente al ver sus libros ilustrados por ellos mismos y por algún padre y alguna madre a los que les gustaba dibujar, e incluso por un papagayo que había aprendido a usar los lápices de colores. Y a los chavales les encantaron, ya no les daban miedo... ¡y leyeron con mucho gusto! 

   El maestro acabó de contar la historia. Estaba seguro de que el editor, sentado frente a él, entendería que aquellos libros que publicaba con aquellas ilustraciones tan horribles solo causaban miedo en los niños. Era una forma amable de explicárselo. Sin embargo, el editor miraba sin comprender, por eso acabó preguntando:
   — Dígame una cosa: ¿me ha contado este cuento para decirme que usted también escribe cuentos y que le gustaría publicar con nosotros? 

Frantz Ferentz, 2014

martes, 3 de junio de 2014

EL HEREDERO AL TRONO

Al morir el rey de Hincapiés, no dejó descendencia alguna. Como no había nadie de sangre real para sustituirlo y la constitución del país obligaba a que a la cabeza del Estado hubiera un rey o reina, solo pudieron poner a gobernar a una abeja reina. Sin embargo, una hormiga reina reclamó su derecho a la corona de Hincapiés. Y se montó una guerra civil. Todo ello porque a ningún político se le ocurrió la idea de cambiar la constitución y proclamar una república.



Frantz Ferentz, 2014

LA GUERRA DE LOS VIRUS



A Sara Augusto, por la inspiración


   Aquel virus informático llegó discretamente al ordenador de Sara. Nadie sabía muy bien cuál era su naturaleza ni de dónde procedía, pero entró en su ordenador sin avisar, porque estos virus nunca avisan. A partir de ahí, comenzó a difundirse entre los contactos de Sara enviándoles cosas extrañas, principalmente publicidad, toneladas de publicidad, de las cosas más extrañas, como vacaciones en el Polo Sur, jerséis de plástico reciclado o libros escritos en turco medieval. Sin embargo, Sara no era consciente de nada, hasta que un amigo le dijo: 
   — Mira, Sara, estoy recibiendo mensajes muy extraños de ti por las redes sociales. Probablemente tienes un virus en tu ordenador.
   La pobre Sara tembló. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Cómo se combatía a un virus en las redes sociales? Pero además, aquella mañana estaba ella tan enferma, Tosía, tenía algo de fiebre. Lo único que ella quería era irse a la cama y tomarse un zumo de naranja. Qué desgracia. Pero con la excitación, tosió todavía más. Al final se fue a la cama, ya escribiría a los amigos para pedir disculpas. Y tal vez a la tarde llamaría a un amigo informático para que le resolviera el problema.
   Tres horas más tarde, después de haberse quedado dormida en el sofá, llamó a su amigo Francisco, un buen técnico informático y, aún entre toses, le explicó que tenía un virus en su ordenador que estaba  comportándose muy mal. Francisco, todo amable, fue hasta al apartamento de Sara y comenzó a analizar su ordenador, mientras Sara lo miraba de lejos, tomándose un caldo de pollo, hecha un ovillo en el sofá. Después de un rato trasteando en el ordenador, Francisco dijo:
   — Este es el caso más extraño que he visto en mi vida.
   — ¿Y eso? —preguntó Sara.
   — El archivo del virus está en tu disco duro, sí, pero está... como decir, ¡muerto! Parece como si lo hubiera atacado alguna fuerza superior, pero no tengo ni idea de cuál ni por donde ha entrado. Puedes quedarte tranquila, tu ordenador ya está limpio.
   Y se fue. Sin embargo, Sara se quedó toda pensativa. Ella había tosido encima de su ordenador. ¿Y si, por casualidad, sus virus de la gripe hubieran entrado en el ordenador y destruido el virus informático? No había otra explicación. ¿Sería una locura? Lo peor es que nadie se creería eso, aunque fuera verdad. Solo valía para escribir una historia graciosa, pero nadie apostaría por crear vacunas antivíricas para ordenadores con virus de la gripe humana. Que lástima, habría sido un negocio tan fructífero...

Frantz Ferentz, 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

LOS SERES MÁS MÁGICOS

    — Papá, ¿cuáles son los seres más sabios del mundo?
    El padre se quedó un momento pensativo. 
    — Los seres humanos.
    — ¿Y los más mágicos?
    Ahí el padre dudó aún más. Sin embargo, no conseguía dar una respuesta a su hijo. Si dijese que también los humanos, sería una respuesta estúpida, porque los humanos no son mágicos y hasta hay quien duda de que sean los más inteligentes del planeta, a la vista de como están conservando la naturaleza.
    — Sinceramente, no lo sé, hijo —acabó reconociendo el padre—. Los seres mágicos no existen. Son cosa de críos y tú ya eres un chaval crecido, tienes quince años, por tanto no puedes creer en hadas, o duendes, o gnomos. Si te digo la verdad, tu abuela decía que los seres más mágicos son los árboles, pero eso también son cuentos.
    El chaval vio al padre caminar de vuelta a la aldea. Él se quedó aún un rato donde estaba, con la mano apoyada en un viejísimo castaño que había oído toda la conversación.
    — Mi abuela tenía razón —le dijo el chaval al árbol—, efectivamente, vosotros sois los seres más mágicos porque resultáis invisibles a los ojos de los humanos.
    El viejo castaño meneó las ramas sin brisa, como si sonriera, y se despidió del chaval en el lenguaje silente de los árboles, observando cómo el chaval seguía los pasos del padre.

Frantz Ferentz, 2014