jueves, 29 de mayo de 2014

LOS SERES MÁS MÁGICOS

    — Papá, ¿cuáles son los seres más sabios del mundo?
    El padre se quedó un momento pensativo. 
    — Los seres humanos.
    — ¿Y los más mágicos?
    Ahí el padre dudó aún más. Sin embargo, no conseguía dar una respuesta a su hijo. Si dijese que también los humanos, sería una respuesta estúpida, porque los humanos no son mágicos y hasta hay quien duda de que sean los más inteligentes del planeta, a la vista de como están conservando la naturaleza.
    — Sinceramente, no lo sé, hijo —acabó reconociendo el padre—. Los seres mágicos no existen. Son cosa de críos y tú ya eres un chaval crecido, tienes quince años, por tanto no puedes creer en hadas, o duendes, o gnomos. Si te digo la verdad, tu abuela decía que los seres más mágicos son los árboles, pero eso también son cuentos.
    El chaval vio al padre caminar de vuelta a la aldea. Él se quedó aún un rato donde estaba, con la mano apoyada en un viejísimo castaño que había oído toda la conversación.
    — Mi abuela tenía razón —le dijo el chaval al árbol—, efectivamente, vosotros sois los seres más mágicos porque resultáis invisibles a los ojos de los humanos.
    El viejo castaño meneó las ramas sin brisa, como si sonriera, y se despidió del chaval en el lenguaje silente de los árboles, observando cómo el chaval seguía los pasos del padre.

Frantz Ferentz, 2014

miércoles, 28 de mayo de 2014

PARA QUÉ SIRVE UN FILÓLOGO

Pepe era el tipo más bestia de la clase. En la escuela todos le tenían pavor y ni se atrevían a respirar cuando pasaban a su lado, no fuera que hiciera un gesto y enviara a sus secuaces a golpear al infeliz escogido para sufrir sus iras.
   Hasta entonces, Manuel se había librado de las iras de Pepe y sus secuaces, pero no sabía por cuánto tiempo, pues a Pepe le gustaba señalar a alguien al que enseguida sus secuaces pegaban sin piedad. Incluso los maestros hacían la vista gorda a aquel comportamiento tan brutal.
   Manuel, al final, comentó con su tío Rigoberto lo que le pasaba. Fue durante una de las visitas del tío, que era un tipo muy peculiar. Él mismo se definía cómo filólogo, por tanto, conocedor de las cosas de la lengua. A Manuel le pareció que aquello era muy poco útil en la vida y, además, al tío Rigoberto le gustaba ponerse pajarita, con lo cual su aspecto hasta resultaba un pelín ridículo.
   Y resultó aún más extraño lo que el tío Rigoberto respondió cuando Manuel le comentó su problema en la escuela:
    — Mira, lo que tu compañero de escuela ha construido es una oración simple. Él es el predicado y los seguaces son los objetos, incluyendo adjuntos. Se consigues separarle el sujeto, el tal Pepe estará perdido, porque un predicado normal, sin sujeto, suele fallar.
   Manuel se quedó boquiabierto. No entendía nada. El tío Rigoberto comprendió que tenía que especificar:
   — Es muy sencillo. El sujeto es probabelmente una chavala. Si consigues que ella ignore al predicado, o sea, a Pepe, la oración descarrilará.
   Ahí ya Manuel si entendió. Claro, claro que había una chica. Era Ángela, una niña rubia por la que Pepe suspiraba. Toda su fuerza animal quedaba reducida a unos suspiros cuando ella pasaba a su lado. Y si ella decía que le apetecía ir a los columpios, Pepe corría primero para allá y obligaba a sus objetos y adjuntos, o sea, a sus secuaces, a limpiar el sitio de gente para que Ángela, su sujeto, tuviera todo el espacio de los columpios para ella solita.
   A Manuel no le resultó difícil ganarse el corazón de Ángela con cromos del mundial, porque la chavala era una fanática del fútbol. Y así, el interés de la niña pasó del gorila de Pepe a los cromos del mundial, junto con DVDs de fútbol y una camiseta de su equipo preferido. Cuando Pepe vio que había perdido el amor de su vida, quedó todo desesperado. Perdió las ganas de pegarse con nadie y decidió que sería un tipo solitario, lo que en palabras del tío Rigoberto sería un verbo impersonal y sin complementos, como "llover".
   Y fue así como al final, a Manuel le acabó gustando Ángela y a Ángela Manuel, pero no formaron —siempre según el tío— una oración con sujeto y verbo, sino una oración compuesta con dos verbos. Y los complementos... ya llegarían.
   Al final, Manuel comprendió que tener un tío filólogo era estupendo para afrontar la vida. Ojalá todo el mundo tuviera un pariente filólogo, ojalá...
Frantz Ferentz, 2014

domingo, 25 de mayo de 2014

LA MANO DE LA PRINCESA


El viejo rey Albino II andaba preocupado porque su única hija, la princesa Camomila, no se casaba y estaba a punto de entrar en una edad en la que, creía él, sería complicado que ella encontrara un esposo. 
    El monarca pensaba que la princesa debería tener un hijo para asegurar la continuidad de la estirpe real. Siempre había creído que sería bueno para la institución monárquica y para el país que el heredero fuera un hombre, pero como solo tenía una hija, tendría que conformarse con lo que la naturaleza le había dado. Aun así, ¿por qué no se casaba y tenía hijos para perpetuar la dinastía? 
    Albino II encontró una disculpa estupenda cuando en el reino se instaló un dragón flamígero como pocos. Echaba fuego por la nariz, incluso sin querer. Incluso cuando dormía le salían chispas por las narices, de manera que tenía que dormir siempre en lugares rodeados de rocas para no quemarse él mismo. Y después dicen que la vida de los dragones es fácil. 
    La cuestión es que aquel dragón estaba causando estragos por todo el país. A aquel ritmo, en dos años habría arrasado todo el reino. Por eso, el rey emitió un bando que decía: 

Quien derrote al dragón que el reino arrasa 
ganará algo mejor que una enorme calabaza, 
mas deberá demostrarnos que tiene sangre azul 
aunque venga de muy lejos, acaso de Kabul. 
La recompensa la mano de mi hija será 
pues de otro modo su vida quizás perderá. 

                                       Firmado: Rey Albino II 
                                       amado por todo el mundo 

    El bando iba en verso porque el rey era muy aficionado a la poesía, pero, francamente, era un poeta muy malo.
    Cuando Camomila leyó aquello, se enfadó como nunca en su vida, pero no fue porque el bando estuviese escrito en verso, con una rima horrorosa, sino porque su padre había ofrecido su mano a quien venciera al dragón. 
    — ¿Cómo osas ofrecer mi mano que es mía? —preguntó la hija indignada—. ¡Yo quiero decidir con quién me caso y tú, padre, no lo puedes decidir por mí! 
    — Hija, yo soy el rey y todo el peso del Estado recae sobre mis hombros. Es una responsabilidad enorme la que he de soportar... Tendrás que sacrificarte por el reino. Además, ya has visto que es condición que quien se enfrente al dragón tenga la sangre azul. 
    La princesa Camomila dio un portazo con todas sus fuerzas y se retiró a sus aposentos, donde comenzó a trazar un plan para evitar que su padre se saliera con la suya. Hasta ahí podía ella llegar... 
Apenas había comenzado la noticia de la recompensa de la mano de la princesa a expandirse por el reino y por los reinos vecinos, cuando ya docenas de candidatos se presentaron en la capital del reino para ir a luchar contra el dragón flamígero. Sin embargo, todos los candidatos tenían que pasar una prueba muy sencilla: habían de permitir que les clavasen una aguja en un dedo para así ver de qué color tenían la sangre. 
    Muchos candidatos rechazaron el pinchazo en el dedo porque les causaba terror... terror una aguja en el dedo, pero no las llamas del dragón. Sin embargo, entre los que se sometieron a la prueba de la aguja, casi todos los candidatos fueron eliminados y se les impidió, por tanto, ir a luchar contra el dragón, porque no tenían la sangre azul, sino roja. Hubo un caso inexplicable de un candidato que resultó tener la sangre amarilla, pero aquello, aunque fuera muy extraño, no permitía que el tipo fuera a luchar contra el dragón. 
    Al final no quedaron más que seis candidatos de sangre azul, ya fuera algo más clarita o más oscura, pero azul al fin y al cabo, pues es bien sabido que los nobles tienen la sangre azul, a diferencia del resto de los mortales. 
    Los seis candidatos de sangre azul, entre los que había un príncipe, dos duques, un marqués y dos condes fueron derrotados uno tras otro. Sin embargo, a la hora de quedar asados como pollos, olían igual que la gente normal, la de sangre roja. De hecho, parecía que la sangre azul no los protegía de ninguna manera. 
    El rey Albino II se quedó de piedra cuando vio que los seis candidatos de sangre azul que iban a luchar contra el dragón flamígero habían quedado fuera de combate. ¿Qué iba a hacer él? Con un poco de mala suerte, se quedaría sin reino, porque el dragón iba a acabar consumiéndolo entre llamas. ¡Qué desgracia! Pero entonces apareció inesperadamente un nuevo candidato. 
    Era un tipo menudito a quien el traje de caballero le caía grande. Montaba un poni, porque a un caballo normal solo podría llegar con una escalera. Qué horror. Llevaba una armadura de hojalata que hizo reír a todos los presentes en la corte. 
    — Vengo a luchar contra el dragón —dijo y su voz sonó como la voz de un chavalillo. 
    — Te vamos a pinchar en un dedo para ver si eres de sangre azul —exigió el notario mayor del reino, quien, además de notario, se dedicaba a organizar carreras de caracoles ilegales por todo el reino. 
    — Pincha. 
    Y el notario mayor del reino pinchó. Y vio que la sangre que salía del dedo del candidato era azul. 
    — Buena suerte... —despidió el notario al caballero pequeñito—. En caso de que os suceda algo... ojalá que no, ¿queréis que enviemos vuestras cenizas a alguien? 
    Pero el caballero pequeñito no respondió. Clavó las espuelas en el poni y este corrió hacia las montañas donde había sido visto el dragón aquella misma mañana. 
    Dos horas más tarde, el caballero pequeñito estaba de vuelta con el dragón. Y lo traía atado con una cuerda como si fuera un perro mansito. Todo el mundo se alejaba por miedo a arder, pero por las narices del dragón solo salían humaredas pequeñas como cuando se extingue un fuego. 
    — Notario, aquí traigo al dragón flamígero. Ya no arrasará más nada. 
    — ¿Y eso? ¿Cómo lo habéis hecho? 
    — Muy sencillo, le hice tragar gaseosa hasta que lo llené de gas y, de paso, apagué todo el fuego que tenía dentro. Y como la gaseosa es tan dulce, el dragón no pudo resistirse y bebió y bebió hasta hartarse. 
    Los ciudadanos que había alrededor soltaron un “oooohhhh” de admiración que quizás aún hoy resuene en la plaza mayor de la capital del reino. 
    — Y ahora, cumplan con lo pactado. Quiero la mano de la princesa. 
    El notario mandó llamar a la princesa y al rey. Ambos llegaron a la plaza mayor solemnemente. El rey Albino II saludaba a todos sus súbditos, mientras la princesa Camomila sonreía maliciosamente. 
    El caballero pequeñito se inclinó ante el rey, sin soltar el dragón, y dijo: 
    — Majestad, aquí tenéis el dragón. Ya no causará más daño en vuestro reino —y lo señaló con el dedo, pero el bicho tenía muy mala cara, como quien anda de resaca, aunque fuera de gaseosa—. Y ahora, majestad, cumplid vuestra palabra y concededme la mano de vuestra hija —concluyó el caballero con su voz de chavalillo. 
    — Yo siempre cumplo mis promesas —dijo el rey todo solemne delante de su pueblo—, pero quítate el casco, que quiero ver tu aspecto. Muy joven me pareces para ser un caballero capaz de vencer a un dragón. 
    El caballero pequeñito se quitó el casco y dejó a la vista una larga melena rubia que levantó un “ooooooohhhhhhhhhhhh” aún más fuerte que el anterior, cuando entró en la plaza con el dragón. 
    — ¿Qué broma es esta? —chilló el rey—. ¡Tú eres una mujer! 
    — Sois muy observador, majestad. Soy la princesa Verdeté del reino vecino. Pero como vos habéis dicho que siempre cumplís vuestras promesas, concededme la mano de la princesa, vuestra hija. 
    El rey se quedó con la boca abierta sin saber qué decir. Ni tampoco el notario mayor del reino y aún menos toda la gente que había en la plaza, excepto un niño de cinco años que tiraba de las faldas de su madre y le decía entre murmullos que tenía que hacer pipí. 
    El caballero pequeñito, más bien la caballera, o sea, la otra princesa, no esperó ninguna reacción. Simplemente avanzó hasta la princesa Camomila, la cogió de la mano y juntas se fueron hasta el caballo de Verdeté. Camomila tan solo le dijo a la caballera:
    — Gracias por haber respondido a mi llamada. Llevaba días esperándote.
    Y sin decir una palabra más, ambas montaron en el caballo y se marcharon al galope de la plaza antes de que la gente reaccionara. 
    Sin embargo, si el rey pensó que por lo menos había liberado al reino de las llamas del dragón, tenía razón, pero nadie le había explicado que la cola del dragón podía ser aún más letal que su aliento flamígero y que el monstruo estaba comenzando a recuperarse de la ingestión brutal de burbujas de gaseosa. Era cuestión de minutos que comenzara a golpear con ella por la plaza y arrasar la ciudad entera, pero si lo hizo o no, eso ya es otra historia.

Frantz Ferentz, 2014

viernes, 9 de mayo de 2014

LAS PELUSAS MUTANTES ~ THE MUTANT DUSTBALLS

Cuando Manuela vino a comer a mi casa con su perro, lo primero que le advertí fue:
 No dejes suelto a tu perro por aquí. Mi hogar es una reserva natural de pelusas.
Manuela, como era de esperar, no se lo tomó en serio, se creyó que era una broma mía. De hecho, ella no podía almorzar conmigo y tener al perro sujeto por la cuerda. Por eso, lo dejó suelto. Y el perro, por instinto, se comió varias de las pelusas de mi pasillo, las más hermosas, las más grandes, que eran de una categoría singular que requiere condiciones muy especiales de temperatura, luz y falta de higiene en esa parte de la casa para que crezcan en buenas condiciones.
Después de un rato, vino el perro de Manuela estornudando. Yo enseguida me olí lo que había pasado:
— Tu perro no se habrá comido pelusas de mi pasillo, espero...
— ¿Y qué si se ha comido alguna? Sería bueno para ti. Ya no tendrás que pasar más la aspiradora me replicó ella.
Yo no dije nada. No quería discutir con mi amiga, pero su perro acababa de cometer un error del que se arrepentiría toda su vida, seguro.
Después del almuerzo, mi amiga se fue con su perro. Yo ni siquiera quise ver el estropicio que el animal había causado en mi reserva natural de pelusas, de la cual yo estaba tan orgulloso. Sin embargo, recibí una llamada de ella tres horas más tarde.
— Oye, mi perro no está en casa me dijo toda angustiada. Las puertas y las ventanas están todas cerradas, no sé dónde ha podido ir —estaba punto de llorar.
Yo reflexioné un momentito. Habida cuenta que su piso apenas queda a doscientos metros del mío, tuve una sospecha. Después de acabar la conversación con Manuela, me fui al pasillo. Y, en efecto, mi sospecha se confirmó. Allí estaba el perro de Manuela, pero ya no como un perro cualquiera, sino como perro-pelusa. Sí, mis pelusas habían conseguido, después de ser comidas, transformar al perro en una inmensa pelusa, como ellas, hasta crear una criatura mixta. Y claro, ellas, las pelusas, se trajeron de vuelta el perro a su hábitat natural, es decir, mi pasillo.



    When Manuela came for lunch to my house with her dog, the first thing I warned her about was:
    "Don't leave your dog loose in here, will you? My home is a natural reservation of dustballs". But the truth is that she could not have lunch with me and hold her dog tied at the same time. Therefore, she left him loose. And the dog, by instinct, went and ate several of the dustballs living in my corridor, the most beautiful, the biggest ones, of a singular category requiring very special conditions of temperature, light and lack of hygiene in that part of the house, so that they grow up in good conditions.
    After a while, Manuela's dog came back sneezing. I immediately suspected what had happened:
    "Hope your dog hasn't eaten any dustballs from my corridor...", I said.
    "And what if he has eaten any? It would be good for you. You won't have to use the vacuum-cleaner there for the time being", she replied.
    After lunch, my friend left with her dog. I didn't want to see the catastrophe that the animal had caused to my natural reserve of dustballs, of which I was so proud. However, I got a phone call from her three hours later. 
    "Say, my dog ​​is not at home," she said all desperate. "The doors and windows are all closed, I dont know where he could have gone." She was about to cry. 
    I thought it over a while. Since her flat is just two blocks away from mine, I had a suspicion. Therefore, after finishing the conversation with Manuela, I went into the corridor. And indeed, my suspicion was confirmed. There was Manuela's dog; however it was an ordinary dog no longer, but a dustball-dog. Yes, after being eaten, my dustballs had achieved to transform the dog into a huge dustball, like themselves, so they had created a mixed creature. And of course, they, the dustballs, were brought the dog back to their natural habitat, i.e., my corridor.


Frantz Ferentz, 2014