martes, 28 de noviembre de 2017

EN EL CAMPO DE REFUGIADOS


En el campo de refugiados, los chicos se quedaron sin una triste pelota con que jugar. El aburrimiento se apoderó de los chicos que siempre se pasaban las horas interminables de estancia en él para jugando partidos de deportes inventados por ellos, pero siempre con pelotas. Sin embargo, ese día, ya no hubo ni una pelota triste, porque los guardias se habían incautado de todas. Parecía que su trabajo consistía precisamente en fastidiar a los chicos.

"Padre, ya no nos quedan pelotas". Esas fueron las únicas palabras que Ahmed le dijo a su padre.

Este ya sabía lo que ello significaba. Hizo un gesto discreto a los cinco hombres que estaban a su lado, ociosos, que dejaban pasar el tiempo sin nada que hacer, pero que no perdían detalle de lo que lo hacían sus hijos en aquel arenal donde se levantaba el campo de refugiados.

"Eh, guardias, que tenéis cara de bobos y no sabéis ni ataros los cordones de las botas," exclamó el padre de Ahmed, mientras se burlaba de ellos, junto con los otros cinco hombres, desde detrás de las rejas que impedían la salida del campo de refugiados.

Rápidamente, media docena de guardias agarraron sus rifles y, desde una distancia reglamentaria, dispararon material antidisturbios a los cinco hombres desvergonzados que se atrevieron a burlarse de ellos. Fue una lluvia de proyectiles disparados en la dirección de los hombres, pero prácticamente ninguno de ellos alcanzó ningún cuerpo, porque los hombres se precipitaron hacia el interior del campamento envueltos en una densa nube de polvo.

Unos minutos después, el padre de Ahmed se acercó a su hijo con la camisa recogida a la altura del vientre.

"Toma", dijo el padre y dejó a la vista dos docenas de pelotas de goma que los guardias le habían disparado a él y a sus compañeros. "Ya puedes reanudar tus juegos con tus compañeros".

"Gracias, papá", dijo el niño, todo feliz, y se fue corriendo al encuentro de sus amigos, con todas aquellas pelotas de goma antidisturbios que ellos bien sabrían reutilizar.


© Frantz Ferentz, 2017



lunes, 19 de junio de 2017

LA PIRATA FERROLINA

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A Cristina Río López

Cristina decidió que ya estaba harta de que le robasen. Ella trabajaba honestamente, pero su último cliente inventaba mil escusas para no pagarle. La última decía que las notas estaban enfermas, de forma que una nota de 100 euros marcaba 95 por estar constipada, por lo tanto, hasta ella no recuperarse, no podía pagarle lo debido.

Cristina ya no lo aguantó más. Dijo que ya bastaba. Y entonces decidió hacerse pirata. Como vivía cerca del mar, no le costó mucho encontrar una barquita. Estaba vieja, por eso se la vendieron por poco dinero. Con una manta vieja se fabricó una vela. Después, con un pañuelo negro hizo la bandera pirata, que ella misma diseñó, con mucha maña, pues primero pintó en blanco la calavera y después los dos huesos. Se veía genial. Finalmente, se colocó un pañuelo negro en la cabeza, se puso botas de goma y un parche en el ojo, pero no sabía si colocárselo en el ojo derecho o en el izquierdo. Pero, aunque llevara el parche, aún podía llevar las gafas puestas.

Como ella era de Ferrol, decidió buscarse un nombre. No iba a ser la pirata Cristina, porque así nadie se la tomaría en serio. No, ella, como Don Quijote, llevaría el nombre de su tierra, y más aún, se llamaría como su tierra, así que ella sería la pirata Ferrolina. Sí, aquello bien pronunciado hasta daba miedo. Y encima, se pintó un bigote con carbón que le daba un aspecto aún más fiero y se compró una espada de plástico en un bazar chino por tres euros, pero que parecía de verdad.

Y así, Cristina se lanzó a navegar por el Atlántico, sola, bueno, no completamente, su tripulación estaba compuesta por ella, como capitana pirata, y su gato. Se acercaba a los grandes barcos de pasajeros y les gritaba:

— Soy la pirata Ferrolina y voy a asaltarlos. Tírenme una escala para aquí abajo, que voy a subir.

A los pasajeros les encantaba. Nadie se tomaba en serio a Cristina. Todos se creían que era parte de un espectáculo y le lanzaban monedas y monedas. Cristina estaba convencida de que los pasajeros se morían de miedo y que por eso le lanzaban las monedas al bote.

Durante todo el verano estuvo amenazando a los barcos de pasajeros. Y siempre con el mismo resultado, que cada vez que gritaba que iba a asaltarlos, los pasajeros le lanzaban monedas y monedas. Y llegó un momento en que tanta moneda hizo peligar el bote y que este se fuese al fondo. Y es que los pasajeros, bastante aburridos con aquellas travesías, les gustaba ver a una chica con un bigote pintado y disfrazada de pirata hacer representaciones teatrales allí en medio del Atlántico. Hasta los delfines se dedicaron a seguirla, porque les gustaba el espectáculo. Sin embargo, Cristina se creía de verdad que era una pirata, pero solo se lo creía ella, y tal vez su gato, pero él no decía nada, solo dormía y comía sardinas.

Y así, Cristina, también conocida como la pirata Ferrolina, tuvo que volverse a casa porque tenía la barca tan cargada de monedas que ya ni podía navegar. Con el dinero ganado, se compró una huerta y se dedicó a plantar tomates, patatas, zanahorias y fréjoles.

¿Y qué fue del cliente de Cristina? Ah, a ese la propia Cristina lo incluyó en una lista de piratas y ahora su despacho es visitado todos los días por los pasajeros de los cruceros, que se quedan esperando a que él salga a saludarlos con un parche en el ojo, pero a él no le hace maldita gracia, pobrecillo...

© Frantz Ferentz, 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

DE PROFESIÓN: P.E.T.A.




   En la torre de control del aeropuerto saltaron todas las alarmas. Lo que algunos sospechaban que sucedería, había pasado. Parecía imposible, pero no, finalmente lo más extraño, lo más raro, lo más increíble, había tenido lugar. Muchos de los que allí trabajaban habían oído hablar de aquel fenómeno, pero no lo habían vivido en primera persona. Hasta se habría hecho alguna película al respecto, pero encontrárselo allá delante, a pocos metros de los vidrios de la torre, era algo que ninguno se esperaba y, menos aún, que todo hubiera surgido tan deprisa.
   ¿Y de qué estamos hablando, si puede saberse? preguntarán algunos de ustedes.
   Está bien, dejémonos de vainas y contemos lo que acababa de suceder en el aeropuerto de Mariscal Sucre de Quito. Aunque he de confesarles que no es fácil contar “eso”. Bueno, está bien, intentémoslo.
   A las 17h25 estaba previsto el despegue de un vuelo de Quito a Madrid. Era un vuelo que partía cinco veces por semana. Hacía años que venía siendo así y nunca aquel Airbus había dejado de volar, nunca en sus diez años de vida.
   Hasta aquel 3 de mayo.
   Aquel 3 de mayo el avión no reaccionó cuando el comandante lo puso en marcha. Inmediatamente los servicios técnicos del aeropuerto se lanzaron a ver las tripas de aquel Airbus. Diez técnicos armados de aparatos de toda clase chequearon todos los sistemas del avión no una ni dos, sino tres veces. Y al final llegaron a la conclusión increíble de que el avión no tenía ningún problema técnico. Absolutamente ninguno. Entonces, ¿por qué no despegaba?
    Nadie lo sabía. Tampoco nadie tenía una propuesta. Ni siquiera el piloto. 
   Sin embargo, en uno de las computadoras de la torre de control, una que estaba permanentemente prendida, pero que nadie usaba, se encendió un piloto rojo. Desde siempre aquella computadora estaba en aquella sala sin que nadie se ocupase de ella, sabían que era una orden del ministerio, pero ningún operador se ocupaba de ella. En la pantalla de aquella computadora apareció un mensaje: Guevara 0999876542.
   Todos los operadores de la torre de control se quedaron mirando aquel mensaje inexplicable, hasta que alguien dijo:
   — ¿Y si ese Guevara fuera un apellido y el número que viene detrás fuera su número de teléfono?
   Era una hipótesis. El jefe del servicio sacó su celular y marcó el número. Sonaron tres tonos. Luego una voz de mujer respondió:
   — Doctora Guevara, dígame…
   — Doctora, su nombre y su número han aparecido en la pantalla de una de nuestras computadoras en el aeropuerto.
   — ¿Tal vez un avión que no despega?
   — Exacto.
   — Voy para allá —dijo la doctora.
   Una hora después, salvando el tráfico infernal de Quito, la doctora Guevara llegaba en taxi al aeropuerto. Enseguida subió a la torre de control.
   — ¿Cuál es el avión en cuestión? —preguntó la doctora en cuanto estuvo en la sala de control.
   — Aquel de allá —le dijeron señalando al Airbus.
   Sin más demora, la doctora Guevara se sentó ante la computadora en la que había aparecido su nombre junto con su teléfono. Empezó a teclear. Inmediatamente se estableció un chat con un locutor desconocido que respondía al nombre de Petri. Estuvieron chateando durante al menos diez minutos. En la sala no se movía ni una pestaña, todos estaban pendientes de la doctora, sin entender cómo se ponía a chatear en medio de una situación tan compleja, pero nadie se atrevía a pedir explicaciones.
   Al cabo de unos minutos, la doctora se levantó de la silla y se dirigió al jefe de la torre.
   — El Airbus está deprimido.
   Un comentario así habría provocado las carcajadas de cualquiera, pero con la tensión que se mascaba en el ambiente, ninguno de los controladores siquiera hizo una mueca de sonrisa.
   — Verá —siguió explicando la doctora—. He estado chateando con la computadora de a bordo, que se hace llamar Petri. Me cuenta que los sensores del avión detectaron a un pasajero que lloraba porque no quería irse. Producía una tristeza tan intensa que el avión se ha contagiado de la misma y el aparato está a punto de entrar en depresión…
   Aquellas palabras que podrían parecer un chiste tampoco provocaron carcajadas, solo ganas de llamar a los loqueros, pero el jefe de la torre de control no iba a permitir que allá sucediera nada, de modo que se limitó a preguntar:
   — Y dígame, doctora, ¿qué se supone que debemos hacer?
   — Creo que es sencillo. Desembarquen al pasajero en cuestión y aléjenlo del aparato, donde sus vibraciones no lleguen a los sensores del avión. Cuando eso suceda, el avión recuperará su tono vital normal y podrá despegar.
   Todos se quedaron mirando a aquella mujer con la cabeza llena de rizos que hablaba con tanta seriedad.
   Al final, el técnico más joven de la torre, recién llegado allá a trabajar, se atrevió a romper el silencio de todos sus compañeros y preguntó a la doctora:
   — Perdone la indiscreción.
   — Claro, dígame —respondió la doctora Guevara con una sonrisa.
   — ¿Es usted ingeniera aeroespacial?
   — Oh, no. En realidad soy PETA.
   — ¿PETA? Nunca he oído hablar de eso.
   — Significa Psicoterapeuta Especializada en Traumas Aeronáuticos.
   — Sigo sin entender —dijo el joven controlador.
   — Psicóloga de aviones, mijo, que no te enteras  —explicó su jefe—. Y ahora, hagan lo que dijo la doctora. Y rapidito…
© Texto: Frantz Ferentz, 2017
© Ilustración: M. Dolores Valencia, 2017

jueves, 9 de marzo de 2017

EL ATAQUE DEL MONSTRUO GALLETERO



Todos en la ciudad quisieron olvidar aquel tremendo episodio. Si hoy preguntan a alguien por lo que allí sucedió por entonces, nadie reconocerá que se acuerda, aunque sí se acuerden. Y no me extraña, pues aquel episodio, aunque breve, amenazó con destruir toda la ciudad.

Voy a dejar de dar rodeos y voy a contar los hechos tal como pasaron. Los inicios de esta historia no son muy claros, pues nadie sabe exactamente cómo se generó aquella criatura. Tampoco nadie sabe de dónde viene el Godzila del Japón, pero ahí está y da para hacer muchas películas. Sin embargo, nadie querría hacer una película sobre una galleta de jengibre gigante, pero esa es la criatura de la que voy a hablar. Sus orígenes, como digo, siguen siendo un misterio, pero yo tengo mi propia teoría. Creo que por el lugar donde apareció el monstruo, al lado de una escuela, y a pocos metros de una fábrica de productos químicos, el monstruo nació por la manía de muchos niños de lanzar los restos de sus galletas de jengibre a un viejo pozo abandonado al pie de la escuela. No sé de dónde les viene la manía (y a mí también, he de confesarlo, porque las manías son contagiosas, como las modas). Lo cierto es que todos los chicos, según salimos de la escuela, teníamos la costumbre de lanzar los restos de las galletas de jengibre que nos daban para el postre en ese pozo, porque, hay que ser sinceros, eran unas galletas bien malas. Durante muchos años, todos los estudiantes de la escuela habían participado de ese ritual. Y creo yo que, en el fondo del pozo, había líquidos mortales que la fábrica de productos químicos vertía para allá ilegalmente, sin conocimiento de las autoridades.

Sea como fuere, un buen día, al amanecer, todo el tráfico en las proximidades de la escuela se interrumpió. De la boca del pozo surgió una criatura que medía alrededor de diez metros. Enseguida la gente entró en pánico. Las primeras imágenes de la televisión mostraban un monstruo hecho de jengibre, con forma humanoide, como las galletas, que caminaba por la calle aplastando todo a su paso. También como las galletas, en la cabeza tenía dos ojos blancos y una boca inmensa, con solo algunos dientes. Era pavoroso. Según caminaba, aplastaba autos, daba patadas a los autobuses, se llevaba por delante los cables de la luz y parecía que la electricidad solo le hacía cosquillas. Tremendo. Enseguida acudieron las fuerzas de seguridad. Primero intentaron capturarlo con una red, pero la rompió con una facilidad pasmosa. Después, ya decidieron que tenían que hacer como en el Japón, disparar contra la criatura hasta derribarla, para evitar que aplastara la ciudad, porque en media hora ya había dejado el barrio alrededor de mi escuela casi todo él en ruinas. Era una devastación.

Sin embargo, los disparos efectuados con las armas de fuego no le hacían nada. Al ser de jengibre, abrían un agujero y a continuación el agujero se cerraba como si tal cosa. Los policías y los militares no podían más que retroceder a la vista del peligro que suponía aquella galleta gigante de jengibre.

Dado que yo soy tan curioso, me había quedado a una cierta distancia para contemplar aquella escena. Me había pillado yendo a la escuela y para un día que yendo para allá veía algo interesante, decidí quedarme. Con todo, me enteré que de todos los edificios del barrio, el único que no había sufrido daños era la escuela. "¿Por qué?", me pregunté. Debía haber algo en ella que mantuviera alejada a aquella criatura. No podía ser nada relacionado con la sabiduría, ni siquiera los libros. No, debía ser otra cosa muy diferente, ¿pero el qué? 

Mi cabeza giraba a toda la velocidad. El problema de la galleta gigante de jengibre había surgido en la escuela y en ella tenía que estar la solución. Y entonces se me ocurrió algo. Claro, por eso el monstruo jengibrero evitaba la escuela. Si mi teoría era correcta, aquella cosa en la parte trasera del patio acabaría con la galleta destructora.

Sin embargo, primero tenía que llamar su atención. Como ya no había ni policías cerca de él, solo unos helicópteros le seguían la pista a buena distancia, yo era el único ser humano en la zona. Si conseguía que se fijase en mí, sería fácil que me siguiera hasta donde yo quería. Además, hasta sabía cómo provocar su furia.

Corrí hacia él. Me detuve cuando estaba a solo unos cien metros. Después grité para atraer su atención:

— Eh, monstruo jengibrero, mira lo que hago.

Tuve que llamarlo tres veces, pero no me oyó. Entonces saqué aquello del bolsillo y lo mordí. El crujido de aquella galleta al ser partida por mis dientes sí hizo que el monstruo se fijara en mí. Sí, su oído galletero sintió como yo mordía a una criatura de su especie, una galleta de gengibre normal y corriente. 

A partir de ahí, todo se precipitó. Yo corrí hacia la escuela, con el monstruo por detrás de mí pisándome los talones. Aceleré todo cuanto pude, atravesé la cancela de la escuela que, lógicamente estaba abierta y no era de esperar que me aguardase el bedel para recriminarme que llegaba tarde. No, además, casi podía sentir el aliento del monstruo en mi nuca. Si me pillara, ¿qué es lo que haría conmigo, devorarme? 

Conseguí abrir la puerta del caseto de la trasera del patio y me quedé a la espera. Y tal como esperaba, el monstruo galletero barrió el techo de un golpe y saltó para dentro. Mi plan había funcionado. La pesadilla se había acabado.

Cuando un rato después acudió la policía y los periodistas, nadie podía entender lo que había pasado. Yo tuve que explicárselo:

— Recordé que lo único que destruye las galletas de jengibre que nos dan en la escuela es la leche. Por eso, pensé que la única manera de destruir un monstruo galletero de jengibre era haciéndolo caer en la leche. Y eso hice, atraje al monstruo hasta el depósito de leche que hay en la parte trasera de la escuela y le tendí una trampa para que cayera en el depósito. Así conseguí acabar con él.

Yo estaba feliz por el resultado, pero no tardé mucho en arrepentirme. El director de la escuela decidió que aquella cantidad enorme de galleta de jengibre no se podía desaprovechar, aunque hubiera pertenecido a un monstruo galletero. Durante los siguientes seis meses, tuvimos leche con galleta de jengibre para el postre todos los días. Lo bueno de todo aquello fue que nadie más volvió a lanzar los restos de las galletas de jengibre al pozo después de las clases.

© Frantz Ferentz, 2017

martes, 14 de febrero de 2017

LOS SUEÑOS DE CAROLINA

Carolina era una gran soñadora. Se pasaba el tiempo soñando, tanto que durante el día ella soñaba con los ojos abiertos, y hasta se quedaba dormida cuando no debía, como cuando tenía clases, porque Carolina no podía parar de soñar, o más bien no quería.

Su madre siempre la reprendía. Le decía que tenía que mantenerse despierta y, si tenía que soñar, que soñara de noche. Pero Carolina no lo conseguía. Ella soñaba a cualquier hora, hasta se quedaba con la cuchara en la mano y la mirada perdida.

 ¡Tómate la sopa, Carolina! le decía su madre, pero Carolina, aunque volviera del país de los sueños, fingía seguir soñando, porque no le gustaba la sopa.

La maestra dijo a la madre que la actitud de la niña era un desastre. Como soñaba despierta, le venía el sueño en cualquier momento y se quedaba dormida en mitad de las clases.

Voy a llevarte al médico le dijo la madre.

El doctor quiso arreglar todo con pastillas, pero las pastillas lo único que consiguieron fue que Carolina tuviera pesadillas.

 Mamá explicó la niña, yo no consigo dejar de soñar. Tengo la cabeza llena de sueños.

 Lo que tienes que hacer es estudiar concluyó la madre que no quería oír ninguna argumentación—.No puedes tener la cabeza llena de pájaros.

Carolina se sentía infeliz. Tal vez su madre tenía razón y su cabeza estaba llena de pájaros.

Una amiga de la madre, una señora bien extraña a la que le gustaba lo esotérico, dijo que tenían que colocar atrapasueños por toda la casa (en la escuela no se podía), para que los sueños no flotasen en la cabeza de Carolina. La madre hizo caso de aquella idea extraña, pero lo único que consiguió fue que Carolina no parara de estornudar, porque tenía alergia a las plumas de los atrapasueños.

Hasta aquel día. Una noche, Carolina soñó que soñaba. Nunca le había pasado nada así, o por lo menos ella no lo recordaba. Sabía que estaba soñando que soñaba, porque en el sueño principal aparecía su madre que le gritaba: “Coge ese sueño, no dejes que huya”. Y en el sueño del sueño, había un pájaro que se había escapado de su cabeza, pero que no tenía donde posarse. Entonces, de repente, encontró una rama de un árbol. Se posó en ella y se convirtió en un fruto, un fruto desconocido, pero muy aromático. La Carolina del primer sueño quiso tomar el fruto, pero él, el fruto, le dijo:

 ¡No me arranques! Soy un sueño.

 ¿Cómo así?

 Sí, los sueños somos como la fruta. Tienes que dejarnos crecer hasta madurar. Después, ya se nos puede comer.

 ¿Y los sueños, como la fruta, tienen sabor?

 Eso tienes que probarlo tú.

Entonces, el segundo sueño desapareció y Carolina despertó en su primero sueño. La madre estaba a su lado.

 Atrapaste ese pájaro? ––preguntó su madre.

 No. Y no era un pájaro, era un sueño.

En ese preciso instante, Carolina se despertó. Estaba en su cama. Fuera amanecía. Era casi la hora de levantarse. Se vistió porque tenía que prepararse para ir a la escuela. Se acordaba de los dos sueños. Entonces pensó:

 Si los sueños son como los frutos, yo debería tener una cesta para recogerlos cuando maduran.

Durante unos instantes pensó en qué podría utilizar como cesta de sueños. De repente, se acordó de un regalo de navidad que había metido en un cajón, porque no le había interesado para nada. Era un diario que le había regalado una tía suya. Lógicamente estaba en blanco.

Lo cogió y lo metió en la mochila para llevarlo a la escuela. Un diario era, justo, la mejor cesta para recoger sueños. Y se fue contenta, aún más soñadora que nunca, porque por fin había comprendido que no necesitaba pasarse el día persiguiendo sueños, sino que podía escribirlos en su diario y así tenerlos siempre al alcance de la vista.

Y en cuanto salió a la calle, una cagadita de pájaro le cayó en la cabeza. Carolina miró hacia arriba y reconoció al pájaro de su sueño en el sueño. Hasta le pareció que, mientras emprendía el vuelo, el pájaro aún se reía divertido, porque a los sueños también les gusta gastar bromas.


© Frantz Ferentz, 2017

jueves, 26 de enero de 2017

EL REGALO DE PAPÁ


Mi papá estaba muy contento con el regalo que había recibido por su cumpleaños. La abuela le había regalado un Ferrari. Mi papá le dio un beso en la mejilla. Sin embargo, mi mamá, asustada de ver aquel regalo, dijo a la abuela:

— A ver, mamá, has liquidado todos tus ahorros en el banco de un golpe para hacerle ese regalo a mi marido. ¿Pero es que has perdido la cabeza?

— Hija —replicó mi abuela—, yo solo seguí las instrucciones que me mandaste por el móvil|celular.

Y le mostró el teléfono. Allí claramente decía: "Sugerencia regalo para Carlos: compra Ferrari". Mi mamá, furiosa, tiró su móvil|celular al váter mientras explicaba:

— Yo quise decir "Ferrero", los bombones. ¡Maldito corrector automático, maldito corrector...!

© Frantz Ferentz, 2017