sábado, 11 de junio de 2016

LA HISTORIA DEL HOMBRE QUE SE QUEDÓ SIN AMIGOS... O CASI


Durante diez años, al-Farhán se dedicó a llamar a toda su lista de amigos. 

Durante diez años, hizo llamadas y mantuvo la amistad por teléfono con todos aquellos que no podía quedar para ir a tomar algo de vez en cuando.

Hasta que un día se paró a pensar y se dijo: «Tengo a la gente muy mal acostumbrada. Siempre los llamo yo y ellos nunca me llaman a mí».

Y desde ese momento, dejó de hacer todas aquellas llamadas que hacía a menudo, solo llamaba una vez por semana a la pizzería y era, precisamente, para pedir una pizza.

Al cabo de una semana, fue él quien empezó a recibir llamadas de los amigos.

Pero lo más curioso de todo era que la gran mayoría de ellos estaban enojados porque al-Farhán ya no los llamaba.

Consideraban que era un mal amigo y que tenía poco sentido de la amistad.

Otros rompieron la amistad porque pensaron que para qué tener relaciones con alguien que de un día para otro deja de llamar.

En fin, el único amigo verdadero que le quedó a al-Farhán fue el pizzero.

© Frantz Ferentz, 2016


jueves, 9 de junio de 2016

EL ROBOT DE DESTRUCCIÓN MASIVA



— Mamá, ¿me das veinte euros? —preguntó Abilia a su madre asomándose por la puerta del salón, mientras la madre se peleaba con las teclas del móvil equivocándose con ellas una de cada dos veces.

La madre se interrumpió, levantó la vista y dijo:

— ¿Y eso? ¿Ya te has gastado toda la paga que te di para este mes?

— Pues sí. ¿No puedes adelantarme veinte euros del mes que viene? Es que me falta un componente para acabar un rayo láser de mi robot de destrucción masiva.

— A ver, hija, lo siento mucho, pero no tengo suelto. Solo tengo un billete de cincuenta euros y ese no te lo puedo dar, porque, si no, no hago hoy la compra. 

Abilia le dio una patada a la pared y se marchó toda enfadada. 

La madre suspiró aliviada y siguió dándole a las teclas. Escribió con mucho esfuerzo: «He parado de momento a la niña. He gando un mes más de vida para el planeta». Pero, ¿cómo haría para que su hija se retrasase aún más en la construcción de ese robot de destrucción masiva? ¿Cómo? Y sobre todo, ¿hasta cuándo podría justificar mantenerle la paga congelada para que no le alcanzase para los componentes que necesitaba?

¡Qué duro es ser madre!

© Frantz Ferentz, 2016
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martes, 7 de junio de 2016

EL MISTERIO DE LAS PELUSAS QUE CORRÍAN POR EL PASILLO

   «Ding Dong»
   El timbre sonó en la puerta con un tono alegre. Olivio fue a abrir. Llevaba puesto el delantal, un pañuelo en la cabeza y en la mano derecha sostenía una escoba, que no era precisamente mágica, sino que, por el contrario, estaba llena de pelusas.
   Del otro lado de la puerta, una señora con gafas de sol, vestida toda de negro, con traje pero con falda y medias todas negras, con zapatos de tacón también negros, los saludó atentamente:
   – Buenos días, ¿don Olivio García?
   – Soy yo –respondió el hombre.
   – ¿Puedo ver su escoba?
   Aquella pregunta era la pregunta más extraña que habían hecho a Olivio en toda su vida. Ni siquiera la superaba otra pregunta que le habían hecho décadas atrás, cuando, en la escuela, el maestro le preguntó:
   – ¿Vives o sobrevives?
   Era una pregunta que ni hasta hoy Olivio era capaz de entender, porque siendo tan perezoso en aquellos tiempos, hoy ya no era así y se pasaba el día trabajando. Pero cuando llegaba a casa, quería tenerla toda limpita. Hasta que empezaron a surgir aquellas pelusas tan odiosas. Sí, parecían venir de todo el edificio y se acumulaban en su casa. Estaba desesperado.
   Las limpiaba sin descanso, llenaba la escoba de pelusas, pero no había manera de mantener la vivienda limpia, pues en cuanto se daba la vuelta después de haber limpiado a conciencia, ya había alguna nueva asomando por alguna esquina remota del pasillo y campando a sus anchas.
   Pero volviendo a la pregunta, Olivio se quedó atónito. Ni supo qué responder. Sin embargo, no le hizo falta, porque ya la señora se quitó las gafas de sol y analizó con atención –y con la ayuda de una lupa que se había sacado de no se sabe dónde– los pelos de la escoba, mientras murmuraba:
   – Interesante... interesante... interesante...
   – Oiga, señora –fue a protestar Olivio–, ¿podría explicarme de qué va esto?
   Pero ella no le prestaba atención alguna, se limitaba a proseguir con su análisis de los pelos de la escoba, que los encontraba apasionantes, como si se tratara de una cepa de virus.
   – Le requiso la escoba –dijo de repente la señora.
   – ¿Quééééé?
   – Requisada en el nombre de la ATRAPA.
   – ¿De la que?
   – De la Agencia Tecnológica Re-secreta de Anti-plagas Públicas Anónimas...
   – ¿Y eso que es?
   – Es una agencia secreta del gobierno, que hay que explicárselo todo, ya está bien, hombre. Además, si es secreta, es secreta.
   Olivio se quedó boquiabierto mientras la señora le arrebataba de las manos la escoba y se marchaba. No iba a oponer resistencia, pues no. Y no por la impresión que le había causado la señora, sino más bien porque detrás de ella aparecieron dos gorilas también de negro, con gafas de sol y cara de pocos amigos que no iban a permitir que él, Olivio, se resistiera.
   Aun así, Olivio, aunque no entendía nada de lo que había pasado en su vivienda, decidió que no iba a dejar que las pelusas camparan a sus anchas por el pasillo. Por eso, se compró otra escoba. Y siguió limpiando el suelo con todas sus fuerzas, sin dar tregua a las testarudas pelusas que se empeñaban en desparramarse por toda la casa.
   Que desgracia tenía el pobre con eso. Pese a todo, parecía que su vida había vuelto a la normalidad.
   Pero solo aparentemente, porque unos ojos escrutadores no perdían detalle de lo que acontecía en el apartamento de Olivio. Eran unos ojos en forma de micro cámara que alguien había instalado, aprovechando una salida de Olivio a comprar leche, huevos, café y bananas, a varias manzanas de su hogar. Así, todos los movimientos del hombre eran controlados.
   El pobre Olivio hacía su vida como si tal cosa, ajeno a lo que se cocía a sus espaldas, o más bien por encima de su cogote. Sin embargo, las pelusas parecieron aún más excitadas de lo habitual, corrían por toda la casa, hasta conseguían huir de la escoba y del recogedor de Olivio, tanto que el hombre llegó a espantarse. Parecía incluso que tenían vida propia.
   Y claro, tal detalle no pasó desapercibido para las cámaras, porque apenas transcurrieron veinte minutos desde el momento en que había saltado la alarma, cuando ya había en la puerta de la casa tres tipos de negro grandotes como edificios y uno pequeñajo vestido de blanco, con cara de lunático, barbita de chivo y gafas que ampliaban sus ojos hasta parecer dos lunas sobre su rostro. Ese último era, sin duda, un científico de la ATRAPA.
   Como no pertenecían a una de esas agencias violentas, los cuatro miembros de la ATRAPA llamaron al timbre, pues no iban a echar la puerta abajo, como hacen los espías en las películas.
   Olivio fue a abrir nuevamente con la escoba en la mano, con el mandil puesto y un pañuelo en cabeza.
   – No me digan que son de la ATRAPA –dijo él a modo de saludo.
   – Pues claro –respondió el científico–. Permítame presentarme. Me llamo Rudolf Ticketing, doctor Ticketing, responsable del seguimiento de las operaciones de control de plagas de monstruos domésticos. 
   A Olivio le habría dado un ataque de risa si no fuera por aquellos tres ti-pones siniestros que acompañaban el doctor Ticketing.
   – Yo no tengo monstruos domésticos –dijo Olivio.
   – ¿Ah no? ¿Quiere una prueba de que sí los tiene?
   Olivio no tuvo tiempo de decir ni una palabra, pues ya el científico de la barba de chivo sacó una especie de red de cazar mariposas de no se sabe dónde y la lanzó sobre una manada de pelusas que se habían acercado incautamente a la puerta de la calle. Sin embargo, aquella red tenía unos agujeros muy finos, como si fuera un tamiz para granos en miniatura.
    – Y ahora observe –dijo el doctor Ticketing.
   En ese instante, las pelusas se pusieron a huir empujando la red hacia lo más profundo del hogar de Olivio, como si fueran conscientes del peligro que les venía encima.
   – ¿Ha visto eso?
   – ¿Es que las pelusas son seres inteligentes?
   – No, ellas son como animales, ¿sabe? Son dirigidas por unos seres invisibles dentro de la categoría de los monstruos domésticos, como el monstruo de los calcetines, para que me entienda –explicó el doctor.
   Y ahí, ya sin mediar palabra, los tres gorilas se lanzaron sobre la red cazamariposas y capturaron las pelusas que había por el medio del pasillo. Armaron un estruendo enorme, pero se notaba que, ya que no habían echado la puerta abajo, algo ruidoso tenían que hacer, porque, si no, debían tener la impresión de no ganarse como es debido su sueldo, esto es, montando escándalo.
   – ¿Y que van a hacer con las pelusas? –preguntó Olivio.
   – Lo de siempre: pruebas, pruebas y más pruebas hasta conseguir demostrar la existencia de los domadores de pelusas. Y creo que esta vez sí lo vamos a lograr.
   Por un instante, por la cabeza de Olivio se pasaron toda tipo de torturas a las que someterían aquellas inocentes criaturas, con aparatos impensables, haces de luces abrasadores, ultrasonidos insoportables... Lo único que habían hecho era correr por el pasillo con las pelusas y más nada, no eran peligrosos, molestaban, sí, pero no merecían caer en las garras de una organización secreta del gobierno que iba a acabar con ellos y, a lo mejor, meterlos en jaulas o cajas de vidrio para exponerlos a los curiosos, haciéndolos visibles...
   No, Olivio tenía su corazoncito y no iba a permitir aquello. ¡Además, aquellos domadores de pelusas vivían en su hogar, por tanto eran sus mascotas!
   ¡No señor!
   Por eso, Olivio aprovechó que los tres gorilas estaban en el umbral observando la red como tontos, mientras el doctor Ticketing se frotaba las manos de satisfacción. 
   Ahí Olivio estuvo rápido. Primero, arrebató de las manos la red a los gorilas. Segundo dio una patada a la puerta y dejó a los gorilas fuera, en el pasillo. Tercero, cogió al doctor Ticketing por la parte trasera del cuello de la bata y lo colgó de una percha en la entrada, donde solía a dejar el abrigo; allí el tipo se puso a patear y chillar. Con la situación controlada –por lo menos momentáneamente–, Olivio soltó las pelusas por la terraza, las cuales enseguida se escondieron por donde pudieron, y tiró la red a la calle.
   Entre tanto, ya sí los gorilas tuvieron una reacción propia de ellos, golpearon con los puños en la puerta y estaban para echarla abajo, por lo que Olivio optó por abrirla, antes de quedarse sin ella. Aquellos tres tipos no hablaban mucho, se notaba que eran agentes de acción.
   Primero entraron como un huracán en la casa. Segundo descolgaron al doctor. Tercero se precipitaron hacia la terraza, como si hubieran visto todo lo que sucedía en el apartamento mientras ellos estaban fuera. Y ahí fue donde Olivio empezó a sospechar que tal vez lo vigilaban de alguna manera.
   Al cabo de unos segundos, uno de los gorilas dijo al doctor:
   – Efectivamente, ha tirado la red a la calle.
   – Vamos deprisa. Quizá aún consigamos recuperar alguna de las pelusas con su monstruo domador...
   Tres segundos más tarde, la paz volvió al hogar de Olivio. 
   No tardó mucho Olivio en descubrir las varias micro cámaras que le habían instalado en su vivienda. En vez de quitarlas, decidió que era mejor poner delante de cada una de ellas una foto en que se veían imágenes del apartamento, de modo que no era posible ver el movimiento interior. Uno se puede imaginar la vergüenza que podría sufrir el pobre de Olivio si un día le diera por pasar por delante de una micro cámara en calzoncillos... Además, si su madre lo hubiera sabido, está claro que le habría dicho:
   – ¡Espero que, por lo menos, lleves los calzoncillos limpios, hijo! ¿Qué van a pensar los espías de ti, eh?
   Pero gracias a esa estratagema, aquellos que vigilaban sus movimientos, pasaron a pensar que la vida de Olivio era de lo más aburrido y que nunca pasaba nada en su casa, que ni se lo veía moverse por la habitación... Tal vez hasta se había vuelto invisible, como los monstruos de las pelusas.
   Sin embargo, las cosas eran bien diferentes. Los domadores de pelusas de su apartamento comprendieron que Olivio era un tipo de fiar, alguien en quien sí podían confiar. Aunque no se mostraran a los humanos, pues siempre permanecían invisibles para las personas, quisieron manifestar de alguna manera su agradecemiento. E hicieron una manifestación de pelusas por el pasillo de la casa, como si echaran carreras.
   Olivio entendió que aquellas criaturas vivían de la doma de las pelusas y, de repente, tuvo una idea. Allí mismo, en su piso, construyó un pequeño circuito, en realidad era algo parecido a los antiguos circos romanos donde se hacían carreras de cuadrigas. Era muy apañado para estas cosas, ya tiempo atrás había construido una maqueta de la Torre Eiffel a escala, y no con palillos, sino con miga de pan, que después pintó de gris. Quedó bien chulo.
   Por eso, decidió levantar un circo romano también a base de miga de pan, que después se endureció. Era espectacular. Tenía gradas, palcos y hasta banderitas que, para ondear, contaban con un ventilador por detrás. Además, Olivio construyó con sus manos carros de carreras con una cinta que se ajustaba a las pelusas. Aunque no se vieran los monstruos domadores, estos bien podían subirse en ellos y echar carreras.
   Sin embargo, como a Olivio le gustaba ver gente, también fabricó unos conductores de los carros, también de miga endurecida y, lógicamente, vestidos de romanos, pero colocados en un lado del carrito para que los monstruos de las pelusas pudieran conducir perfectamente sus cuadrigas. Fue todo un éxito.
   Tres veces por semana, había carreras de cuadrigas de pelusas en el pasillo de la casa de Olivio, justo por debajo de dos micro cámaras de la ATRAPA, pero allí no tenían modo de averiguar lo que se cocía.
   Olivio decidió grabar las corridas en vídeo y después subirlas a las redes sociales. Hoy en día, cuenta con más de dos millones de seguidores de todo el mundo, porque sus carreras de cuadrigas son espectaculares.
   Solo los de la ATRAPA están mosqueados, pero como no lo ven, no pueden hacer nada. Y es que ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Ilustración: Valadouro
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domingo, 5 de junio de 2016

VIAJE AL PAÍS DE LOS HOBITILLOS

   Aquella mañana, de repente, Cesca se despertó con una sorpresa. Su pie izquierdo era mucho más grande que su pie derecho. Ella estaba completamente segura de que no era así la noche anterior, pues cuando se fue a acostar, ambos pies eran igualitos.
   Sin embargo, ahora uno era más grande que el otro. Enseguida llamó a su madre:
   – Mamá, ven a ver la desgracia que me ha pasado.
   La madre acudió rápidamente. No fueron necesarias explicaciones, al instante vio lo que pasaba.
   – Creo que te debo una explicación –le dijo la madre–. Pero antes confírmame una cosa: no te has caído por las escaleras, ¿verdad?
   – No.
   – Pues entonces lo que te pasa es genético.
   – ¿De qué me estás hablando? –quiso saber Cesca, para quien todo aquello sonaba a misterio insondable.
   Su madre suspiró. Ya sabía que había llegado la hora de contar la verdad a su hija.
   – ¿Recuerdas que alguna vez te dijo que tu padre murió en un accidente en el espacio exterior durante la colisión de dos transbordadores, debido a que el piloto de la otra aeronave superaba la tasa de alcohol permitida?
   – Sí claro. 
   – Pues no es cierto. Tu padre no era piloto de ningún transbordador espacial, tu padre era y es un hobbit, aunque por aquí los llamamos hobitillos.
   – ¿De qué me estás hablando?
   – Verás, lo que pasa en esta casa hay un portal espacio–tiempo que permite viajar a otras dimensiones. De adolescente, lo atravesé una vez. Fui a parar a la aldea de los Bolsón. Allí me enamoré de un pequeño hobitillo, llamado Hugo. Como soy muy pequeña, casi no se notaba la diferencia de estatura entre nosotros... Bueno, no voy a entrar en detalles. El caso es que al cabo de nueve meses de mi visita naciste tú...
   – ¡Qué historia tan tierna! –dijo  Cesca, que durante un momento se dejó llevar por el romanticismo, en vez de por su trágica situación con aquel pie hinchado.
   – Es obvio que la genética de tu padre se ha puesto de manifiesto. Por eso tienes este pedazo de pie.
   – Sí, pero el otro sigue normal.
   – Es cierto.
   Cesca siguió pensando un momento.
   – Mamá, este portal sigue abierto?
   – Solo se abre en las lunas llenas.
   – ¡Si hoy habrá una luna llena! ¿Y dónde está?
   – En la corteza del viejo aliso aparece una espiral. Tienes que saltar por allí. Estará abierto solo unos minutos. Luego no se puede volver hasta la próxima luna llena. Pero ten cuidado con cómo lo haces, porque una vez, al volver, aparecí en Uzbekistán y mi madre me castigó sin postre veinticinco años, por eso sigo sin tomar postre, porque aún me dura su castigo.
– Lo tendré en cuenta.
   Cesca se preparó una mochila con varias cosas y se fue hasta la espiral del aliso. Quería conocer a su padre y resolver el problema de su pie, pero caminar con un pie que parece la bota de un buceador fue algo bien complicado. Sin embargo, se las arregló para llegar cuando el portal se abría en el tronco del árbol.
   Y así, casi un mes más tarde, durante la siguiente luna llena, Cesca regresó a casa. Llamó a la puerta. Su madre acudió a abrirle.
   – Hija, ¿estás bien?
   Pero Cesca, en vez de responder, apuntó para su pie derecho. Se podía ver que era tan grande como el izquierdo.
   – ¡Ahora tengo los dos pies hobitillo, mamá!
   La madre pensó que no era tan grave, pese a todo. Hubiera sido peor que tuviera la cara o las garras de un orco. Los pies hasta se podían disimular.
   Cuando esuvo dentro de la casa, la niña le dijo:
   – No he conocido a mi padre, Hugo. Se había ido a luchar contra los orcos del sur. Sin embargo, si conocí a mi abuelo, Bolbo, un tipo chistoso que fuma en pipa por la nariz, ya que dice que si lo hace por la boca, le deja un aliento horrible.
   »Él me contó todo sobre los hobitillos. Me acogió en su hogar como a su nieta. Y me dio de comer alimentos de hobitillos, por lo que ahora tengo el pie derecho como el izquierdo. Sin embargo, decidí que quería volver y aquí estoy.
   La madre le dio un abrazo. Aceptaba su hija como era, incluso aunque tuviera unos pies tan grandes como cubos.
   – ¿Qué voy a hacer con estos pies? –preguntó Cesca.
   Lo peor de los pies de hobitillo es el vello que los cubre por encima. Entre la madre y la hija se pusieron a depilarlos. Probado con cuchillas, cremas, afeitadoras e incluso con la podadora del vecino, pero no había manera. La única solución era un fuego controlado, por lo que pidieron ayuda a un vecino que todo el mundo sospechaba que era un pirómano.
   El tipo no daba crédito a que le pagaran por causar un incendio, aunque fuera tan pequeñito. Sin embargo, gracias a eso, lograron depilar los pies de Cesca.
   – Y ahora qué será de mi vida con estos pies, mamá?
   La pregunta se quedó flotando en el aire, sin respuesta. Imagínense a una niña con unos pies del tamaño de los zapatos de un buzo. Hasta para caminar tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos. ¿Qué futuro le esperaba?
   Pero como esto es un cuento y esta historia tiene que terminar bien, he de decir que el final es bueno. A Cesca la fichó un equipo de hockey sobre hielo como portera. Con unos pies así no hay forma de que entren las pastillas en la portería ni aunque las disparen con un mortero. Aunque ella no entiende de hockey, lo único que hace es sentarse en la portería como portera y ocupar todo el hueco con sus pies.
   Su equipo será el único al que no hayan marcado un gol en toda la liga. Ahora solo hace falta que el resto del equipo aprenda a marcar goles. En fin, que no hay nada perfecto en esta vida.

© Texto: Frantz Ferentz, 2016
© Imagen: Valadouro
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jueves, 11 de febrero de 2016

EL MISTERIO DE LOS VÓMITOS ESPONTÁNEOS


    Todo empezó con una especie de vómitos que fueron apareciendo dispersos por la casa. Al principio eran vómitos aislados, de color amarillo. Sin embargo, resulto que poco tiempo después los vómitos se multiplicaron por toda la vivienda, sobre todo en las zonas cercanas a los armarios.
    Fendro quiso averiguar de dónde procedían aquellos vómitos.
    — Probablemente sea cosa de los ratones —opinó su hermano mayor, Manuel, que entendía mucho de motos y de videojuegos, pero no entendía nada de ratones y menos aún de vómitos de ratón.
    Parecía que la única persona en casa a quien le interesaba el origen de aquellos pequeños vómitos era a él. Además, solo él los limpiaba, pero tenía un interés científico que lo llevó, además, a almacenarlos y hasta clasificarlos. También examinó alguno de ellos al microscopio, lo cual no dejaba de ser algo excepcional, porque un chaval de nueve años no suele hacer ese tipo de cosas.
    Le dedicó un montón de horas a la investigación de los vómitos. Además de por internet, buscó información en bibliotecas y hasta escribió a científicos, haciéndose pasar por un aficionado a la ornitología de treinta y tantos años, porque si no, no se lo tomaban en serio.
    Aún así, no obtuvo resultados. Ni los científicos más sesudos del país sabían qué criatura podía vomitar así. Y cuando se trataba de hacer estudios de ADN, resultaba de una especie desconocida, como si diera error en el análisis de las pruebas de ADN, pero, de hecho, no había error alguno.
    Después de darle muchas vueltas, Fedro llegó a la conclusión de que la criatura que iba vomitando por casa seguramente era invisible o, por lo menos, era capaz de camuflarse mejor que un camaleón. Era imposible que los vómitos surgieran solos, como los hongos. Por eso, instaló cámaras de rayos infrarrojos, pequeñas, sofisticadas, bien escondidas por toda la casa.
    Y tuvo premio. Al poco tiempo, las cámaras captaron cómo una extraña criatura del tamaño de un puño corría por la casa. No se trataba de un ratón, pues corría sobre dos patas y parecía inteligente. Después de revisar todas las grabaciones, comprendió que la criatura iba todos los días al cajón de los calcetines, revolvía por allí y salía de él masticando. Después caminaba por la casa como si estuviese beodo, hasta que en un cierto momento vomitaba. Cuando eso sucedía, dejaba de caminar como si estuviese borracho y se metía debajo del mueble de la ropa, pero por allí ya no había cámaras y no había manera de hacerle el seguimiento.
    Fendro preguntó durante el almuerzo:
    — Una cosa, ¿no habéis notado que últimamente faltan calcetines, uno de cada pareja?
    — Pues sí —dijo el padre.
    — Es verdad, aunque no es que siempre falten, más bien es que hay algún calcetín que está mordido, como si fuera cosa de los ratones —dijo la madre.
    — Los ratones no comen calcetines —dijo Manuel, intentando parecer que entendía de ratones.
    Pero aquellas explicaciones le bastaron a Fendro. Él ya había comprendido lo que sucedía con aquella extraña criatura. Pero no iba a comentar nada con su familia, iba a actuar por su cuenta.
    Al día siguiente, Fendro preparó una trampa en su cajón de los calcetines unas golosinas en una jaula para grillos y la dejó allí, a la espera de que la criatura cayese en la trampa. Sabía que cualquier monstruo, por muy feroz y salvaje que fuese, no podría evitar acercarse a probar una golosina. Y acertó. A la mañana siguiente, aunque no se viera a simple vista, en la jaula había un monstruito preso.
    Fendro recogió la jaula, la colocó a la altura de sus ojos encima del mueble y habló a la extraña criatura, con la esperanza de ser entendido.
    — A ver, que ya sé cuál es tu problema. Tú no eres un monstruo de los calcetines, ¿sabes?
    Y para su sorpresa, de la jaula surgió una voz que le respondió:
    — Ya, ¿y tú cómo sabes eso si no me puedes ver?
    Fendro estaba muy emocionado, pero él quería comportarse como un científico. Por eso explicó:
    — Verás, criatura, tú no eres un monstruo de los calcetines. Si no me equivoco, eres un monstruo de las cañerías, pero te equivocas queriendo ser un monstruo de los calcetines. Lo que te pasa es que los calcetines te sientan mal, ¡por eso los vomitas!
    Ahí hubo silencio. La criatura que estaba dentro de la jaula pareció reflexionar sobre aquellas palabras del chaval.
    — Quizá tengas razón –dijo al fin el monstruo invisible—. Siempre he sospechado que yo era un hijo adoptivo, que mis padres no eran mis padres verdaderos…
    — ¿Y qué te hace pensar eso?
    — Bueno, ¿es que el hecho de que yo sea tres veces más grande de tamaño que mis padres y mis hermanos no te parece motivo suficiente?
    — Sí, tienes razón.
    — ¿Y tú por qué crees que yo soy un monstruo de las cañerías?
    Ahí Fendro tuvo que sacarse del bolsillo unas hojas que había impreso. Se trataba de imágenes que había encontrado por la red, donde se mostraban cómo eran los distintos tipos de monstruos domésticos, según el profesor Aguacola, un genio de los estudios de fenómenos inexplicables en el hogar, pero que era considerado un loco por la comunidad científica, aunque mucha gente sí se lo tomaba en serio, como el propio Fendro.
    — Según esta imagen, eres un monstruo de las cañerías.
    — ¿Y cómo puedes saberlo si no me has visto nunca?
    En ese momento, Fendro se sacó del bolsillo algunas de las fotos que había conseguido con su cámara de infrarrojos. El ser e las fotos y el ser de las imágenes del profesor Aguacola correspondían, sin lugar a dudas, al mismo tipo de monstruo: el monstruo de las cañerías.
    El monstruito se quedó muy sorprendido, por lo menos eso parecía por los suspiros que soltaba. Cuando se tranquilizó, se hizo visible.
    — Está bien, ¿y qué será de mí ahora?
    — No tienes nada de qué preocuparte —dijo Fendro.
    El chaval cogió la jaula y se fue con ella al cuarto de baño. Después abrió la puerta de la jaula y dejó caer a la criatura por el váter, pero no penséis mal, el agua estaba limpia. A continuación, tiró de la cadena y el monstruo se perdió de vista en el remolino.
    Desde aquel momento, cesaron los vómitos y los calcetines mordisqueados. Pero empezaron los sonidos extraños por toda la casa. Las tuberías sonaban a cualquier hora como si fueran las tripas de un monstruo gigante, pero solo Fendro conocía el motivo de eso. Estaba seguro de que el monstruo se quedaría en casa. Lo sabía por el ruido de las tuberías… y también porque, a veces, cuando dejaba golosinas encima de la mesa del ordenador, estas desaparecían misteriosamente.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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domingo, 29 de noviembre de 2015

EL VERDADERO SEÑOR DE LAS MOSCAS

    Manuel se había pasado muchas horas mirando al techo tumbado en su sillón durante todo el tiempo que estuvo desempleado. Pero el hecho de contemplar el techo durante meses y meses, incluso durante años y años, le había permitido aprender todo sobre las moscas.
    Primero averiguó cómo se relacionan y a qué estímulos responden. Las moscas, aunque parezcan animales sucios que se alimentan de mierda (con perdón), son animales muy limpitos que se frotan las patitas para limpiarse antes de comer.
    Comprobó, además, que las moscas de otoño, aquellas que nacen al final del verano y cuya supervivencia se prolonga durante el otoño, tienen un comportamiento peculiar, quizá algo más testarudas que el resto. Comprobó que son más atrevidas, que tienen menor percepción del peligro y, por tanto, son las que más incordian.
    Tanto, tantísimo, tiempo se dedicó a observar moscas que le cundió muchísimo. Y hasta fue eso lo que le permitió encontrar trabajo. Sí, porque Manuel montó su propia empresa de liquidación de moscas de otoño. Efectivamente, solo trabajaría en otoño en la eliminación de aquellas moscas tan pesadas que tanto molestaban a la gente.

&    &    &

    Manuel recibió un nuevo encargo de una familia desesperada. Era ya el fin de noviembre y una mosca aún vivía en aquel hogar, resistente a cualquier método de eliminación tradicional. Una mosca que molestaba ella sola como cinco moscas.
    Cuando tocó al timbre de aquella casa, le vino a abrir una señora vestida con abrigo, gorro de lana y botas recubiertas de piel de cordero. Mientras hablaba, de su boca salía vaho, lo cual demostraba hasta qué punto hacía frío en aquel desdichado hogar, probablemente de varios grados bajo cero. La señora, temblando de frío, le pidió que entrase.
    Manuel enseguida comprobó cómo en el interior de la casa hacía la misma temperatura que en la calle. Las ventanas estaban todas abiertas. Manuel no necesitó explicaciones, enseguida supo que aquella era una decisión desesperada de aquella familia para deshacerse de la mosca. Pensaron que, si hacía el mismo frío dentro que fuera, la mosca acabaría muriendo congelada, pero tampoco aquello estaba dando resultados, probablemente los únicos que iban a morir allí eran los habitantes del piso, sin duda de pulmonía.
    – Este verano –explicó la señora–, mi hijo era un as. Capturaba las moscas con las manos y luego hacía bolitas con ellas. Creo que hasta alguna se nos cayó en la sopa, pero como dicen que tienen muchas proteínas, no nos pareció tan grave, pero ahora esta mosca ella sola…
    Manuel asintió. Pasó al salón, donde los dos miembros restantes de la familia presentes en el hogar, un hijo y una hija, mostraban un aspecto lamentable, con los mocos congelados en la nariz, colgándoles como estalactitas, o más propiamente como carámbanos. Ambos estaban sentados en el sofá, intentando ver una película que daban por la televisión, arrebujados debajo de una manta, pero incluso así, la manta saltaba, sin duda a causa de los temblores que tenían aquellos dos adolescentes.
    – Lo hemos intentado todo, con todo tipo de productos químicos, aerosoles, trampas para moscas que venden por internet… Pero todo ha sido inútil, la maldita mosca convive con nosotros desde hace dos semanas y cada día que pasa está más insoportable. No sabemos cómo acabar con ella… Mi marido ha dicho que hasta que la mosca no desaparezca de casa, que él no volverá y está viviendo en una pensión del centro. Ayúdenos, por favor, ayúdenos.
    – Serán cincuenta euros y veinte más por el pago de la zona azul, que el ayuntamiento aquí cobra bien caro el aparcamiento.
    – ¡¡Lo que haga falta, oiga, pero hágalo ya, por favor!!
    Sin más dilación, Manuel se sacó un silbato del bolsillo y pitó, pero nadie en la casa oyó nada, porque se trataba de ultrasonidos. Sin embargo, la mosca lo oyó perfectamente y respondió a la llamada.
    Salió de la esquina donde estaba perfectamente escondida y se posó en una cajita transparente que Manuel ya sostenía en la mano, con algodones. Cuando la mosca hubo entrado en ella, Manuel la tapó.
    – Ya está –anunció Manuel–. Son setenta euros, como ya le dije.
    La señora cogió su monedero y pagó, pero antes preguntó:
    – ¿Y no me haría una rebaja? Es que este invierno vamos estar todos bien malos por culpa de la mosca.
    – Está bien, que sean sesenta…
    – Y dígame, ¿cómo ha conseguido atraer a la mosca?
    – Son muchos años de estudios, señora. Es un método científico patentado por mí. Ya ve que funciona perfectamente. Que tenga un buen día –saludó Manuel.
    Y se fue. Pero cuando ya estaba fuera, Manuel observó a la mosca. Cogió su lupa y comprobó que el insecto conservaba intacta la protección que él mismo le había dado, hecha con un barniz de su invención que mantenía el calor corporal de la mosca y que hasta filtraba el aire en su cabeza para no respirar aerosoles; parecía una mosca astronauta. Después, abrió la cajita y le dijo a la mosca en tono mimoso:
    – ¿Cómo está mi niña preferida, como está?
    Y la mosca se lanzó a volar alrededor de su nariz, zumbando con alegría, como si fuera un perro, solo que no movía el rabo.


Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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martes, 17 de noviembre de 2015

UN GRIFO EN LA CABEZA

Luigi era un tipo hablador, muy hablador. Tanto era así que lo que contaba eran principalmente cosas que él se inventaba. Lo cierto es que su cerebro bullía y bullía con historias que se le ocurrían constantemente. Si alguien hubiera tenido la ocasión de poner un micrófono dentro de su cerebro, habría escuchado algo así como una caldera en ebullición, sonaba “blu-blu-blu”.
   Sin embargo, la mujer del Luigi ya estaba harta de oír tanta historia que contaba, aunque ella ni se diese cuenta de que su marido lo único que hacía era inventar historias. Y claro, ya llegó a hartarse de tal manera que amenazó a Luigi con abandonarlo, si no le ponía remedio a su enfermedad, pues ella creía que era una enfermedad.
   Fueron, por tanto, al psiquiatra.
   – Doctor, Luigi no se puede quedar callado ni un rato... –comenzó a decir ella.
   – No exagere, señora –dijo el doctor.
   – ¿Saben una cosa? –empezó a decir justo en ese momento Luigi–. Había una vez un perro que decidió inventarse un lenguaje de signos solo con los movimientos del rabo y para eso habló con...
   – ¿Lo ve? –interrumpió la mujer–. Acaba de empezar a contar una historia.
   El doctor se quedó muy pensativo. Sin embargo, enseguida supo lo que pasaba con aquel hombre: tenía una creatividad tan grande que era imposible para él quedarse callado y dejarse cualquier historia dentro, tenía que contarla. De hecho en eso funcionaba como cualquier chavalillo que tiene la cabeza llena de cosas y tiene que soltarlas.
    – ... y claro, el perro se encontró entonces que las palabras compuestas envolvían más movimientos del rabo, el doble, para ser exactos. Pero no solo eso, algunas razas de perros tenían un dialecto diferente, por lo cual su sistema de lenguaje de signos con el rabo no acababa de funcionar... –proseguía Luigi ajeno a la discusión entre su mujer y el médico.
   – Señora –dijo el doctor–, debe tener paciencia. Deme unos días hasta que vea cómo puedo ayudar a su marido. Mientras tanto, tenga mucha paciencia con él...
   – ¿Que tenga paciencia, doctor? Cómo se ve que usted no convive con él, cómo se ve, que hasta de noche habla y habla en sueños, porque narra incluso lo que sueña... Dígame, ¿hay algo parecido a quitarle las pilas para así evitar que siga hablando y hablando?
   – Ya le dije que necesito unos días, señora. Vuelva por aquí en breve y ya le digo alguna cosa más.
   Sin embargo, mientras el doctor buscaba una solución, ella decidió tomar medidas por su cuenta. Así, una noche, mientras el Luigi hablaba y hablaba en sueños, ella colgó al hombre de un pie al techo y lo dejó así toda la noche, pero no consiguió que se callara, simplemente que él contara su historia del revés, es decir, comenzando por el final y acabando por el principio, lo cual es un pelín difícil.
   Al cabo de tres días, Luigi y su mujer fueron convocados por el médico. Él les dijo que la única solución para que Luigi se calmase era que utilizara un grifo de la creatividad.
   La mujer se quedó boquiabierta. 
   – Un grifo… ¿Pero es que quiere hacer un agujero a mi marido en el cerebro para que le salgan las historias por ahí?
   El doctor tuvo un ataque de risa. No, no se refería a un grifo real, como los que se usan en las casas para que salga el agua, sino a un grifo metafórico. Por eso explicó:
   – Es un concepto psiquiátrico que acabo de adoptar yo –explicó él–. Tras tres días pensando en el caso de su marido, he llegado a la conclusión de que él tiene que buscar otra forma de expresar lo que tiene dentro sin que usted padezca sus historias una tras otra, pero es imposible que eso suceda si él no tiene más alternativa que contar tales historias.
   – No entiendo nada –dijo la mujer.
   – ¿Saben que durante la Edad Media existió un dragón al que le gustaba lanzar llamas en las bolas de barro que hacía para endurecerlas y así después golpearlas con el pie? Existe la teoría de que los campesinos, después de que el dragón se cansase de patearlas, se ponían a dar patadas ellos mismos a las bolas y que fue así que nació el fútbol... ? –comenzó a contar Luigi.
   – Probaré lo que me dé, doctor –dijo la mujer de Luigi–. Yo ya no soporto más esta pesadilla. Dígame en qué consiste ese grifo.
   Y ante el asombro de la mujer, el psiquiatra se sacó un bolígrafo del bolso y dijo:
   – He aquí el aparato. Solo tiene que darle esto a su marido, junto con un cuaderno y decirle que se ponga a escribir todo lo que se invente. Más adelante, si quiere, hasta puede abrir un blog para contar todas sus historias.
   La mujer no daba crédito a lo que estaba viendo. 
   – ¿En serio se cree que escribiendo Luigi va a dejar de contar historias?
   – No, no va a parar. Va a dejar de contarlas, pasará a escribirlas, lo cual debería hacerlo en silencio. Esa es la solución...
   Y fue así como Luigi, con efecto, dejó de hablar a todas horas y pasó a usar el bolígrafo y el cuaderno, pero la cuestión fue que no se dedicó a escribir las historias, sino a dibujarlas. Sin embargo, cuando ya las había ilustrado, se dedicaba a explicar la historia que escondían aquellas imágenes...
   Hoy Luigi vive en una isla remota del Pacífico Sur, en un atolón. Él mismo ni sabe cómo acabó allí. Sin embargo, a su alrededor tiene un público entregado, los delfines; él es feliz, porque primero dibuja sus historias en la arena y después cuenta a los cetáceos todas las historias que le apetece. Se dice que los delfines están aprendiendo a hablar gracias a la historias de Luigi, lo cual explicaría por qué entre ellos se están contando tales historias y por qué por todos los mares del mundo los delfines se asoman al lado de los barcos y cuentan las historias de Luigi por todos los mares del planeta...

Texto: Frantz Ferentz, 2015
Dibujos: Valadouro, 2015
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