lunes, 12 de septiembre de 2022

LA RECETA SECRETA

 

Corría el año de... eso da igual. Basta con saber que esta historia sucedió hace muchos, muchos años, en un momento en que los humanos y otras criaturas humanoides todavía se hacían la guerra.

Esta historia sucedió en un reino muy lejano, probablemente ni siquiera hayan oído hablar de él. Era el reino de Regulandia. Dicho reino había sido conquistado unos años antes por un ejército de ogros, también conocidos como orcos. En ese momento, Feldepato, su líder, se proclamó rey. 

El rey anterior valió para un banquete de los nuevos señores de Regulandia. No es que esclavizaran al rey, no, peor que eso, se lo comieron, fue el plato fuerte. De postre pusieron pastel de moras.

Precisamente el pastelero se salvó la vida gracias a ese pastel. El rey ogro, Feldepato, quería matar a todos los humanos del palacio, pero le salvó la vida porque el rey era un goloso. Por eso, antes de mandarlo a las calderas para servir como comida o cena —algunos incluso dirían que solo daría para el desayuno, porque era muy pequeñajo—, quiso darle una oportunidad:

— Pastelero, me gusta mucho tu forma de hacer pasteles. Te daré la oportunidad de salvar tu vida si haces un pastel que me deje sin palabras, que sea el mejor que haya probado en mi vida.

El pastelero estaba alucinado. Temía por su vida, por supuesto. Aunque confiaba en su talento, era un pastelero acostumbrado a los gustos humanos, nunca había tenido que hornear para ogros. Además, para que el pastelero no escapase, el rey Feldepato puso una condición:

— Prepararás la receta más deliciosa en una celda de las mazmorras de mi palacio.

— Majestad, ¿y cómo? —adujo el pastelero sin atreverse a protestar, por si acababa en la cocina todo rebozado—. Si estoy aquí encerrado, no podré hacer experimentos.

— Haré que te traigan todos tus cachivaches e ingredientes a la celda.

— Aún así, para mis experimentos, es posible que requiera ingredientes que no tengo en la celda.

El rey pensó un poco —los ogros, en general, no piensan mucho, son más bien gente de acción— y entendió que el pastelero tenía razón.

— ¿Tienes un asistente? —preguntó el rey.

— No... pero tengo una hija. Ella me ayuda a veces.

— Está bien, puedes contar con ella. Puedes llamarla para que te traiga lo que necesites.

Y así quedaron.

La hija del pastelero se llamaba Isabel. Sobre todo, no soportaba la idea de que encarcelaran a su padre, así que aprovechó la primera visita para poner una lima en un cubo lleno de vainilla.

Fue al palacio real. Tan pronto como llegó a las puertas de las mazmorras, un ogro le dijo:

— Tengo que comprobar que no has metido nada extraño ahí.

O al menos eso interpretó Isabel, porque el ogro se limitó a gruñir como un jabalí.

El guardia metió la mano en el líquido, lo revolvió y rápidamente encontró la lima. Luego gruñó aún más fuerte. Isabel solo podía imaginar una parte de lo que le decía, pero el caso es que la dejó entrar a ver a su padre.

El segundo día que fue a prisión, Isabel llevó un tonel lleno de vainilla, tan grande que iba sobre ruedas. Se había dado cuenta de que el brazo del ogro era corto, por lo que su mano no llegaba al fondo. Pero no contó con que el ogro metió la cabeza en el tonel y se zambulló en él hasta encontrar la lima, esta más grande que la primera.

Pero Isabel no se iba a rendir. Iba a conseguir introducir una lima a cualquier precio. Ni siquiera había pensado en si la ventana de la celda de su padre estaba muy por encima de la calle y no podría saltar. Nada de eso, era una cuestión de orgullo meter una lima grande dentro de la vainilla, que encima tuvo que comprar, porque se le había acabado.

Tuvo que callejear al atardecer para ir a comprar la lima. Un herrero tenía una para vender, pero la niña no tenía suficiente dinero. Pagó con todo lo que tenía y también prometió que, cuando su padre fuera libre, le haría tres pasteles gratis. En cualquier caso, al herrero tampoco le gustaban los ogros que reinaban en Regulandia, por lo que fue flexible con el precio.

En la tercera visita a la prisión, Isabel trajo una enorme barrica llena de vainilla, doscientos litros por lo menos, de las que se usan para añejar el vino. La hacían rodar para moverla, con la ayuda de tres personas.

Cuando el ogro guardián vio aquello, comenzó a gruñir como un poseso. Los obligó a levantar la barrica y colocarla sobre la base. Luego abrió la tapa y se hundió. 

Pero ya no salió. El ogro no, solo algunas burbujas. BLUB, BLUB.

Otro guardia ogro pronto llegó y se arrastró hasta la boca de la tina y se metió para salvar a su camarada. Pero tampoco salió. Solo se vieron más burbujas: BLUB, BLUB, BLUB... 

Isabel recogió varios cubos del jugo de vainilla con ogro y se los llevó a su padre. Este hizo el mejor pastel que un ogro podría nunca degustar.

Cuando el rey probó aquella maravilla esponjosa, berreó, pero fue de placer.

— Es el mejor pastel del mundo. ¿Cuál es la receta? —preguntó Feldepato.

— Es un secreto — respondió el pastelero, todo serio.

— ¿Secretos con tu rey? —volvió a preguntar el rey, tomando al pastelero por el cuello y dejándolo colgado de la ventana, con una caída de casi cuarenta metros hasta el suelo.

El pastelero cambió de idea fácilmente y confesó que el ingrediente secreto era precisamente carne cruda de ogro. La mezcla de vainilla, mora, dientes de ajo y carne de ogro era fundamental para preparar el pastel que tanto gusto le causó al rey Feldepato.

El monarca, en vez de enojarse, decidió que había ogros de sobra, por lo que hizo capturar uno todos los días para que el pastelero preparase la tarta, que se llamó tarta Feldepato, en honor al rey.

Y así fue cómo día a día disminuía el número de ogros en todo el reino, porque todos los días el rey pedía un pastel. Hasta aquel día, poco más de un año después, en que el único ogro que quedaba en el reino era el propio rey Feldepato.

Pero nadie lo metió en la masa del pastel. Simplemente fue derrocado y los humanos recuperaron el control del país de Regulandia. Sin embargo, ya no había rey, porque hacía mucho tiempo que lo habían servido asado.

Pero en realidad, a nadie le gustaba el viejo rey y tampoco nadie quería ocupar el trono, por lo que el pastelero hizo un rey de mazapán que, cuando se endureció, parecía de verdad, aunque muy tieso y siempre sonriente. Lo sentaron en el trono y todos inclinaban la cabeza al pasar ante él. El rey de mazapán fue entronizado y nombrado Panmaza I, y mientras tanto todo el pueblo prosiguió con su vida muy feliz, especialmente el pastelero, que desde entonces convirtió todas las celdas de las mazmorras en su taller de repostería.

© Frantz Ferentz, 2022

domingo, 11 de septiembre de 2022

CUANDO UN TALLARÍN VENCIÓ A UN TORO

  

Desde el día en que llegó a la escuela, Dimitri fue objeto de todas las burlas del matón de la clase, Carolo, más conocido por todos como El Toro

Al Toro le encantaba acosar, casi parecía su profesión en la escuela. Ya había repetido tantos cursos que parecía que nunca terminaría sus estudios.

Y no hay acoso bien hecho que no empiece con un apodo bien puesto, así que a Dimitri lo apodaron El Tallarín, porque era muy delgado.

A Dimitri le importaba poco el apodo. Había escapado por poco de la guerra en su país con su familia e incluso al principio ni siquiera se daba cuenta del acoso, porque no entendía el idioma. Pero luego sí, después se dio cuenta de que aquel grandullón con cara de vaca loca se burlaba de él y que el resto de compañeros se reían de sus bromas.

Aunque no entendía las bromas que el Toro hacía sobre él, menos entendía las risas de sus compañeros. Lo que decía el abusador no debía tener mucha gracia, pero los demás se reían de todos modos.

Hasta aquel día. Era un momento especial, porque los estudiantes de aquella clase tenían que elegir quién los representaría en el concurso de habilidades de la escuela. 

El Toro, como siempre, quiso ser el representante de su clase. Para ello, intentaría levantar un banco de madera con tres compañeros encima. Tal demostración de fuerza bruta contó con todo el apoyo del profesor de gimnasia.

Así, Carolo lentamente comenzó a levantar el banco. Se puso todo rojo por el esfuerzo, pero pronto vio que la mayoría de los chicos de su clase se alejaban. ¿Cómo se atrevían a ignorarlo? ¿Cómo era posible?

El Toro dejó el banco en el suelo y se acercó a un círculo de chicos que estaban contemplando algo. Se abrió paso a empujones. En el centro del círculo estaba Dimitri. En sus manos tenía un cubo (era un cubo de Rubik, pero el Toro eso lo ignoraba).

Dimitri cogía el cubo e igualaba todas las caras en 10 segundos moviendo sus manos a una velocidad vertiginosa. Luego le daba el cubo a cualquiera de los compañeros para que lo deshicieran y él repetía la operación de recolocar todas las caras. La expresión de asombro de todos iba en aumento.

El Toro, al darse cuenta de que había perdido el interés de sus compañeros, gritó:

— ¿Qué diablos está pasando aquí?

— El nuevo —explicó alguien— que sabe armar el cubo de Rubik en diez segundos.

— Cualquiera hace eso —exclamó Carolo.

En ese momento, Dimitri le arrojó el cubo y le dijo:

Zroby ty tso sam.

— ¿Qué has dicho? ¿Me has insultado?

— Hazlo tú mismo —repitió Dimitri.

Carolo tomó el cubo en sus manos y comenzó a manipularlo, pero era inútil, cada vez lo complicaba más. Eso provocó la risa de los compañeros, que eran verdaderamente volátiles, cambiaban de bando como de camisa.

Después de cinco minutos, la furia se apoderó de él y lanzó el cubo lleno de ira a Dimitri, pero el chico lo evitó fácilmente con un ligero movimiento de cabeza, de modo que el cubo golpeó la cabeza del profesor de gimnasia, precisamente con un extremo. El profe se llevó la mano a la frente y notó sangre. Rápidamente gritó:

— Carolo, la cagaste...

El profesor no era muy fino con su lenguaje, como se puede ver.

Dimitri recogió el cubo del suelo y empezó a caminar hacia el aula, haciendo y deshaciendo las seis caras con toda facilidad, seguido por el resto de la clase, que lo miraba con la boca abierta, como los ratones detrás del flautista de Hamelín.

© Frantz Ferentz, 2022

miércoles, 29 de junio de 2022

CONCURSO DE MASCOTAS

 


Personajes

  • SARA, la niña rara que acaba de llegar al colegio, cuya mascota es una mariquita que lleva pegada a la sien.

  • GARRULFO, el abusón del colegio, cuya mascota es una tarántula enorme y venenosa.

  • El o la PROFE, que presenta y dirige el concurso.

  • ESTUDIANTE 1, cuya mascota es un conejo peludo.

  • ESTUDIANTE 2, cuya mascota es un perro lanudo pequeño.

  • ESTUDIANTE 3, cuya mascota es una cobaya | un cuy.

Todos los personajes, salvo SARA y GARRULFO pueden ser de cualquier sexo. La mariquita de Sara será pintada.

Lugar

Un salón de actos de un colegio, donde los ESTUDIANTES están con sus mascotas. 


Acto único

La escena comienza con todos los personajes, los 3 ESTUDIANTES, SARA, GARRULFO y el o la PROFE al fondo, conversando entre ellos, aunque SARA está un poco alejada.

Al poco rato, PROFE da varios pasos al frente, hasta colocarse delante del público. Actúa como un presentador de la tele. Habla con emoción.

Los estudiantes se quedan al fondo, atentos a la presentación.

PROFE 

[Al público] Buenos días/ buenas tardes, queridos chicos y chicas. Vamos a dar comienzo al concurso de mascotas de nuestro colegio. Tenemos cinco concursantes, cada uno con su mascota. Pido al primero de ellos que pase y presente a su mascota.

ESTUDIANTE 1 camina hasta el borde con su conejo peludo. Lo sostiene en brazos y, mientras habla, no deja de acariciarlo.

ESTUDIANTE 1

Hola, me llamo R. Pérez y mi mascota es este conejo que se llama Orejoncito. [Al público] ¿No es delicioso? Me muero de ternura con él.

PROFE

¿Y tu mascota hace algo de especial?

ESTUDIANTE 1

No, nada, pero la puedo usar de almohada cuando la de verdad se me cae al suelo de noche. Es tan suave...

PROFE 

Un aplauso para R. Pérez.

El profe se dirige primero al público y luego a los otros estudiantes.

Aplausos.

PROFE

Y bien, pasemos a nuestro segundo concursante. 

Hace un gesto a ESTUDIANTE 2, quien se acerca al público, mientras ESTUDIANTE 1 regresa a su puesto. ESTUDIANTE 2 se coloca al lado de PROFE con su mascota.

PROFE

Ahora, tenemos a nuestro segundo concursante. [A ESTUDIANTE 2]. Dinos, ¿cómo te llamas?

ESTUDIANTE 2

Me llamo L. Rodríguez y esta es mi mascota. [La muestra al público] Es un perrito lanudo enano. Es tierno y cariñoso.

PROFE

¿Y qué sabe hacer tu perrito?

ESTUDIANTE 2

¡Uy! Es fantástico. Sabe ladrar en siete idiomas y por teléfono.

PROFE

A ver.

Todo el mundo se queda quieto, mirando al perrito, que no mueve ni la cola. Pasan unos cinco segundos.

PROFE

Pues no hace nada. No ladra. Tal vez si se lo provoca...

ESTUDIANTE 2

[Girándose del lado contrario al profe, protegiendo al perro] ¡No lo moleste, que tiene muy mala uva cuando se lo despierta!

PROFE

Vale, vale, vuelve a tu sitio. Un aplauso para L. Rodríguez.

Se oyen aplausos. ESTUDIANTE 2 vuelve a su sitio abrazando fuerte a su mascota. ESTUDIANTE 3 empieza a acercarse a PROFE.

PROFE

Y ahora, nuestra siguiente concursante. 

PROFE se gira y mira a ESTUDIANTE 3, que se coloca a su lado.

PROFE 

¿Cómo te llamas? ¿Y qué sabe hacer tu mascota?

ESTUDIANTE 3

Hola, gente. Me llamo S. Martín. Esta es mi mascota, una cobaya | un cuy.

PROFE

¿Y qué tiene de particular?

ESTUDIANTE 3

Que es capaz de mirar la televisión treinta horas sin parar.

PROFE

[Decepcionado] Ya, ya... Muy simpático tu bicho. Bueno, gracias. Ya puedes volver a tu sitio. Aplausos para S. Martín.

Suenan aplausos. ESTUDIANTE 3 regresa a su sitio, pero antes de que llegue, ya GARRULFO se pone en movimiento y se coloca al lado de PROFE, que nada más verlo se asusta y da un paso atrás, sobre todo cuando lo ve con su tarántula en el hombro.

No da tiempo a PROFE para reaccionar. Se señala al hombro con la mano opuesta y empieza a hablar muy ufano.

GARRULFO

Hola, gentecilla. Me llamo GARRULFO y soy el tipo más genial de mi clase. Todos mis compañeros me admiran, ¿no es así? 

Se queda mirando a sus compañeros de atrás. ESTUDIANTES 1, 2 y 3 asienten frenéticamente con la cabeza, pero SARA no se inmuta.

GARRULFO

Esta es mi mascota. Se llama LULÚ y es una viuda negra. Tiene una picadura mortal. Ella me protege mejor que un perro de presa. Y me obedece ciegamente. No hay mejor mascota que esta, así que estoy seguro de que ganaré el concurso de mascotas.

PROFE sigue dando pasos hacia atrás, alejándose de GARRULFO. 

Hace un gesto a SARA para que se acerque. GARRULFO sigue señalando a su mascota delante del público, como bailando, muy orgulloso de su LULÚ.

SARA se acerca a PROFE y se queda a su lado. PROFE no se atreve a mandarlo volver con el resto de estudiantes.

PROFE

[Con voz atribulada, se nota que tiene miedo] Y finalmente, nuestra última concursante...

GARRULFO

[Interrumpiendo, en tono jocoso, burlón] ¿Esa? Esa es una mascota ella misma, no hay más que mirarla. Acaba de llegar al colegio y ya quiere hacernos creer que es alguien. Ja, ja, ja, ja...

SARA

[Con una voz muy aguda, mirando fijamente al frente, como un zombi] Soy Cócum, la mariquita de la sien de esta chica. Y tienes razón, no soy la mascota, Sara es mi mascota, responde ciegamente a mis órdenes y ahora quiero que tú seas mi esclavo...

SARA comienza a caminar hacia GARRULFO, con los brazos extendidos, como un zombi.

GARRULFO

[Asustado] Atrás, o te echo a LULÚ

SARA

LULÚ hará lo que yo le diga, ¿verdad?

La tarántula se cae al suelo, se ve que es falsa.

SARA

Qué pena das, eres un cobarde, como todos los abusones cuando están solos... Yo convierto en zombis a los humanos sobre los que me poso y ahora quiero convertirte a ti en uno. Déjame alimentarme de tu cerebro. Creo que ideas tiene pocas, pero seguro que tus sesos saben deliciosos...

GARRULFO sale corriendo por un lateral, aterrado.

GARRULFO

¡Ayudaaaaaa! [mientras sale]

SARA

[Con su voz normal] Bueno, pues ese chico creo que ha aprendido la lección. Me bastará con seguir llevando mi mariquita aquí en la sien para que no se le olvide el episodio zombi de hoy.

PROFE

Bueno, pues ya que uno de los concursantes se ha retirado, porque además tenía una mascota de pega, es la hora de votar cuál es nuestra mascota favorita [Pausa]. Ahora, querido público, escriban en el papel a quien votan como mascota favorita... 

Hay un ratito de espera. Una persona del público se dirige al escenario y entrega un papel doblado a PROFE.

PROFE

[Toma el papel con los resultados y lo desdobla] El jurado soberano ha decidido que la mascota favorita del colegio sea... [brevísima pausa, luego tono de ira profunda] ¿Cómo? ¿Que soy yo la mascota favorita del colegio? ¡Todos castigados sin recreo una semana!


Telón


jueves, 26 de mayo de 2022

LOS DILEMAS DE LA PROFESORA VOCIFLUX

A la profesora Vociflux le encantaba explicar a sus estudiantes los contenidos de las lecciones. Hablaba y hablaba sin parar, podía referirse a los ríos del país, las propiedades de los metales o la interpretación de los sueños en solo cinco minutos.

¡Qué manera de hablar!

Sus estudiantes se la quedaban mirando sin pestañear. Permanecían quietos, atentos a las explicaciones de la profe, cada uno a su manera.

¡Pero qué sabia era!

La clase era un pequeño museo donde había una lanza bantú, un casco etrusco, un mosquito prehistórico en una gota de ámbar, un guijarro que decían que era un meteorito y hasta una flauta de madera que disque fue la que tocó el flautista de Hamelín.

Miguel siempre se quedaba con la boca abierta, tanto que al final se formaba una pequeño charco de saliva en la mesa. Cuando se daba cuenta y quería cerrar la boca, ya era demasiado tarde y se moría de sed, pero para esos casos solía llevar una botellita de la que tomaba unos tragos y así hasta la próxima.

Felisa cerraba los ojos y dejaba que la voz de la profesora Vociflux penetrase en sus oídos, pero a menudo tenía que ponerse un dedo en uno de ellos para que la voz no le entrase por una oreja y saliese por la otra. El problema es que aquella era una voz muy caprichosa y nunca se sabía por qué oreja podía salir. Dicen que una vez hasta se salió por la nariz.

Lola intentaba tomar notas de lo que la profesora hablaba. Usaba su cuaderno y escribía en él lo que captaba. Sin embargo, al final, lo único que escribía eran largos poemas con rima, que recordaban a los de hace siglos y hasta con palabras inventadas, como elegotefa, sepibario, alualú u otrocamente. En verdad, nadie entendía lo que escribía Lola, pero por lo menos tenía ritmo y hasta daba para hacer baladas.

Y Rocco... Rocco era un caso aparte, porque parecía que las palabras de la profesora Vociflux lo hacían levitar. Los compañeros tenían una teoría que afirmaba que las palabras de la profesora actuaban como una alfombra mágica, pues Rocco se sentaba sobre ellas y flotaba, como si fuese Aladino.

Y así pasaban las semanas en las clases de la profesora Vociflux. Con sus estudiantes siguiendo las explicaciones como podían. Con la profesora habla que te habla, explica que te explica, enseña que te enseña. Y a cada rato, ella preguntaba a los estudiantes:

“¿Alguna duda?”

Y ellos se callaban, se callaban siempre, tal vez ni escuchaban la pregunta, quién sabe.

Hasta aquel día. Aquel día la profesora Vociflux se dio cuenta de que en la clase pasaba algo anómalo del todo. No es que sus estudiantes hiciesen cosas extrañas o distintas de las habituales, no. ¡Se trataba de aquellas esferas que se estaban comiendo a sus estudiantes!

Una esfera amarilla comía la cabeza de Miguel y se veía cómo la saliva que solía soltar llenaba poco a poco su propia esfera. La cabeza del chico parecería, en breve, un pez en una pecera. Pero él parecía no notarlo.

Una esfera verde también comía una cabeza, pero en este caso era la de Felisa. Sin embargo, en vez de que la esfera se hinchara de líquido, aquella se hinchaba de ruidos, que iban saliendo por algún sitio, de manera que parecía un altavoz de lo que contaba la profesora Vociflux. Pero la niña no parecía notarlo.

Una esfera rosa se comía el cuerpo de Lola, pero dejaba fuera la cabeza, los brazos y las piernas. Por las paredes de la esfera se movían palabras escritas en todos los alfabetos conocidos y hasta en otros desconocidos, que, quizá, eran inventados. Las palabras se combinaban formando renglones que rotaban por la esfera, algo parecido a las nubes de Júpiter. Pero ella no parecía notarlo.

Una esfera gris se comía a Roco por abajo, dejando libre su tronco y brazos. Y aquella esfera se comportaba como una pelota de playa, bota que te bota, pero sin hacer el menor ruido, sin que Rocco dejase de mirar a la profesora Vociflux. Pero él no parecía notarlo.

La profesora Vociflux no sabía qué pensar. ¿De dónde salían aquellas esferas? ¿Y cómo es que los chicos ni las notaban? De repente, se le ocurrió una idea, iba a hacer una prueba:

“Una cláusula entera puede tener una función sintáctica periférica”.

Si lo hubiese dicho en chino, habrían entendido lo mismo, pero ocurrió lo que la profesora esperaba que ocurriese: las esferas crecieron.

Y todavía dijo: “La ecuación de la teoría de la relatividad según Einstein es E = mc².”

Otra vez más, las esferas aumentaron. Pero ahora ella ya sabía lo que pasaba con sus estudiantes. ¡Que se los comían las dudas!

Entonces, la profesora Vociflux, muy seria, dijo a sus estudiantes:

“Quiero que me preguntéis las dudas, todas, hasta las que tengáis desde el inicio del curso. ¡¡Y no os guardéis ninguna para vosotros!!”

Su tono sonó muy serio. Nadie se atrevía a replicar. Hubo unos segundos de silencio, pero enseguida empezó la tormenta de dudas:

“¿Por qué los paquidermos son tan grandes y tienen trompa?”

“¿Por qué se engaña a los porteros cuando se lanzan penaltis?”

“¿Por qué las hormigas rojas no se llevan bien con las hormigas negras?”

“¿Por qué los adverbios no se van con los nombres?”

Entonces sucedió algo que no había sucedido nunca en las clases de la profesora Vociflux. Hubo un estallido. Las esferas estallaron todas y se convirtieron en líquido. Comenzaron a cubrir el aula.

Pero lo peor era que la profesora se estaba ahogando en aquel líquido, aunque no sus estudiantes, que se subieron a las mesas y desde allí veían la laguna que se había formado en el aula.

“Que me ahogo”, gritó la profesora. “¿Qué puedo hacer?”, preguntó ella.

Por primera vez había formulado ella misma una duda.

“Nade con más fuerza”, le dijo Lola.

“Cierre la boca”, dijo Rocco.

Pero a causa de aquel jaleo, el director abrió la puerta del aula, pues quería saber lo que pasaba. Y el líquido se salió de la clase.

La profesora se quedó sentada en el suelo, empapada, tosiendo por el líquido que había tragado. Luego el director miró alrededor y vio que los estudiantes seguían encima de las mesas, con cara de susto todos ellos.

“¿Qué ha pasado aquí, profesora Vociflux?”

“Pasa que casi me ahogo en un mar, bueno, una lagunita, de dudas”.

“Justo eso, director”, confirmaron los estudiantes.

Pero el director no entendió nada, ¿cómo podría el pobre hombre?

© Frantz Ferentz, 2022

miércoles, 25 de mayo de 2022

LUDMILA EN LA AUTOESCUELA

 



Ludmila iba a dar su clase de conducir.

Estaba nerviosísima, pero no por el coche, ni por el frío que hacía afuera, ni tampoco porque había tanto tráfico que los coches circulaban hasta por las aceras y por las alcantarillas con los faros antiniebla.

Entonces, qué le preocupaba a Ludmila?

Le preocupaba su profesor de autoescuela.

Era un tipo feo, peludísimo y con dos colmillos inferiores que sobresalían, hasta hacerlo parecer un jabalí o un ogro.

Pero lo peor no era su aspecto, sino su carácter.

Era capaz de ahuyentar a una farola o de hacer cambiar al viento de dirección.

Aterrador, era aterrador.

A Ludmila no le daba ni pizca de miedo, pero sí que le fastidiaba que fuese tan maleducado.

Cuando ella metía la tercera en vez de la cuarta, el profe berreaba de tal modo que el techo del coche se alzaba como la tapa de una lata de melocotones en almíbar.

O cuando ella se equivocaba de intermitente, él echaba chispas por los ojos y fundía el vidrio delantero.

Pero Ludmila se hartó.

Y a la tercera clase decidió darle una lección.

Así, cuando Ludmila se bajó del coche y se puso a empujarlo para aparcarlo, el profe le soltó un rugido que dejó sin hojas a todos los árboles en cien metros a la redonda y hasta un perro peludo perdió toda la pelambrera hasta quedarse todo calvito.

Ludmila entró en el coche, miró al profesor todo seria y le dijo:

– Mírese en el espejo retrovisor.

El profesor se miró.

¿Tendría una verruga nueva en la punta de la nariz?

¿Le habría salido un tercer ojo?

Pero no, él se veía guapísimo como siempre.

En fin.

– Hale, continúe… –mandó a Ludmila.

Ludmila metió la primera y empezó a circular.

De repente, el profe vio un pajarito revoloteando a su lado.

Y las nubes, algodonosas, besaban el morro del coche amorosamente.

El profesor, mosqueado, miró por la ventanilla.

La ciudad estaba tan bonita, allí abajo, en miniatura…

Era una vista de pájaro…

Entonces el profe se percató: ¡estaban volando!

Quiso gritar.

Pero no le salía nada.

Y mientras tanto, Ludmila no conducía, pilotaba, porque el coche se había convertido en un avioncito.

Qué bonito era meterse por entre las nubes…

El viaje duró media hora.

Qué bueno era eso de volar, no había tráfico, ni semáforos ni conductores llenos de prisa.

Finalmente, Ludmila aterrizó.

El profe salió del coche temblando, las piernas no le respondían y hasta se le había caído parte de su pelambrera.

– Hala, profe, hasta mañana –se despidió Ludmila.

El profe se quedó mirando pasmado cómo Ludmila se iba caminando toda tranquila.

Se quedó pensando en si todo había sido un sueño, quizás cosa de hipnotismo, o si, realmente, aquella mujer era una bruja y era capaz de hacer volar una escoba, un aspirador o un coche.

Pero se iba a quedar con la duda.

Por si acaso, iba a dejar de gritarle a aquella mujer, no fuese que la próxima vez…

© Frantz Ferentz, 2010