miércoles, 29 de junio de 2022

CONCURSO DE MASCOTAS

 


Personajes

  • SARA, la niña rara que acaba de llegar al colegio, cuya mascota es una mariquita que lleva pegada a la sien.

  • GARRULFO, el abusón del colegio, cuya mascota es una tarántula enorme y venenosa.

  • El o la PROFE, que presenta y dirige el concurso.

  • ESTUDIANTE 1, cuya mascota es un conejo peludo.

  • ESTUDIANTE 2, cuya mascota es un perro lanudo pequeño.

  • ESTUDIANTE 3, cuya mascota es una cobaya | un cuy.

Todos los personajes, salvo SARA y GARRULFO pueden ser de cualquier sexo. La mariquita de Sara será pintada.

Lugar

Un salón de actos de un colegio, donde los ESTUDIANTES están con sus mascotas. 


Acto único

La escena comienza con todos los personajes, los 3 ESTUDIANTES, SARA, GARRULFO y el o la PROFE al fondo, conversando entre ellos, aunque SARA está un poco alejada.

Al poco rato, PROFE da varios pasos al frente, hasta colocarse delante del público. Actúa como un presentador de la tele. Habla con emoción.

Los estudiantes se quedan al fondo, atentos a la presentación.

PROFE 

[Al público] Buenos días/ buenas tardes, queridos chicos y chicas. Vamos a dar comienzo al concurso de mascotas de nuestro colegio. Tenemos cinco concursantes, cada uno con su mascota. Pido al primero de ellos que pase y presente a su mascota.

ESTUDIANTE 1 camina hasta el borde con su conejo peludo. Lo sostiene en brazos y, mientras habla, no deja de acariciarlo.

ESTUDIANTE 1

Hola, me llamo R. Pérez y mi mascota es este conejo que se llama Orejoncito. [Al público] ¿No es delicioso? Me muero de ternura con él.

PROFE

¿Y tu mascota hace algo de especial?

ESTUDIANTE 1

No, nada, pero la puedo usar de almohada cuando la de verdad se me cae al suelo de noche. Es tan suave...

PROFE 

Un aplauso para R. Pérez.

El profe se dirige primero al público y luego a los otros estudiantes.

Aplausos.

PROFE

Y bien, pasemos a nuestro segundo concursante. 

Hace un gesto a ESTUDIANTE 2, quien se acerca al público, mientras ESTUDIANTE 1 regresa a su puesto. ESTUDIANTE 2 se coloca al lado de PROFE con su mascota.

PROFE

Ahora, tenemos a nuestro segundo concursante. [A ESTUDIANTE 2]. Dinos, ¿cómo te llamas?

ESTUDIANTE 2

Me llamo L. Rodríguez y esta es mi mascota. [La muestra al público] Es un perrito lanudo enano. Es tierno y cariñoso.

PROFE

¿Y qué sabe hacer tu perrito?

ESTUDIANTE 2

¡Uy! Es fantástico. Sabe ladrar en siete idiomas y por teléfono.

PROFE

A ver.

Todo el mundo se queda quieto, mirando al perrito, que no mueve ni la cola. Pasan unos cinco segundos.

PROFE

Pues no hace nada. No ladra. Tal vez si se lo provoca...

ESTUDIANTE 2

[Girándose del lado contrario al profe, protegiendo al perro] ¡No lo moleste, que tiene muy mala uva cuando se lo despierta!

PROFE

Vale, vale, vuelve a tu sitio. Un aplauso para L. Rodríguez.

Se oyen aplausos. ESTUDIANTE 2 vuelve a su sitio abrazando fuerte a su mascota. ESTUDIANTE 3 empieza a acercarse a PROFE.

PROFE

Y ahora, nuestra siguiente concursante. 

PROFE se gira y mira a ESTUDIANTE 3, que se coloca a su lado.

PROFE 

¿Cómo te llamas? ¿Y qué sabe hacer tu mascota?

ESTUDIANTE 3

Hola, gente. Me llamo S. Martín. Esta es mi mascota, una cobaya | un cuy.

PROFE

¿Y qué tiene de particular?

ESTUDIANTE 3

Que es capaz de mirar la televisión treinta horas sin parar.

PROFE

[Decepcionado] Ya, ya... Muy simpático tu bicho. Bueno, gracias. Ya puedes volver a tu sitio. Aplausos para S. Martín.

Suenan aplausos. ESTUDIANTE 3 regresa a su sitio, pero antes de que llegue, ya GARRULFO se pone en movimiento y se coloca al lado de PROFE, que nada más verlo se asusta y da un paso atrás, sobre todo cuando lo ve con su tarántula en el hombro.

No da tiempo a PROFE para reaccionar. Se señala al hombro con la mano opuesta y empieza a hablar muy ufano.

GARRULFO

Hola, gentecilla. Me llamo GARRULFO y soy el tipo más genial de mi clase. Todos mis compañeros me admiran, ¿no es así? 

Se queda mirando a sus compañeros de atrás. ESTUDIANTES 1, 2 y 3 asienten frenéticamente con la cabeza, pero SARA no se inmuta.

GARRULFO

Esta es mi mascota. Se llama LULÚ y es una viuda negra. Tiene una picadura mortal. Ella me protege mejor que un perro de presa. Y me obedece ciegamente. No hay mejor mascota que esta, así que estoy seguro de que ganaré el concurso de mascotas.

PROFE sigue dando pasos hacia atrás, alejándose de GARRULFO. 

Hace un gesto a SARA para que se acerque. GARRULFO sigue señalando a su mascota delante del público, como bailando, muy orgulloso de su LULÚ.

SARA se acerca a PROFE y se queda a su lado. PROFE no se atreve a mandarlo volver con el resto de estudiantes.

PROFE

[Con voz atribulada, se nota que tiene miedo] Y finalmente, nuestra última concursante...

GARRULFO

[Interrumpiendo, en tono jocoso, burlón] ¿Esa? Esa es una mascota ella misma, no hay más que mirarla. Acaba de llegar al colegio y ya quiere hacernos creer que es alguien. Ja, ja, ja, ja...

SARA

[Con una voz muy aguda, mirando fijamente al frente, como un zombi] Soy Cócum, la mariquita de la sien de esta chica. Y tienes razón, no soy la mascota, Sara es mi mascota, responde ciegamente a mis órdenes y ahora quiero que tú seas mi esclavo...

SARA comienza a caminar hacia GARRULFO, con los brazos extendidos, como un zombi.

GARRULFO

[Asustado] Atrás, o te echo a LULÚ

SARA

LULÚ hará lo que yo le diga, ¿verdad?

La tarántula se cae al suelo, se ve que es falsa.

SARA

Qué pena das, eres un cobarde, como todos los abusones cuando están solos... Yo convierto en zombis a los humanos sobre los que me poso y ahora quiero convertirte a ti en uno. Déjame alimentarme de tu cerebro. Creo que ideas tiene pocas, pero seguro que tus sesos saben deliciosos...

GARRULFO sale corriendo por un lateral, aterrado.

GARRULFO

¡Ayudaaaaaa! [mientras sale]

SARA

[Con su voz normal] Bueno, pues ese chico creo que ha aprendido la lección. Me bastará con seguir llevando mi mariquita aquí en la sien para que no se le olvide el episodio zombi de hoy.

PROFE

Bueno, pues ya que uno de los concursantes se ha retirado, porque además tenía una mascota de pega, es la hora de votar cuál es nuestra mascota favorita [Pausa]. Ahora, querido público, escriban en el papel a quien votan como mascota favorita... 

Hay un ratito de espera. Una persona del público se dirige al escenario y entrega un papel doblado a PROFE.

PROFE

[Toma el papel con los resultados y lo desdobla] El jurado soberano ha decidido que la mascota favorita del colegio sea... [brevísima pausa, luego tono de ira profunda] ¿Cómo? ¿Que soy yo la mascota favorita del colegio? ¡Todos castigados sin recreo una semana!


Telón


jueves, 26 de mayo de 2022

LOS DILEMAS DE LA PROFESORA VOCIFLUX

A la profesora Vociflux le encantaba explicar a sus estudiantes los contenidos de las lecciones. Hablaba y hablaba sin parar, podía referirse a los ríos del país, las propiedades de los metales o la interpretación de los sueños en solo cinco minutos.

¡Qué manera de hablar!

Sus estudiantes se la quedaban mirando sin pestañear. Permanecían quietos, atentos a las explicaciones de la profe, cada uno a su manera.

¡Pero qué sabia era!

La clase era un pequeño museo donde había una lanza bantú, un casco etrusco, un mosquito prehistórico en una gota de ámbar, un guijarro que decían que era un meteorito y hasta una flauta de madera que disque fue la que tocó el flautista de Hamelín.

Miguel siempre se quedaba con la boca abierta, tanto que al final se formaba una pequeño charco de saliva en la mesa. Cuando se daba cuenta y quería cerrar la boca, ya era demasiado tarde y se moría de sed, pero para esos casos solía llevar una botellita de la que tomaba unos tragos y así hasta la próxima.

Felisa cerraba los ojos y dejaba que la voz de la profesora Vociflux penetrase en sus oídos, pero a menudo tenía que ponerse un dedo en uno de ellos para que la voz no le entrase por una oreja y saliese por la otra. El problema es que aquella era una voz muy caprichosa y nunca se sabía por qué oreja podía salir. Dicen que una vez hasta se salió por la nariz.

Lola intentaba tomar notas de lo que la profesora hablaba. Usaba su cuaderno y escribía en él lo que captaba. Sin embargo, al final, lo único que escribía eran largos poemas con rima, que recordaban a los de hace siglos y hasta con palabras inventadas, como elegotefa, sepibario, alualú u otrocamente. En verdad, nadie entendía lo que escribía Lola, pero por lo menos tenía ritmo y hasta daba para hacer baladas.

Y Rocco... Rocco era un caso aparte, porque parecía que las palabras de la profesora Vociflux lo hacían levitar. Los compañeros tenían una teoría que afirmaba que las palabras de la profesora actuaban como una alfombra mágica, pues Rocco se sentaba sobre ellas y flotaba, como si fuese Aladino.

Y así pasaban las semanas en las clases de la profesora Vociflux. Con sus estudiantes siguiendo las explicaciones como podían. Con la profesora habla que te habla, explica que te explica, enseña que te enseña. Y a cada rato, ella preguntaba a los estudiantes:

“¿Alguna duda?”

Y ellos se callaban, se callaban siempre, tal vez ni escuchaban la pregunta, quién sabe.

Hasta aquel día. Aquel día la profesora Vociflux se dio cuenta de que en la clase pasaba algo anómalo del todo. No es que sus estudiantes hiciesen cosas extrañas o distintas de las habituales, no. ¡Se trataba de aquellas esferas que se estaban comiendo a sus estudiantes!

Una esfera amarilla comía la cabeza de Miguel y se veía cómo la saliva que solía soltar llenaba poco a poco su propia esfera. La cabeza del chico parecería, en breve, un pez en una pecera. Pero él parecía no notarlo.

Una esfera verde también comía una cabeza, pero en este caso era la de Felisa. Sin embargo, en vez de que la esfera se hinchara de líquido, aquella se hinchaba de ruidos, que iban saliendo por algún sitio, de manera que parecía un altavoz de lo que contaba la profesora Vociflux. Pero la niña no parecía notarlo.

Una esfera rosa se comía el cuerpo de Lola, pero dejaba fuera la cabeza, los brazos y las piernas. Por las paredes de la esfera se movían palabras escritas en todos los alfabetos conocidos y hasta en otros desconocidos, que, quizá, eran inventados. Las palabras se combinaban formando renglones que rotaban por la esfera, algo parecido a las nubes de Júpiter. Pero ella no parecía notarlo.

Una esfera gris se comía a Roco por abajo, dejando libre su tronco y brazos. Y aquella esfera se comportaba como una pelota de playa, bota que te bota, pero sin hacer el menor ruido, sin que Rocco dejase de mirar a la profesora Vociflux. Pero él no parecía notarlo.

La profesora Vociflux no sabía qué pensar. ¿De dónde salían aquellas esferas? ¿Y cómo es que los chicos ni las notaban? De repente, se le ocurrió una idea, iba a hacer una prueba:

“Una cláusula entera puede tener una función sintáctica periférica”.

Si lo hubiese dicho en chino, habrían entendido lo mismo, pero ocurrió lo que la profesora esperaba que ocurriese: las esferas crecieron.

Y todavía dijo: “La ecuación de la teoría de la relatividad según Einstein es E = mc².”

Otra vez más, las esferas aumentaron. Pero ahora ella ya sabía lo que pasaba con sus estudiantes. ¡Que se los comían las dudas!

Entonces, la profesora Vociflux, muy seria, dijo a sus estudiantes:

“Quiero que me preguntéis las dudas, todas, hasta las que tengáis desde el inicio del curso. ¡¡Y no os guardéis ninguna para vosotros!!”

Su tono sonó muy serio. Nadie se atrevía a replicar. Hubo unos segundos de silencio, pero enseguida empezó la tormenta de dudas:

“¿Por qué los paquidermos son tan grandes y tienen trompa?”

“¿Por qué se engaña a los porteros cuando se lanzan penaltis?”

“¿Por qué las hormigas rojas no se llevan bien con las hormigas negras?”

“¿Por qué los adverbios no se van con los nombres?”

Entonces sucedió algo que no había sucedido nunca en las clases de la profesora Vociflux. Hubo un estallido. Las esferas estallaron todas y se convirtieron en líquido. Comenzaron a cubrir el aula.

Pero lo peor era que la profesora se estaba ahogando en aquel líquido, aunque no sus estudiantes, que se subieron a las mesas y desde allí veían la laguna que se había formado en el aula.

“Que me ahogo”, gritó la profesora. “¿Qué puedo hacer?”, preguntó ella.

Por primera vez había formulado ella misma una duda.

“Nade con más fuerza”, le dijo Lola.

“Cierre la boca”, dijo Rocco.

Pero a causa de aquel jaleo, el director abrió la puerta del aula, pues quería saber lo que pasaba. Y el líquido se salió de la clase.

La profesora se quedó sentada en el suelo, empapada, tosiendo por el líquido que había tragado. Luego el director miró alrededor y vio que los estudiantes seguían encima de las mesas, con cara de susto todos ellos.

“¿Qué ha pasado aquí, profesora Vociflux?”

“Pasa que casi me ahogo en un mar, bueno, una lagunita, de dudas”.

“Justo eso, director”, confirmaron los estudiantes.

Pero el director no entendió nada, ¿cómo podría el pobre hombre?

© Frantz Ferentz, 2022

miércoles, 25 de mayo de 2022

LUDMILA EN LA AUTOESCUELA

 



Ludmila iba a dar su clase de conducir.

Estaba nerviosísima, pero no por el coche, ni por el frío que hacía afuera, ni tampoco porque había tanto tráfico que los coches circulaban hasta por las aceras y por las alcantarillas con los faros antiniebla.

Entonces, qué le preocupaba a Ludmila?

Le preocupaba su profesor de autoescuela.

Era un tipo feo, peludísimo y con dos colmillos inferiores que sobresalían, hasta hacerlo parecer un jabalí o un ogro.

Pero lo peor no era su aspecto, sino su carácter.

Era capaz de ahuyentar a una farola o de hacer cambiar al viento de dirección.

Aterrador, era aterrador.

A Ludmila no le daba ni pizca de miedo, pero sí que le fastidiaba que fuese tan maleducado.

Cuando ella metía la tercera en vez de la cuarta, el profe berreaba de tal modo que el techo del coche se alzaba como la tapa de una lata de melocotones en almíbar.

O cuando ella se equivocaba de intermitente, él echaba chispas por los ojos y fundía el vidrio delantero.

Pero Ludmila se hartó.

Y a la tercera clase decidió darle una lección.

Así, cuando Ludmila se bajó del coche y se puso a empujarlo para aparcarlo, el profe le soltó un rugido que dejó sin hojas a todos los árboles en cien metros a la redonda y hasta un perro peludo perdió toda la pelambrera hasta quedarse todo calvito.

Ludmila entró en el coche, miró al profesor todo seria y le dijo:

– Mírese en el espejo retrovisor.

El profesor se miró.

¿Tendría una verruga nueva en la punta de la nariz?

¿Le habría salido un tercer ojo?

Pero no, él se veía guapísimo como siempre.

En fin.

– Hale, continúe… –mandó a Ludmila.

Ludmila metió la primera y empezó a circular.

De repente, el profe vio un pajarito revoloteando a su lado.

Y las nubes, algodonosas, besaban el morro del coche amorosamente.

El profesor, mosqueado, miró por la ventanilla.

La ciudad estaba tan bonita, allí abajo, en miniatura…

Era una vista de pájaro…

Entonces el profe se percató: ¡estaban volando!

Quiso gritar.

Pero no le salía nada.

Y mientras tanto, Ludmila no conducía, pilotaba, porque el coche se había convertido en un avioncito.

Qué bonito era meterse por entre las nubes…

El viaje duró media hora.

Qué bueno era eso de volar, no había tráfico, ni semáforos ni conductores llenos de prisa.

Finalmente, Ludmila aterrizó.

El profe salió del coche temblando, las piernas no le respondían y hasta se le había caído parte de su pelambrera.

– Hala, profe, hasta mañana –se despidió Ludmila.

El profe se quedó mirando pasmado cómo Ludmila se iba caminando toda tranquila.

Se quedó pensando en si todo había sido un sueño, quizás cosa de hipnotismo, o si, realmente, aquella mujer era una bruja y era capaz de hacer volar una escoba, un aspirador o un coche.

Pero se iba a quedar con la duda.

Por si acaso, iba a dejar de gritarle a aquella mujer, no fuese que la próxima vez…

© Frantz Ferentz, 2010

SUCEDIÓ EN PUNGULOMA

 

El señor Smith conducía su auto de alquiler por aquella carretera angosta de la provincia de Tungurahua en Ecuador. 

Cada vez que se cruzaba con un auto, tenía que apartarse al margen, pero en más de una ocasión casi se cayó al río, que después de tanta lluvia iba muy crecido.

Luego, alcanzó un autobús que iba lento por aquella carretera desde Ambato a Punguloma. 

Imposible rebasarlo, la carretera estaba llena de curvas.

Según el navegador del auto, quedaban 35 km, pero a esa velocidad y con el bus delante, podría significar dos horas.

Fue entonces cuando volvió a su memoria la conversación que mantuvo cinco días atrás en Washington con uno de los jefes de la organización para la que trabajaba, llamada Anvil.

Aquel jefe, llamado señor Booth (probablemente ese no era su nombre real, pero todos lo conocían así) le dijo desde el piso cuarenta y cinco de un céntrico rascacielos.

— Señor Smith, confiamos ciegamente en usted. Es nuestro mejor activo, muy por encima de todos sin fallas a sus espaldas. Por eso, lo necesitamos a usted. Nuestra organización quiere poner un pie en Ecuador, empezando por las comunidades humildes de la Sierra. Es necesario que la gente más humilde se una a nuestra causa y desde ahí nos expandiremos por el país. Por eso, hemos arreglado todo para que usted vaya de profesor sustituto a una comunidad de Tungurahua, en Ecuador.

— ¿Y qué le pasó al profesor titular? —preguntó el señor Smith.

— Nada malo, no se preocupe. Le regalamos un viaje a Disneylandia para él y su familia. Luego arreglamos con el Ministerio de Educación que usted lo sustituya.

Desde luego, pensó el señor Smith, Anvil no reparaba en gastos. Y confiar en él era algo normal, porque nadie tenía su historial de ganarse a comunidades enteras para la causa, sobre todo cuando se trataba de gente humilde en lugares remotos del planeta.

Fue así como, unos días después, el señor Smith, convertido de la noche a la mañana en profesor de primaria, iba camino de Punguloma.

Consiguió perder de vista el autobús cuando tomó la carretera secundaria que ascendía hacia el pueblo. Pero si antes se había quejado de curvas, ahora había más, muchas más, muchísimas más. Además, tenía que evitar gente que caminaba por la carretera con burros.

No hacía más que subir. La carretera que había dejado atrás estaba solo a 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, pero Punguloma estaba a casi 3.300. El ascenso era salvaje, con una carretera que zigzagueaba hasta provocar náuseas a los no acostumbrados.

Pero lo peor de todo fue que, a partir de cierto momento, desapareció la señal del celular. Y con ello el navegador. Se quedó sin saber muy bien por dónde ir. Toda la loma estaba llena de casas que parecían querer formar aldeas, pero era imposible adivinar dónde estaba Pungulomba. Además, la carretera no solo zigzagueaba, sino que había cruces y salidas laterales por doquier. 

Eso obligaba al señor Smith a pararse a cada poco a preguntar dónde estaba Punguloma. Qué paliza. Pero la gente era muy amable, casi siempre le decían señalado para el frente:

— Siga nomás.

En fin, después de más de cuatro horas después de salir desde Ambato, llegó a la plaza de Punguloma, donde había una serie de pequeños edificios, en realidad aulas, que formaban el colegio. No se trataba, pues, de un solo edificio que fuese el colegio, sino de aulas independientes. En el centro de la plaza había una cancha de fútbol, donde los chicos mayores echaban un partido.

En cuanto estacionó el auto, salió un señor con bigote que se apresuró hacia el señor Smith.

— Buenos días, mi señor. Soy Alejandro Buri, el director del colegio. Usted debe de ser el señor Smith.

— Sí, ese soy yo.

Ambos se dieron la mano. Pero enseguida, el director Buri comentó en un tono no tan cordial:

— Señor Smith, nuestra hora de inicio de las clases es a las 7. Llega tres horas tarde. El camino desde Ambato es una hora en auto... Ya me entiende.

Aquel comentario no le gustó nada al señor Smith. Pero cuando todo el pueblo cayese bajo el control de Anvil, ese tipo iba a saber quién era él. Porque, a buen seguro, se convertiría en el nuevo director, bueno, en el amo de la aldea, porque él sería el encargado de poner orden, pero, por el momento, tendría que aguantarse y permitir que aquel tipejo le dijese aquellas impertinencias.

— Venga, que le voy a presentar a la profesora Miño —dijo después el director Buri.

Ambos hombres caminaron hacia uno de los edificios. El director abrió la puerta sin más, no se molestó en llamar.

Dentro, un grupo de quince estudiantes seguían una clase con la profesora Miño. El aspecto de la mujer llamó la atención del señor Smith. Era una mujer menuda, vestida con un vestido gris inocuo, desgastado. Llevaba el cabello corto y unos lentes redondos.

La profesora Miño debía estar bastante habituada a las interrupciones del director, de modo que se limitó a sonreír tímidamente al director mientras decía:

— A la orden...

— Profesora Miño, este es el nuevo profesor, el señor Smith.

Ella extendió una mano que parecía un pescado muerto. El señor Smith sacudió levemente la mano.

La profesora hizo entonces un gesto a los niños. Todos se pusieron de pie y recitaron al alimón:

— Buenos días, señor profesor, que diosito lo bendiga, sea bienvenido a Punguloma y que diosito guíe todos sus pasos.

El señor Smith no se esperaba aquella bienvenida, pero aquello encajaba en los planes de Anvil y aquella profesora con mano de pez muerto podría serle de utilidad.

El director Buri le dijo entonces:

— Sus estudiantes de octavo están en la cancha, jugando al fútbol.

Ambos dejaron el aula de la profesora Miño, la cual reemprendió su clase como si nada.

Fuera, los chicos de octavo jugaban al fútbol, mientras las chicas estaban hablando a la sombra de un árbol.

— Ese es su grupo —señaló el director Buri.

El director batió palmas y llamó a los chicos, que cesaron en sus actividades y se acercaron al centro de la cancha, donde se habían ya colocado los dos profesores.

— Chicos, les presento a su nuevo profesor, el señor Smith.

Los chicos y chicas se quedaron mirando a aquel tipo alto, de cabello y ojos claros.

— Bueno, ahora ya son cosa suya —soltó de repente el profesor Buri y regresó a su oficina/puesto de vigilancia.

Cuando el señor Smith se quedó solo ante aquel grupo de chicos, decidió que ya era momento de comenzar a poner en práctica las tácticas de Anvil para ganarse la confianza de aquel grupo de estudiantes, con los que comenzaría toda su misión en Punguloma.

— Chicos, veo que estaban jugando un partido de fútbol. ¿Me puedo unir a ustedes?

El señor Smith no lo notó, pero en los rostros de los chicos se dibujó una sonrisa cómplice. En el rostro de las chicas, no, porque el nuevo profesor las ignoró completamente.

Así, empezaron su partido de fútbol. Los chicos hicieron correr al señor Smith por toda la cancha. No necesitaron más de diez minutos hasta casi dejarlo caer al suelo. Los 3.300 metros de altura del pueblo acabaron con el aliento del nuevo profesor.

Pero solo era el principio.

De repente, un balón volador no identificado golpeó al señor Smith en la espalda, que lo hizo acabar en el suelo, pero no solo eso, el balón, en el rebote, salió de la plaza a toda velocidad. Fue botando hasta el borde, de ahí saltó a la calle de debajo, golpeó a una camioneta que le dio aún más impulso y acabó cayendo, loma abajo, hacia el río, setecientos u ochocientos metros para abajo.

Todos los chicos soltaron un “oooohhhh” lastimoso.

— Profe, nos quedamos sin pelota —dijo un chico.

El señor Smith casi no tenía energías para responder.

— ¿Sabe qué? Que quien golpea la pelota, va por ella —dijo un segundo estudiante.

— Es justo así —confirmó un tercero.

El señor Smith no quería mostrarse duro, tenía que ganarse a aquellos chicos, era crucial para que Anvil conquistase la voluntad de aquella comunidad, empezando por los chicos y chicas.

— Está bien, voy por ella.

Se sacó las llaves del auto del bolsillo, pero antes de que diera un paso, otro estudiante le dijo:

— Profe, ya no puede mover el auto. Está en pico y placa.

— ¿Pico y placa? ¿Qué es eso?

— El sistema por el cual cada auto no puede circular un día en semana. El suyo tiene la placa acabada en 1. Los lunes no circulan los autos acabados en 0 y 1. Y hoy es lunes. No puede mover el auto hasta la noche.

— Pero ¿ese no es un fenómeno que funciona en Quito?

— Y aquí. No se imagina el tráfico que puede haber por aquí a veces. No se puede caminar.

El señor Smith no iba a protestar. Probablemente era mentira, pero la causa era lo más importante. Llenó sus pulmones como si necesitara todo el oxígeno disponible y siguió el recorrido del balón. Confiaba en que no hubiese acabado más de cincuenta metros para abajo.

Bajó de la plaza a la calle inferior y se asomó al borde. Allí estaba el balón en un prado. Bien, después de todo, no era tan grave. Se deslizó como pudo por el terraplén y llegó hasta el balón. Ya se disponía a recogerlo, cuando algo le tocó el muslo. Se giró. Era una llama. No la había visto antes. Y mira que es difícil no ver una llama con lo grande que es. Esta, concretamente, tenía una expresión malencarada, de estar siempre enojada. Encima le sobresalían los dos dientes inferiores de una manera amenazadora. 

El señor Smith dio dos pasos hacia atrás. La llama, a su vez, se puso de espaldas a la pelota y  le dio una coz propia de un caballo de dos metros de alzada que son puro músculo.

La pelota volvió a rodar loma abajo. Corrió como si la persiguiese un monstruo, pero era solo cuestión de física, de la ley de la gravedad, que la empujaba para abajo, hasta que aterrizó en otro sembrío.

En aquel sembrío no había ninguna llama. El señor Smith se aseguró de ello. Quedaba casi 100 metros más abajo. Volvió a deslizarse por el terraplén. Daba penita verlo, su ropa elegante estaba hecha harapos. Su piel y su cabello eran grises a causa del polvo que iba levantando.

En el sembrío no había ninguna llama. Menos mal. Había una campesina. Una anciana menuda, pero con cara de pocos amigos. El balón, en su caída, se le había llevado por delante varias matas de tomate. Aquello no le hacía ninguna gracia a la mujer, quien, en cuanto vio al señor Smith agacharse a recoger la pelota comenzó a gritarle en quichua. El hombre no entendía ni papa de lo que le decían, pero intuyó que no era nada agradable.

Sin embargo, no llegó a coger la pelota, porque la mujer, mostrando una gran agilidad, la golpeó con el mango de la azada que hizo pasar por debajo de las piernas del señor Smith y la hizo rodar todavía ladera abajo.

¡Hale, más para abajo!

Al señor Smith ya le importó un bledo cómo iban a acabar sus ropas, se dejó caer por el polvo, ladera abajo. Podía ver la pelota botar y botar, hasta que se detuvo, no en otro sembrío o en un prado, sino en la trasera de una camioneta. Así, la pelota se fue en dirección a Ambato.

El señor Smith ya no llegó deslizándose al río, sino rodando. Fue milagroso que no se rompiese ningún hueso, pero su ropa, desde luego, estaba para ir directamente a la basura. Más que pena, daba susto verlo.

Pero no todo iban a ser malas noticias. Al llegar al valle, volvió a tener señal en su celular. También fue suerte que el teléfono solo acabase con la pantalla rota, pero seguía funcionando. Sin embargo, más que ver, tenía que intuir los números. Consiguió que un taxi lo recogiese en el cruce de la carretera de Ambato con la de Punguloma.

Cinco horas más tarde, el señor Smith estaba de vuelta en Punguloma con ropa nueva —aunque no de la calidad a la que él estaba acostumbrado— y aseado. Llevaba un nuevo balón, bastante mejor que el que había perdido, y se presentó en la plaza donde estaban las aulas del colegio.

Acababa de anochecer y ya la gente estaba en sus casas. No había rastro de los chicos. Solo un perro acudió a saludarlo, pero en realidad el animalito se le acercó atraído por su olor a naftalina que emanaba de la ropa que llevaba.

Mientras el señor Smith miraba las luces de las casas de los alrededores, el director Buri se le acercó por detrás.

— Señor Smith.

Este se giró.

— Su primer día como profesor se lo ha pasado fuera —le recriminó el director—, por tanto, lamento decirle que no vuelva mañana. Ha perdido el trabajo. No sabe cómo es esta profesión.

El señor Smith quiso llamar al señor Booth para pedir instrucciones, pero no había señal. Oficialmente había fracasado en su misión. Y eso suponía una mancha muy gorda en su currículo.

El director Buri se dio media vuelta y desapareció entre las sombras, mientras que el señor Smith se dirigía a su auto, sospechando que docenas de ojos, desde detrás de las ventanas lo veían caminar derrotado. 

Y todo por creerse superior a nadie. Lo que más le dolía, no obstante, era su orgullo. Pobre señor Smith, si él supiera...


© Frantz Ferentz, 2022