domingo, 25 de septiembre de 2016

LOS PROBLEMAS DE MARCELO SPIDERMAN

Resultado de imagen de spiderman
Marcelo tenía seis años y lo que más le gustaba en esta vida era imitar a Spiderman. Se vestía como él, saltaba como él, intentaba salvar al mundo como él (bueno, como mucho le daba la lata al perro de casa, Chocolate) e incluso intentaba trepar como él, pero bueno, eso ya no era posible, porque Marcelo no tenía poderes arácnidos.
    Lo suyo con Spiderman era pura pasión. Si lo dejaban, se iba al colegio vestido de Spiderman, lo cual enojaba a su mamá, que le decía que los héroes también tienen personalidad secreta y que la suya era la de Marcelo, que por tanto no podía ir vestido de Spiderman al colegio. Por suerte, aquel argumento funcionó y solo se vestía de Spiderman en casa.
    Pero su cuarto era un caos. Era imposible mantenerlo en orden. En cuanto llegaba del cole, lanzaba todos los objetos por el aire. Cataplum. Se montaban montañitas de juguetes y de ropa. 
    — Mira, Marcelo...
    — Spiderman, mamá.
    — Mira, Spiderman, los superhéroes son limpísimos. Mantienen sus cuartos perfectamente ordenados.
    Aquellas palabras dejaron a Marcelo muy pensativo. Por eso, aprovechando que mamá estaba al teléfono, se sentó ante la computadora, que estaba encendida, y tecleó: habitación Spiderman.
    Y lo que salió fue sorprendente. Salían imágenes de Peter Parker. Y desde luego, su habitación daba asco. Estaba tan desordenada como la de Marcelo. El niño se quedó sonriente esperando a que su mamá acabase de hablar para mostrarle las imágenes. 
    Cuando la mamá acabó de hablar, se encontró con el dedito de Marcelo señalando a la pantalla. La mamá se dio cuenta enseguida de qué iba aquello. Tenía que reaccionar inmediatamente. Tecleó corriendo algo que Marcelo no consiguió leer, porque iba muy deprisa. Al instante aparecieron imágenes de Spiderman con el traje roto y tirado en el suelo vencido por un enemigo más poderoso que él.
    — ¿Ves eso? —preguntó la mamá.
    — Sí... —respondió Marcelo con cierto susto.
    — Pues eso es lo que le pasa a Spiderman cada vez que uno de sus enemigos llega a su casa y encuentra ese caos y ese desorden en su habitación. Los enemigos de Spiderman le pueden perdonar cualquier cosa, pero no que sea un desordenado, con que vete a limpiar tu habitación, ¡ya!
    Y Marcelo salió escopetado a organizar su cuarto, sin protestar ni volver la vista atrás.

Frantz Ferentz, 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

CÓMO NEUTRALIZAR AL MONSTRUO DE LAS PESADILLAS

Cuando Alberto abrió los ojos en mitad de la noche, descubrió que nuevamente allá estaba el monstruo de las pesadillas, a su lado, mirándolo con su rostro horrendo, gruñendo y mostrando sus colmillos inferiores que le sobresalían hacia arriba. De hecho, cada vez que se quedaba en la cama, dejaba todo cubierto de pelos y la madre de Alberto se enfadaba con él, porque decía que el perro no podía dormir en la cama con el chico. La infeliz madre ni se había dado cuenta de que ellos no tenían perro.

No es que Alberto se asustara con aquel monstruo. Ya tenía una edad en la que un simple monstruo no era capaz de asustarlo, pero lo molestaba mucho. Por eso, decidió probar alguna estrategia que le permitiera dormir toda la noche entera sin que el monstruo lo molestase. Lo descubrió por casualidad, cuando una noche dejó el ordenador conectado y luego se durmió. Cuando abrió los ojos, allí se encontró al monstruo de las pesadillas navegando por internet. Parecía estar disfrutando de aquel invento. Como había observado cómo Alberto utilizaba el ratón y saltaba de página en página (el monstruo sería un monstruo, pero no tenía un pelo de tonto), había aprendido a navegar.

Al día siguiente, Alberto comentó con su compañera de clase, Lucía, cómo su monstruo de las pesadillas se había pasado toda la noche navegando por internet. Ella se mostró muy interesada por aquel episodio, en su cuarto había también un monstruo de las pesadillas con complejo de gato, que se pasaba toda la noche durmiendo con ella, dejándola sin espacio en la cama y roncando como un oso.

Pues mira, tengo una idea le dijo Alberto a Lucía. ¿Te importa si esta noche nos vemos en el chat en el ordenador?

No sé, a mis padres no les gusta que yo me conecte tarde.

¿Te fías de mí?

Lucía se conectó por la noche para chatear con Alberto. Apenas habían hablado cinco minutos, cuando Alberto dijo a su compañera:

Oye, yo me voy a dormir ya, pero voy a dejar el ordenador conectado. Haz tú lo mismo.

Pero, ¿por qué?

No preguntes. Mañana sabrás.

Y así lo hicieron. Aquella noche, ambos durmieron de un tirón, sin sobresaltos. Cuando Alberto se despertó al amanecer, se encontró a su monstruo de las pesadillas chateando aún con el monstruo de Lucía. Se habían pasado toda la noche conversando entre ellos. Tal vez, aquellos dos monstruitos eran incluso chico y chica, pero eso él no lo sabía, porque es muy complicado averiguar el sexo de un monstruo de las pesadillas a causa de la pelambrera.

Hola, ya son horas de irse dormir, ¿no? —le dijo Alberto al monstruo, el cual gruñó suavemente y se metió directamente debajo de la cama.

Alberto se rascó la cabeza y se dijo para sí:

Cómo sabía yo que el problema de estos monstruos es que están demasiado solos. Cuando encuentran alguien con quien hablar, se olvidan de asustar.

Entonces se levantó de un saltito y se fue a la cocina.
© Frantz Ferentz, 2016


martes, 6 de septiembre de 2016

EL HIJO DE LA PRINCESA Y EL TORO DESPIADADO

Cuando Luis, el hijo mayor de la princesa, tuvo ocasión de dar su primera entrevista, una de las cosas que dijo es que le gustaban las corridas de toros. Sabía que en el país había una corriente cada vez mayor contra las corridas, pero él creía que tenía que defender las tradiciones de su país, aquellas que lo hacían diferente. Tal vez, pero solo tal vez, él podría llegar a convertirse en rey en el futuro, pues pertenecía a la familia real. De hecho, desde que tenía memoria, su madre, la princesa, lo había llevado a las corridas y el joven había aprendido lo que era el coraje... ajeno.

Sin embargo, lo que él nunca se habría imaginado es que iba a tener ocasión de practicar lo que defendía. Fue cuando, en una ocasión, Luis, mientras iba de caza con el padre, se alejó siguiendo el rastro de un zorro y se cayó por un pequeño barranco. Enseguida el padre y los acompañantes comenzaron a buscarlo con desesperación, pero fue precisamente en la dirección contraria. Luis se había desmayado por la caída y se pasó la noche inconsciente. Cuando, por la mañana, se despertó, se encontró en una dehesa. Allí había toros, muchos toros, y vacas. Sintió miedo. Intentó alcanzar un arroyo cuyas aguas sentía correr para calmar la sed y limpiarse la sangre seca. 

Mientras estaba arrodillado y vulnerable, sintió el aliento de un toro inmenso, negro, fiero, orgulloso, al otro lado del regato. El arroyo no era una barrera entre Luis y el toro. Sabía que si la bestia daba un pequeño salto, llegaría hasta él. Sintió miedo. Pero a la vez, pensó que él era un hipotético heredero del trono y que podía imitar a los valientes toreros cuando dominaban aquellas fieras sin sentimientos. ¡Qué orgullosa estaría su madre si lo viera! Se quitó la chaqueta, que tenía un color relativamente rojo e hizo el gesto de querer torear, como había visto tantas veces en las corridas, hasta le gritaba al animal: "¡Eh, toro; eh, toro!".

El animal debió responder a sus instintos porque atravesó el regato, pero sin prisas, con toda la calma. Se colocó enfrente de Luis. El joven podía notar perfectamente el aliento del toro. Esperaba simplemente que el animal bajara la cabeza y le clavase el cuerno en su vientre. El hijo de la princesa se rindió. Cerró los ojos y esperó llorando su final. 

Y entonces sucedió. El toro pasó su larga, viscosa y pegajosa lengua por el rostro del joven, pues ese era su modo de saludar a los amigos. Luis abrió los ojos y sentó en el suelo. Después rompió a llorar. De repente, a unos cientos de metros a sus espaldas, unas voces inquietas gritaban su nombre, entre ellas la de su padre, el gran ejecutor de aves condenadas a muerte. El toro se alejó entonces lentamente del joven y volvió con el resto de su manada.

© Frantz Ferentz, 2016

jueves, 4 de agosto de 2016

LA PRINCESA GRUÑONA




Érase una vez un reino remoto cuya heredera al trono era una princesa llamada Lidia. Pero no era una princesa cualquiera, era una princesa a la que todo el mundo conocía por una característica muy especial: era una princesa gruñona.
Era la princesa que más gruñía en el mundo. De hecho, se pasaba todo el día gruñendo. Cada vez que se encontraba con algo de que no le gustaba, gruñía. Si le servían pollo con guisantes, gruñía, porque a ella le gustaban el pollo y los guisantes, pero por separado. Si le servían el cacao flojo, gruñía, pero si se pasaban con las cucharadas, también gruñía, porque lo encontraba demasiado fuerte. Si los cortesanos no le prestaban toda su atención, gruñía. Si los cortesanos, por el contrario, le prestaban demasiada atención, entonces ella pensaba que la estaban adulando y también gruñía, gruñía más incluso.
De pequeña, empezó a gruñir cada vez que algo le disgustaba. Sin embargo, como nadie le corrigió aquella manía horrible, Lidia se acostumbró a gruñir y gritar para conseguir todo. De mayor, ya tenía mucha voz, porque había desarrollado muy bien sus pulmones –además, hacía natación y canto coral–, por lo que, en cuanto abría la boca, toda la corte se echaba a temblar.
Hasta aquel día. Todo empezó cuando el nuevo jardinero del palacio acudió en presencia de la princesa con una docena de claveles. Lidia siempre recibía rosas, pero entones resultó que eran claveles lo que le traían, todos bien colocaditos en un florero. Ahí fue el momento en que la Lidia gruñó y gritó. Sin embargo, el jardinero permaneció impasible enfrente de ella, sonriendo, como si apenas soplara una brisita que le moviese el flequillo. Hube unos instantes de silencio. La princesa no conseguía comprender como sus bramidos no causaban efecto. Era la primera vez que tal cosa le sucedía. Y hasta una tercera vez gruñó y gritó la princesa Lidia, pero no valió de nada. Se quedó jadeando, con los ojos como platos, mientras el jardinero no dejaba de sonreír.
– Princesa, hasta mañana. Disfrutad de los claveles. Mañana por la mañana os traeré petunias.
La princesa quiso entonces gruñir, porque no le gustaban las petunias, pero lo cierto es que no le quedaba aire en los pulmones para seguir gruñendo.
Aquel episodio corrió como la pólvora por toda a corte. Enseguida, todos los cortesanos sabían lo que había pasado y fueron a preguntar al jardinero cuál era el truco para no quedarse sordo delante de la princesa.
– ¿Cuál es el secreto? –le preguntaron.
– ¿Aguantarse la respiración?
– ¿Contar de 19 hasta 1 solo con los impares?
– ¿Imaginarse que se me caen las orejas?
El jardinero sonreía.
– Nada de eso –dijo él por fin–. Basta con meterse estas bolitas de algodón en las orejas. ¿Veis? Es muy simple. Así.
Y dio bolitas de algodón que él mismo cultivaba en el jardín a los cortesanos que había a su alrededor.
– ¿Escucháis algo? –preguntó el jardinero.
– ¿Eh?
– ¿Eh?
– ¿Eh?
Y así hasta treinta.
Al día siguiente, la camarera le llevó el zumo de naranja demasiado ácido. La princesa gruñó, pero la camarera siguió sonriendo, como si no hubiera escuchado. La princesa se tomó el zumo porque no le quedaba otra.
Después, cuando fue a vestirse, uno de los zapatos le hizo daño. Ahí gruñó de nuevo. Pero su asistente solo sonreía. La princesa optó por ponerse unas playeras para ir más cómoda.
A continuación se fue tomar café en el salón, que era donde los cortesanos acudían para hacer tertulia. Se extrañó de que todos hablaran gritando, como si no se escucharan bien. Hasta los camareros gritaban, qué horror. Entonces la princesa Lidia gritó, gritó muchísimo, gritó como nunca antes había gritado, pero pareció inútil, porque nadie le hizo caso. La princesa pensó que, a lo mejor, se había hecho invisible.
Pero lo peor para ella no fue eso, lo peor fue que, tras gritar como nunca durante diez minutos, se quedó sin voz. Se quedó afónica.
– Princesa, ¿os pasa algo? –le preguntaban.
Sin embargo, ella apenas emitía unos soniditos guturales.
Entonces volvió el jardinero. Llevaba un frasco con un líquido amarillo y una cuchara.
– Princesa, probad esto.
Ella no quería. Iba a gritar, para eso abrió la boca, sin acordarse de que había perdido la voz. Pero el jardinero anduvo rápido y le metió una cucharada en la boca aprovechando la tentativa de gruñir.
¡Glup! Se fue todo para dentro.
– Está bueno. ¿Qué es esto? –preguntó la princesa.
– ¡¡Habéis recuperado la voz!! –dijeron enseguida los cortesanos.
– Es verdad. ¿Pero qué es esto que me has dado, jardinero?
– Es una receta secreta de mi abuela. Solo os puedo decir que lleva miel, jalea, polen y otros ingredientes, todos naturales... bueno, y unas gotitas de zumo de limón.
Todos pensaron que la princesa iba a agradecer al jardinero que la hubiera curado, pero se equivocaron. La reacción de ella fue bien diferente:
– ¡Que le corten la cabeza!
Por desgracia para el jardinero, la princesa había leído recientemente la historia de Alicia, donde la reina malvada manda cortar la cabeza de todos los que la incomodan o importunan.
Y así, se preparó un cadalso en el patio real. Acudió toda la corte, suspirando de pena por perder un jardinero tan majo.
La princesa hizo un gesto con la mano y dio la orden al verdugo de dejar caer el hacha sobre la cabeza del jardinero, el cual estaba arrodillado sobre el cadalso, con la cabeza sobre un tocho de madera. Delante de él había un cestito que recogería la cabeza separada del cuello.
El verdugo, a pesar de lo mucho que le disgustaba su oficio, obedeció. ¡Plum! Batió con el filo del hacha en el cuello de aquel infeliz... pero no salió sangre. La cabeza cayó en el cesto y después empezó a flotar por los aires, mientras todos miraban pasmados la escena. Nadie se dio cuenta de que se trataba de una cabeza falsa, un globo relleno de helio que, al quedarse suelto, voló por los aires.
Sin embargo, el jardinero se levantó, con las manos atadas por detrás y tranquilamente empezó a descender los escalones del cadalso. La gente estaba horrorizada, porque nadie esperaba ver un cuerpo caminar todo tranquilo sin cabeza. Además, parecía que, a pesar de no tener cabeza, veía, porque no se tropezaba con nada. Para colmo, se desató las manos como si nada y llegó al pie del palco donde estaba la princesa, que se lo quedó mirando tan asustada como el resto de los cortesanos.
– Princesa, he tenido mucha paciencia con vos –dijo el jardinero, cuya voz sonaba totalmente normal–. Ahora os voy a dar una lección...
En ese momento, la cabeza del jardinero salió del cuello de la camisa. Estaba entera. Después, cogió en un frasquito con pétalos violetas secos, de no se sabe qué flor, los pulverizó con la mano y a continuación sopló el polvo de los pétalos hacia la princesa. Ella no pudo evitarlo. Respiró el polvo y después tosió, tosió mucho. Cuando consiguió parar, quiso gritar que detuvieran al jardinero, pero su voz sonó como música de arpa, harmoniosa y envolvente...
Todos los cortesanos aplaudieron. La princesa no notaba que su voz sonaba como el sonido del arpa, por eso daba órdenes y más órdenes, pero todo el mundo oía el arpa y pensaban que estaba dando un concierto.
El jardinero, por su parte, hacía inclinaciones ante el público, como si fuera el director de una orquesta, lo cual enfurecía aún más la princesa, que pedía que le cortaran de nuevo la cabeza y los brazos y las piernas y todo cuanto pudiera ser cortado, pero nadie la entendía. Sin embargo, todos seguían aplaudiendo con entusiasmo.
Después de aquel día, ya nadie volvió a ver nunca al jardinero. Desapareció. Sin embargo, todos vivieron muy tranquilos en el reino, pues la princesa Lidia se pasaba todo el día dando conciertos por el palacio, con su melodiosa voz de arpa.

Frantz Ferentz, 2016

sábado, 11 de junio de 2016

LA HISTORIA DEL HOMBRE QUE SE QUEDÓ SIN AMIGOS... O CASI


Durante diez años, al-Farhán se dedicó a llamar a toda su lista de amigos. 

Durante diez años, hizo llamadas y mantuvo la amistad por teléfono con todos aquellos que no podía quedar para ir a tomar algo de vez en cuando.

Hasta que un día se paró a pensar y se dijo: «Tengo a la gente muy mal acostumbrada. Siempre los llamo yo y ellos nunca me llaman a mí».

Y desde ese momento, dejó de hacer todas aquellas llamadas que hacía a menudo, solo llamaba una vez por semana a la pizzería y era, precisamente, para pedir una pizza.

Al cabo de una semana, fue él quien empezó a recibir llamadas de los amigos.

Pero lo más curioso de todo era que la gran mayoría de ellos estaban enojados porque al-Farhán ya no los llamaba.

Consideraban que era un mal amigo y que tenía poco sentido de la amistad.

Otros rompieron la amistad porque pensaron que para qué tener relaciones con alguien que de un día para otro deja de llamar.

En fin, el único amigo verdadero que le quedó a al-Farhán fue el pizzero.

© Frantz Ferentz, 2016


jueves, 9 de junio de 2016

EL ROBOT DE DESTRUCCIÓN MASIVA



— Mamá, ¿me das veinte euros? —preguntó Abilia a su madre asomándose por la puerta del salón, mientras la madre se peleaba con las teclas del móvil equivocándose con ellas una de cada dos veces.

La madre se interrumpió, levantó la vista y dijo:

— ¿Y eso? ¿Ya te has gastado toda la paga que te di para este mes?

— Pues sí. ¿No puedes adelantarme veinte euros del mes que viene? Es que me falta un componente para acabar un rayo láser de mi robot de destrucción masiva.

— A ver, hija, lo siento mucho, pero no tengo suelto. Solo tengo un billete de cincuenta euros y ese no te lo puedo dar, porque, si no, no hago hoy la compra. 

Abilia le dio una patada a la pared y se marchó toda enfadada. 

La madre suspiró aliviada y siguió dándole a las teclas. Escribió con mucho esfuerzo: «He parado de momento a la niña. He gando un mes más de vida para el planeta». Pero, ¿cómo haría para que su hija se retrasase aún más en la construcción de ese robot de destrucción masiva? ¿Cómo? Y sobre todo, ¿hasta cuándo podría justificar mantenerle la paga congelada para que no le alcanzase para los componentes que necesitaba?

¡Qué duro es ser madre!

© Frantz Ferentz, 2016
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martes, 7 de junio de 2016

EL MISTERIO DE LAS PELUSAS QUE CORRÍAN POR EL PASILLO

   «Ding Dong»
   El timbre sonó en la puerta con un tono alegre. Olivio fue a abrir. Llevaba puesto el delantal, un pañuelo en la cabeza y en la mano derecha sostenía una escoba, que no era precisamente mágica, sino que, por el contrario, estaba llena de pelusas.
   Del otro lado de la puerta, una señora con gafas de sol, vestida toda de negro, con traje pero con falda y medias todas negras, con zapatos de tacón también negros, los saludó atentamente:
   – Buenos días, ¿don Olivio García?
   – Soy yo –respondió el hombre.
   – ¿Puedo ver su escoba?
   Aquella pregunta era la pregunta más extraña que habían hecho a Olivio en toda su vida. Ni siquiera la superaba otra pregunta que le habían hecho décadas atrás, cuando, en la escuela, el maestro le preguntó:
   – ¿Vives o sobrevives?
   Era una pregunta que ni hasta hoy Olivio era capaz de entender, porque siendo tan perezoso en aquellos tiempos, hoy ya no era así y se pasaba el día trabajando. Pero cuando llegaba a casa, quería tenerla toda limpita. Hasta que empezaron a surgir aquellas pelusas tan odiosas. Sí, parecían venir de todo el edificio y se acumulaban en su casa. Estaba desesperado.
   Las limpiaba sin descanso, llenaba la escoba de pelusas, pero no había manera de mantener la vivienda limpia, pues en cuanto se daba la vuelta después de haber limpiado a conciencia, ya había alguna nueva asomando por alguna esquina remota del pasillo y campando a sus anchas.
   Pero volviendo a la pregunta, Olivio se quedó atónito. Ni supo qué responder. Sin embargo, no le hizo falta, porque ya la señora se quitó las gafas de sol y analizó con atención –y con la ayuda de una lupa que se había sacado de no se sabe dónde– los pelos de la escoba, mientras murmuraba:
   – Interesante... interesante... interesante...
   – Oiga, señora –fue a protestar Olivio–, ¿podría explicarme de qué va esto?
   Pero ella no le prestaba atención alguna, se limitaba a proseguir con su análisis de los pelos de la escoba, que los encontraba apasionantes, como si se tratara de una cepa de virus.
   – Le requiso la escoba –dijo de repente la señora.
   – ¿Quééééé?
   – Requisada en el nombre de la ATRAPA.
   – ¿De la que?
   – De la Agencia Tecnológica Re-secreta de Anti-plagas Públicas Anónimas...
   – ¿Y eso que es?
   – Es una agencia secreta del gobierno, que hay que explicárselo todo, ya está bien, hombre. Además, si es secreta, es secreta.
   Olivio se quedó boquiabierto mientras la señora le arrebataba de las manos la escoba y se marchaba. No iba a oponer resistencia, pues no. Y no por la impresión que le había causado la señora, sino más bien porque detrás de ella aparecieron dos gorilas también de negro, con gafas de sol y cara de pocos amigos que no iban a permitir que él, Olivio, se resistiera.
   Aun así, Olivio, aunque no entendía nada de lo que había pasado en su vivienda, decidió que no iba a dejar que las pelusas camparan a sus anchas por el pasillo. Por eso, se compró otra escoba. Y siguió limpiando el suelo con todas sus fuerzas, sin dar tregua a las testarudas pelusas que se empeñaban en desparramarse por toda la casa.
   Que desgracia tenía el pobre con eso. Pese a todo, parecía que su vida había vuelto a la normalidad.
   Pero solo aparentemente, porque unos ojos escrutadores no perdían detalle de lo que acontecía en el apartamento de Olivio. Eran unos ojos en forma de micro cámara que alguien había instalado, aprovechando una salida de Olivio a comprar leche, huevos, café y bananas, a varias manzanas de su hogar. Así, todos los movimientos del hombre eran controlados.
   El pobre Olivio hacía su vida como si tal cosa, ajeno a lo que se cocía a sus espaldas, o más bien por encima de su cogote. Sin embargo, las pelusas parecieron aún más excitadas de lo habitual, corrían por toda la casa, hasta conseguían huir de la escoba y del recogedor de Olivio, tanto que el hombre llegó a espantarse. Parecía incluso que tenían vida propia.
   Y claro, tal detalle no pasó desapercibido para las cámaras, porque apenas transcurrieron veinte minutos desde el momento en que había saltado la alarma, cuando ya había en la puerta de la casa tres tipos de negro grandotes como edificios y uno pequeñajo vestido de blanco, con cara de lunático, barbita de chivo y gafas que ampliaban sus ojos hasta parecer dos lunas sobre su rostro. Ese último era, sin duda, un científico de la ATRAPA.
   Como no pertenecían a una de esas agencias violentas, los cuatro miembros de la ATRAPA llamaron al timbre, pues no iban a echar la puerta abajo, como hacen los espías en las películas.
   Olivio fue a abrir nuevamente con la escoba en la mano, con el mandil puesto y un pañuelo en cabeza.
   – No me digan que son de la ATRAPA –dijo él a modo de saludo.
   – Pues claro –respondió el científico–. Permítame presentarme. Me llamo Rudolf Ticketing, doctor Ticketing, responsable del seguimiento de las operaciones de control de plagas de monstruos domésticos. 
   A Olivio le habría dado un ataque de risa si no fuera por aquellos tres ti-pones siniestros que acompañaban el doctor Ticketing.
   – Yo no tengo monstruos domésticos –dijo Olivio.
   – ¿Ah no? ¿Quiere una prueba de que sí los tiene?
   Olivio no tuvo tiempo de decir ni una palabra, pues ya el científico de la barba de chivo sacó una especie de red de cazar mariposas de no se sabe dónde y la lanzó sobre una manada de pelusas que se habían acercado incautamente a la puerta de la calle. Sin embargo, aquella red tenía unos agujeros muy finos, como si fuera un tamiz para granos en miniatura.
    – Y ahora observe –dijo el doctor Ticketing.
   En ese instante, las pelusas se pusieron a huir empujando la red hacia lo más profundo del hogar de Olivio, como si fueran conscientes del peligro que les venía encima.
   – ¿Ha visto eso?
   – ¿Es que las pelusas son seres inteligentes?
   – No, ellas son como animales, ¿sabe? Son dirigidas por unos seres invisibles dentro de la categoría de los monstruos domésticos, como el monstruo de los calcetines, para que me entienda –explicó el doctor.
   Y ahí, ya sin mediar palabra, los tres gorilas se lanzaron sobre la red cazamariposas y capturaron las pelusas que había por el medio del pasillo. Armaron un estruendo enorme, pero se notaba que, ya que no habían echado la puerta abajo, algo ruidoso tenían que hacer, porque, si no, debían tener la impresión de no ganarse como es debido su sueldo, esto es, montando escándalo.
   – ¿Y que van a hacer con las pelusas? –preguntó Olivio.
   – Lo de siempre: pruebas, pruebas y más pruebas hasta conseguir demostrar la existencia de los domadores de pelusas. Y creo que esta vez sí lo vamos a lograr.
   Por un instante, por la cabeza de Olivio se pasaron toda tipo de torturas a las que someterían aquellas inocentes criaturas, con aparatos impensables, haces de luces abrasadores, ultrasonidos insoportables... Lo único que habían hecho era correr por el pasillo con las pelusas y más nada, no eran peligrosos, molestaban, sí, pero no merecían caer en las garras de una organización secreta del gobierno que iba a acabar con ellos y, a lo mejor, meterlos en jaulas o cajas de vidrio para exponerlos a los curiosos, haciéndolos visibles...
   No, Olivio tenía su corazoncito y no iba a permitir aquello. ¡Además, aquellos domadores de pelusas vivían en su hogar, por tanto eran sus mascotas!
   ¡No señor!
   Por eso, Olivio aprovechó que los tres gorilas estaban en el umbral observando la red como tontos, mientras el doctor Ticketing se frotaba las manos de satisfacción. 
   Ahí Olivio estuvo rápido. Primero, arrebató de las manos la red a los gorilas. Segundo dio una patada a la puerta y dejó a los gorilas fuera, en el pasillo. Tercero, cogió al doctor Ticketing por la parte trasera del cuello de la bata y lo colgó de una percha en la entrada, donde solía a dejar el abrigo; allí el tipo se puso a patear y chillar. Con la situación controlada –por lo menos momentáneamente–, Olivio soltó las pelusas por la terraza, las cuales enseguida se escondieron por donde pudieron, y tiró la red a la calle.
   Entre tanto, ya sí los gorilas tuvieron una reacción propia de ellos, golpearon con los puños en la puerta y estaban para echarla abajo, por lo que Olivio optó por abrirla, antes de quedarse sin ella. Aquellos tres tipos no hablaban mucho, se notaba que eran agentes de acción.
   Primero entraron como un huracán en la casa. Segundo descolgaron al doctor. Tercero se precipitaron hacia la terraza, como si hubieran visto todo lo que sucedía en el apartamento mientras ellos estaban fuera. Y ahí fue donde Olivio empezó a sospechar que tal vez lo vigilaban de alguna manera.
   Al cabo de unos segundos, uno de los gorilas dijo al doctor:
   – Efectivamente, ha tirado la red a la calle.
   – Vamos deprisa. Quizá aún consigamos recuperar alguna de las pelusas con su monstruo domador...
   Tres segundos más tarde, la paz volvió al hogar de Olivio. 
   No tardó mucho Olivio en descubrir las varias micro cámaras que le habían instalado en su vivienda. En vez de quitarlas, decidió que era mejor poner delante de cada una de ellas una foto en que se veían imágenes del apartamento, de modo que no era posible ver el movimiento interior. Uno se puede imaginar la vergüenza que podría sufrir el pobre de Olivio si un día le diera por pasar por delante de una micro cámara en calzoncillos... Además, si su madre lo hubiera sabido, está claro que le habría dicho:
   – ¡Espero que, por lo menos, lleves los calzoncillos limpios, hijo! ¿Qué van a pensar los espías de ti, eh?
   Pero gracias a esa estratagema, aquellos que vigilaban sus movimientos, pasaron a pensar que la vida de Olivio era de lo más aburrido y que nunca pasaba nada en su casa, que ni se lo veía moverse por la habitación... Tal vez hasta se había vuelto invisible, como los monstruos de las pelusas.
   Sin embargo, las cosas eran bien diferentes. Los domadores de pelusas de su apartamento comprendieron que Olivio era un tipo de fiar, alguien en quien sí podían confiar. Aunque no se mostraran a los humanos, pues siempre permanecían invisibles para las personas, quisieron manifestar de alguna manera su agradecemiento. E hicieron una manifestación de pelusas por el pasillo de la casa, como si echaran carreras.
   Olivio entendió que aquellas criaturas vivían de la doma de las pelusas y, de repente, tuvo una idea. Allí mismo, en su piso, construyó un pequeño circuito, en realidad era algo parecido a los antiguos circos romanos donde se hacían carreras de cuadrigas. Era muy apañado para estas cosas, ya tiempo atrás había construido una maqueta de la Torre Eiffel a escala, y no con palillos, sino con miga de pan, que después pintó de gris. Quedó bien chulo.
   Por eso, decidió levantar un circo romano también a base de miga de pan, que después se endureció. Era espectacular. Tenía gradas, palcos y hasta banderitas que, para ondear, contaban con un ventilador por detrás. Además, Olivio construyó con sus manos carros de carreras con una cinta que se ajustaba a las pelusas. Aunque no se vieran los monstruos domadores, estos bien podían subirse en ellos y echar carreras.
   Sin embargo, como a Olivio le gustaba ver gente, también fabricó unos conductores de los carros, también de miga endurecida y, lógicamente, vestidos de romanos, pero colocados en un lado del carrito para que los monstruos de las pelusas pudieran conducir perfectamente sus cuadrigas. Fue todo un éxito.
   Tres veces por semana, había carreras de cuadrigas de pelusas en el pasillo de la casa de Olivio, justo por debajo de dos micro cámaras de la ATRAPA, pero allí no tenían modo de averiguar lo que se cocía.
   Olivio decidió grabar las corridas en vídeo y después subirlas a las redes sociales. Hoy en día, cuenta con más de dos millones de seguidores de todo el mundo, porque sus carreras de cuadrigas son espectaculares.
   Solo los de la ATRAPA están mosqueados, pero como no lo ven, no pueden hacer nada. Y es que ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Ilustración: Valadouro
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