miércoles, 8 de marzo de 2017

EL ATAQUE DEL MONSTRUO GALLETERO

Resultado de imagen para ginger cookie shrekTodos en la ciudad quisieron olvidar aquel tremendo episodio. Si hoy preguntan a alguien por lo que allí sucedió por entonces, nadie reconocerá que se acuerda, aunque sí se acuerden. Y no me extraña, pues aquel episodio, aunque breve, amenazó con destruir toda la ciudad.

Voy a dejar de dar rodeos y voy a contar los hechos tal como pasaron. Los inicios de esta historia no son muy claros, pues nadie sabe exactamente cómo se generó aquella criatura. Tampoco nadie sabe de dónde viene el Godzila del Japón, pero ahí está y da para hacer muchas películas. Sin embargo, nadie querría hacer una película sobre una galleta de jengibre gigante, pero esa es la criatura de la que voy a hablar. Sus orígenes, como digo, siguen siendo un misterio, pero yo tengo mi propia teoría. Creo que por el lugar donde apareció el monstruo, al lado de una escuela, y a pocos metros de una fábrica de productos químicos, el monstruo nació por la manía de muchos niños de lanzar los restos de sus galletas de jengibre a un viejo pozo abandonado al pie de la escuela. No sé de dónde les viene la manía (y a mí también, he de confesarlo, porque las manías son contagiosas, como las modas). Lo cierto es que todos los chicos, según salimos de la escuela, teníamos la costumbre de lanzar los restos de las galletas de jengibre que nos daban para el postre en ese pozo, porque, hay que ser sinceros, eran unas galletas bien malas. Durante muchos años, todos los estudiantes de la escuela habían participado de ese ritual. Y creo yo que, en el fondo del pozo, había líquidos mortales que la fábrica de productos químicos vertía para allá ilegalmente, sin conocimiento de las autoridades.

Sea como fuere, un buen día, al amanecer, todo el tráfico en las proximidades de la escuela se interrumpió. De la boca del pozo surgió una criatura que medía alrededor de diez metros. Enseguida la gente entró en pánico. Las primeras imágenes de la televisión mostraban un monstruo hecho de jengibre, con forma humanoide, como las galletas, que caminaba por la calle aplastando todo a su paso. También como las galletas, en la cabeza tenía dos ojos blancos y una boca inmensa, con solo algunos dientes. Era pavoroso. Según caminaba, aplastaba autos, daba patadas a los autobuses, se llevaba por delante los cables de la luz y parecía que la electricidad solo le hacía cosquillas. Tremendo. Enseguida acudieron las fuerzas de seguridad. Primero intentaron capturarlo con una red, pero la rompió con una facilidad pasmosa. Después, ya decidieron que tenían que hacer como en el Japón, disparar contra la criatura hasta derribarla, para evitar que aplastara la ciudad, porque en media hora ya había dejado el barrio alrededor de mi escuela casi todo él en ruinas. Era una devastación.

Sin embargo, los disparos efectuados con las armas de fuego no le hacían nada. Al ser de jengibre, abrían un agujero y a continuación el agujero se cerraba como si tal cosa. Los policías y los militares no podían más que retroceder a la vista del peligro que suponía aquella galleta gigante de jengibre.

Dado que yo soy tan curioso, me había quedado a una cierta distancia para contemplar aquella escena. Me había pillado yendo a la escuela y para un día que yendo para allá veía algo interesante, decidí quedarme. Con todo, me enteré que de todos los edificios del barrio, el único que no había sufrido daños era la escuela. "¿Por qué?", me pregunté. Debía haber algo en ella que mantuviera alejada a aquella criatura. No podía ser nada relacionado con la sabiduría, ni siquiera los libros. No, debía ser otra cosa muy diferente, ¿pero el qué? 

Mi cabeza giraba a toda la velocidad. El problema de la galleta gigante de jengibre había surgido en la escuela y en ella tenía que estar la solución. Y entonces se me ocurrió algo. Claro, por eso el monstruo jengibrero evitaba la escuela. Si mi teoría era correcta, aquella cosa en la parte trasera del patio acabaría con la galleta destructora.

Sin embargo, primero tenía que llamar su atención. Como ya no había ni policías cerca de él, solo unos helicópteros le seguían la pista a buena distancia, yo era el único ser humano en la zona. Si conseguía que se fijase en mí, sería fácil que me siguiera hasta donde yo quería. Además, hasta sabía cómo provocar su furia.

Corrí hacia él. Me detuve cuando estaba a solo unos cien metros. Después grité para atraer su atención:

— Eh, monstruo jengibrero, mira lo que hago.

Tuve que llamarlo tres veces, pero no me oyó. Entonces saqué aquello del bolsillo y lo mordí. El crujido de aquella galleta al ser partida por mis dientes sí hizo que el monstruo se fijara en mí. Sí, su oído galletero sintió como yo mordía a una criatura de su especie, una galleta de gengibre normal y corriente. 

A partir de ahí, todo se precipitó. Yo corrí hacia la escuela, con el monstruo por detrás de mí pisándome los talones. Aceleré todo cuanto pude, atravesé la cancela de la escuela que, lógicamente estaba abierta y no era de esperar que me aguardase el bedel para recriminarme que llegaba tarde. No, además, casi podía sentir el aliento del monstruo en mi nuca. Si me pillara, ¿qué es lo que haría conmigo, devorarme? 

Conseguí abrir la puerta del caseto de la trasera del patio y me quedé a la espera. Y tal como esperaba, el monstruo galletero barrió el techo de un golpe y saltó para dentro. Mi plan había funcionado. La pesadilla se había acabado.

Cuando un rato después acudió la policía y los periodistas, nadie podía entender lo que había pasado. Yo tuve que explicárselo:

— Recordé que lo único que destruye las galletas de jengibre que nos dan en la escuela es la leche. Por eso, pensé que la única manera de destruir un monstruo galletero de jengibre era haciéndolo caer en la leche. Y eso hice, atraje al monstruo hasta el depósito de leche que hay en la parte trasera de la escuela y le tendí una trampa para que cayera en el depósito. Así conseguí acabar con él.

Yo estaba feliz por el resultado, pero no tardé mucho en arrepentirme. El director de la escuela decidió que aquella cantidad enorme de galleta de jengibre no se podía desaprovechar, aunque hubiera pertenecido a un monstruo galletero. Durante los siguientes seis meses, tuvimos leche con galleta de jengibre para el postre todos los días. Lo bueno de todo aquello fue que nadie más volvió a lanzar los restos de las galletas de jengibre al pozo después de las clases.

© Frantz Ferentz, 2017

martes, 14 de febrero de 2017

LOS SUEÑOS DE CAROLINA

Carolina era una gran soñadora. Se pasaba el tiempo soñando, tanto que durante el día ella soñaba con los ojos abiertos, y hasta se quedaba dormida cuando no debía, como cuando tenía clases, porque Carolina no podía parar de soñar, o más bien no quería.

Su madre siempre la reprendía. Le decía que tenía que mantenerse despierta y, si tenía que soñar, que soñara de noche. Pero Carolina no lo conseguía. Ella soñaba a cualquier hora, hasta se quedaba con la cuchara en la mano y la mirada perdida.

 ¡Tómate la sopa, Carolina! le decía su madre, pero Carolina, aunque volviera del país de los sueños, fingía seguir soñando, porque no le gustaba la sopa.

La maestra dijo a la madre que la actitud de la niña era un desastre. Como soñaba despierta, le venía el sueño en cualquier momento y se quedaba dormida en mitad de las clases.

Voy a llevarte al médico le dijo la madre.

El doctor quiso arreglar todo con pastillas, pero las pastillas lo único que consiguieron fue que Carolina tuviera pesadillas.

 Mamá explicó la niña, yo no consigo dejar de soñar. Tengo la cabeza llena de sueños.

 Lo que tienes que hacer es estudiar concluyó la madre que no quería oír ninguna argumentación—.No puedes tener la cabeza llena de pájaros.

Carolina se sentía infeliz. Tal vez su madre tenía razón y su cabeza estaba llena de pájaros.

Una amiga de la madre, una señora bien extraña a la que le gustaba lo esotérico, dijo que tenían que colocar atrapasueños por toda la casa (en la escuela no se podía), para que los sueños no flotasen en la cabeza de Carolina. La madre hizo caso de aquella idea extraña, pero lo único que consiguió fue que Carolina no parara de estornudar, porque tenía alergia a las plumas de los atrapasueños.

Hasta aquel día. Una noche, Carolina soñó que soñaba. Nunca le había pasado nada así, o por lo menos ella no lo recordaba. Sabía que estaba soñando que soñaba, porque en el sueño principal aparecía su madre que le gritaba: “Coge ese sueño, no dejes que huya”. Y en el sueño del sueño, había un pájaro que se había escapado de su cabeza, pero que no tenía donde posarse. Entonces, de repente, encontró una rama de un árbol. Se posó en ella y se convirtió en un fruto, un fruto desconocido, pero muy aromático. La Carolina del primer sueño quiso tomar el fruto, pero él, el fruto, le dijo:

 ¡No me arranques! Soy un sueño.

 ¿Cómo así?

 Sí, los sueños somos como la fruta. Tienes que dejarnos crecer hasta madurar. Después, ya se nos puede comer.

 ¿Y los sueños, como la fruta, tienen sabor?

 Eso tienes que probarlo tú.

Entonces, el segundo sueño desapareció y Carolina despertó en su primero sueño. La madre estaba a su lado.

 Atrapaste ese pájaro? ––preguntó su madre.

 No. Y no era un pájaro, era un sueño.

En ese preciso instante, Carolina se despertó. Estaba en su cama. Fuera amanecía. Era casi la hora de levantarse. Se vistió porque tenía que prepararse para ir a la escuela. Se acordaba de los dos sueños. Entonces pensó:

 Si los sueños son como los frutos, yo debería tener una cesta para recogerlos cuando maduran.

Durante unos instantes pensó en qué podría utilizar como cesta de sueños. De repente, se acordó de un regalo de navidad que había metido en un cajón, porque no le había interesado para nada. Era un diario que le había regalado una tía suya. Lógicamente estaba en blanco.

Lo cogió y lo metió en la mochila para llevarlo a la escuela. Un diario era, justo, la mejor cesta para recoger sueños. Y se fue contenta, aún más soñadora que nunca, porque por fin había comprendido que no necesitaba pasarse el día persiguiendo sueños, sino que podía escribirlos en su diario y así tenerlos siempre al alcance de la vista.

Y en cuanto salió a la calle, una cagadita de pájaro le cayó en la cabeza. Carolina miró hacia arriba y reconoció al pájaro de su sueño en el sueño. Hasta le pareció que, mientras emprendía el vuelo, el pájaro aún se reía divertido, porque a los sueños también les gusta gastar bromas.


© Frantz Ferentz, 2017

jueves, 26 de enero de 2017

EL REGALO DE PAPÁ

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Mi papá estaba muy contento con el regalo que había recibido por su cumpleaños. La abuela le había regalado un Ferrari. Mi papá le dio un beso en la mejilla. Sin embargo, mi mamá, asustada de ver aquel regalo, dijo a la abuela:

— A ver, mamá, has liquidado todos tus ahorros en el banco de un golpe para hacerle ese regalo a mi marido. ¿Pero es que has perdido la cabeza?

— Hija —replicó mi abuela—, yo solo seguí las instrucciones que me mandaste por el móvil|celular.

Y le mostró el teléfono. Allí claramente decía: "Sugerencia regalo para Carlos: compra Ferrari". Mi mamá, furiosa, tiró su móvil|celular al váter mientras explicaba:

— Yo quise decir "Ferrero", los bombones. ¡Maldito corrector automático, maldito corrector...!

© Frantz Ferentz, 2017