domingo, 30 de octubre de 2016

LA REBELIÓN DE LAS BOLSAS DE BASURA


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Personajes

Bolsa de basura 1 
Señora con perrito
Agente 1 / bolsa 2
Agente 2 / bolsa 3
Corredor / bolsa 4
Alcaldesa / bolsa 5
Capitán de policía / bolsa 6


El escenario es un parque convertido en vertedero, con bolsas de basura desperdigadas por el suelo, sobre todo en la mitad final, hacia el fondo. Las bolsas de basura han de ser preferiblemente negras.

El escenario estará casi a oscuras, excepto por algún foco que ilumine, sobre todo, la mitad del escenario que cae más cerca del público, mientras que la otra mitad debe estar en penumbra o incluso a oscuras.

De repente, una bolsa de basura se levanta. Se puede notar su forma humana, con brazos y piernas. La bolsa se acerca al centro del escenario y se despereza.

BOLSA 1: ¡Uahhhhh! (estirándose). ¡Qué sueñito tan agradable! ¡Y ahora a cenar!

De repente, se sienten unos pasos. También se oyen unos ladridos de perro pequeño. Aparece por un lateral una señora paseando a su perrito. El perrito será falso. La señora tira del perrito hacia el centro del escenario. El animal se opone quedándose quieto, pero la señora va consiguiendo arrastrarlo. Mientras tanto, la bolsa de basura se ha quedado inmóvil, sentada, en el centro del escenario.

SEÑORA: Pinki (al perrito). Ven, tontito, no te hagas de rogar.

El perro sigue resistiéndose, pero la señora consigue tirar de él y llegan a la altura de la bolsa de basura que permanece inmóvil. Y justo cuando el perro llega a la altura de la bolsa de basura, esta salta de repente sobre él y se lo devora de un bocado. La correa cae al suelo y se oye un sonoro eructo.

Mientras tanto, la señora se habrá quedado paralizada, presa del miedo.  Pero solo unos segundos, a continuación, soltará un grito y correrá hacia el lateral por el que ha entrado, saliendo de escena.

La bolsa, por su parte, se levantará tranquilamente del suelo e irá a reunirse con el resto de bolsas de basura en la mitad final del escenario.

BOLSA 1: Ese perro se nota que estaba bien criado. Aunque fuera tan pequeño, tenía mucha chicha.

En cuanto la bolsa de basura se haya sentado en medio de las demás bolsas, entre las cuales pasará inadvertida, entra en el escenario de nuevo la señora del perrito, atacada de los nervios, junto con dos agentes de policía que portan sendas linternas.

SEÑORA: Se lo juro, agente. Una de esas bolsas se abalanzó sobre mi Pinki y se lo comió de un bocado, sin masticar ni nada (dice mientras señala al centro del escenario, al que casi han llegado, pero allí no hay nada)

AGENTE 1: En serio, señora, ¿y no será que su Pinki, que debe ser juguetón como todos los perros, no se habrá metido solito en una bolsa para jugar o buscar comida y ahora no puede salir?

SEÑORA: Que no, agente, que no…

Los dos agentes y la señora ya están en el centro del escenario. En ese momento, el segundo agente alumbra con su linterna al suelo y encuentra la correa de Pinki tirada.

AGENTE 2: Sospechoso, muy sospechoso (dice mientras muestra la correa del perro a su compañero)

AGENTE 1: Tú ves muchas películas, ¿verdad?

En ese momento llega un hombre corriendo, en chándal.

CORREDOR: Dejen paso, por favor.

Intenta evitar a los policías y la señora. Para eso se mueve hacia las bolsas de basura. Grita. Se cae, se pierde entre las bolsas. Una de ellas se lo acaba de engullir.

AGENTE 1: ¿Está usted bien? ¿Se ha hecho daño? (al corredor)

Se vuelve a oír un eructo. Del corredor no hay ni rastro, porque se ha caído entre las bolsas de basura, pero ha sido tragado por una de ellas.

AGENTE 1: (al agente 2) Acércate y echa una mano a ese señor, quizá se haya hecho daño.

AGENTE 2: Ni hablar, voy a pedir refuerzos. Esto es un ataque de zombis. (El agente 2 saca su transmisor y empieza a pedir ayuda.). A todas las unidades, tenemos un 4-3-4, o quizá sea un 8-0-3… Bueno, no sé, la cosa es que necesitamos refuerzos. Repito, necesitamos refuerzos.

AGENTE 1: No seas paranoico.

El agente 1 se mete entre las bolsas.

AGENTE 1: Señor, ¿está bien? ¿Me oye? ¿Señor?

       Se oye un nuevo eructo. El agente 1 desaparece. Ha sido tragado por una bolsa de basura, de ahí el eructo.

Al agente 2 se le cae el transmisor al suelo. Saca su pistola. Tiembla como un flan.

AGENTE 2: Bolsas de basura, quedan ustedes detenidas. Tienen derecho a guardar silencio. Todo lo que digan puede ser usado en su contra. Tienen derecho a un abogado. Si no pueden pagárselo, se les asignará uno de oficio…

Mientras va diciendo todo, con la pistola desenfundada, el agente se mete también entre las bolsas de basura. Inmediatamente desparece de la vista. Se oye un nuevo eructo. También él es engullido.

Tres bolsas se ponen de pie.

BOLSA 1: ¿Lo veis como yo tenía razón? Aquí hay cena para todos.

BOLSA 2/AGENTE 1: Cierto, pero este poli tenía el colesterol un pelín alto.

BOLSA 3/CORREDOR: En cambio el mío era todo fibra. No me gusta comer deportistas, me dejan con hambre…

BOLSA 1: Bueno, no os quejéis, que yo solo me he comido un perro pequeñajo.

BOLSA 4/AGENTE 2: A mí este policía me repite… (y suelta un eructo).

A todo esto, la dueña del perrito ha sido mudo testigo de la conversación entre las bolsas de basura. Pero en ese momento reacciona y se dirige a la bolsa 1. Empieza a golpearla con el bolso.

SEÑORA: Devuélveme a mi Pinki, devuélmelo…

BOLSA 1: Señora, estese quieta, hágame el favor.

La señora aún le propina un par de golpes más a la bolsa de basura. Justo entonces llega la alcaldesa con el capitán de policía.

CAPITÁN: ¿Está bien, señora?

SEÑORA: Sí, pero quiero que esta basura me devuelva a mi Pinki.

BOLSA 1: Guau, guau.

SEÑORA: ¡Pinki!

El capitán se acerca a ella con precauciones, esquivando las bolsas de basura, le coge la mano, tira de ella y la saca de la zona de las bolsas hasta colocarla junto a la alcaldesa.

ALCALDESA (a la bolsa 1): ¿Cuáles son sus reivindicaciones?

BOLSA 1: Solo queremos comer.

ALCALDESA: ¿Desde cuándo las bolsas de basura se alimentan?

BOLSA 1: Desde que ustedes, los humanos nos crearon. No se dan cuenta de todo lo que tiran a la basura. Toneladas y toneladas de desperdicios en vertederos. Ahí lo dejan todo y, como mucho lo entierran. Pues bien, que sepan que después de tanto tiempo deshaciéndose de sus desperdicios, nosotros hemos cobrado vida. Ustedes nos han creado…

ALCALDESA: Eso es imposible. Nosotros no hemos hecho tal cosa. Somos los dueños del planeta.

BOLSA 1: Eso es lo que ustedes se creen.

ALCALDESA: Además, qué mal huelen ustedes. ¿Nadie les ha explicado lo que es una ducha?

BOLSA 1: Señora, somos basura.

En ese momento, todo el escenario se queda a oscuras. No se ve nada. Solo se oyen tres eructos consecutivos. Los tres personajes son entonces engullidos por tres bolsas de basura. Seguirá la oscuridad.

BOLSA 2/AGENTE 1: Buen provecho

BOLSA 1: Gracias.

BOLSA 5/ALCALDESA: Gracias.

BOLSA 6/CAPITÁN: Gracias.

       Vuelve la luz. Las seis bolsas vuelven a ser los seis personajes que se tragaron, aunque enfundados en una bolsa de plástico por encima de sus ropas (dejarán salir la cabeza, los brazos y las piernas. La bolsa 1 es ahora la señora del perrito, pero esta camina a cuatro patas y ladra.

AGENTE 1: Ya está. Ahora el planeta es nuestro.

ALCALDESA: Y yo a mandar, que es lo mío.

AGENTE 2: Ah, no que yo siempre he querido mandar también. Déjame a mí, déjame a mí.

ALCALDESA: Ni hablar.

CORREDOR: Parecen ustedes humanos.

SEÑORA (habla medio ladrando): Tiene usted razón, arf, arf, tiene razón… Auuu (aullando)

CAPITÁN: No discutan. Lo importante es que lo hemos conseguido. Cómo sabía yo que aquel viejo dicho humano era totalmente cierto.

TODOS JUNTOS: ¿Qué dicho?

CAPITÁN: Aquel que dice: “Somos lo que comemos”. Por tanto, si los humanos comen basura, son basura; pero, si nosotros comemos humanos, somos… (al público)

ALCALDESA (al público, adelantándose hasta el borde del escenario): Y por favor, no nos confundan con los zombis. Nosotras olemos mucho peor.



TELÓN

© Frantz Ferentz, 2016

sábado, 15 de octubre de 2016

LOS OJOS DE SOLE


Sole vino a pasarse unas vacaciones a nuestra casa. Era amiga de mi hermana Cecilia. Dormía en un cuartito al lado de la cocina que le habían preparado para que tuviera allá su dormitorio.

Todas las mañanas, se repetía el mismo ritual, que comenzaba con mi hermana llamando a la puerta del cuarto de Sole.

— ¿Puedo? —preguntaba mi hermana.

— No, que aún no me he pintado los ojos —decía siempre Sole.

Y entonces mi hermana se quedaba esperando hasta que Sole le decía, después de unos minutos:

— Ya puedes.

Y entonces mi hermana le daba los buenos días a Sole y se iban juntas a tomar el desayuno. Yo siempre era testigo mudo de aquel ritual que a ellas tanto les gustaba, pero confieso que, un cierto momento, me sentí muy curioso de ver cómo Sole se pintaba los ojos, porque, cuando salían, parecía una princesa egipcia, con aquellos ojos negros y aquellas pestañas que casi acariciaban a la persona que estaba delante de Sole.

Sin embargo, un día quise gastarle una broma a Sole. Llegué hasta la puerta de su cuarto antes que mi hermana. Llamé suavemente a la puerta y dije intentando imitar la voz de mi hermana:

— ¿Puedo?

Y ella respondió como siempre:

— No, que aún no me he pintado los ojos.

Pero yo abrí la puerta. Ella estaba girada de espaldas, por eso no vi su rostro en el primer momento. Pero cuando se giró, me quedé asustado. Aunque estuviera enfrente de mí, ella no me veía, no tenía... ¡ojos! No me podía ver. Su rostro estaba completo, pero, en efecto, ¡no tenía ojos.

— ¿Pero es que estás sorda? —dijo ella, creyendo que yo era mi hermana—. Aún no me he pintado los ojos. Sal y espérame fuera, por favor. Un día voy a hacerte yo lo mismo a ti antes de que te pintes la boca y te dejo sin desayuno...

No abrí la boca. Salí del cuarto e hice sonar la puerta para que ella supiera que salía. Nunca he contado aquello a nadie. Hasta hoy, cuando, de adolescente, acabo de descubrir que puedo afeitarme con una goma de borrar.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Ilustración: Valadouro, 2016

martes, 4 de octubre de 2016

CUESTIÓN DE CIGÜEÑAS O DE DÓNDE VIENEN LOS NIÑOS

La nueva profesora, Martina, acudía toda nerviosa al aula. Lo que tocaba en aquel momento en el temario era la reproducción humana. Era un tema muy delicado y ella no sabía si sería capaz de explicarlo bien.

Media hora antes, la directora le había dicho:

– No temas. Solo tienes que seguir este material –y le entregó unos folios–. Este gobierno indecente impone un temario que va contra los buenos principios, ya lo sé, pero tenemos la obligación de explicar este asunto de los hijos. Sin embargo, aquí tenemos estos materiales hechos en la propia escuela que te serán muy útiles.

Aunque contase con aquellos materiales, no dejaba de estar nerviosa. Aquella era una cuestión que no le gustaba en absoluto tratar. Preferiría mil veces tratar de la creación, del amor en la familia o sobre cómo la contaminación destruye la creación. Pero hablar de reproducción humana… En los países serios no se tocaban esos temas hasta que los chavales tenían veinte años o más. ¿Cómo se podía hablar de eso con alumnos de ocho años? ¿Cómo?

Por el pasillo de la escuela resonaban los tacones de los zapatos de la profesora. El eco hacía que el sonido se extendiese por todo el edificio. Finalmente, Martina llegó hasta el aula. Entró, saludó y dijo en tono grave:

– Hoy vamos a hablar de un tema muy serio.

– ¿De qué, profesora?

– Vamos a hablar… vamos a hablar… vamos hablar –finalmente tomó aliento y dijo lo que quería decir–, vamos a hablar de dónde vienen los niños.

Enseguida empezaron los murmullos entre los alumnos. La profesora estaba demasiado nerviosa, de modo que se puso a repartir los materiales que la escuela había preparado. Se trataba de algo que consideraban un cuento, porque narraba una historia. Y, como no podía ser de otro modo, hablaba de cigüeñas que traían a los niños. La historia decía así:


Una noche de inverno, Juan preguntó a sus padres: 

– Papá, mamá, ¿de dónde vienen los niños? He oído decir en la escuela que es como con una semilla que el papá planta en la mamá.

El padre sonrió y le acarició la cabeza al hijo.

– No, hijito. ¿Parecemos plantas? ¿Tenemos flores y hojas? ¿Somos verdes? Pues no. Es la cigüeña la que trae a los hijos.

– ¿Y de dónde vienen?

Ahí intervino la madre:

– Cuando el papá y la mamá se quieren mucho, piden que la cigüeña venga y les traiga un hijo.

– ¡A mí me gustaría tener un hermanito! – dijo Juan.

– Pues vamos a pedirle a la cigüeña que te traiga un hermanito –le dijeron el padre y la madre.

Y nueve meses después, la cigüeña se posó en el alféizar de la ventana de la casa de Juan y ahí depósito un bulto suave.

Era un hermanito.

– ¡Gracias! –gritaron los tres.

– ¿Y sabes por qué nos ha traído a tu hermanito la cigüeña? –preguntó la madre a Juan.

– No lo sé

– Porque nos amamos mucho. Y ahora que somos cuatro, tenemos que amarnos todavía más.

Y así fue desde entonces.



“¡Qué historia tan buena!”, pensó Martina, quien casi tenía lágrimas en los ojos de la emoción.

Y entonces observó la expresión de sus alumnos. Estaban todos serios.

– ¿Queréis comentar algo? –preguntó la profesora.

Sofía levantó la mano y pidió hablar:

– Profe, ¿usted no habrá calculado la cantidad de gente que hay hoy en el mundo? Es que somos más de mil millones de seres humanos. Es matemáticamente imposible que la cigüeña traiga tanto hijo. No hay tantas cigüeñas en el mundo.

– Profe –dijo entonces Felipe–, las cigüeñas son aves migratorias. Eso quiere decir que están aquí con nosotros solo desde febrero hasta agosto. ¿Cómo nos iban a traer niños el resto del año?

– Profesora –comentó Pedro–, no nos ha explicado cómo se encargan los niños.

Ahí la profesora se quedó de piedra. Respondió lo primero que se le ocurrió:

– Pues, no sé, quizá hay un correo electrónico donde encargarlos.

Martina se estaba poniendo mala.

– Entonces –prosiguió Pedro–, ¿cómo hacían antes cuando no había internet? ¿Con señales de humo?

Martina quería salir del aula, pero sabía que no era profesional.

– Profe –dijo a continuación Elena–, hay países donde no hay cigüeñas, como Groenlandia. ¿Y cómo hacen allí? ¿Los pingüinos traen a los niños?

Ahí ya sí que Martina ya no resistió y salió del aula. Sufrió un colapso nervioso y se quedó en casa de baja toda una semana, con reposo absoluto.

Pero como sus estudiantes la apreciaban, quisieron tener un detalle con ella. Por eso, entre todos pagaron un regalo que le hicieron llegar a su casa.

Cuando la profesora desenvolvió el paquete, se encontró un DVD y una nota firmada por todos sus alumnos que decía:

«Querida Martina, ¡mejórese! Aprovechamos para regalarle este DVD que explica de dónde vienen los niños. Tal vez usted aún no tenga hijos porque nadie le ha explicado cómo se hacen. Si necesita cualquier explicación, aquí estamos nosotros. Un fuerte abrazo de sus estudiantes».

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro

domingo, 25 de septiembre de 2016

LOS PROBLEMAS DE MARCELO SPIDERMAN


Marcelo tenía seis años y lo que más le gustaba en esta vida era imitar a Spiderman. Se vestía como él, saltaba como él, intentaba salvar al mundo como él (bueno, como mucho le daba la lata al perro de casa, Chocolate) e incluso intentaba trepar como él, pero bueno, eso ya no era posible, porque Marcelo no tenía poderes arácnidos.
    Lo suyo con Spiderman era pura pasión. Si lo dejaban, se iba al colegio vestido de Spiderman, lo cual enojaba a su mamá, que le decía que los héroes también tienen personalidad secreta y que la suya era la de Marcelo, que por tanto no podía ir vestido de Spiderman al colegio. Por suerte, aquel argumento funcionó y solo se vestía de Spiderman en casa.
    Pero su cuarto era un caos. Era imposible mantenerlo en orden. En cuanto llegaba del cole, lanzaba todos los objetos por el aire. Cataplum. Se montaban montañitas de juguetes y de ropa. 
    — Mira, Marcelo...
    — Spiderman, mamá.
    — Mira, Spiderman, los superhéroes son limpísimos. Mantienen sus cuartos perfectamente ordenados.
    Aquellas palabras dejaron a Marcelo muy pensativo. Por eso, aprovechando que mamá estaba al teléfono, se sentó ante la computadora, que estaba encendida, y tecleó: habitación Spiderman.
    Y lo que salió fue sorprendente. Salían imágenes de Peter Parker. Y desde luego, su habitación daba asco. Estaba tan desordenada como la de Marcelo. El niño se quedó sonriente esperando a que su mamá acabase de hablar para mostrarle las imágenes. 
    Cuando la mamá acabó de hablar, se encontró con el dedito de Marcelo señalando a la pantalla. La mamá se dio cuenta enseguida de qué iba aquello. Tenía que reaccionar inmediatamente. Tecleó corriendo algo que Marcelo no consiguió leer, porque iba muy deprisa. Al instante aparecieron imágenes de Spiderman con el traje roto y tirado en el suelo vencido por un enemigo más poderoso que él.
    — ¿Ves eso? —preguntó la mamá.
    — Sí... —respondió Marcelo con cierto susto.
    — Pues eso es lo que le pasa a Spiderman cada vez que uno de sus enemigos llega a su casa y encuentra ese caos y ese desorden en su habitación. Los enemigos de Spiderman le pueden perdonar cualquier cosa, pero no que sea un desordenado, con que vete a limpiar tu habitación, ¡ya!
    Y Marcelo salió escopetado a organizar su cuarto, sin protestar ni volver la vista atrás.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro

domingo, 11 de septiembre de 2016

CÓMO NEUTRALIZAR AL MONSTRUO DE LAS PESADILLAS

Cuando Alberto abrió los ojos en mitad de la noche, descubrió que nuevamente allá estaba el monstruo de las pesadillas, a su lado, mirándolo con su rostro horrendo, gruñendo y mostrando sus colmillos inferiores que le sobresalían hacia arriba. De hecho, cada vez que se quedaba en la cama, dejaba todo cubierto de pelos y la madre de Alberto se enfadaba con él, porque decía que el perro no podía dormir en la cama con el chico. La infeliz madre ni se había dado cuenta de que ellos no tenían perro.

No es que Alberto se asustara con aquel monstruo. Ya tenía una edad en la que un simple monstruo no era capaz de asustarlo, pero lo molestaba mucho. Por eso, decidió probar alguna estrategia que le permitiera dormir toda la noche entera sin que el monstruo lo molestase. Lo descubrió por casualidad, cuando una noche dejó el ordenador conectado y luego se durmió. Cuando abrió los ojos, allí se encontró al monstruo de las pesadillas navegando por internet. Parecía estar disfrutando de aquel invento. Como había observado cómo Alberto utilizaba el ratón y saltaba de página en página (el monstruo sería un monstruo, pero no tenía un pelo de tonto), había aprendido a navegar.

Al día siguiente, Alberto comentó con su compañera de clase, Lucía, cómo su monstruo de las pesadillas se había pasado toda la noche navegando por internet. Ella se mostró muy interesada por aquel episodio, en su cuarto había también un monstruo de las pesadillas con complejo de gato, que se pasaba toda la noche durmiendo con ella, dejándola sin espacio en la cama y roncando como un oso.

Pues mira, tengo una idea le dijo Alberto a Lucía. ¿Te importa si esta noche nos vemos en el chat en el ordenador?

No sé, a mis padres no les gusta que yo me conecte tarde.

¿Te fías de mí?

Lucía se conectó por la noche para chatear con Alberto. Apenas habían hablado cinco minutos, cuando Alberto dijo a su compañera:

Oye, yo me voy a dormir ya, pero voy a dejar el ordenador conectado. Haz tú lo mismo.

Pero, ¿por qué?

No preguntes. Mañana sabrás.

Y así lo hicieron. Aquella noche, ambos durmieron de un tirón, sin sobresaltos. Cuando Alberto se despertó al amanecer, se encontró a su monstruo de las pesadillas chateando aún con el monstruo de Lucía. Se habían pasado toda la noche conversando entre ellos. Tal vez, aquellos dos monstruitos eran incluso chico y chica, pero eso él no lo sabía, porque es muy complicado averiguar el sexo de un monstruo de las pesadillas a causa de la pelambrera.

Hola, ya son horas de irse dormir, ¿no? —le dijo Alberto al monstruo, el cual gruñó suavemente y se metió directamente debajo de la cama.

Alberto se rascó la cabeza y se dijo para sí:

Cómo sabía yo que el problema de estos monstruos es que están demasiado solos. Cuando encuentran alguien con quien hablar, se olvidan de asustar.

Entonces se levantó de un saltito y se fue a la cocina.
© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro


martes, 6 de septiembre de 2016

EL HIJO DE LA PRINCESA Y EL TORO DESPIADADO

Cuando Luis, el hijo mayor de la princesa, tuvo ocasión de dar su primera entrevista, una de las cosas que dijo es que le gustaban las corridas de toros. Sabía que en el país había una corriente cada vez mayor contra las corridas, pero él creía que tenía que defender las tradiciones de su país, aquellas que lo hacían diferente. Tal vez, pero solo tal vez, él podría llegar a convertirse en rey en el futuro, pues pertenecía a la familia real. De hecho, desde que tenía memoria, su madre, la princesa, lo había llevado a las corridas y el joven había aprendido lo que era el coraje... ajeno.

Sin embargo, lo que él nunca se habría imaginado es que iba a tener ocasión de practicar lo que defendía. Fue cuando, en una ocasión, Luis, mientras iba de caza con el padre, se alejó siguiendo el rastro de un zorro y se cayó por un pequeño barranco. Enseguida el padre y los acompañantes comenzaron a buscarlo con desesperación, pero fue precisamente en la dirección contraria. Luis se había desmayado por la caída y se pasó la noche inconsciente. Cuando, por la mañana, se despertó, se encontró en una dehesa. Allí había toros, muchos toros, y vacas. Sintió miedo. Intentó alcanzar un arroyo cuyas aguas sentía correr para calmar la sed y limpiarse la sangre seca. 

Mientras estaba arrodillado y vulnerable, sintió el aliento de un toro inmenso, negro, fiero, orgulloso, al otro lado del regato. El arroyo no era una barrera entre Luis y el toro. Sabía que si la bestia daba un pequeño salto, llegaría hasta él. Sintió miedo. Pero a la vez, pensó que él era un hipotético heredero del trono y que podía imitar a los valientes toreros cuando dominaban aquellas fieras sin sentimientos. ¡Qué orgullosa estaría su madre si lo viera! Se quitó la chaqueta, que tenía un color relativamente rojo e hizo el gesto de querer torear, como había visto tantas veces en las corridas, hasta le gritaba al animal: "¡Eh, toro; eh, toro!".

El animal debió responder a sus instintos porque atravesó el regato, pero sin prisas, con toda la calma. Se colocó enfrente de Luis. El joven podía notar perfectamente el aliento del toro. Esperaba simplemente que el animal bajara la cabeza y le clavase el cuerno en su vientre. El hijo de la princesa se rindió. Cerró los ojos y esperó llorando su final. 

Y entonces sucedió. El toro pasó su larga, viscosa y pegajosa lengua por el rostro del joven, pues ese era su modo de saludar a los amigos. Luis abrió los ojos y sentó en el suelo. Después rompió a llorar. De repente, a unos cientos de metros a sus espaldas, unas voces inquietas gritaban su nombre, entre ellas la de su padre, el gran ejecutor de aves condenadas a muerte. El toro se alejó entonces lentamente del joven y volvió con el resto de su manada.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro

jueves, 4 de agosto de 2016

LA PRINCESA GRUÑONA

Érase una vez un reino remoto cuya heredera al trono era una princesa llamada Lidia. Pero no era una princesa cualquiera, era una princesa a la que todo el mundo conocía por una característica muy especial: era una princesa gruñona.
Era la princesa que más gruñía en el mundo. De hecho, se pasaba todo el día gruñendo. Cada vez que se encontraba con algo de que no le gustaba, gruñía. Si le servían pollo con guisantes, gruñía, porque a ella le gustaban el pollo y los guisantes, pero por separado. Si le servían el cacao flojo, gruñía, pero si se pasaban con las cucharadas, también gruñía, porque lo encontraba demasiado fuerte. Si los cortesanos no le prestaban toda su atención, gruñía. Si los cortesanos, por el contrario, le prestaban demasiada atención, entonces ella pensaba que la estaban adulando y también gruñía, gruñía más incluso.
De pequeña, empezó a gruñir cada vez que algo le disgustaba. Sin embargo, como nadie le corrigió aquella manía horrible, Lidia se acostumbró a gruñir y gritar para conseguir todo. De mayor, ya tenía mucha voz, porque había desarrollado muy bien sus pulmones –además, hacía natación y canto coral–, por lo que, en cuanto abría la boca, toda la corte se echaba a temblar.
Hasta aquel día. Todo empezó cuando el nuevo jardinero del palacio acudió en presencia de la princesa con una docena de claveles. Lidia siempre recibía rosas, pero entones resultó que eran claveles lo que le traían, todos bien colocaditos en un florero. Ahí fue el momento en que la Lidia gruñó y gritó. Sin embargo, el jardinero permaneció impasible enfrente de ella, sonriendo, como si apenas soplara una brisita que le moviese el flequillo. Hube unos instantes de silencio. La princesa no conseguía comprender como sus bramidos no causaban efecto. Era la primera vez que tal cosa le sucedía. Y hasta una tercera vez gruñó y gritó la princesa Lidia, pero no valió de nada. Se quedó jadeando, con los ojos como platos, mientras el jardinero no dejaba de sonreír.
– Princesa, hasta mañana. Disfrutad de los claveles. Mañana por la mañana os traeré petunias.
La princesa quiso entonces gruñir, porque no le gustaban las petunias, pero lo cierto es que no le quedaba aire en los pulmones para seguir gruñendo.
Aquel episodio corrió como la pólvora por toda a corte. Enseguida, todos los cortesanos sabían lo que había pasado y fueron a preguntar al jardinero cuál era el truco para no quedarse sordo delante de la princesa.
– ¿Cuál es el secreto? –le preguntaron.
– ¿Aguantarse la respiración?
– ¿Contar de 19 hasta 1 solo con los impares?
– ¿Imaginarse que se me caen las orejas?
El jardinero sonreía.
– Nada de eso –dijo él por fin–. Basta con meterse estas bolitas de algodón en las orejas. ¿Veis? Es muy simple. Así.
Y dio bolitas de algodón que él mismo cultivaba en el jardín a los cortesanos que había a su alrededor.
– ¿Escucháis algo? –preguntó el jardinero.
– ¿Eh?
– ¿Eh?
– ¿Eh?
Y así hasta treinta.
Al día siguiente, la camarera le llevó el zumo de naranja demasiado ácido. La princesa gruñó, pero la camarera siguió sonriendo, como si no hubiera escuchado. La princesa se tomó el zumo porque no le quedaba otra.
Después, cuando fue a vestirse, uno de los zapatos le hizo daño. Ahí gruñó de nuevo. Pero su asistente solo sonreía. La princesa optó por ponerse unas playeras para ir más cómoda.
A continuación se fue tomar café en el salón, que era donde los cortesanos acudían para hacer tertulia. Se extrañó de que todos hablaran gritando, como si no se escucharan bien. Hasta los camareros gritaban, qué horror. Entonces la princesa Lidia gritó, gritó muchísimo, gritó como nunca antes había gritado, pero pareció inútil, porque nadie le hizo caso. La princesa pensó que, a lo mejor, se había hecho invisible.
Pero lo peor para ella no fue eso, lo peor fue que, tras gritar como nunca durante diez minutos, se quedó sin voz. Se quedó afónica.
– Princesa, ¿os pasa algo? –le preguntaban.
Sin embargo, ella apenas emitía unos soniditos guturales.
Entonces volvió el jardinero. Llevaba un frasco con un líquido amarillo y una cuchara.
– Princesa, probad esto.
Ella no quería. Iba a gritar, para eso abrió la boca, sin acordarse de que había perdido la voz. Pero el jardinero anduvo rápido y le metió una cucharada en la boca aprovechando la tentativa de gruñir.
¡Glup! Se fue todo para dentro.
– Está bueno. ¿Qué es esto? –preguntó la princesa.
– ¡¡Habéis recuperado la voz!! –dijeron enseguida los cortesanos.
– Es verdad. ¿Pero qué es esto que me has dado, jardinero?
– Es una receta secreta de mi abuela. Solo os puedo decir que lleva miel, jalea, polen y otros ingredientes, todos naturales... bueno, y unas gotitas de zumo de limón.
Todos pensaron que la princesa iba a agradecer al jardinero que la hubiera curado, pero se equivocaron. La reacción de ella fue bien diferente:
– ¡Que le corten la cabeza!
Por desgracia para el jardinero, la princesa había leído recientemente la historia de Alicia, donde la reina malvada manda cortar la cabeza de todos los que la incomodan o importunan.
Y así, se preparó un cadalso en el patio real. Acudió toda la corte, suspirando de pena por perder un jardinero tan majo.
La princesa hizo un gesto con la mano y dio la orden al verdugo de dejar caer el hacha sobre la cabeza del jardinero, el cual estaba arrodillado sobre el cadalso, con la cabeza sobre un tocho de madera. Delante de él había un cestito que recogería la cabeza separada del cuello.
El verdugo, a pesar de lo mucho que le disgustaba su oficio, obedeció. ¡Plum! Batió con el filo del hacha en el cuello de aquel infeliz... pero no salió sangre. La cabeza cayó en el cesto y después empezó a flotar por los aires, mientras todos miraban pasmados la escena. Nadie se dio cuenta de que se trataba de una cabeza falsa, un globo relleno de helio que, al quedarse suelto, voló por los aires.
Sin embargo, el jardinero se levantó, con las manos atadas por detrás y tranquilamente empezó a descender los escalones del cadalso. La gente estaba horrorizada, porque nadie esperaba ver un cuerpo caminar todo tranquilo sin cabeza. Además, parecía que, a pesar de no tener cabeza, veía, porque no se tropezaba con nada. Para colmo, se desató las manos como si nada y llegó al pie del palco donde estaba la princesa, que se lo quedó mirando tan asustada como el resto de los cortesanos.
– Princesa, he tenido mucha paciencia con vos –dijo el jardinero, cuya voz sonaba totalmente normal–. Ahora os voy a dar una lección...
En ese momento, la cabeza del jardinero salió del cuello de la camisa. Estaba entera. Después, cogió en un frasquito con pétalos violetas secos, de no se sabe qué flor, los pulverizó con la mano y a continuación sopló el polvo de los pétalos hacia la princesa. Ella no pudo evitarlo. Respiró el polvo y después tosió, tosió mucho. Cuando consiguió parar, quiso gritar que detuvieran al jardinero, pero su voz sonó como música de arpa, harmoniosa y envolvente...
Todos los cortesanos aplaudieron. La princesa no notaba que su voz sonaba como el sonido del arpa, por eso daba órdenes y más órdenes, pero todo el mundo oía el arpa y pensaban que estaba dando un concierto.
El jardinero, por su parte, hacía inclinaciones ante el público, como si fuera el director de una orquesta, lo cual enfurecía aún más la princesa, que pedía que le cortaran de nuevo la cabeza y los brazos y las piernas y todo cuanto pudiera ser cortado, pero nadie la entendía. Sin embargo, todos seguían aplaudiendo con entusiasmo.
Después de aquel día, ya nadie volvió a ver nunca al jardinero. Desapareció. Sin embargo, todos vivieron muy tranquilos en el reino, pues la princesa Lidia se pasaba todo el día dando conciertos por el palacio, con su melodiosa voz de arpa.

© Texto_ Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro