jueves, 11 de febrero de 2016

EL MISTERIO DE LOS VÓMITOS ESPONTÁNEOS


    Todo empezó con una especie de vómitos que fueron apareciendo dispersos por la casa. Al principio eran vómitos aislados, de color amarillo. Sin embargo, resulto que poco tiempo después los vómitos se multiplicaron por toda la vivienda, sobre todo en las zonas cercanas a los armarios.
    Fendro quiso averiguar de dónde procedían aquellos vómitos.
    — Probablemente sea cosa de los ratones —opinó su hermano mayor, Manuel, que entendía mucho de motos y de videojuegos, pero no entendía nada de ratones y menos aún de vómitos de ratón.
    Parecía que la única persona en casa a quien le interesaba el origen de aquellos pequeños vómitos era a él. Además, solo él los limpiaba, pero tenía un interés científico que lo llevó, además, a almacenarlos y hasta clasificarlos. También examinó alguno de ellos al microscopio, lo cual no dejaba de ser algo excepcional, porque un chaval de nueve años no suele hacer ese tipo de cosas.
    Le dedicó un montón de horas a la investigación de los vómitos. Además de por internet, buscó información en bibliotecas y hasta escribió a científicos, haciéndose pasar por un aficionado a la ornitología de treinta y tantos años, porque si no, no se lo tomaban en serio.
    Aún así, no obtuvo resultados. Ni los científicos más sesudos del país sabían qué criatura podía vomitar así. Y cuando se trataba de hacer estudios de ADN, resultaba de una especie desconocida, como si diera error en el análisis de las pruebas de ADN, pero, de hecho, no había error alguno.
    Después de darle muchas vueltas, Fedro llegó a la conclusión de que la criatura que iba vomitando por casa seguramente era invisible o, por lo menos, era capaz de camuflarse mejor que un camaleón. Era imposible que los vómitos surgieran solos, como los hongos. Por eso, instaló cámaras de rayos infrarrojos, pequeñas, sofisticadas, bien escondidas por toda la casa.
    Y tuvo premio. Al poco tiempo, las cámaras captaron cómo una extraña criatura del tamaño de un puño corría por la casa. No se trataba de un ratón, pues corría sobre dos patas y parecía inteligente. Después de revisar todas las grabaciones, comprendió que la criatura iba todos los días al cajón de los calcetines, revolvía por allí y salía de él masticando. Después caminaba por la casa como si estuviese beodo, hasta que en un cierto momento vomitaba. Cuando eso sucedía, dejaba de caminar como si estuviese borracho y se metía debajo del mueble de la ropa, pero por allí ya no había cámaras y no había manera de hacerle el seguimiento.
    Fendro preguntó durante el almuerzo:
    — Una cosa, ¿no habéis notado que últimamente faltan calcetines, uno de cada pareja?
    — Pues sí —dijo el padre.
    — Es verdad, aunque no es que siempre falten, más bien es que hay algún calcetín que está mordido, como si fuera cosa de los ratones —dijo la madre.
    — Los ratones no comen calcetines —dijo Manuel, intentando parecer que entendía de ratones.
    Pero aquellas explicaciones le bastaron a Fendro. Él ya había comprendido lo que sucedía con aquella extraña criatura. Pero no iba a comentar nada con su familia, iba a actuar por su cuenta.
    Al día siguiente, Fendro preparó una trampa en su cajón de los calcetines unas golosinas en una jaula para grillos y la dejó allí, a la espera de que la criatura cayese en la trampa. Sabía que cualquier monstruo, por muy feroz y salvaje que fuese, no podría evitar acercarse a probar una golosina. Y acertó. A la mañana siguiente, aunque no se viera a simple vista, en la jaula había un monstruito preso.
    Fendro recogió la jaula, la colocó a la altura de sus ojos encima del mueble y habló a la extraña criatura, con la esperanza de ser entendido.
    — A ver, que ya sé cuál es tu problema. Tú no eres un monstruo de los calcetines, ¿sabes?
    Y para su sorpresa, de la jaula surgió una voz que le respondió:
    — Ya, ¿y tú cómo sabes eso si no me puedes ver?
    Fendro estaba muy emocionado, pero él quería comportarse como un científico. Por eso explicó:
    — Verás, criatura, tú no eres un monstruo de los calcetines. Si no me equivoco, eres un monstruo de las cañerías, pero te equivocas queriendo ser un monstruo de los calcetines. Lo que te pasa es que los calcetines te sientan mal, ¡por eso los vomitas!
    Ahí hubo silencio. La criatura que estaba dentro de la jaula pareció reflexionar sobre aquellas palabras del chaval.
    — Quizá tengas razón –dijo al fin el monstruo invisible—. Siempre he sospechado que yo era un hijo adoptivo, que mis padres no eran mis padres verdaderos…
    — ¿Y qué te hace pensar eso?
    — Bueno, ¿es que el hecho de que yo sea tres veces más grande de tamaño que mis padres y mis hermanos no te parece motivo suficiente?
    — Sí, tienes razón.
    — ¿Y tú por qué crees que yo soy un monstruo de las cañerías?
    Ahí Fendro tuvo que sacarse del bolsillo unas hojas que había impreso. Se trataba de imágenes que había encontrado por la red, donde se mostraban cómo eran los distintos tipos de monstruos domésticos, según el profesor Aguacola, un genio de los estudios de fenómenos inexplicables en el hogar, pero que era considerado un loco por la comunidad científica, aunque mucha gente sí se lo tomaba en serio, como el propio Fendro.
    — Según esta imagen, eres un monstruo de las cañerías.
    — ¿Y cómo puedes saberlo si no me has visto nunca?
    En ese momento, Fendro se sacó del bolsillo algunas de las fotos que había conseguido con su cámara de infrarrojos. El ser e las fotos y el ser de las imágenes del profesor Aguacola correspondían, sin lugar a dudas, al mismo tipo de monstruo: el monstruo de las cañerías.
    El monstruito se quedó muy sorprendido, por lo menos eso parecía por los suspiros que soltaba. Cuando se tranquilizó, se hizo visible.
    — Está bien, ¿y qué será de mí ahora?
    — No tienes nada de qué preocuparte —dijo Fendro.
    El chaval cogió la jaula y se fue con ella al cuarto de baño. Después abrió la puerta de la jaula y dejó caer a la criatura por el váter, pero no penséis mal, el agua estaba limpia. A continuación, tiró de la cadena y el monstruo se perdió de vista en el remolino.
    Desde aquel momento, cesaron los vómitos y los calcetines mordisqueados. Pero empezaron los sonidos extraños por toda la casa. Las tuberías sonaban a cualquier hora como si fueran las tripas de un monstruo gigante, pero solo Fendro conocía el motivo de eso. Estaba seguro de que el monstruo se quedaría en casa. Lo sabía por el ruido de las tuberías… y también porque, a veces, cuando dejaba golosinas encima de la mesa del ordenador, estas desaparecían misteriosamente.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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domingo, 29 de noviembre de 2015

EL VERDADERO SEÑOR DE LAS MOSCAS

    Manuel se había pasado muchas horas mirando al techo tumbado en su sillón durante todo el tiempo que estuvo desempleado. Pero el hecho de contemplar el techo durante meses y meses, incluso durante años y años, le había permitido aprender todo sobre las moscas.
    Primero averiguó cómo se relacionan y a qué estímulos responden. Las moscas, aunque parezcan animales sucios que se alimentan de mierda (con perdón), son animales muy limpitos que se frotan las patitas para limpiarse antes de comer.
    Comprobó, además, que las moscas de otoño, aquellas que nacen al final del verano y cuya supervivencia se prolonga durante el otoño, tienen un comportamiento peculiar, quizá algo más testarudas que el resto. Comprobó que son más atrevidas, que tienen menor percepción del peligro y, por tanto, son las que más incordian.
    Tanto, tantísimo, tiempo se dedicó a observar moscas que le cundió muchísimo. Y hasta fue eso lo que le permitió encontrar trabajo. Sí, porque Manuel montó su propia empresa de liquidación de moscas de otoño. Efectivamente, solo trabajaría en otoño en la eliminación de aquellas moscas tan pesadas que tanto molestaban a la gente.

&    &    &

    Manuel recibió un nuevo encargo de una familia desesperada. Era ya el fin de noviembre y una mosca aún vivía en aquel hogar, resistente a cualquier método de eliminación tradicional. Una mosca que molestaba ella sola como cinco moscas.
    Cuando tocó al timbre de aquella casa, le vino a abrir una señora vestida con abrigo, gorro de lana y botas recubiertas de piel de cordero. Mientras hablaba, de su boca salía vaho, lo cual demostraba hasta qué punto hacía frío en aquel desdichado hogar, probablemente de varios grados bajo cero. La señora, temblando de frío, le pidió que entrase.
    Manuel enseguida comprobó cómo en el interior de la casa hacía la misma temperatura que en la calle. Las ventanas estaban todas abiertas. Manuel no necesitó explicaciones, enseguida supo que aquella era una decisión desesperada de aquella familia para deshacerse de la mosca. Pensaron que, si hacía el mismo frío dentro que fuera, la mosca acabaría muriendo congelada, pero tampoco aquello estaba dando resultados, probablemente los únicos que iban a morir allí eran los habitantes del piso, sin duda de pulmonía.
    – Este verano –explicó la señora–, mi hijo era un as. Capturaba las moscas con las manos y luego hacía bolitas con ellas. Creo que hasta alguna se nos cayó en la sopa, pero como dicen que tienen muchas proteínas, no nos pareció tan grave, pero ahora esta mosca ella sola…
    Manuel asintió. Pasó al salón, donde los dos miembros restantes de la familia presentes en el hogar, un hijo y una hija, mostraban un aspecto lamentable, con los mocos congelados en la nariz, colgándoles como estalactitas, o más propiamente como carámbanos. Ambos estaban sentados en el sofá, intentando ver una película que daban por la televisión, arrebujados debajo de una manta, pero incluso así, la manta saltaba, sin duda a causa de los temblores que tenían aquellos dos adolescentes.
    – Lo hemos intentado todo, con todo tipo de productos químicos, aerosoles, trampas para moscas que venden por internet… Pero todo ha sido inútil, la maldita mosca convive con nosotros desde hace dos semanas y cada día que pasa está más insoportable. No sabemos cómo acabar con ella… Mi marido ha dicho que hasta que la mosca no desaparezca de casa, que él no volverá y está viviendo en una pensión del centro. Ayúdenos, por favor, ayúdenos.
    – Serán cincuenta euros y veinte más por el pago de la zona azul, que el ayuntamiento aquí cobra bien caro el aparcamiento.
    – ¡¡Lo que haga falta, oiga, pero hágalo ya, por favor!!
    Sin más dilación, Manuel se sacó un silbato del bolsillo y pitó, pero nadie en la casa oyó nada, porque se trataba de ultrasonidos. Sin embargo, la mosca lo oyó perfectamente y respondió a la llamada.
    Salió de la esquina donde estaba perfectamente escondida y se posó en una cajita transparente que Manuel ya sostenía en la mano, con algodones. Cuando la mosca hubo entrado en ella, Manuel la tapó.
    – Ya está –anunció Manuel–. Son setenta euros, como ya le dije.
    La señora cogió su monedero y pagó, pero antes preguntó:
    – ¿Y no me haría una rebaja? Es que este invierno vamos estar todos bien malos por culpa de la mosca.
    – Está bien, que sean sesenta…
    – Y dígame, ¿cómo ha conseguido atraer a la mosca?
    – Son muchos años de estudios, señora. Es un método científico patentado por mí. Ya ve que funciona perfectamente. Que tenga un buen día –saludó Manuel.
    Y se fue. Pero cuando ya estaba fuera, Manuel observó a la mosca. Cogió su lupa y comprobó que el insecto conservaba intacta la protección que él mismo le había dado, hecha con un barniz de su invención que mantenía el calor corporal de la mosca y que hasta filtraba el aire en su cabeza para no respirar aerosoles; parecía una mosca astronauta. Después, abrió la cajita y le dijo a la mosca en tono mimoso:
    – ¿Cómo está mi niña preferida, como está?
    Y la mosca se lanzó a volar alrededor de su nariz, zumbando con alegría, como si fuera un perro, solo que no movía el rabo.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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martes, 17 de noviembre de 2015

UN GRIFO EN LA CABEZA

Luigi era un tipo hablador, muy hablador. Tanto era así que lo que contaba eran principalmente cosas que él se inventaba. Lo cierto es que su cerebro bullía y bullía con historias que se le ocurrían constantemente. Si alguien hubiera tenido la ocasión de poner un micrófono dentro de su cerebro, habría escuchado algo así como una caldera en ebullición, sonaba “blu-blu-blu”.
   Sin embargo, la mujer del Luigi ya estaba harta de oír tanta historia que contaba, aunque ella ni se diese cuenta de que su marido lo único que hacía era inventar historias. Y claro, ya llegó a hartarse de tal manera que amenazó a Luigi con abandonarlo, si no le ponía remedio a su enfermedad, pues ella creía que era una enfermedad.
   Fueron, por tanto, al psiquiatra.
   – Doctor, Luigi no se puede quedar callado ni un rato... –comenzó a decir ella.
   – No exagere, señora –dijo el doctor.
   – ¿Saben una cosa? –empezó a decir justo en ese momento Luigi–. Había una vez un perro que decidió inventarse un lenguaje de signos solo con los movimientos del rabo y para eso habló con...
   – ¿Lo ve? –interrumpió la mujer–. Acaba de empezar a contar una historia.
   El doctor se quedó muy pensativo. Sin embargo, enseguida supo lo que pasaba con aquel hombre: tenía una creatividad tan grande que era imposible para él quedarse callado y dejarse cualquier historia dentro, tenía que contarla. De hecho en eso funcionaba como cualquier chavalillo que tiene la cabeza llena de cosas y tiene que soltarlas.
    – ... y claro, el perro se encontró entonces que las palabras compuestas envolvían más movimientos del rabo, el doble, para ser exactos. Pero no solo eso, algunas razas de perros tenían un dialecto diferente, por lo cual su sistema de lenguaje de signos con el rabo no acababa de funcionar... –proseguía Luigi ajeno a la discusión entre su mujer y el médico.
   – Señora –dijo el doctor–, debe tener paciencia. Deme unos días hasta que vea cómo puedo ayudar a su marido. Mientras tanto, tenga mucha paciencia con él...
   – ¿Que tenga paciencia, doctor? Cómo se ve que usted no convive con él, cómo se ve, que hasta de noche habla y habla en sueños, porque narra incluso lo que sueña... Dígame, ¿hay algo parecido a quitarle las pilas para así evitar que siga hablando y hablando?
   – Ya le dije que necesito unos días, señora. Vuelva por aquí en breve y ya le digo alguna cosa más.
   Sin embargo, mientras el doctor buscaba una solución, ella decidió tomar medidas por su cuenta. Así, una noche, mientras el Luigi hablaba y hablaba en sueños, ella colgó al hombre de un pie al techo y lo dejó así toda la noche, pero no consiguió que se callara, simplemente que él contara su historia del revés, es decir, comenzando por el final y acabando por el principio, lo cual es un pelín difícil.
   Al cabo de tres días, Luigi y su mujer fueron convocados por el médico. Él les dijo que la única solución para que Luigi se calmase era que utilizara un grifo de la creatividad.
   La mujer se quedó boquiabierta. 
   – Un grifo… ¿Pero es que quiere hacer un agujero a mi marido en el cerebro para que le salgan las historias por ahí?
   El doctor tuvo un ataque de risa. No, no se refería a un grifo real, como los que se usan en las casas para que salga el agua, sino a un grifo metafórico. Por eso explicó:
   – Es un concepto psiquiátrico que acabo de adoptar yo –explicó él–. Tras tres días pensando en el caso de su marido, he llegado a la conclusión de que él tiene que buscar otra forma de expresar lo que tiene dentro sin que usted padezca sus historias una tras otra, pero es imposible que eso suceda si él no tiene más alternativa que contar tales historias.
   – No entiendo nada –dijo la mujer.
   – ¿Saben que durante la Edad Media existió un dragón al que le gustaba lanzar llamas en las bolas de barro que hacía para endurecerlas y así después golpearlas con el pie? Existe la teoría de que los campesinos, después de que el dragón se cansase de patearlas, se ponían a dar patadas ellos mismos a las bolas y que fue así que nació el fútbol... ? –comenzó a contar Luigi.
   – Probaré lo que me dé, doctor –dijo la mujer de Luigi–. Yo ya no soporto más esta pesadilla. Dígame en qué consiste ese grifo.
   Y ante el asombro de la mujer, el psiquiatra se sacó un bolígrafo del bolso y dijo:
   – He aquí el aparato. Solo tiene que darle esto a su marido, junto con un cuaderno y decirle que se ponga a escribir todo lo que se invente. Más adelante, si quiere, hasta puede abrir un blog para contar todas sus historias.
   La mujer no daba crédito a lo que estaba viendo. 
   – ¿En serio se cree que escribiendo Luigi va a dejar de contar historias?
   – No, no va a parar. Va a dejar de contarlas, pasará a escribirlas, lo cual debería hacerlo en silencio. Esa es la solución...
   Y fue así como Luigi, con efecto, dejó de hablar a todas horas y pasó a usar el bolígrafo y el cuaderno, pero la cuestión fue que no se dedicó a escribir las historias, sino a dibujarlas. Sin embargo, cuando ya las había ilustrado, se dedicaba a explicar la historia que escondían aquellas imágenes...
   Hoy Luigi vive en una isla remota del Pacífico Sur, en un atolón. Él mismo ni sabe cómo acabó allí. Sin embargo, a su alrededor tiene un público entregado, los delfines; él es feliz, porque primero dibuja sus historias en la arena y después cuenta a los cetáceos todas las historias que le apetece. Se dice que los delfines están aprendiendo a hablar gracias a la historias de Luigi, lo cual explicaría por qué entre ellos se están contando tales historias y por qué por todos los mares del mundo los delfines se asoman al lado de los barcos y cuentan las historias de Luigi por todos los mares del planeta...

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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lunes, 16 de noviembre de 2015

TRAS LOS PASOS DEL YETI DE LOS ANDES

Cuando los miembros del equipo de rescate alcanzaron el avión, allí en la meseta en medio de los Andes, a casi seis metros de altura, entre metros y metros de nieve, se llevaron una sorpresa. Los pasajeros del avión estaban todos en perfecto estado, habían sobrevivido todos al impacto, pero todos ellos estaban descalzos.
  Las investigaciones posteriores revelaron que habían sido descalzados por una criatura peluda enorme que acudió hasta los restos del avión unas horas después del impacto. La criatura, que medía cerca de tres metros, no atacó a los pasajeros, se limitó a ir descalzando a los pasajeros uno tras otro, sin agredirlos. Solo gruñía a veces, cuando el calzado se resistía a salir, lo cual aconteció tan solo en un par de ocasiones, tras lo cual, la criatura desapareció. Aunque los equipos de rescate siguieron sus huellas, las perdieron enseguida, cuando llegaron a una zona de rocas donde ya no quedaban restos de ellas. Y lo más extraño de todo fue que los zapatos robados estaban todos allí, abandonados, pero no los calcetines.
   Los antropólogos tenían una hipótesis: había sido un yeti que había acudido donde los pasajeros, pero nadie llegaba a comprender cuál era su interés en el calzado y menos aún en los calcetines. ¿Es que el yeti usaba la lana de los calcetines para construirse una cama? Sin embargo, era la primera noticia que se tenía en el Ecuador de la presencia de un yeti, pues, como es bien sabido, estas criaturas solo existen en el Tíbet, aunque existen también otros seres parecidos en América del Norte, los llamados pies-grandes.
   La noticia fue muy comentada en las noticias. Sin embargo, solo alguien sabía que no se trataba de un yeti. Ella era doña Carmela, una tierna abuelita que se había dedicado a criar criaturas extrañas durante toda su vida en su pequeña casa de los arrabales de Quito. En vez de gatos, ella siempre había acogido monstruitos domésticos. Sabía que aquella criatura peluda que vivía en las mesetas a 6000 metros entre la nieve era Gualdo, su monstruo de los calcetines, aquel que se le había escapado hacía décadas hacia las montañas, y que, aparentemente, se había convertido en un monstruo gigante... de los calcetines. Por lo visto, el frío tenía un efecto dilatador en los monstruos de los calcetines, eso y hartarse a comer pelo de llamas alpinas, que son la materia prima de los mejores calcetines. Sin embargo, debía sentirse tan solo, aquel pequeñín... 

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Ilustración: Valadouro, 2015
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jueves, 30 de julio de 2015

EL MISTERIO DEL MÓVIL DE EDID

   La oferta sonaba estupenda: móvil no solo inteligente, sino también ultrasensible. La tecnología estaba avanzando a un ritmo que iba a conseguir que los móviles tomasen sus propias decisiones.
   Tal vez fuese ese el motivo por el que Edid decidió cambiar su viejo aparato. Era escandalosamente viejo, tenía tres años y con una antigüedad así no conseguiría hablar bien enseguida con nadie. Además, los hijos de Edid le insistían para que acabase de cambiar aquel aparato y hasta la tienda de celulares para comprar aquel modelo que tanto anunciaban y se podía pagar en cómodos plazos durante veinte años.
   El vendedor, un tipo espabilado y de largos bigotes, sabía bien hacer su trabajo. Tenía una labia bien desarrollada que le permitía hablar sin tema durante tres horas, lo cual le resultaba muy útil para vender celulares de última generación.
   — La mejor selección, señora —empezó a explicar, mientras sus bigotes se movían por cada extremo para un lado, como si tuviesen vida independiente—. Este móvil ten función autoprogramable, retrorreciclable, con detector de idiotas, cronómetro inverso, chat con sintonizador de voz… bueno, bueno, tiene de todo, pero lo mejor es su extrema sensibilidad, que hace que, por ejemplo, usted lo llame, incluso estando apagado, se conecte automáticamente y responda lo que usted quiera. La frase que suena por defecto es: “Estoy aquí, cariño…”, con voz de hombre o de mujer según corresponda.
   — Mamá, este móvil es perfecto para ti.
   — Puede, pero a mí me basta con que se pueda hablar por él. ¿Se puede hablar con este?
   — Señora, se habla hasta del revés con una aplicación que lleva aquí que…
   — Déjelo, ande, me lo llevo.
  Y Edid se llevó el móvil a casa. En cuanto estuvo allá, abrió la caja que lo contenía, colocó la batería y enseguida el móvil se puso a funcionar. Se encendió una pantalla de bienvenida y una voz delicada e insinuante, dijo:
   — Hola, soy su nuevo teléfono móvil Pinkio 415. Encantado de servirle. Toque la pantalla para iniciar mi configuración.
   Edid tocó la pantalla porque era muy formal. Y entonces del aparato surgió un sonido extraño, un sonido como “gligligli” sin ningún resultado. Luego, la misma voz sensual repitió la orden:
   — Toque la pantalla para iniciar mi configuración.
   Edid volvió a tocar y de nuevo sonó “gligligli”.
   Se pasó así bastante tiempo, entre tocar la pantalla y el “gligligli” que no dejaba de sonar, sin poder avanzar. Desesperada, Edid recogió el teléfono y se lo llevó a la tienda, done el simpático vendedor con los bigotes de puntas independientes la acogió con una sonrisa de oreja a oreja que desafiaba todas las leyes de la anatomía.
   — Dígame, señora, ¿algún problema con su nuevo móvil?
   — Pues que no consigo configurarlo. ¿Podría probar usted?
   — Por supuesto.
   El vendedor del bigote tocó la pantalla y sonó un clink que enseguida activó todo. Después de atravesar varias pantallas, le pidió a Edid:
   — Señora, siga usted.
   Edid tocó la pantalla y enseguida se volvió a oír el “gligligli” de antes. Ahí la sonrisa del vendedor desapareció del todo. Él mismo tocó la pantalla y concluyó la configuración. Después volvió a pedir a    Edid que lo intentase ella.
  Y otra vez sonó aquel “gligligli” y el móvil no reaccionaba. Sin embargo, cuando tocaba el vendedor, todo funcionaba perfectamente, pero cuando tocaba Edid solo sonaba aquel ruidillo y el móvil no funcionaba, incluso la pantalla se oscurecía unas décimas de segundo.
    — No entiendo nada —confesó el vendedor que, por primera vez en su carrera e incluso en su vida, se quedaba sin palabras. 
    No obstante, en la mente de Edid se hizo la luz.
    — ¿No había dicho que este móvil es ultrasensible como ningún otro fabricado hasta ahora?
    — Sí.
    — Pues ya sé lo que le pasa. Usted toca la pantalla con fuerza, pero yo lo hago suavemente, por eso yo provoco en él una sensación que usted no provoca.
    — ¿Y cuál es, señora?
    — Cosquillas.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Imagen: Valadouro, 2015

NICO EL NICÓPTERO

    Sara contemplaba a su perro Nico. Era tan pequeñín que casi parecía que podía flotar. Recordó que por algún sitio había un invento del abuelo, un gorro que parecía que servía para que los animales pequeños pudiesen volar. Por eso, fue al arcón donde se guardaban los inventos del abuelo, que había sido inventor, pero nunca se lo tomaron muy en serio. 
    Entre las cosas del abuelo había un pequeño gorro con una hélice encima. Sara pensó que seguro que aquello era un gorro volador para perros pequeños como el suyo. Iba ajustado con una correa por debajo de la mandíbula. No se lo pensó dos veces. Sara le colocó el gorrito a Nico. A continuación apretó un botón que había en un lateral y la hélice comenzó a girar; luego, Nico se puso a volar por el cuarto.
    — ¡Nico, estás volando! —le gritó Sara.
    Efectivamente, Nico volaba por la sala y ladraba para mostrar su felicidad.
    — ¡Eres un nicóptero, o sea, un Nico volador! —le dijo ella entusiasmada.
    El perro volaba por la habitación mientras las hélices sonaban como las de un ventilador. De vez en cuando, Nico se golpeaba contra una pared, porque aquel invento del gorro con hélices no tenía timón para poder girar. Y claro, al final, aquello acabó siendo un desastre, porque Nico estaba cada vez más nervioso y ladraba. Algunos cuadros se cayeron al suelo, también un jarrón de la tatarabuela… Un desastre, tanto que acudió la abuela para ver cuál era la causa de tanto jaleo en la habitación.
    — Sara, ¿qué es todo esto? —gritó la abuela cuando vio al nicóptero ladrando e pasando por encima de sus cabezas sin control.
    — He cogido este invento del baúl del abuelo —explicó Sara—. Pensé que era para que vuelen los perros, ¿o no es para eso?
    — ¿Pero qué dices? Eso es un ventilador cerebral. Tu abuelo lo inventó para la gente, con el fin de que se les refresque el cerebro y así puedan pensar fríamente...
    Y justo en ese momento, el nicóptero enfiló por la ventana abierta y salió hacia el patio...

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Imagen: Valadouro, 2015

jueves, 23 de julio de 2015

LA HISTORIA DE ARIADNA, LA DRAGONA COQUETA

    Siempre, en todas las historias que tratan de dragones, estos animales son descritos como fieras sanguinarias que escupen fuego y asan a los caballeros que los atacan como si fueran pollos a la parrilla. Tampoco es que los caballeros quedasen en buen lugar, pues solían atacar a los dragones con la misma fiereza, provistos de una lanza y en escudo, sin importarles gran cosa la suerte que corriera el caballo que montaban, porque no atacaban a pie. Cuando un caballero conseguía evitar las llamaradas del dragón y clavaba su lanza en el pecho de la bestia, esta podía caer muerta, pero incluso así existía el riesgo de que el caballero no consiguiera alejarse a tiempo del cuerpo del dragón en su caída, en cuyo caso morían ambos y nadie contaba la hazaña, ni el dragón a sus nietos, ni el caballero a los suyos.
    En definitiva, se trataba de muertes estúpidas, pero hubo un tiempo antiguamente en que les gustaban estas cosas. No sé si el hecho de que ya no se vean más dragones responde a que acabaron con todos ellos, o si, en cambio, se cansaron de que los persiguieran y de alguna manera consiguieron pasar desapercibidos para los humanos. Hay quien cree mucho en esa segunda posibilidad, porque desaparecieron de un día para otro sin dejar huella, pero esa es otra historia que no vamos a tratar aquí.
    Hay muchas leyendas que hablan de relaciones entre humanos y dragones, pero existe una poco conocida que es la que te voy a contar aquí. Sucedió en algún lugar de la antigua Inglaterra, en alguno de sus bosques…

    ¿Es que Inglaterra es tan antigua que ni cinco generaciones de tortugas de esas alcanzan los trescientos años son más viejas que ella?

    Inglaterra es aún más antigua que todo eso y esta historia ocurrió hace mucho más tiempo de ese que dices de cinco generaciones de tortugas… Ten en cuenta que hace por lo menos mil años que no se ve un dragón sobre la faz de la tierra, así que esto sucedió mucho antes.
    Todo empezó en una familia de dragones corrientes. El padre y la madre –en eso no hacían diferencias– repartían su tiempo entre buscar comida y defenderse de los caballeros que, de vez en cuando, aparecían por el claro del bosque donde vivían para clavarles una lanza. En la familia, Ariadna era hija única y creció en un ambiente de presión, pues siempre un miembro de la familia tenía que velar mientras el resto dormía, para evitar así ataques nocturnos de los caballeros andantes, o más bien cabalgantes. 
    También a la joven Ariadna le llegó el turno de vigilar de noche. Al principio tenía miedo, porque no sabía si sería capaz de lanzar llamas contra un caballero que avanzase hacia ella al galope. Por eso, las primeras veces, en cuanto oía cualquier ruido cerca de ella, lanzaba llamaradas contra lo que se moviese. Como consecuencia de aquellos miedos, algunos conejos y ardillas acabaron churruscados.
    Una de cada tres noches, Ariadna se la pasaba despierta atenta a cualquier movimiento sospechoso. Poco a poco se fue acostumbrando a los sonidos de la noche, supo lo que era una lechuza, que sonaba muy distinto a un sapo, además de que la primera vuela y el segundo no. Gracias a los nuevos conocimientos que iba adquiriendo sobre el bosque, fue poco a poco perdiendo el miedo de lo que se le acercaba. Ya no largaba llamaradas contra cada movimiento que se producía cerca de ella.
    Era cada vez más valiente…

    Mira que yo también soy valiente, y mucho. No me da miedo lo que quiera haya ahí debajo de mi cama. 

    Quizá sea una rata.

    ¿Una rata? ¡Venga, eso sí que me da miedo!

    Que no, que es broma. Tal vez Ariadna, aunque fuese tan valiente, tuviese miedo de las ratas, no sé.
    Bueno, y volviendo a la historia, Ariadna se iba alejando cada vez más del claro, penetrando en el bosque, porque se sentía curiosa por ver lo que había más allá de la fronteras de su pequeño mundo. Como además era una dragona menuda, es decir, que era una cría de dragona, no tuvo problema para esconderse entre los matorrales.
    Fue así cómo descubrió que no lejos de donde vivían corría un arroyuelo en que se reflejaba la luz de la luna. A su orilla, una chavalilla acudía todas las noches y siempre hacía lo mismo. Se sentaba sobre los talones y pasaba el dedo por las rocas de alrededor. En ellas había una especie de tintes naturales con que la chiquilla se cubría el rostro y los labios. Después se contemplaba en las aguas serenas del arroyo y sonreía. Se veía tan guapa así. Después, se limpiaba la cara y se iba canturreando por el camino. 
    Ariadna enseguida comprendió que lo que hacía la chavala era algo que la ayudaba a sentirse bien, entendió que aumentaba su belleza, así que decidió probar ella también. ¿Es que acaso no tenía todo el derecho a sentirse bonita?
    Fue así como una noche, después de la chavalilla se hubiera ya ido, Ariadna se acercó al arroyo y contempló su rostro reflejado en el agua. Ella no sabía si era bonita o no, porque de hecho solo había visto dos dragones en toda su vida: su padre y su madre… y, bueno, también ahora ella misma reflejada en el agua. Pero como era una dragoncita curiosa, imitó los movimientos de la chica en la orilla del arroyo y se puso polvos de aquellas rocas por toda la cara con la ayuda de sus garras. Lo cierto es que aquello era lo más parecido a maquillarse.
    Y así, apareció una mañana por el claro del bosque donde vivía con sus padres. Cuando estos la vieron, pensaron que la dragoncita había pillado cualquier enfermedad grave, algo si acaso contagioso, por eso la mandaron para un rincón, lejos de ellos.
    – ¿Has comido algo en malas condiciones? –preguntó el padre.
    – ¿Has bebido agua con moho? –preguntó la madre.
    Ariadna tuvo que explicarles gritando que no estaba enferma, que solo había imitado a una niña humana que se arreglaba a la orilla del arroyo y que ella quería estar tan guapa como ella.
    – ¿Estás loca? –preguntó la madre–. Nosotros somos dragones, no humanos, no tenemos que estar guapos, ¿has entendido? Nuestra vida pasa entre cazar, dormir y defendernos de los humanos.
    Ahí Ariadna pensó que qué pena pasarse toda la vida haciendo solo esas tres cosas. Seguro que se podían hacer algunas más. Y a ellos que eran tan mayores, ¿no se les ocurría algo más? 
    Cada vez que a Ariadna le tocaba guardia, acudía al arroyo, se maquillaba y luego contemplaba el resultado en la superficie del agua si es que había luz de luna. Y fue en una de esas cuando apareció por allí la niña de la que había aprendido a maquillarse la dragona. Había llegado más tarde de lo habitual.

    Y la chavala se asustó, ¿verdad? Se puso a berrar como una desesperada pidiendo socorro y aparecieron campesinos por todas partes con hoces, guadañas y horas, ¿a que sí?

    Pues no, no fue así. La chavalilla se llamaba Sabry y lo cierto es que le hizo mucha gracia toparse con aquella dragona maquillada, así que se echó a reír.

    Venga, y ahora me dirás que la dragona no se ofendió y la lanzó una llamaada que dejó frita a la chica.

    No, no, no se ofendió. Al contrario, le gustó lo que veía y ambas se hicieron buenas amigas. Date cuenta que ni la niña ni la dragoncita entendían aquella extraña manía de sus respectivas especies de perseguirse y aniquilarse. Ellas se vieron como iguales, como compañeras de juegos.
    Así, a partir de aquella noche, cada vez que ambas amigas se encontraban a la orilla del regato, se maquillaban. Se hicieron buenas amigas, tanto fue así que primero Sabry maquillaba a Ariadna y luego Ariadna maquillaba a Sabry. Lo cierto es que se entendían muy bien y se lo pasaban en grande juntas. Se revolcaban por el barro de la orilla y luego se bañaban en el arroyo.
    Ariadna no quería que sus padres se enterasen de sus andanzas con Sabry, por eso solo la veía cada tres días, cuando le tocaba a ella la guardia.
    Y así transcurrieron varios meses, en buena compañía. La chica llegó a presentar a su hermano Bob a la dragona
    – Este es Bob –dijo Sabry–. Mis padres quieren que se convierta en caballero.
    Pero la cara de Bob no era precisamente la de un futuro caballero. Lo de atacar dragones provisto de escudo y lanza no parecía ser algo que le fascinara.
    Ariadna extendió su garra llena de polvos de maquillaje y se la ofreció a Bob.
    – No, él es un chico. Los chicos no se maquillan –le explicó Sabry.
    Ariadna no entendía por qué ella sí podía maquillarse para estar más guapa y él no, pero eran cosas de humanos y no iba a entrar en eso.
    Cuánto disfrutaron ambas durante varias semanas, también a veces acompañadas de Bob, que resultó ser un excelente constructor de cabañas de madera; con un hacha, podía construir casi cualquier cosa. Pero, un buen día, Sabry y Bob desaparecieron sin dejar rastro, ya no acudieron a la orilla del arroyo. Durante semanas, Ariadna los estuvo esperando, maquillándose sola, pero la chavala humana no volvió a aparecer. Le resultó muy triste a la joven dragona, porque había perdido a la única amiga de su infancia.

    ¿Y no conoció otros dragones con los que hacer amistad?

    Sí, claro que conoció, con el tiempo, pero nunca se olvidó de su amiga. Sin embargo, Ariadna se negó a dejar de maquillarse. Le encantaba hacerlo, por eso, cuando se fue encontrando con otros dragones, estos se reían de ella, no se la tomaban en serio. Ningún dragón entendía por qué Ariadna quería estar coqueta. Incluso con el tiempo, había aprendido a maquillarse muy bien, sabía destacar sus pestañas o le daba un brillo especial a sus labios. A ella le interesaba aquello más que ir achicharrando caballeros andantes matadragones.
    Su madre aún le decía:
    – Esa manía tuya de maquillarte en vez de asar caballeros cabalgantes va a ser tu perdición, ¡espabila!
    Aquellas palabras de la madre se hicieron realidad algún tiempo después, cuando ya Ariadna, como dragona adulta, se fue a vivir sola a una parte del bosque entre rocas. Buscó un sitio donde hubiese polvos de aquellos que le servían para maquillarse y, al mismo tiempo, un arroyo donde pudiera ver su reflejo. Al final lo encontró y allí se fue a vivir.
    Pero su calma no duró mucho, porque poco tiempo después de haberse instalado, coincidió en pasar por allí un caballero andante a lomos de un viejo caballo blanco que era el hogar de millares de moscas. Hasta el escudo que llevaba estaba lleno de golpes y todo mugriento, tanto que ni se sabía cuál era el color original.
    Ariadna estaba entonces maquillándose, probándose una especie de peluca hecha a base de musgo verde que le sentaba muy bien, porque le hacía juego con su color de ojos. Para eso, había enjugado el musgo con su aliento de dragona y después se había hecho una especie de tapete que se ajustó a la cabeza. ¡Qué mona estaba ella así! Fue entonces cuando oyó de repente una voz a sus espaldas que sonaba metálica, porque salía de debajo de un casco oxidado que le gritaba:
    – ¡Prepárate para morir, dragón del infierno!
    Pero, a continuación, una pieza de la armadura se cayó al suelo haciendo bastante ruido.
    Ariadna se dio la vuelta y vio a un caballero pésimamente armado, a quien la mitad de la vieja armadura se le estaba cayendo al suelo, mientras intentaba sujetársela de alguna manera, pero en aquellos tiempos no existía la cinta aislante.
    La dragona estuvo tentada de lanzar una llamarada contra aquel infeliz, pero no le gustaba la idea. Por otro, se trataba de su vida o de la de aquel humano.
    Así que se llenó los pulmones de aire y se dispuso a lanzar fuego…

    ¡Espera!

    Sí, justo eso fue lo que dijo el caballero.

    No, que digo que esperes tú, que tengo que ir al baño (…) Vale, ya está, puedes seguir.

    – ¡Espera!

    Eso ya lo has contado.

    Ten paciencia.
    Después de ese grito, la dragona detuvo su ataque, pero entonces le entró hipo, porque se había dejado todo el fuego dentro.
    Y ahí el caballero se quitó el casco de aquella armadura que ya era prácticamente una lata de conservas.
    – Soy yo, Bob –dijo–. Cuando te has girado, te he reconocido. Eres el único dragón que se maquilla.
    Ariadna soltó un gruñido que quería decir; “dragona, que soy una dragona”. Y luego soltó otro que Bob entendió perfectamente:
    – ¿Sabry? ¿Qué dónde está Sabry?
    Ahí Bob se dejó caer en el suelo y los restos de la armadura se desparramaron cada uno por su lado.
    – Llevo años buscándote –explicó Bob–. Mis padres me obligaron a entrar en la escuela de caballeros, aunque yo no quería. Sin embargo, Sabry me pidió que tne encontrase, por eso acepté ser caballero, para encontrarte, porque eres la mejor amiga que ha tenido nunca…
    En fin, fue muy emocionante, hasta me vienen ganas de llorar al contarlo…

    ¿Y qué pasó con Sabry? ¿Se murió o qué? ¿Se casó con alguien y se fue a vivir muy lejos? ¡Venga, cuéntame!

    Déjame un momento, que no puedo continuar. Se me ha metido algo en el ojo y se me saltan las lágrimas. Voy un momento al baño.

    Anda, vete y acaba la historia, que no puedo quedarme con las ganas de saber cómo acaba, porque ya me dirás tú si es normal que una dragona se maquille. ¿Dónde se ha visto cosa igual? No sé cómo puedes tener tanta imaginación para contar una historia tan increíble como esta… Hey, pero espera, ya entiendo. Tú dices que Bob podía hacer cualquier cosa con la madera, como tú, que eres el artesano con más fama de todo el pueblo, tanto que hasta haces exposiciones. Y luego está la dragona, que sabía maquillarse muy bien, que hasta le gustaba el verde: la abuela tiene los ojos verdes e incluso se pone pelucas verdes, es una gran maquilladora a la que siguen llamando de la televisión y de los concursos de belleza para maquillar… Claro, ahora lo entiendo todo, lo que me has contado es una fantasía de cómo conociste a la abuela, ¡que encima es muda! Es como la dragona, que tampoco habla.
    Pero aún me queda por averiguar una cosa: ¿quién es en realidad tu hermana Sabry?

    Ya estoy aquí. Pues bueno, si eres tan listo, adivina tú quién es mi hermana Sabry en esta historia. Y ahora, a dormir, buenas noches.

    Abuelo, no me dejes así… ¡quiero que acabes la historia, quiero que la acabes!

    Ya es muy tarde. Piensa en el nombre de quien tú dices que es mi hermana. Buenas noches.

    ¿Que piense en el nombre? Sabry, Sabry, Sabry, Sabry… si suena a… ¡brisa!