jueves, 26 de mayo de 2022

LOS DILEMAS DE LA PROFESORA VOCILUX

A la profesora Vociflux le encantaba explicar a sus estudiantes los contenidos de las lecciones. Hablaba y hablaba sin parar, podía referirse a los ríos del país, las propiedades de los metales o la interpretación de los sueños en solo cinco minutos.

¡Qué manera de hablar!

Sus estudiantes se la quedaban mirando sin pestañear. Permanecían quietos, atentos a las explicaciones de la profe, cada uno a su manera.

¡Pero qué sabia era!

La clase era un pequeño museo donde había una lanza bantú, un casco etrusco, un mosquito prehistórico en una gota de ámbar, un guijarro que decían que era un meteorito y hasta una flauta de madera que disque fue la que tocó el flautista de Hamelín.

Miguel siempre se quedaba con la boca abierta, tanto que al final se formaba una pequeño charco de saliva en la mesa. Cuando se daba cuenta y quería cerrar la boca, ya era demasiado tarde y se moría de sed, pero para esos casos solía llevar una botellita de la que tomaba unos tragos y así hasta la próxima.

Felisa cerraba los ojos y dejaba que la voz de la profesora Vociflux penetrase en sus oídos, pero a menudo tenía que ponerse un dedo en uno de ellos para que la voz no le entrase por una oreja y saliese por la otra. El problema es que aquella era una voz muy caprichosa y nunca se sabía por qué oreja podía salir. Dicen que una vez hasta se salió por la nariz.

Lola intentaba tomar notas de lo que la profesora hablaba. Usaba su cuaderno y escribía en él lo que captaba. Sin embargo, al final, lo único que escribía eran largos poemas con rima, que recordaban a los de hace siglos y hasta con palabras inventadas, como elegotefa, sepibario, alualú u otrocamente. En verdad, nadie entendía lo que escribía Lola, pero por lo menos tenía ritmo y hasta daba para hacer baladas.

Y Rocco... Rocco era un caso aparte, porque parecía que las palabras de la profesora Vociflux lo hacían levitar. Los compañeros tenían una teoría que afirmaba que las palabras de la profesora actuaban como una alfombra mágica, pues Rocco se sentaba sobre ellas y flotaba, como si fuese Aladino.

Y así pasaban las semanas en las clases de la profesora Vociflux. Con sus estudiantes siguiendo las explicaciones como podían. Con la profesora habla que te habla, explica que te explica, enseña que te enseña. Y a cada rato, ella preguntaba a los estudiantes:

“¿Alguna duda?”

Y ellos se callaban, se callaban siempre, tal vez ni escuchaban la pregunta, quién sabe.

Hasta aquel día. Aquel día la profesora Vociflux se dio cuenta de que en la clase pasaba algo anómalo del todo. No es que sus estudiantes hiciesen cosas extrañas o distintas de las habituales, no. ¡Se trataba de aquellas esferas que se estaban comiendo a sus estudiantes!

Una esfera amarilla comía la cabeza de Miguel y se veía cómo la saliva que solía soltar llenaba poco a poco su propia esfera. La cabeza del chico parecería, en breve, un pez en una pecera. Pero él parecía no notarlo.

Una esfera verde también comía una cabeza, pero en este caso era la de Felisa. Sin embargo, en vez de que la esfera se hinchara de líquido, aquella se hinchaba de ruidos, que iban saliendo por algún sitio, de manera que parecía un altavoz de lo que contaba la profesora Vociflux. Pero la niña no parecía notarlo.

Una esfera rosa se comía el cuerpo de Lola, pero dejaba fuera la cabeza, los brazos y las piernas. Por las paredes de la esfera se movían palabras escritas en todos los alfabetos conocidos y hasta en otros desconocidos, que, quizá, eran inventados. Las palabras se combinaban formando renglones que rotaban por la esfera, algo parecido a las nubes de Júpiter. Pero ella no parecía notarlo.

Una esfera gris se comía a Roco por abajo, dejando libre su tronco y brazos. Y aquella esfera se comportaba como una pelota de playa, bota que te bota, pero sin hacer el menor ruido, sin que Rocco dejase de mirar a la profesora Vociflux. Pero él no parecía notarlo.

La profesora Vociflux no sabía qué pensar. ¿De dónde salían aquellas esferas? ¿Y cómo es que los chicos ni las notaban? De repente, se le ocurrió una idea, iba a hacer una prueba:

“Una cláusula entera puede tener una función sintáctica periférica”.

Si lo hubiese dicho en chino, habrían entendido lo mismo, pero ocurrió lo que la profesora esperaba que ocurriese: las esferas crecieron.

Y todavía dijo: “La ecuación de la teoría de la relatividad según Einstein es E = mc².”

Otra vez más, las esferas aumentaron. Pero ahora ella ya sabía lo que pasaba con sus estudiantes. ¡Que se los comían las dudas!

Entonces, la profesora Vociflux, muy seria, dijo a sus estudiantes:

“Quiero que me preguntéis las dudas, todas, hasta las que tengáis desde el inicio del curso. ¡¡Y no os guardéis ninguna para vosotros!!”

Su tono sonó muy serio. Nadie se atrevía a replicar. Hubo unos segundos de silencio, pero enseguida empezó la tormenta de dudas:

“¿Por qué los paquidermos son tan grandes y tienen trompa?”

“¿Por qué se engaña a los porteros cuando se lanzan penaltis?”

“¿Por qué las hormigas rojas no se llevan bien con las hormigas negras?”

“¿Por qué los adverbios no se van con los nombres?”

Entonces sucedió algo que no había sucedido nunca en las clases de la profesora Vociflux. Hubo un estallido. Las esferas estallaron todas y se convirtieron en líquido. Comenzaron a cubrir el aula.

Pero lo peor era que la profesora se estaba ahogando en aquel líquido, aunque no sus estudiantes, que se subieron a las mesas y desde allí veían la laguna que se había formado en el aula.

“Que me ahogo”, gritó la profesora. “¿Qué puedo hacer?”, preguntó ella.

Por primera vez había formulado ella misma una duda.

“Nade con más fuerza”, le dijo Lola.

“Cierre la boca”, dijo Rocco.

Pero a causa de aquel jaleo, el director abrió la puerta del aula, pues quería saber lo que pasaba. Y el líquido se salió de la clase.

La profesora se quedó sentada en el suelo, empapada, tosiendo por el líquido que había tragado. Luego el director miró alrededor y vio que los estudiantes seguían encima de las mesas, con cara de susto todos ellos.

“¿Qué ha pasado aquí, profesora Vociflux?”

“Pasa que casi me ahogo en un mar, bueno, una lagunita, de dudas”.

“Justo eso, director”, confirmaron los estudiantes.

Pero el director no entendió nada, ¿cómo podría el pobre hombre?

© Frantz Ferentz, 2022

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