jueves, 26 de mayo de 2022

LOS DILEMAS DE LA PROFESORA VOCILUX

A la profesora Vociflux le encantaba explicar a sus estudiantes los contenidos de las lecciones. Hablaba y hablaba sin parar, podía referirse a los ríos del país, las propiedades de los metales o la interpretación de los sueños en solo cinco minutos.

¡Qué manera de hablar!

Sus estudiantes se la quedaban mirando sin pestañear. Permanecían quietos, atentos a las explicaciones de la profe, cada uno a su manera.

¡Pero qué sabia era!

La clase era un pequeño museo donde había una lanza bantú, un casco etrusco, un mosquito prehistórico en una gota de ámbar, un guijarro que decían que era un meteorito y hasta una flauta de madera que disque fue la que tocó el flautista de Hamelín.

Miguel siempre se quedaba con la boca abierta, tanto que al final se formaba una pequeño charco de saliva en la mesa. Cuando se daba cuenta y quería cerrar la boca, ya era demasiado tarde y se moría de sed, pero para esos casos solía llevar una botellita de la que tomaba unos tragos y así hasta la próxima.

Felisa cerraba los ojos y dejaba que la voz de la profesora Vociflux penetrase en sus oídos, pero a menudo tenía que ponerse un dedo en uno de ellos para que la voz no le entrase por una oreja y saliese por la otra. El problema es que aquella era una voz muy caprichosa y nunca se sabía por qué oreja podía salir. Dicen que una vez hasta se salió por la nariz.

Lola intentaba tomar notas de lo que la profesora hablaba. Usaba su cuaderno y escribía en él lo que captaba. Sin embargo, al final, lo único que escribía eran largos poemas con rima, que recordaban a los de hace siglos y hasta con palabras inventadas, como elegotefa, sepibario, alualú u otrocamente. En verdad, nadie entendía lo que escribía Lola, pero por lo menos tenía ritmo y hasta daba para hacer baladas.

Y Rocco... Rocco era un caso aparte, porque parecía que las palabras de la profesora Vociflux lo hacían levitar. Los compañeros tenían una teoría que afirmaba que las palabras de la profesora actuaban como una alfombra mágica, pues Rocco se sentaba sobre ellas y flotaba, como si fuese Aladino.

Y así pasaban las semanas en las clases de la profesora Vociflux. Con sus estudiantes siguiendo las explicaciones como podían. Con la profesora habla que te habla, explica que te explica, enseña que te enseña. Y a cada rato, ella preguntaba a los estudiantes:

“¿Alguna duda?”

Y ellos se callaban, se callaban siempre, tal vez ni escuchaban la pregunta, quién sabe.

Hasta aquel día. Aquel día la profesora Vociflux se dio cuenta de que en la clase pasaba algo anómalo del todo. No es que sus estudiantes hiciesen cosas extrañas o distintas de las habituales, no. ¡Se trataba de aquellas esferas que se estaban comiendo a sus estudiantes!

Una esfera amarilla comía la cabeza de Miguel y se veía cómo la saliva que solía soltar llenaba poco a poco su propia esfera. La cabeza del chico parecería, en breve, un pez en una pecera. Pero él parecía no notarlo.

Una esfera verde también comía una cabeza, pero en este caso era la de Felisa. Sin embargo, en vez de que la esfera se hinchara de líquido, aquella se hinchaba de ruidos, que iban saliendo por algún sitio, de manera que parecía un altavoz de lo que contaba la profesora Vociflux. Pero la niña no parecía notarlo.

Una esfera rosa se comía el cuerpo de Lola, pero dejaba fuera la cabeza, los brazos y las piernas. Por las paredes de la esfera se movían palabras escritas en todos los alfabetos conocidos y hasta en otros desconocidos, que, quizá, eran inventados. Las palabras se combinaban formando renglones que rotaban por la esfera, algo parecido a las nubes de Júpiter. Pero ella no parecía notarlo.

Una esfera gris se comía a Roco por abajo, dejando libre su tronco y brazos. Y aquella esfera se comportaba como una pelota de playa, bota que te bota, pero sin hacer el menor ruido, sin que Rocco dejase de mirar a la profesora Vociflux. Pero él no parecía notarlo.

La profesora Vociflux no sabía qué pensar. ¿De dónde salían aquellas esferas? ¿Y cómo es que los chicos ni las notaban? De repente, se le ocurrió una idea, iba a hacer una prueba:

“Una cláusula entera puede tener una función sintáctica periférica”.

Si lo hubiese dicho en chino, habrían entendido lo mismo, pero ocurrió lo que la profesora esperaba que ocurriese: las esferas crecieron.

Y todavía dijo: “La ecuación de la teoría de la relatividad según Einstein es E = mc².”

Otra vez más, las esferas aumentaron. Pero ahora ella ya sabía lo que pasaba con sus estudiantes. ¡Que se los comían las dudas!

Entonces, la profesora Vociflux, muy seria, dijo a sus estudiantes:

“Quiero que me preguntéis las dudas, todas, hasta las que tengáis desde el inicio del curso. ¡¡Y no os guardéis ninguna para vosotros!!”

Su tono sonó muy serio. Nadie se atrevía a replicar. Hubo unos segundos de silencio, pero enseguida empezó la tormenta de dudas:

“¿Por qué los paquidermos son tan grandes y tienen trompa?”

“¿Por qué se engaña a los porteros cuando se lanzan penaltis?”

“¿Por qué las hormigas rojas no se llevan bien con las hormigas negras?”

“¿Por qué los adverbios no se van con los nombres?”

Entonces sucedió algo que no había sucedido nunca en las clases de la profesora Vociflux. Hubo un estallido. Las esferas estallaron todas y se convirtieron en líquido. Comenzaron a cubrir el aula.

Pero lo peor era que la profesora se estaba ahogando en aquel líquido, aunque no sus estudiantes, que se subieron a las mesas y desde allí veían la laguna que se había formado en el aula.

“Que me ahogo”, gritó la profesora. “¿Qué puedo hacer?”, preguntó ella.

Por primera vez había formulado ella misma una duda.

“Nade con más fuerza”, le dijo Lola.

“Cierre la boca”, dijo Rocco.

Pero a causa de aquel jaleo, el director abrió la puerta del aula, pues quería saber lo que pasaba. Y el líquido se salió de la clase.

La profesora se quedó sentada en el suelo, empapada, tosiendo por el líquido que había tragado. Luego el director miró alrededor y vio que los estudiantes seguían encima de las mesas, con cara de susto todos ellos.

“¿Qué ha pasado aquí, profesora Vociflux?”

“Pasa que casi me ahogo en un mar, bueno, una lagunita, de dudas”.

“Justo eso, director”, confirmaron los estudiantes.

Pero el director no entendió nada, ¿cómo podría el pobre hombre?

© Frantz Ferentz, 2022

miércoles, 25 de mayo de 2022

LUDMILA EN LA AUTOESCUELA

 



Ludmila iba a dar su clase de conducir.

Estaba nerviosísima, pero no por el coche, ni por el frío que hacía afuera, ni tampoco porque había tanto tráfico que los coches circulaban hasta por las aceras y por las alcantarillas con los faros antiniebla.

Entonces, qué le preocupaba a Ludmila?

Le preocupaba su profesor de autoescuela.

Era un tipo feo, peludísimo y con dos colmillos inferiores que sobresalían, hasta hacerlo parecer un jabalí o un ogro.

Pero lo peor no era su aspecto, sino su carácter.

Era capaz de ahuyentar a una farola o de hacer cambiar al viento de dirección.

Aterrador, era aterrador.

A Ludmila no le daba ni pizca de miedo, pero sí que le fastidiaba que fuese tan maleducado.

Cuando ella metía la tercera en vez de la cuarta, el profe berreaba de tal modo que el techo del coche se alzaba como la tapa de una lata de melocotones en almíbar.

O cuando ella se equivocaba de intermitente, él echaba chispas por los ojos y fundía el vidrio delantero.

Pero Ludmila se hartó.

Y a la tercera clase decidió darle una lección.

Así, cuando Ludmila se bajó del coche y se puso a empujarlo para aparcarlo, el profe le soltó un rugido que dejó sin hojas a todos los árboles en cien metros a la redonda y hasta un perro peludo perdió toda la pelambrera hasta quedarse todo calvito.

Ludmila entró en el coche, miró al profesor todo seria y le dijo:

– Mírese en el espejo retrovisor.

El profesor se miró.

¿Tendría una verruga nueva en la punta de la nariz?

¿Le habría salido un tercer ojo?

Pero no, él se veía guapísimo como siempre.

En fin.

– Hale, continúe… –mandó a Ludmila.

Ludmila metió la primera y empezó a circular.

De repente, el profe vio un pajarito revoloteando a su lado.

Y las nubes, algodonosas, besaban el morro del coche amorosamente.

El profesor, mosqueado, miró por la ventanilla.

La ciudad estaba tan bonita, allí abajo, en miniatura…

Era una vista de pájaro…

Entonces el profe se percató: ¡estaban volando!

Quiso gritar.

Pero no le salía nada.

Y mientras tanto, Ludmila no conducía, pilotaba, porque el coche se había convertido en un avioncito.

Qué bonito era meterse por entre las nubes…

El viaje duró media hora.

Qué bueno era eso de volar, no había tráfico, ni semáforos ni conductores llenos de prisa.

Finalmente, Ludmila aterrizó.

El profe salió del coche temblando, las piernas no le respondían y hasta se le había caído parte de su pelambrera.

– Hala, profe, hasta mañana –se despidió Ludmila.

El profe se quedó mirando pasmado cómo Ludmila se iba caminando toda tranquila.

Se quedó pensando en si todo había sido un sueño, quizás cosa de hipnotismo, o si, realmente, aquella mujer era una bruja y era capaz de hacer volar una escoba, un aspirador o un coche.

Pero se iba a quedar con la duda.

Por si acaso, iba a dejar de gritarle a aquella mujer, no fuese que la próxima vez…

© Frantz Ferentz, 2010

SUCEDIÓ EN PUNGULOMA

 

El señor Smith conducía su auto de alquiler por aquella carretera angosta de la provincia de Tungurahua en Ecuador. 

Cada vez que se cruzaba con un auto, tenía que apartarse al margen, pero en más de una ocasión casi se cayó al río, que después de tanta lluvia iba muy crecido.

Luego, alcanzó un autobús que iba lento por aquella carretera desde Ambato a Punguloma. 

Imposible rebasarlo, la carretera estaba llena de curvas.

Según el navegador del auto, quedaban 35 km, pero a esa velocidad y con el bus delante, podría significar dos horas.

Fue entonces cuando volvió a su memoria la conversación que mantuvo cinco días atrás en Washington con uno de los jefes de la organización para la que trabajaba, llamada Anvil.

Aquel jefe, llamado señor Booth (probablemente ese no era su nombre real, pero todos lo conocían así) le dijo desde el piso cuarenta y cinco de un céntrico rascacielos.

— Señor Smith, confiamos ciegamente en usted. Es nuestro mejor activo, muy por encima de todos sin fallas a sus espaldas. Por eso, lo necesitamos a usted. Nuestra organización quiere poner un pie en Ecuador, empezando por las comunidades humildes de la Sierra. Es necesario que la gente más humilde se una a nuestra causa y desde ahí nos expandiremos por el país. Por eso, hemos arreglado todo para que usted vaya de profesor sustituto a una comunidad de Tungurahua, en Ecuador.

— ¿Y qué le pasó al profesor titular? —preguntó el señor Smith.

— Nada malo, no se preocupe. Le regalamos un viaje a Disneylandia para él y su familia. Luego arreglamos con el Ministerio de Educación que usted lo sustituya.

Desde luego, pensó el señor Smith, Anvil no reparaba en gastos. Y confiar en él era algo normal, porque nadie tenía su historial de ganarse a comunidades enteras para la causa, sobre todo cuando se trataba de gente humilde en lugares remotos del planeta.

Fue así como, unos días después, el señor Smith, convertido de la noche a la mañana en profesor de primaria, iba camino de Punguloma.

Consiguió perder de vista el autobús cuando tomó la carretera secundaria que ascendía hacia el pueblo. Pero si antes se había quejado de curvas, ahora había más, muchas más, muchísimas más. Además, tenía que evitar gente que caminaba por la carretera con burros.

No hacía más que subir. La carretera que había dejado atrás estaba solo a 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, pero Punguloma estaba a casi 3.300. El ascenso era salvaje, con una carretera que zigzagueaba hasta provocar náuseas a los no acostumbrados.

Pero lo peor de todo fue que, a partir de cierto momento, desapareció la señal del celular. Y con ello el navegador. Se quedó sin saber muy bien por dónde ir. Toda la loma estaba llena de casas que parecían querer formar aldeas, pero era imposible adivinar dónde estaba Pungulomba. Además, la carretera no solo zigzagueaba, sino que había cruces y salidas laterales por doquier. 

Eso obligaba al señor Smith a pararse a cada poco a preguntar dónde estaba Punguloma. Qué paliza. Pero la gente era muy amable, casi siempre le decían señalado para el frente:

— Siga nomás.

En fin, después de más de cuatro horas después de salir desde Ambato, llegó a la plaza de Punguloma, donde había una serie de pequeños edificios, en realidad aulas, que formaban el colegio. No se trataba, pues, de un solo edificio que fuese el colegio, sino de aulas independientes. En el centro de la plaza había una cancha de fútbol, donde los chicos mayores echaban un partido.

En cuanto estacionó el auto, salió un señor con bigote que se apresuró hacia el señor Smith.

— Buenos días, mi señor. Soy Alejandro Buri, el director del colegio. Usted debe de ser el señor Smith.

— Sí, ese soy yo.

Ambos se dieron la mano. Pero enseguida, el director Buri comentó en un tono no tan cordial:

— Señor Smith, nuestra hora de inicio de las clases es a las 7. Llega tres horas tarde. El camino desde Ambato es una hora en auto... Ya me entiende.

Aquel comentario no le gustó nada al señor Smith. Pero cuando todo el pueblo cayese bajo el control de Anvil, ese tipo iba a saber quién era él. Porque, a buen seguro, se convertiría en el nuevo director, bueno, en el amo de la aldea, porque él sería el encargado de poner orden, pero, por el momento, tendría que aguantarse y permitir que aquel tipejo le dijese aquellas impertinencias.

— Venga, que le voy a presentar a la profesora Miño —dijo después el director Buri.

Ambos hombres caminaron hacia uno de los edificios. El director abrió la puerta sin más, no se molestó en llamar.

Dentro, un grupo de quince estudiantes seguían una clase con la profesora Miño. El aspecto de la mujer llamó la atención del señor Smith. Era una mujer menuda, vestida con un vestido gris inocuo, desgastado. Llevaba el cabello corto y unos lentes redondos.

La profesora Miño debía estar bastante habituada a las interrupciones del director, de modo que se limitó a sonreír tímidamente al director mientras decía:

— A la orden...

— Profesora Miño, este es el nuevo profesor, el señor Smith.

Ella extendió una mano que parecía un pescado muerto. El señor Smith sacudió levemente la mano.

La profesora hizo entonces un gesto a los niños. Todos se pusieron de pie y recitaron al alimón:

— Buenos días, señor profesor, que diosito lo bendiga, sea bienvenido a Punguloma y que diosito guíe todos sus pasos.

El señor Smith no se esperaba aquella bienvenida, pero aquello encajaba en los planes de Anvil y aquella profesora con mano de pez muerto podría serle de utilidad.

El director Buri le dijo entonces:

— Sus estudiantes de octavo están en la cancha, jugando al fútbol.

Ambos dejaron el aula de la profesora Miño, la cual reemprendió su clase como si nada.

Fuera, los chicos de octavo jugaban al fútbol, mientras las chicas estaban hablando a la sombra de un árbol.

— Ese es su grupo —señaló el director Buri.

El director batió palmas y llamó a los chicos, que cesaron en sus actividades y se acercaron al centro de la cancha, donde se habían ya colocado los dos profesores.

— Chicos, les presento a su nuevo profesor, el señor Smith.

Los chicos y chicas se quedaron mirando a aquel tipo alto, de cabello y ojos claros.

— Bueno, ahora ya son cosa suya —soltó de repente el profesor Buri y regresó a su oficina/puesto de vigilancia.

Cuando el señor Smith se quedó solo ante aquel grupo de chicos, decidió que ya era momento de comenzar a poner en práctica las tácticas de Anvil para ganarse la confianza de aquel grupo de estudiantes, con los que comenzaría toda su misión en Punguloma.

— Chicos, veo que estaban jugando un partido de fútbol. ¿Me puedo unir a ustedes?

El señor Smith no lo notó, pero en los rostros de los chicos se dibujó una sonrisa cómplice. En el rostro de las chicas, no, porque el nuevo profesor las ignoró completamente.

Así, empezaron su partido de fútbol. Los chicos hicieron correr al señor Smith por toda la cancha. No necesitaron más de diez minutos hasta casi dejarlo caer al suelo. Los 3.300 metros de altura del pueblo acabaron con el aliento del nuevo profesor.

Pero solo era el principio.

De repente, un balón volador no identificado golpeó al señor Smith en la espalda, que lo hizo acabar en el suelo, pero no solo eso, el balón, en el rebote, salió de la plaza a toda velocidad. Fue botando hasta el borde, de ahí saltó a la calle de debajo, golpeó a una camioneta que le dio aún más impulso y acabó cayendo, loma abajo, hacia el río, setecientos u ochocientos metros para abajo.

Todos los chicos soltaron un “oooohhhh” lastimoso.

— Profe, nos quedamos sin pelota —dijo un chico.

El señor Smith casi no tenía energías para responder.

— ¿Sabe qué? Que quien golpea la pelota, va por ella —dijo un segundo estudiante.

— Es justo así —confirmó un tercero.

El señor Smith no quería mostrarse duro, tenía que ganarse a aquellos chicos, era crucial para que Anvil conquistase la voluntad de aquella comunidad, empezando por los chicos y chicas.

— Está bien, voy por ella.

Se sacó las llaves del auto del bolsillo, pero antes de que diera un paso, otro estudiante le dijo:

— Profe, ya no puede mover el auto. Está en pico y placa.

— ¿Pico y placa? ¿Qué es eso?

— El sistema por el cual cada auto no puede circular un día en semana. El suyo tiene la placa acabada en 1. Los lunes no circulan los autos acabados en 0 y 1. Y hoy es lunes. No puede mover el auto hasta la noche.

— Pero ¿ese no es un fenómeno que funciona en Quito?

— Y aquí. No se imagina el tráfico que puede haber por aquí a veces. No se puede caminar.

El señor Smith no iba a protestar. Probablemente era mentira, pero la causa era lo más importante. Llenó sus pulmones como si necesitara todo el oxígeno disponible y siguió el recorrido del balón. Confiaba en que no hubiese acabado más de cincuenta metros para abajo.

Bajó de la plaza a la calle inferior y se asomó al borde. Allí estaba el balón en un prado. Bien, después de todo, no era tan grave. Se deslizó como pudo por el terraplén y llegó hasta el balón. Ya se disponía a recogerlo, cuando algo le tocó el muslo. Se giró. Era una llama. No la había visto antes. Y mira que es difícil no ver una llama con lo grande que es. Esta, concretamente, tenía una expresión malencarada, de estar siempre enojada. Encima le sobresalían los dos dientes inferiores de una manera amenazadora. 

El señor Smith dio dos pasos hacia atrás. La llama, a su vez, se puso de espaldas a la pelota y  le dio una coz propia de un caballo de dos metros de alzada que son puro músculo.

La pelota volvió a rodar loma abajo. Corrió como si la persiguiese un monstruo, pero era solo cuestión de física, de la ley de la gravedad, que la empujaba para abajo, hasta que aterrizó en otro sembrío.

En aquel sembrío no había ninguna llama. El señor Smith se aseguró de ello. Quedaba casi 100 metros más abajo. Volvió a deslizarse por el terraplén. Daba penita verlo, su ropa elegante estaba hecha harapos. Su piel y su cabello eran grises a causa del polvo que iba levantando.

En el sembrío no había ninguna llama. Menos mal. Había una campesina. Una anciana menuda, pero con cara de pocos amigos. El balón, en su caída, se le había llevado por delante varias matas de tomate. Aquello no le hacía ninguna gracia a la mujer, quien, en cuanto vio al señor Smith agacharse a recoger la pelota comenzó a gritarle en quichua. El hombre no entendía ni papa de lo que le decían, pero intuyó que no era nada agradable.

Sin embargo, no llegó a coger la pelota, porque la mujer, mostrando una gran agilidad, la golpeó con el mango de la azada que hizo pasar por debajo de las piernas del señor Smith y la hizo rodar todavía ladera abajo.

¡Hale, más para abajo!

Al señor Smith ya le importó un bledo cómo iban a acabar sus ropas, se dejó caer por el polvo, ladera abajo. Podía ver la pelota botar y botar, hasta que se detuvo, no en otro sembrío o en un prado, sino en la trasera de una camioneta. Así, la pelota se fue en dirección a Ambato.

El señor Smith ya no llegó deslizándose al río, sino rodando. Fue milagroso que no se rompiese ningún hueso, pero su ropa, desde luego, estaba para ir directamente a la basura. Más que pena, daba susto verlo.

Pero no todo iban a ser malas noticias. Al llegar al valle, volvió a tener señal en su celular. También fue suerte que el teléfono solo acabase con la pantalla rota, pero seguía funcionando. Sin embargo, más que ver, tenía que intuir los números. Consiguió que un taxi lo recogiese en el cruce de la carretera de Ambato con la de Punguloma.

Cinco horas más tarde, el señor Smith estaba de vuelta en Punguloma con ropa nueva —aunque no de la calidad a la que él estaba acostumbrado— y aseado. Llevaba un nuevo balón, bastante mejor que el que había perdido, y se presentó en la plaza donde estaban las aulas del colegio.

Acababa de anochecer y ya la gente estaba en sus casas. No había rastro de los chicos. Solo un perro acudió a saludarlo, pero en realidad el animalito se le acercó atraído por su olor a naftalina que emanaba de la ropa que llevaba.

Mientras el señor Smith miraba las luces de las casas de los alrededores, el director Buri se le acercó por detrás.

— Señor Smith.

Este se giró.

— Su primer día como profesor se lo ha pasado fuera —le recriminó el director—, por tanto, lamento decirle que no vuelva mañana. Ha perdido el trabajo. No sabe cómo es esta profesión.

El señor Smith quiso llamar al señor Booth para pedir instrucciones, pero no había señal. Oficialmente había fracasado en su misión. Y eso suponía una mancha muy gorda en su currículo.

El director Buri se dio media vuelta y desapareció entre las sombras, mientras que el señor Smith se dirigía a su auto, sospechando que docenas de ojos, desde detrás de las ventanas lo veían caminar derrotado. 

Y todo por creerse superior a nadie. Lo que más le dolía, no obstante, era su orgullo. Pobre señor Smith, si él supiera...


© Frantz Ferentz, 2022



lunes, 9 de mayo de 2022

CARLOTA CON BOTAS


Esta es la historia de una mamá, Carlota, y su hija, Mariana, pero a la que nadie conocía por ese nombre, sino por el de Minicarlota, porque la hija parecía un clon chiquitito de su mamá.

Carlota era costurera, pero su gran sueño era llegar a ser sastra, pero allá en el viejo reino de Carlinquirá las mujeres no podían ser sastres, solo los hombres.

Y Minicarlota no sabía todavía qué quería ser de mayor, pero al menos querría ser como su mamá, que era bellísima. Era, de hecho, la mujer más bella de la ciudad. 

A Carlota había algo que le gustaba por encima de todas las cosas: las botas. Tenía muchos pares de botas, desde las más bajas a las más altas. Era en lo único que se gastaba el dinero, el poco que le sobraba.

Y a Minicarlota, como imitaba en todo a su mamá, también le gustaban las botas. Cuando su mamá no la veía, se ponía algún par, de las más bajas que tenía, para que le llegasen las piernas, pero luego, cuando caminaba con ellas, parecía que tenía que separar las piernas muchísimo porque le escociesen los muslos. 

Todos los atardeceres, Carlota salía de su casa disfrazada de hombre. Se colocaba una barba enorme hecha a base de estropajo, para que pareciese muy ruda, y acudía a clases de sastrería en la escuela del maestro Conchito, que era incluso el sastre real.

En esos cursos se dejaba Carlota el resto de sus ingresos, pero ella quería aprender a ser sastra al precio que fuera.

Y como no había más salida que hacerse pasar por hombre, eso hacía, pues de otra manera no le dejarían ni traspasar el umbral de la academia de corte y confección del maestro Conchito.

Así era todos los días, pero estaba aprendiendo mucho.

Sin embargo, eso suponía acostar antes a Minicarlota, arroparla, contarle un cuento, asegurarse de que dormía y luego ir a la academia. Carlota no tenía con quien dejar a su hija de seis años, era un riesgo muy grande. Aun así, le decía: «Si te despiertas y no estoy, vuelve a cerrar los ojos. Cuando los vuelvas a abrir, ya estaré en casa».

Hasta entonces nunca había pasado nada.

Hasta aquel día...

Más bien, aquella noche, cuando Carlota regresó a casa contenta por todo lo que había aprendido, pero muy cansada... Dejó su mochila en la mesa, donde, además de apuntes, llevaba sus agujas de ganchillo y varias madejas de lana, todo su material de trabajo. Luego, fue a la habitación de Minicarlota para ver si todo estaba en orden.

Pero no, nada estaba en orden. Y no estaba en orden porque Minicarlota no estaba en su cama.

Carlota se despojó de su disfraz de hombre, se revistió de mujer y luego fue a ponerse sus botas de caminar para salir a buscar a Minicarlota. Solo entonces se dio cuenta de que allí faltaban un par de sus botas bajas. Sabía que eran las preferidas de Minicarlota, pero ¿cómo había podido ponérselas y salir a la calle con ellas? Una cosa es que se las pusiera en casa, pero ¿en la calle?

A Carlota le dio un vuelco el corazón. Temió por su hija. Ya era de noche y la niña estaría perdida.

¿Y qué había pasado con Minicarlota?

La niña se despertó y llamó a su mamá, pero su mamá no estaba. Entonces pensó que sería bueno ir a buscarla, le daría una sorpresa. Porque Minicarlota ya se sentía muy mayor y, por supuesto, capacitada para caminar por la sociedad ella sola.

Fue al armario donde su mamá guardaba las botas y se puso las más bajas, que eran sus favoritos. Le quedaban grandes, claro, pero ella se sentía muy mayor con ellas. De hecho, pensaba que si cruzaba con algún adulto, al verla con aquellas botas pensaría que era otro adulto, aunque bajito. Además, saludaría cortésmente diciendo:

«Buenas noches, ¿cómo está usted?».

Realmente, Minicarlota no sabía dónde quedaba la academia de corte y confección, por lo que echó a andar, a andar, a andar, hasta que salió de la ciudad. La niña no estaba preocupada, se sentía muy segura con aquellas botas. Hasta le recordó el cuento de El gato con botas que su mamá tantas veces le había contado.

De repente, alguien se interpuso en su camino. Minicarlota quiso ser muy educada y saludó gentilmente:

«Buenas noches, caballero, ¿cómo está usted? Que tenga buena noche».

Pero no se trataba de ningún caballero, sino de un trol, este muy bajito. Llevaba mucho rato siguiendo a la niña. La observaba con mucho interés, era tan linda. Enseguida su corazón trólico se emocionó y pensó que se había enamorado de aquella niña bonita que caminaba con las piernas muy abiertas, como un vaquero del oeste después de pasarse casi toda la vida montando a caballo.

Así, sin perder un segundo, sin siquiera saludar, se cargó la niña sobre un hombro, como un saco de  papas y se alejó a toda velocidad, pero con las prisas, no se dio cuenta de que una de las botas de la niña, bueno, de la mamá, se quedó en el suelo, porque Minicarlota la dejó caer.

Mientras, Carlota recorría la ciudad llamando a su hija, pero no obtenía resultado. Preguntaba a la gente con la que se cruzaba si habían visto a una niña con botas de adulto, pero nadie la había visto, o al menos, nadie se había fijado.

Fue así como, al cabo de las horas, también Carlota salió de la ciudad por el mismo camino que había seguido Minicarlota, hasta que se topó con la bota perdida en el suelo.

El corazón de Carlota dio un vuelco muy grande. Enseguida supo que había pasado algo, pero por los alrededores no había nadie (y es posible que, aunque hubiese habido alguien, no se habría fijado). 

Miró en derredor. Al rato vio una lechuza en un árbol cercano que la contemplaba curiosa. Carlota se acercó a su rama y la miró un buen rato. Luego dijo en voz alta: «Gracias».

A ver, a ver, que todo tiene su explicación. Resulta que Carlota era empática, simpática y telepática, pero nada antipática. Lo de telepática le viene bien, porque así puede comunicarse con los animales, porque hablar solo hablan los humanos, de modo que, para comunicarse con los animales, la telepatía es estupenda.

Telepáticamente la lechuza dijo a Carlota que había visto como un trol se llevaba a una niña con botas, bueno con una sola bota, hacia el sur. Eso era todo cuanto podía contarle. Y Carlota dijo «gracias» en voz alta, que la lechuza entendió perfectamente, porque es un bicho muy listo.

Pero antes, como vio que la lechuza pasaba frío en aquella rama, le tejió un chaleco precioso que lo mantendría calentito, pero antes la ayudó a ponérselo.

Luego, siguió su camino. Al rato se encontró un zorro tembloroso porque se había quedado sin todo el pelaje de la cola (brutalidades de los troles, que arramblan con todo lo que pueden). Le preguntó telepáticamente por su hija, pero el animal no podía responder porque, con la tiritera, sus neuronas rebotaban por el cerebro y no había manera de que construyese un mensaje en condiciones. Inmediatamente, Carlota se puso a tejerle una especie de cola de ganchillo a toda velocidad, preciosa, del mismo color de su piel y se la puso.  

«¿Qué tal ahora?», preguntó ella.

«Fantabuloso», respondió el zorro todo calentito meneando la cola.

«¿Has visto a un trol llevarse al hombro una niña con una bota como esta?», preguntó ella mostrándole la bota.

«Claro que lo he visto. Siguió ese sendero».

«Gracias».

Y Carlota siguió su camino. Anduvo y anduvo, ya estaba amaneciendo  cuando se topó una oveja que tiritaba mucho más que el zorro. El salvaje del trol la había trasquilado al pasar junto a ella, en pleno invierno, y el pobre animal estaba a punto de congelarse.

Pero ahí estaba Carlota, provista de sus agujas y sus madejas. Enseguida tejió un hermoso pelaje (o lanaje, como se diga) que cubrió todo el cuerpo de la oveja, la cual, enseguida se sintió calentita, pero también extraña.

«Beee, beeee, beeeee», exclamó el animalito al mirarse el cuerpo.

« Perdona, perdona, pero es que se me acabó la lana blanca y solo me quedaban estos otros colores».

Bien visto, la oveja estaba la mar de simpática, porque tenía el cuerpo cubierto con un estampado de rombos de colores que enseguida se convirtió en la envidia de todas las ovejas del país, porque parecía una oveja aristocrática.

«¿Has visto a un trol cargando con una niña...?»

«Claro que lo he visto, ese zamburrio fue el que me trasquiló. Pero no tiene pérdida, ha dejado sus huellas en el barro, solo hay que seguirlas...», contó la oveja.

Así lo hizo Carlota. Al cabo de un buen rato, llegó a la entrada de una gruta. Nadie frecuentaba aquella zona, todos tenían miedo de los troles que vivían por allí, pero Carlota no iba a dejar a su hija en manos de aquella criatura bajita y gorda, pero, sobre todo, maloliente.

Dudó si entrar, pero enseguida decidió que sí, porque al instante pudo oír los ronquidos del trol en el interior.

Carlota entró de puntillas, pegada a la pared. Y lo que vio, la horrorizó. La criatura dormía sobre un lecho de paja y mantenía a Minicarlota atrapada con un brazo, como si fuese una muñeca. La niña, al ver a su madre, fue a decir algo, pero la madre le hizo un gesto para que guardase silencio. 

La niña se quedó callada, aunque estaba muy asustada. Mientras, Carlota extrajo todos sus ovillos de la mochila y sus agujas y comenzó a tejer a toda velocidad. En cosa de media hora, había fabricado lo que quería: una réplica de su hija, pero toda de ganchillo. Era tan suavita...

Con todo el cuidado del mundo, Carlota fue levantando el brazo del trol, lo sujetó en alto, sacó a su hija y luego dejó la Minicarlota de ganchillo en su lugar. Finalmente dejó caer el brazo suavemente y el trol siguió roncando como si fueran cinco locomotoras juntas.

Y sin más, Carlota se llevó a Minicarlota de allí.

Por si os entra la curiosidad, os diré que los troles son bastante bobos, por eso no se dio cuenta de que la Minicarlota de ganchillo no era la Minicarlota de carne y hueso. Hasta la encontró más agradable, porque no chillaba ni protestaba, de modo que fue feliz con la muñeca de ganchillo y se casó con ella, porque era realmente muy guapa.

De vuelta a Carlinquirá, todo volvió a la normalidad. Para superar el disgusto, Carlota se compró un par de botas nuevas, pero también hizo el esfuerzo de compara a Minicarlota sus primeras botas.

Aleccionó muy bien a la niña para que, mientras ella estaba en clase de corte y confección, nunca más saliera de casa. Gracias a eso, el curso le fue muy bien. 

Al final del curso, el maestro Conchito anunció:

«Tenéis toda esta semana para hacer un traje nuevo para el rey. Estas son sus medidas. Quien gane el concurso, recibirá un premio en metálico de cinco lingotes de oro y un beso de la princesa Lepidóptera».

Lo del beso a Carlota le traía sin cuidado, pero con cinco lingotes de oro resolvía su vida. Sin embargo, lo más importante es que conseguiría demostrar, si ganaba, que las mujeres podían ser tan buenas sastres como los hombres.

Y claro que ganó. Su diseño de un traje multiusos que lo mismo servía para pasear, bañarse, ir de fiesta, saltar desde un árbol o dormir la siesta fascinó al rey. Toda la corte aplaudió a aquel aprendiz de sastre.

De repente, Carlota se quitó su disfraz, su barba postiza, y ante todos se manifestó como era: una mujer.

En todo el salón del reino sonó un OOOOOOHHHHHHH.

Luego, durante unos segundos hubo un silencio absoluto, hasta que finalmente el rey rompió el silencio y se puso a aplaudir. A continuación, señaló con el dedo al maestro Conchito y le dijo:

«Maestro Conchito, estás despedido».

El maestro Conchito soltó un aullido como de chihuahua y salió disparado del salón del trono, todo ofendido. Luego, el monarca se acercó a Carlota y le dijo:

«¿Querrás, querida, ser la nueva sastra de la corte».

Carlota no cabía en sí de gozo. Claro que aceptó. Era la ocasión de mejorar su vida y la de Minicarlota.

En ese momento, el príncipe heredero salió de entre los invitados y se colocó entre el rey, su padre, y Carlota:

«Eres bellísima», le dijo. «Quiero casarme contigo».

Carlota, que no quería quedar mal delante del rey y perder su trabajo sin haber siquiera cosido una manga, agarró de la manga al príncipe y lo llevó aparte.

«Alteza, ¿tenéis la sangre azul?», le preguntó.

«Claro, soy de la nobleza... de la realeza»

«Entonces, tenéis la sangre azul, ¿no?»

«Por supuesto», respondió todo orgulloso el príncipe.

«Pues si vos y yo nos casamos, como vos tenéis la sangre azul y yo roja, nuestros hijos tendrían la sangre morada, ¿os dais cuenta?»

«Morada, ¡qué asco!», reaccionó el príncipe, quien se dio media vuelta y se fue a sus aposentos.

Y así acaba la historia de Minicarlota con botas, aunque, cuando Carlota regresó al salón del trono, su hija corrió hacia ella y le dijo:

«Mamá, mamá, ya sé que quiero ser de mayor. Ya no quiero ser sastra como tú, quiero ser otra cosa».

«El qué, cariño?»

«Domadora de troles».

© Frantz Ferentz, 2022



lunes, 24 de enero de 2022

EL CIEMPIÉS Y LA LÁMPARA MÁGICA

 

El ciempiés caminaba lentamente entre los estantes de aquella vivienda abandonada. Durante siglos, ningún ser humano había vivido allí, porque estaba bajo la arena. Es posible que aquel lugar llevase milenios abandonado, quién sabe.

El ciempiés habían terminado allí por casualidad, se había escapado de una salamanquesa hambrienta y se había caído por un agujero en la arena hasta terminar en esa construcción, que en realidad era un palacio, pero los ciempiés no conocían la diferencia entre las viviendas humanas. De hecho, apenas había visto humanos de lejos cruzando el desierto de noche a la luz de la luna, a lomos de camellos, nunca había tenido contacto directo con ellos, y no se imaginaba lo peligrosos que podían ser.

En fin, el ciempiés, también hambriento, recorría los alrededores en busca de algo para comer, tal vez un grillo, pero parecía que allí abajo no había nada. Así que exploró los estantes rápidamente, hasta que encontró aquello. Era un objeto humano que nunca había visto en su vida, metálico, pero curiosamente no estaba oxidado.

El objeto en cuestión era más o menos ovoide, pero no se podía saber el color, no había luz allí dentro, pero tenía un cuello largo, al final del cual había una boca. La forma de ese objeto podía conocerla gracias a sus cien patas. Y así fue cómo se introdujo por la boca y se deslizó hacia adentro como si fuera un tobogán.

Había un resplandor en el interior, que salía de las paredes. El ciempiés estaba nervioso porque sabía que estaba atrapado dentro del objeto de metal. Intentó salir por la misma boca por la que había entrado, pero no había manera, resbalaba demasiado y siempre terminaba abajo. Estaba desesperado. Por un momento, el ciempiés pensó que terminaría sus días allí, muriendo de hambre. Tal vez podría alimentarse de sus patitas, se las comería una a una, hasta quedarse sin ninguna. Qué horrible angustia para esa criatura. Qué angustia.

Sin embargo, esos pensamientos apenas duraron unos segundos, pues aquel objeto en el que estaba atrapado el ciempiés comenzó a vibrar. Vibraba sin control, tanto que el ciempiés empezó a rebotar por las paredes. Y no había dónde agarrarse, porque las paredes eran lisas. Sin saberlo, con tanto movimiento de sus patas en todas las paredes, había activado algún mecanismo del objeto desconocido, pero al parecer no había ningún motor en su interior.

De repente, ¡¡¡FLUUUUFFF!!! El objeto salió disparado. Cruzó la arena del desierto y comenzó a cruzar los cielos. Voló a una velocidad que ningún dispositivo inventado por humanos jamás alcanzaría. De hecho, el trayecto duró casi nada de tiempo, pues en pocos segundos, el objeto aterrizó en un enorme parque en el corazón de una ciudad con millones de habitantes a miles de kilómetros del desierto en el que había pasado no se sabe cuánto tiempo.

El objeto aterrizó suavemente sobre una mesa de piedra donde mucha gente solía jugar al ajedrez, pero entonces era aún temprano y el parque estaba vacío. El sol apenas había comenzado a salir por el este y la ciudad despertaba sin prisas. En cuestión de minutos, el tráfico sería infernal, como todos los días y algunas personas empezarían a ocupar el parque para hacer deporte, dar de comer a los peces y patos del lago, acompañar a los perros a hacer sus necesidades o incluso sentarse en la zona bajo los pinos para jugar al ajedrez. Decenas de personas de todas las edades y razas se reunían allí diariamente para desafiarse unos a otros. Todos eran aficionados, pero a veces un profesional se sentaba allí de incógnito para medir sus fuerzas con aquellos amantes del ajedrez, algunos de los cuales eran realmente fabulosos.

Poco a poco iba llegando gente. Al principio nadie notó el extraño objeto dorado sobre una de las mesas, hasta que un hombre llevaba un tablero de ajedrez bajo el brazo, junto con una caja de piezas del juego se percató de su presencia.

— ¿Qué es eso? —preguntó cuando vio aquella cosa.

Se le unió más gente para curiosear.

— Parece una de esas viejas lámparas de aceite —dijo un abuelo encorvado que gastaba gafas de lupa.

— Como la lámpara del genio de los cuentos de hadas —agregó una chica llamada Cecilia que se pasaba la vida leyendo y jugando al ajedrez.

Lámpara de genio, qué chiste, pensaron los allí presentes, que eran cada vez más.

El hombre que la vio por primera vez se acercó a la lámpara y dijo:

— Si es una lámpara mágica, tengo todo el derecho a pedir tres deseos, porque he sido el primero en descubrirla.

La gente alrededor se rio. El hombre tomó la lámpara y la frotó con la manga de su camisa.

Nada.

No pasó nada. ¿Qué se esperaba? Mira que creer que se trataba de una lámpara mágica, en fin... qué ingenua es la gente a veces.

Pero no. Sí sucedió algo. Tardó unos segundos, porque parecía como si la lámpara tuviera que pensar en lo que estaba haciendo. Pero del interior no salió ningún genio, solo una cabeza con antenas y patas. Era el ciempiés, que por fin pudo ver la luz del día. Pero lo realmente sorprendente fue escuchar al insecto decir:

— Pide dos deseos.

El hombre, a pesar del susto inicial, aún logró replicar:

— Pero ¿no son tres?

— O dos, o ninguno —replicó el ciempiés con firmeza.

— Está bien, que sean dos. A ver —vaciló el hombre por un momento—, quiero que me crezca el pelo a lo grande y ser el mejor jugador de ajedrez, el campeón.

Resultó que el hombre que acababa de pedir los deseos era calvo, por lo que el primer deseo tenía mucho sentido.

O no.

Porque en realidad no es que su cabello hubiese empezado a crecer lentamente, como si al principio unos puntitos surgieran por sus poros, no, en realidad el cabello comenzó a crecer a una velocidad vertiginosa. Y no solo en la cabeza, sino también en el resto de su cuerpo, especialmente la barba.

Como su cuerpo estaba cubierto de vello y pelo, hasta convertirse en un auténtico monstruo, se echó a correr por entre las mesas donde ya había gente jugando al ajedrez y se metía en medio, para ganar todas las partidas. Y cuando no quedó nadie con quien jugar, se sentó en una mesa vacía para jugar contra sí mismo con su mano derecha.

¿Y con la izquierda? Con su mano izquierda encontró en el suelo una guadaña que algún jardinero había olvidado, y se dedicaba a cortarse el pelo de su cuerpo lo mejor que podía, de manera que iba quedando una alfombra de pelos a su alrededor. Pobre hombre.

Cecilia, testigo de aquel desastre, quiso saber cómo funcionaba la lámpara, pero no pidió ningún deseo (ni ella ni nadie, después de ver el resultado). ¿Cómo era posible que un ciempiés actuara como un genio y hablara?

Estimados lectores y lectoras, aquí hago un alto para explicaros que estamos ante un misterio que los personajes de nuestra historia ignoran. La lámpara —si es que lo es— tiene extraordinarias propiedades que le permiten hacer "hablar" a bichos como los ciempiés. El caso es que las patas del ciempiés habían activado muchos sensores de la lámpara para tocar múltiples puntos a la vez y gracias a eso se puso en movimiento, pero la lámpara necesitaba una criatura dentro que pudiera tocar muchos puntos de la pared al mismo tiempo.

Gracias por la atención. Sigamos con la narración.

Mientras la gente discutía sobre lo que acababa de ver, Cecilia tomó la lámpara y se alejó de esa parte del parque, tratando de no ser vista por nadie. Y lo consiguió, porque cuando el resto de la gente alrededor de la mesa de piedra quisieron darse cuenta, la chica se había ido con la lámpara entre las manos.

Estaba decidida a descubrir qué misterio escondía. No se creía del todo que fuera una lámpara maravillosa. ¿Y cómo había acabado allí, en el gran parque de su ciudad? ¿Cómo era posible? Sin que ella lo supiera, estaba cumpliendo una tarea. Iba caminando por todo el parque con la lámpara entre las manos. Mucha gente se la quedaba mirando, ya que no era frecuente ver a una chica con una enorme mochila a la espalda (nadie sabía lo que llevaba, pero era casi más grande que ella) y una vieja lámpara oriental, como la de las mil y una noches.

— ¿Puedo frotar la lámpara para que salga el genio? —le decía alguien de vez en cuando mientras caminaba, pero ella no hacía caso a las bromas, pero no se daba cuenta de que estaba recorriendo todo el parque, que realmente no iba por donde quería. Era cosa de la lámpara.

Pero, de repente, alguien que había estado siguiendo a la chica desde que se llevó la lámpara, se interpuso en su camino y le arrebató la lámpara sin que la chica se lo esperara.

El tipo frotó la superficie de la lámpara y dijo:

— ¡Quiero ser el más fuerte y el más grande del mundo!

El ciempiés asomó la cabeza y dijo:

— Hecho.

En ese momento, el tipo en cuestión se transformó en ballena y enseguida rodó hasta el lago del parque, pero aquel espacio era demasiado pequeño para un cetáceo, por lo que, cuando llegaron las autoridades, tuvieron que sacarlo de allí con enormes grúas y lo metieron en un acuario, para que la analizasen los expertos, porque era una ballena muy rara, pues hablaba, pero solo decía palabrotas.

Cecilia recuperó la lámpara, aunque no por mucho tiempo. Después de que la ballena rodase al lago del parque, del fondo salió una especie de alga. Quizá las olas de la caída del cetáceo la habían soltado. Las algas flotaban en el aire, incluso bajo la forma de un ser humano, pero sin piernas, con un apéndice hacia abajo que recordaba vagamente a los genios de los cuentos de hadas.

— ¿Eres el genio de esta lámpara? —preguntó la chica.

Pero el ser no hablaba, solo señalaba la lámpara, como si quisiera entrar en ella. La niña buscó en la superficie hasta que descubrió que había una abertura. Metió la punta de un lápiz y levantó la tapa. Tan pronto como la alzó, el ser hecho de algas se precipitó al interior.

Y al instante, el ciempiés salió escupido por la boca.

Qué panorama para el bicho, pero pronto se dio cuenta de que había ganado con el cambio de aires. No tenía depredadores naturales y había muchos grillos. Además, era mucho más grande que los ciempiés locales. Rápidamente corrió por la hierba para buscarse un buen refugio lejos de los humanos, que eran los animales más locos que uno se podía imaginar.

El alga, cuando estuvo dentro de la lámpara, habló desde adentro:

— Gracias, muchacha, por traerme mi nave.

¿Nave? De qué estaba hablando ese tipo... o lo que fuera.

— La perdí hace miles de años. Desde entonces la he estado buscando por todas partes. Pero hace cincuenta años, más o menos, me quedé atrapado en el fondo de ese lago y ya no pude salir. Menos mal que ese pez gordo cayó en el lago y me liberó... ¿Fue idea tuya?

Cecilia quería hablar, pero no podía articular una palabra.

— Como agradecimiento, pídeme tres deseos.

Finalmente Cecilia recuperó el habla.

— ¿Tres? ¿No eran dos? ¿Y no serán desastrosos, como los anteriores?

— No, hijita, son tres. Y saldrán bien, que no soy un aficionado como el ciempiés...

La chica pidió sus tres deseos, pero no diremos cuáles fueron, porque eso va en contra de su privacidad.

De la lámpara salió un enorme resplandor que se extendió varios metros a la redonda y luego desapareció, sin dejar rastro.

En este punto, ni siquiera el narrador sabe con certeza la verdad. De hecho, puede ser una lámpara mágica, activada accidentalmente por un ciempiés gracias a sus múltiples patas; puede ser una nave extraterrestre; puede ser que las lámparas mágicas sean realmente naves extraterrestres y los genios sean alienígenas. En todo caso, ¿tú qué piensas?

© Frantz Ferentz, 2022