lunes, 6 de mayo de 2013

LA DESGRACIA DE SER FEA



A María Cristina le daba la impresión de que la castigaban por fea. Más que fea, era monstruosa. Un día tras otro, se llevaba un castigo. 

Y ella estaba segura de que la maestra no la aguantaba por fea. Pero tenía que reconocer, cada vez que se miraba al espejo, que era fea de verdad. 

La gente se le alejaba por la calle. Pobre, pero la verdad es que daba miedo, era un verdadero monstruo. 

Hasta aquel día en que vino de visita una tía lejana. Por lo general, nadie iba de visita a su casa, todos sentían terror. La tía observó la fealdad de la niña, pero también cómo la madre era corta de vista. La culpa de la fealdad de la niña la tenía la madre. 

Justo la tía lejana llevaba allí unas gafas de sobra. Se las dio a la madre de María Cristina. Cuando la madre se la puso, comprendió lo que significaba la fealdad de su hija. Y al recuperar la vista, recuperó el olfato. Porque María Cristina además olía a demonios. 

Metió a la hija dos veces en la lavadora. Le echó tres litros de colonia. La peinó con una horca de tres dientes del abuelo que usaban para remover el heno. Después la observó: parecía otra. 

María Cristina ya no era fea. 

Cuando volvió a la escuela, ya no pudieron castigarla por fea. La castigaron por perezosa, porque de hecho nunca llevaba hechas las tareas.

Frantz Ferentz, 2013

LA TÍA BRÍGIDA


María Luisa se creía que aquellas serían las peores vacaciones de su vida. Ella no había hecho nada para merecer aquello... Bueno, sí, pero solo suspender ocho asignaturas de nueve en la escuela. 

La mandaron a una aldea perdida en medio de una isla también perdida del Mediterráneo. Allí vivía su tía abuela Brígida, grande como un camión.

– Vamos a ver la laguna –dijo la tía abuela a la sobrina nieta antes de cenar. 

Y llevó a la niña hasta un estanque lleno de flamencos. 

– ¿Y que tienen de especial? –preguntó a María Luisa casi bostezando. 

La tía abuela Brígida batió palmas y los flamencos alzaron el vuelo. Y entonces se pudo ver que los flamencos allí tenían tres patas. Después descubrió que en la isla los perros tenían seis patas. Y hasta que las gallinas volaban ligeras como halcones... 

Sin embargo, lo que más le sorprendió a María Luisa fue a ver que bajo la blusa de su tía abuela algo se removía. De noche entró en el cuarto de ella para averiguarlo. Efectivamente, tenía motivos de sobra para sospechar... La tía abuela Brígida no era tampoco normal, como nada en aquella isla. 

¡La tía abuela Brígida tenía cuatro brazos! 

Pero enseguida descubrió que aquello era una ventaja para cocinar, escribir, hablar por teléfono y matar moscas todo al mismo tiempo.

Frantz Ferentz, 2013