viernes, 7 de enero de 2022

AL OTRO LADO DEL PATIO

Julia tuvo que acompañar a su padre, un importante funcionario encargado de cuestiones de emigración, a su oficina. Aquel día ella llevaba un lindo vestido de seda con flores estampadas. Muy lindo. 

Julia nunca acompañaba su padre a aquel lugar extraño donde él trabajaba, porque decían que era feo y sucio, pero en aquella ocasión era sábado y la mamá estaba enferma, así que el papá se tuvo que llevar consigo a la niña. 

Enseguida la avisó de que tendría que quedarse todo el tiempo en su oficina, sin moverse de allí, sin salir y tendría que comportarse como una niña buena. 

La niña no sabía exactamente en qué consistía era el trabajo de su padre. Había oído decir que era el director de la Agencia para el Control de la Inmigración. Aquello sonaba muy importante. De hecho, cuando la gente hablaban con él, con el padre, lo trataban con mucho respeto. Además, cuando iba al trabajo, el padre vestía un bonito uniforme, con una gorra que tenía en medio un escudo muy chulo. A Julia le gustaba tener un padre tan importante. 

Y así, aquel día, Julia allí se quedó, en la oficina de su padre, aburridísima. El padre solo le había dejado unas hojas de papel y unos lapices de colores para que hiciera dibujos. Le dijo que tenía que asistir a una reunión y que volvería después para llevarla a almorzar. Qué poco la conocía su padre. Y libros, ¿habría alguno que le interesara? 

La niña echó un vistazo por los anaqueles, hasta la altura donde alcanzaba su vista. La perspectiva de estar allí todo el día comenzaba a agobiarla. Ya no sabía dónde mirar y ni tenía ganas de hacer dibujos, como si ella fuera una niña de cinco años. 

¡Ya tenía diez! 

¿Cuándo se daría cuenta su padre de eso? Y fue entonces cuando se percató de que solo le faltaba un punto donde fijar su atención: la ventana. No podía ni imaginarse que al otro lado se abría un mundo diferente. Docenas de personas, casi todas de raza negra, caminaban por el patio dando vueltas, sin rumbo, sin interés alguno, al sol. La niña notó sus rostros tristes, a veces hambrientos. 

Pero inmediatamente encontró algo que atrajo su atención: a pocos metros por debajo de la ventana, varios niños de su edad jugaban con una caja de cartón. Ella no podía ver claramente qué tipo de juguete era aquel, una simple caja de cartón. 

Y justo entonces entró el padre de Julia. Vio a la hija mirando por la ventana, pero no creyó que aquello fuera cosa grave. 

— ¿Qué estás mirando, tesoro? 

— A la gente de ahí fuera... ¿Por qué están ahí, encerrados? Algunos están muy tristes parece... 

El padre no quiso explicarle las cosas desde el punto de vista de un adulto. Ella, Julia, era aún muy pequeña para entender ciertas cosas, pero tal vez aquella era una buena ocasión para contarle las verdades de la vida. 

— Esas personas tienen que estar ahí porque entraron en nuestro país sin permiso... Por tanto, esperan a que las devuelvan a su país, porque la gente no puede viajar a donde quiera y cuando quiera. Cada persona tiene su país y tiene que quedarse en él —explicó pacientemente el padre. 

— Entonces, ¿por qué dice el abuelo que conoce muchos países de África y Europa? ¿Por qué él sí puede viajar y esta gente no? 

Demasiado complicado. Bastaba una respuesta simple: 

— Porque es así... 

La niña se quedó mirando a su padre. No comprendía la lógica de «las cosas son así porque sí». Por su parte, el padre no quería usar los argumentos “políticos”, aquellos que sostenían que los inmigrantes solo venían al país para robar el trabajo a los ciudadanos del propio país. Por eso, empleó un argumento que él pensó que la niña podría comprender perfectamente. 

— Mira, cariño. Los inmigrantes son personas maleducadas e ignorantes. Ellos no saben nada. Son como los animales. En serio, son como los animales de la selva, son incluso un poco salvajes... 

Julia siguió mirando por la ventana. Salvajes no parecían, solo tristes, muy tristes, incluso cansados. Todos, excepto los niños al pie de la ventana, que seguían jugando con la caja de cartón. Hasta sintió cierta envidia de ellos, porque ella nunca se divertía tanto. El padre cogió una carpeta que había venido a buscar y le dijo a la niña: 

— Vuelvo en cuanto pueda. Y pórtate bien, ¿eh? Y me haces un dibujo bonito... 

Un dibujo bonito. ¿Desde cuándo su padre se interesaba por sus dibujos? Él ni siquiera se había enterado de que lo que le gustaba a Julia realmente era explorar, sí, quería hacerse exploradora, a lo mejor de otros mundos y descubrir nuevos planetas. 

Dibujitos... 

La niña volvió a mirar por la ventana. Las risas llegaban hasta ella muy claramente. Abrió la ventana y estiró el cuerpo para intentar ver mejor qué hacían aquellos chavales que tanto se divertían. Por debajo de la ventana de la oficina del padre había una especie de tejado a una altura de cerca de tres metros por encima del suelo. Julia sentía una curiosidad inmensa por qué se lo pasaban tan bien, por eso saltó hasta al tejadillo. Desde allí tumbada contemplaba la escena que se desarrollaba por debajo de ella. 

Tres chavales negros jugaban con una vieja caja de cartón que probablemente habían sacado de la basura de la cocina. La habían traspasado con cuatro barras que eran totalmente rectas, excepto en medio, donde formaban una especie de “V”. Se habían encontrado, sabe Dios dónde, una pelota de golf y la usaban con la caja. La verdad es que se habían construido un futbolín. Era estupendo aquel juguete. 

A Julia le estaba encantando, pero no se atrevía ni a respirar para que nadie la oyera. Sin embargo, algo sucedió que hizo que la niña entrara en escena, pero no fue aposta. En un de los movimientos con una de las barras, la pelota tomó un impulso descomunal, tanto que salió volando y alcanzó el techo sobre el cual Julia contemplaba la partida. 

Los niños siguieron la trayectoria de la pelota por encima de sus cabezas y fue entonces cuando descubrieron la presencia de aquella niña que los observaba desde arriba. 

Julia recogió la vieja pelota de golf y luego se la lanzó. Los chicos sonreían. Tenían unos lindos dientes blanquísimos. Uno de ellos le preguntó: 

— ¿Quieres jugar con nosotros? 

Julia no respondió. Sabía que no podía bajar sola desde aquella altura. Pero antes de ella decir nada, otros de los chavales les dijo a sus camaradas: 

— Pero bueno, ¿cómo va a jugar ella? ¡Es una niña! Las niñas no entienden de fútbol... 

Aquellas palabras disgustaron a Julia. 

— ¡Yo sé tanto de fútbol como tú, o incluso más! —protestó ella. 

Pero se quedó como estaba, de rodillas sobre el tejado sin saber qué hacer a continuación, porque no se atrevía a bajarse de allí. Sin embargo, el primero de los chicos se dio perfecta cuenta de lo que pasaba. Sin decir una palabra, se lanzó hacia el tubo de desagüe que bajaba por la pared y comenzó a trepar con gran agilidad. En pocos segundos estaba al lado de la niña. 

— Te ayudo a bajar  —le ofreció el niño tendiéndole la mano. 

Julia aceptó la invitación, pero antes le preguntó su nombre. 

— Sarandé. 

— Yo, Julia. 

El chico sonrió y Julia pudo ver otra vez aquellos dientes blanquísimos. La niña cruzó los brazos hasta rodear el pecho del niño. Cuando él sintió las manos de ella ya presionando su pecho, volvió al canalón y descendió en cuestión de segundos, tanto que Julia ni se dio cuenta de que estaban en el suelo. Los otros dos chicos se les acercaron. Sarandé se los presentó: 

— Este es Xicalué y este, Rufus. 

Y nuevamente grandes sonrisas blanquísimas. El tal Rufus era quien había desafiado a Julia sobre cuestiones de fútbol, pero no hicieron falta palabras, porque enseguida ya estaban los tres niños y la niña jugando al fútbol con el futbolín. El bonito vestido de seda de Julia se volvió todo sucio, desgastado, como si llevara semanas allí viviendo. Así hasta pasaría desapercibida para los guardias del recinto. 

Tras haber jugado diez minutos, un hombre se aproximó hasta los chicos. Era también africano, movía los pies despacio, arrastrándolos. Debía medir casi dos metros y tenía el cabello muy corto, pero aún así se veía que lo tenía blanco. Tenía también barba, medio blanca, medio negra. Se quedó al lado de Julia. En su triste rostro creció de repente una sonrisa tierna mientras decía: 

— Niña bonita... 

Julia lo miró, de hecho estaba algo asustada. 

— No temas nada —dijo el hombre que enseguida notó el miedo en la niña—. Es que yo tengo una hija que debe tener tu misma edad. 

— Tengo diez años... 

— Ella también... 

— Me llamo Julia. 

— Lindo nombre, como tú, niña. Mi hija se llama Samira. 

— ¿Y no está aquí con usted? 

— No, está allá lejos, en África. Hace ya tres años que no la veo —dijo lleno de tristeza el hombre—, pero como van a devolverme a mi país, voy a verla otra vez pronto... 

Julia notó una mezcla de tristeza y de alegría en la voz de aquel hombre, pero no supo la razón de aquello. 

Y sin más palabras, siguió caminando alrededor de aquel patio donde los inmigrantes ilegales estaban recluidos a la espera de ser repatriados, devueltos a su país en cuanto el padre de Julia recibiera una orden, pero eso la niña no lo sabía. 

Después de aquello, Julia siguió jugando con sus tres nuevos amigos. Ni se enteró del tiempo que allí pasó. Nunca se le iba a olvidar aquella mañana tan intensa. Ni se sedaba cuenta de que ya tenía hambre. Ella no, pero su padre sí. Y precisamente el hambre fue lo que hizo que fuera descubierta. 

Resultó que el padre de Julia fue a buscar a su hija cuando llegó la hora del almuerzo. Pensaba llevársela con él a la cantina de los jefes. Entró en su oficina con una gran sonrisa, hasta ya había preparado lo que iba a decir. Sería: «Mi princesa, vamos a almorzar», pero dicho en un tono jovial, amigable. 

Sin embargo, la frase se le quedó congelada en los labios cuando abrió la puerta y vio que la niña no estaba en la oficina. Su primer pensamiento fue que seguramente la habían secuestrado, pues la ventana estaba abierta. Aquellos criminales iban a pagar caro aquella atrocidad. 

Se asomó por la ventana. Enseguida oyó las carcajadas de su hija, allí mismo debajo de su oficina. Cómo era posible. El director de la Agencia de Control de la Inmigración salió de su oficina como un cohete y por el camino hizo un gesto a dos guardias para que lo siguieran. 

En pocos minutos irrumpieron en el patio. Aquella entrada repentina del propio director del centro, acompañado de dos hombres armados, hizo que todas las personas que estaban allá entonces se detuvieran, también Julia, que se quedó mirando a su padre. La niña se dio cuenta al instante de lo que pasaba. El padre caminaba a grandes pasos hacia ella. Ella les dijo a los tres chavales: 

— ¡Marchaos! ¡Rápido! 

Los chavales no se lo hicieron repetir. Julia aún tuvo una idea: le dio una patada a la caja de cartón convertida en futbolín y la alejó de allí. Sabía que así los chavales podrían seguir jugando cuando ella ya no estuviera. Y como era de esperar, el padre asió del brazo a su hija y la arrastró fuera de allí sin decir una palabra. 

Luego, mucho tardó el padre de Julia en hablar con la niña. De hecho, no fue hasta que llegaron a casa, cuando el padre empezó a contar a la madre enferma cómo la niña desobediente se había escapado con los emigrantes, que son personas peligrosas. 

La niña era una inconsciente. No se daba cuenta de que su vida había corrido peligro, que le podían haber hecho cualquier cosa, porque los inmigrantes son gente que roba y hace daño. 

Julia oía todo aquello y se mordía los labios. No tenía coraje de replicar al padre, porque el padre era un hombre muy grande y le imponía respeto. Pero ella no estaba de acuerdo con lo que él decía. 

De hecho, tras diez minutos de estar sentada al pie de la cama al lado de la madre, sintiendo sus caricias, aunque estuviera enferma, la niña se dejó guiar por su fantasía y recreó un campeonato de futbolín en una caja de cartón con pelotas de golf. 

Pero la voz del padre, que en aquel momento se alzaba, la trajo de vuelta a la realidad. El padre le dijo: 

— Ay, hijita, mira, tienes el cuarto todo lleno de juguetes, tienes todo lo que cualquier niña puede desear. ¿Pero qué es lo que tenían aquellos críos para que te fueras con ellos? Dímelo, porque yo te compro lo que quieras... 

Y entonces Julia se levantó de la cama de la madre y le dijo toda seria a su padre: 

— Imaginación. ¿Me puedes comprar imaginación? 

Ahí ya el padre se calló y salió del cuarto para ir a buscarse una cerveza. 

Julia volvió al lado de su madre, la cual le siguió acariciando la cabeza. 

 © Frantz Ferentz, 2013


miércoles, 5 de enero de 2022

EL MISTERIO DE LAS CACAS GIGANTES DE LA CALLE DE LOS MELANCÓLICOS

 

Desde siempre, en aquel brazo de tierra que unía el continente con la península donde estaba el faro, las gaviotas habían encontrado su punto favorito para atacar los autos de los humanos.

Un día sí y otro también, los autos estacionados en aquella calle que pasaba por encima de la lengua de tierra, llamada calle de los Melancólicos, amanecían manchados con cacas de gaviota.

Y todo hay que decirlo, pues las gaviotas allí se esmeraban por atinar bien en los coches dejándolos pringados de... mierda.

¿Por qué en aquella calle y no en otras de la aldea de pescadores?

Parecía un misterio, pero lo cierto es que consideraban aquel trozo de la aldea como propio, aunque eso no signifique que las gaviotas, según vuelan, no caguen donde les apetece, porque, como todas las aves, estas también defecan según vuelan, con resultados diversos, lo mismo que los cormoranes, o en América los pelícanos.

Siempre todo acababa con unas maldiciones del dueño del coche, cuando, por la mañana temprano, iba a arrancarlo y se topaba con una caca de gaviota extendida por medio coche, porque, además, al caer fresca desde cierta altura, la caca, al chocar contra la chapa y el cristal, se expandía, para luego secarse enseguida.

Y entonces sí que era complicado luego retirar la caca seca.

Hasta ahí, lo normal, lo que había estado ocurriendo durante años.

Pero entonces sucedió algo nuevo, diferente, inédito, inesperado, casi aterrador.

Una mañana, varios de los coches no amanecieron con la consabida caca de gaviota bien extendida, no, amanecieron con una caca gigantesca, descomunal, que prácticamente cubría todo el coche.

Aquello sí que era un problema, porque retirar una mierda de aquel tamaño requería de varias personas y se demoraba varias horas.

Pero no fue algo accidental, fue algo ya reiterativo en los coches que aparcaban en la calle de los Melancólicos.

Lo malo es que en toda la aldea pesquera era el único sitio donde se podía aparcar, porque, en el resto, las calles eran muy estrechas.

Así, noche tras noche, una caca gigante de gaviota cubría varios de los coches aparcados en la calle de los Melancólicos.

Los dueños estaban desesperados, no sabían qué hacer, pero es que nunca nadie había visto cacas de aquel tamaño, eran descomunales.

Los periódicos locales se hicieron eco de aquel fenómeno y enseguida aparecieron “expertos” que dieron todo tipo de explicaciones, cada una de las cuales, ciertamente, fue publicada en un diario distinto.

“Esta defecación”, indicó un tipo venido de Singapur cuya verdadera profesión era vendedor de grúas, “la produce un pterosaurio. El tamaño de esta... caca se corresponde con las capacidades intestinales de ese dinosaurio”.

“Pero ¿no están extinguidos los dinosaurios?”, le replicó alguien.

“Eso dicen”, contestó el de Singapur, “pero alguno debe haber quedado por ahí, porque ese tamaño no tiene otra explicación”.

No convenció a nadie, lógicamente.

Otro tipo, este de Toronto, dijo:

“Esa caca es de ballena”.

“¿De ballena?”, le preguntaron alucinando. “Explíquese”.

“A ver, esta lengua de tierra se interpone entre dos partes del mar. Hay ballenas que odian dar rodeos, por lo que cuando vienen por aquí, cogen carrerilla y saltan por encima del istmo, pero, para perder peso durante el salto, hacen sus necesidades mientras van por el aire. Y eso es lo que tenemos aquí: caca de ballena”.

No, tampoco aquella hipótesis convenció a nadie, porque ni los más viejos del lugar habían visto nunca a una ballena dar un salto así, que sería de al menos cien metros.

Hubo una tercera opinión, esta de una mujer de Vladivostok, que dijo:

“Esos son residuos extraterrestres de las naves que orbitan alrededor de nuestro planeta, pero que están ocultas a nuestros ojos”.

“Pero ¿son residuos de las naves o de sus tripulantes?”, le preguntaron.

“Supongo que de sus tripulantes, porque eso es... mierda”, respondió la mujer.

“Ya, pero ¿por qué siempre cagan en este punto, con lo grande que es el planeta Tierra?”, le preguntaron.

Ella se encogió de hombros y explicó que probablemente tendría algo que ver con la energía del lugar.

El siguiente paso llegó cuando se hicieron análisis químicos de las defecaciones.

“Esto es caca de gaviota”, anunció sin dudarlo la científica que dirigió las investigaciones, mostrando un isótopo recubierto de mierda de gaviota.

Desde ese momento, en la aldea de pescadores creció la idea de que una gaviota gigante, gigantísima, habitaba en los alrededores, aunque nunca nadie la había visto.

Pensaron, además, que debía de ser invisible, porque el único rastro que había de ella eran aquellas cacas del tamaño de cinco balones de baloncesto. 

Hubo expediciones científicas y militares que se dedicaron a buscar aquella gaviota gigante que podía cagar como cuarenta gaviotas normales.

Buscaron y buscaron durante semanas, pero no encontraron ni rastro.

Mientras, en la aldea, construyeron un aparcamiento fuera, en la entrada, de modo que la calle de los Melancólicos fuese solo un lugar de paso a pie hacia el faro.

Y en aquel aparcamiento solo cayeron desde entonces las cacas habituales, de gaviota normal y corriente, pero nunca más cacas gigantes.

Por tanto, cualquier lector se preguntará: ¿Y cuál era el misterio de las cacas gigantes? ¿Existía realmente una gaviota gigante que cagaba a lo gigante?

La respuesta es no.

Las gaviotas son mucho más listas de lo que parecen, así que simplemente se pusieron de acuerdo para en vez de cagar cada una por su cuenta, hacerlo sincronizadamente en grupo de 30 sobre un mismo objetivo.

De ese modo, las cacas de 30 gaviotas apuntado a un mismo auto producían una mierda gigante.

Así, consiguieron que la calle de los Melancólicos estuviese dejase de estar siempre atiborrada de coches y volviese a ser para ellas.

¿Y lo de seguir cagando encima de los coches en el nuevo aparcamiento?

Bueno, resulta que ese es el mayor placer de esas aves al que jamás van a renunciar.

© Frantz Ferentz, 2022


miércoles, 29 de diciembre de 2021

LOS GRITOS DEL TÍO CAMERÓN LLEGARON AL JAPÓN

 

El tío Camerón era tan grande como un camión.

Nadie sabía realmente cómo se llamaba, pero todos en el pueblo lo conocían como el tío Camerón.

El tío Camerón era librero. 

Poseía una extraña máquina llamada librificador

Era una caja larga con una puerta al frente y otra al fondo. 

Si una persona se metía en ella, cuando salía ya no tenía memoria. 

La máquina se apoderaba de los recuerdos y escribía un libro que contaba cualquier cosa. 

Además, por un lateral salían quince o veinte ejemplares del libro. 

Pero la gente del pueblo no sabía nada de eso. 

Sin embargo, todos los vecinos le tenían miedo. 

No porque los atacase a puñetazos, sino simplemente porque si se caía sobre alguien, lo aplastaría y lo dejaría plano como una hoja de lechuga. 

Hasta ese día. 

Ese día, el tío Camerón se despertó con un dolor salvaje en la boca. 

Tanto era así que empezó a gritar a causa de un dolor que emanaba de una muela, se extendía al resto de su boca y le paralizaba la mitad de su rostro. 

Como el tío Camerón era muy corpulento, sus gritos se escuchaban por todo el pueblo. 

La gente estaba asustada por los horribles gritos del tío Camerón. 

Poco a poco, los vecinos curiosos se fueron congregando ante la puerta de la casa del tío Camerón. 

"Lo ha mordido una garrapata gigante", especuló uno. 

"Se le ha caído una boñiga en los ojos", dijo otro. 

"Ha confundido las lentejas con hormigas asesinas y ahora están corriendo por sus tripas", añadió un tercero. 

"Peor aún, se le ha olvidado dónde guarda el dinero", concluyó un cuarto. 

Pero los gritos continuaron durante más de una semana, sin que los vecinos pudieran dormir, ni montaran el mercadillo, cuidaran del ganado (que estaba todo estresado), y ni se ocuparon de las cosechas (se secaron en los campos antes de ser recogidas), por lo que los vecinos decidieron llamar a la bruja de la región. 

La bruja era conocida como tía Afonía, porque siempre hablaba en voz muy baja, como si estuviera siempre afónica. 

Era una anciana con verrugas horribles, cubierta de verrugas, pero por lo general sí sabía cómo tratar las enfermedades. 

Caminaba con la ayuda de un bastón más alto que ella, que parecía más bien un cetro. 

Le pagaron entre todos los aldeanos, y entró en la choza del tío Camerón, que, como siempre, yacía gritando, con la mano en la mejilla. 

Salió al instante y dijo a los vecinos curiosos: 

"El tío Camerón tiene un enorme flemón". 

"Y además de rimar, ¿eso es contagioso?", preguntó alguien. 

"No", respondió la hechicera, "pero si no se cura rápidamente, su cara estallará". 

Por un momento, todos se imaginaron que, no solo su rostro, sino su cabeza, o quién sabe, incluso todo el cuerpo del tío Camerón acabase explotando. 

Habría cachitos de él por todo el pueblo. 

Qué asco. 

Y eso atraería aún más moscas. 

No, no, era mejor curarlo. 

No iban a levantarlo y sacarlo del pueblo, porque pesaba como una ballena. 

Definitivamente tendrían que curarlo. 

La tía Afónica les dio unas hierbas que dijo que se usaban para hacer infusiones. 

"Pero no le echen azúcar, porque eso al tío Camerón lo hará engordar", advirtió la hechicera. 

"Y luego explotará, no por el flemón, sino por la grasa que acumula". 

Los vecinos, a su vez, estuvieron dando las hierbas al tío Camerón, hasta que, una semana después, el flemón desapareció. 

Y con el final del flemón, también llegó el final de los gritos. 

El tío Camerón podría volver a su negocio de librero. 

Pero después de tanto tiempo fuera, había dejado de ganar dinero porque no había fabricado libros. 

Así que el tío Camerón decidió ir de casa en casa visitando a los vecinos. 

"¿Y no me prestarías veinte pesos? Mira, no he podido trabajar durante tantos meses y ahora estoy arruinado". 

Y así largaba el mismo discurso a todos y cada uno de los habitantes del pueblo. 

Y no solo una o dos veces, sino que se dedicó a hacerles visitas todas las semanas. 

Al principio, la gente le daba dinero. 

Pero, a la postre, ellos también acabaron hartos. 

Parecía que el tío Camerón iba a vivir a su costa, sin trabajar ni nada. 

Sin embargo, la gente del pueblo se hartó y le dijo: "Trabaja como todos, deja de pedir dinero". 

"Es solo un préstamo que les pido", se justificaba. 

"¡Trabaja!", insistían. 

Pero el tío Camerón estaba muy a gusto pidiendo dinero y sin trabajar. 

Luego pensó que tenía que amenazar a los vecinos para que lo dejaran vivir de gorra. 

Convocó a todos los habitantes del pueblo y les dijo amenazadoramente: 

"Miren lo que les voy a hacer si no me ayudan". 

Mostró el librificador en la plaza mayor. 

Y de paso, se trajo a un peregrino perdido. 

Lo metió en la máquina y al rato el paisano salió de ella con la memoria borrada. 

Después, apareció un libro llamado Memorias de un peregrino que era de un tipo muy fino

Finalmente, los vecinos habían averiguado cuál era el negocio del tío Camerón. 

Sintieron miedo, terror, pavor, pánico. 

Así que durante una semana nadie le negó unas monedas cada vez que se las pedía, porque no querían convertirse en libros. 

Hasta que la gente, muy preocupada, volvió a hablar con la tía Afonía. 

"¿Qué quieren quéééé ....?", exclamó cuando los vecinos le dijeron lo que querían. "Les costará caro, tiene un alto precio". 

"Siempre será mejor pagarle a usted, por eso le pedimos que nos ayude a deshacernos del tío Camerón".

Así que una noche varios vecinos entraron en silencio en la cabaña del tío Camerón. 

Aprovecharon, mientras roncaba, para verter en su boca el polvo que la hechicera había preparado. 

Por la mañana, cuando despertó, el tío Camerón notó que el horrible dolor en su boca había regresado. 

El flemón había vuelto. 

¡Cómo le dolía la maldita muela! 

Se dirigió a la puerta de la cabaña, pero en lugar de salir a la calle, se internó en un espacio oscuro. 

No se veía nada. 

Comenzó a notar que alguien lo estaba peinando. 

Luego recibió un masaje en las sienes. 

Más tarde, recibió una descarga eléctrica. 

Y finalmente se abrió una puerta. 

Salió. 

Estaba fuera. 

Pero no recordaba quién era. 

Había caído en la trampa de los vecinos que lo habían hecho pasar por su propio librificador. 

Y como resultado, seguía con aquel maldito flemón atormentándolo en la boca. 

Pero también es cierto que todos los habitantes del pueblo se llevaron gratis un libro de rimas titulado: Cuando al tío Camerón le duele un flemón.

© Frantz Ferentz, 2021

viernes, 26 de noviembre de 2021

MI NOMBRE Y YO

 


PERSONAJES


Angus: Es una niña.

Abuelo Trifulco: es inventor

Abuela Aromática: sufre pérdida parcial de memoria.

Abuela Sixtina: Es una fumadora compulsiva. Aparece rodeada de una nube de humo de tabaco todo el tiempo, solo sus piernas serán visibles.

Abuelo Tríptico: Es un viejo espía que sufre de manía persecutoria.

Cartero: lleva un paquete a Angus.


ACTO ÚNICO


Angus está sentada en el salón de la casa. El único mobiliario es el sofá del fondo del escenario, en el centro. Está leyendo un libro en silencio, pasando una página. De repente, hay una explosión. El abuelo Trifulco entra al escenario. Arrastra un gran saco, dentro del cual hay algo que no se ve al principio. Parece pesado. Se acerca a la niña.

TRIFULCO. Angus, ayúdame. Angus, ven. ¡Angus, quiero que veas mi último invento!

Angus deja el libro en el sofá, lo abre para no perder la página, y se acerca a su abuelo, que está quitando el saco para dejar al descubierto el objeto oculto.

ANGUS. ¿Qué quieres, abuelo?

TRIFULCO [emocionado]. ¡Angus, Angus! Con este invento mío, Angus, revolucionaré los sistemas de alarma. Además, Angus, este en concreto es muy económico, no necesita instalación y sus efectos sobre los posibles ladrones, Angus, son impresionantes.

Mientras habla, acaba descubriendo el objeto en cuestión. Es un embudo muy grande, con una boca enorme y un final para la salida de líquidos más pequeños, con correas.

El abuelo se coloca el extremo delgado del embudo en la parte posterior y se lo ajusta con las correas.

TRIFULCO. Angus, ¿has visto?

ANGUS. No entiendo nada. ¿Por qué quieres ponerte ese embudo ahí?

TRIFULCO. Angus, no es un embudo, es un potenciador de pedos.

ANGUS. Abuelo, ¿qué estás diciendo? ¿Qué tontería es esa? ¿Por qué quieres potenciar el sonido de los pedos?

TRIFULCO. Mi querida Angus, la verdad es que este aparato es mucho más que eso. Potencia el sonido y también el olor. ¿Te imaginas, Angus, un pedo cien veces más poderoso que uno normal? Solo con medios naturales se obtiene un sistema anti-ladrones totalmente eficaz, ¿no lo ves, Angus?

ANGUS. A mí me suena horrible, abuelo ... Y además, dudo que funcione.

Angus regresa al sofá y sigue leyendo. Mientras tanto, el abuelo Trifulco comienza a trastear con su invento, como ajustando piezas, con un destornillador.

Entra la abuela aromática. Pasa junto al abuelo Trifulco, mirando al suelo, arriba, adelante, atrás, como buscando algo en el aire.

Llega hasta el sofá y se detiene junto a Angus.

AROMÁTICA. Hola.

Angus interrumpe la lectura y vuelve a dejar el libro.

ANGUS. Hola abuela. ¿Estás bien?

AROMÁTICA. No no no. He vuelto a perder la memoria y la estoy buscando ... ¿No la verías en alguna parte?

ANGUS. No, abuela.

Aromática mira a Angus.

AROMÁTICA. ¿Tú y yo nos conocemos?

ANGUS. Pues claro, soy tu nieta Angus.

AROMÁTICA. ¿Angus? Ese nombre me suena. Angus, Angus, Angus, Angus ...

ANGUS. ¿Por qué no te sientas aquí a descansar para recuperar el aliento?

AROMÁTICA [concentrada]. Angus, Angus, Angus, Angus ... [para la niña] Oye, ¿has visto mi memoria, niña? ¿Y cuál es tu nombre?

ANGUS. Soy Angus, tu nieta.

AROMÁTICA. Qué bonito, me recuerdas a alguien, pero no sé a quién.

Aromática se aleja del sofá y se va para un lateral, siempre mirando al suelo mientras camina en círculos. Entre murmullos sigue repitiendo el nombre de Angus.

Angus reanuda su lectura sentado en el sofá.

En ese momento entra al escenario la nube de humo que envuelve a la abuela Sixtina. Camina despacio, canturrea algo y se acerca al sofá.

SIXTINA (en tono alegre). Hola Angus, ¿cómo estás?

Angus vuelve a colocar el libro en el sofá, abierto boca abajo.

ANGUS. Aquí tranquila, leyendo este libro, que me encanta [señala al libro]. ¿Y tú?

SIXTINA. Muy bien, Angus, nietecita mía. 

ANGUS (tomando un tono serio). Abuela, ¿no vas a dejar de fumar algún día?

SIXTINA. Justo ahora no estoy fumando, Angus.

ANGUS. ¿Y todo ese humo que te envuelve?

SIXTA. Hace tantos años que fumo que ya forma parte de mí, Angus ...

El abuelo Tríptico entra silencioso, caminando de puntillas. Se acerca a la abuela Sixtina y se esconde también en la nube, pero a ella no le hace gracia, porque se ve buena parte de su cuerpo.

La abuela Sixtina lo nota, se agita y se queja.

SIXTINA. ¿Qué estás haciendo ahí? ¡Pírate!

TRÍPTICO. Cállate, que me van a ver.

ANGUS. ¿Quiénes, abuelo?

TRÍPTICO: Mis enemigos, Angus. Sabes que soy un espía muy apreciado. Conozco millones de secretos y por eso me quieren liquidar, Angus.

SIXTINA. Angus, dile a tu abuelo que se busque otro lugar donde esconderse.

TRÍPTICO. Angus, dile a tu abuela que no quiero ponerme en peligro.

SIXTINA. Angus!

TRÍPTICO. Angus!

TRIFULCO. Angus!

AROMÁTICA. Angus!

LOS CUATRO ABUELOS [al alimón]. ¡¡¡Angus!!!

De repente, suena una breve explosión. A continuación, los cuatro abuelos siguen llamando a su nieta, pero ya no pronuncian su nombre, solo se escucha un sonido, algo así como "iihh". Se quedan así un rato, llamando a su nieta, pero sin decir su nombre, simplemente sueltan una especie de chillido.

Angus deja de prestarles atención y vuelve a sus lecturas.

Un cartero entra por un lateral. Llama a un timbre invisible en una puerta también invisible.

El timbre suena. Sorprende a todos. Angus se levanta del sofá y va a abrirlo. A un lado del escenario hay un cartero, que lleva un paquete en sus manos. 

Angus hace invisible el gesto de abrir la puerta.

ANGUS. Buenos días.

CARTERO. Buenos días. ¡Traigo este paquete para... [intenta leer el nombre] para Iiihhh!

ANGUS. Lo siento, mi nombre es Iiiihhhhh.

CARTERO. Me refiero a Iiiiihhhh

LOS CUATRO ABUELOS [al alimón]. ¡Ella es Iiiihhhh!

CARTERO [ligeramente mosqueado] A ver, ¿quieres el paquete o no?

Angus se acerca para recogerlo. 

CARTERO. Que tengas un buen día y haz algo con tu nombre, que no se puede pronunciar.

El cartero se gira y se aleja, abandonando el escenario. 

Angus regresa al sofá con el paquete en las manos, pero no lo abre. Sigue pensando.

SIXTINA. ¿Qué tienes, Iiiihhh?

ANGUS (mirando a los cuatro abuelos). ¿No lo veis? Ya nadie puede llamarme por mi nombre. Es como si ..., como si ..., como si ...

AROMÁTICA [interrumpiendo] Como si tu nombre se hubiese gastado.

ANGUS. ¡Exactamente! Es justo eso. Lo usáis tanto que, al final, mi nombre se ha gastado.

TRIFULCO. Yo, si quieres, te invento un nombre, porque para eso soy inventor, y de los mejores.

ANGUS. Gracias, abuelo, pero no vale la pena. Tengo que elegir yo mi nombre.

SIXTINA. ¿Y cómo vas a hacer para que, después de un tiempo, no volvamos a gastártelo?

Angus pone una cara pensativa. Hay silencio durante unos segundos. Después, anuncia con una gran sonrisa.

ANGUS. Ya lo sé, quiero un nombre que me describa. A partir de hoy tendréis que llamarme por mi nombre completo, que es este: Chica-a-la-que-le-gusta-leer-sentada-en-el-sofá-y-es-muy-maja-porque-se-ocupa-de-todo-las-personas-a-su-alrededor. 

TRIFULCO. ¿Tenemos que llamarte así?

ANGUS. Pues sí. De lo contrario, no os haré caso. A ver, ¿cuál es mi nombre?

TRIFULCO. Niña-sentada-en-una-silla-leyendo-recetas-de-cocina-mientras-cuenta-chistes-a-sus-abuelos.

SIXTINA. No, no es así. Es Moza-que-se-sienta-en-las-nubes-y-cuenta-los-colores-del-arcoíris.

TRÍPTICO. Ambos os equivocáis. Se llama Muchacha-tejiendo-sueños-mientras-inventa-sabores-de-helado.

AROMÁTICA. ¿Alguno de vosotros ha visto mi memoria por alguna parte?

ANGUS. No tenéis remedio. Pero llamadme cada uno como habéis dicho, así tendré muchos nombres y serán más complicados de gastar.

Angus se sienta y vuelve a su lectura. Los abuelos abandonan el escenario cada uno por un lado

Va a oscuro.


Telón

© Frantz Ferentz, 2021