sábado, 12 de marzo de 2011

RECONTANDO




     Érase una vez un perro que se pasaba las noches ladrando.
     Tanto ladrido no hacía más que causar malestar a los vecinos.
   Hablaron con el propietario del perro para hacerlo callar, pero no había manera.
   El perro seguía y seguía ladrando todas las noches, también los fines de semana.
     Nadie en el barrio conseguía hacerlo callar.
     La gente, desesperada, quiso una noche asaltar la casa del amo del perro y taparle el hocico al animal.
     Pero entonces llegó doña Margarida Fernández de Andrade López de la Ribera, que era experta en perros, les dijo a todos los vecinos indignados:
     — Lo que este perro precisa es que le demuestren que lo quieren.
     Y desde ese momento, todos los vecinos, en turnos de dos, se dedicaron a acariciar el perro un trozo antes de ir a dormir, de manera que el perro no volvió a ladrar más de noche.

     Doña Leticia Filomena de la Calle, maestra de profesión y amante de los cuentos, se quedó totalmente satisfecha con aquella historia que acababa de componer.
     Decidió que se la daría a leer a sus estudiantes aquella misma mañana para que después ellos escribieran una composición sobre ella y, si se podía, crear una obra de teatro basada en su magnífico cuento, porque, según ella, era magnífico.
     Siempre daba sus propios materiales a los estudiantes. Para eso, después de componerlos, sacaba por la impresora tantas copias como estudiantes tenía. Y se llevaba el paquetito al aula.
    Aquel día no fue una excepción. Dejó el ordenador abierto en su estudio y se fue a tomar el café en la cocina.
     El aroma del café le llegaba desde el otro extremo de la casa, de manera que no iba a poder negarse a ir a tomarlo… ¡Le encantaba el café!
     Desde la cocina sintió al hijo, Luís Alfredo, moviéndose por algún punto indeterminado de la casa.
     — Luis Alfredo, ¿estás ya listo? —llamó la madre al hijo con la taza de café entre las manos.
     — Un momento, que ando aquí preparando unas cosas para clase.
     Que hijo tan majo tenía dueña Leticia Filomena de la Calle.
    Cuando acabó de tomarse el café, volvió a su estudio. Sin más, apretó la tecla de imprimir. Veintidós copias, tantas como estudiantes tenía y una para sí. La impresora comenzó a escupir las copias. Cuando estuvieron todas preparadas, doña Leticia Filomena de la Calle metió las copias en la carpeta, recogió al hijo y todos –madre, hijo y las veintidós copias– se dirigieron al colegio bien temprano.
    Doña Leticia Filomena entregó el cuento entre sus estudiantes. Al principio, todos empezaron a leer con poco interés. Hay que decir que las historias de la maestra les eran algo tediosas, se aburrían enormemente con ellas, siempre eran tan buenos todos los personajes…
    Sin embargo, cuando iban acercándose al final, empezaron a sentirse carcajadas en el aula. Doña Leticia Filomena no se esperaba aquello. Su historia estaba teniendo un éxito inesperado. Estaba emocionada, aunque no entendía muy bien por qué, dado que ella había escrito como siempre hacía y, por lo general, no acostumbraba a incluir cuestiones de humor en sus escritos. Sin embargo, todo quedó esclarecido cuando releyó su historia. El inicio y el medio eran iguales, pero el final, no…

     Érase una vez un perro que se pasaba las noches ladrando.
     Tanto ladrido no hacía más que causar malestar a los vecinos.
   Hablaron con el propietario del perro para hacerlo callar, pero no había manera.
   El perro seguía y seguía ladrando todas las noches, también los fines de semana.
     Nadie en el barrio conseguía hacerlo callar.
   La gente, desesperada, quiso una noche asaltar la casa del amo del perro y taparle el hocico al animal.
     Pero entonces llegó el vecino rockero del cuarto piso, que era experto en sonidos a todo volumen, les dijo a todos los vecinos indignados:
     — Lo que este perro necesita es que le enseñan a ladrar rock.
    Y desde ese momento, el vecino rockero se dedicó a enseñar al perro a ladrar acompañado de la guitarra eléctrica. Y como los ensayos eran tan duros de día, de noche dormía como un bendito.
     Eso sí, el perro acabó publicando un disco de ladrorrock con mucho éxito entre perros y dueños de perros.

     Doña Leticia Filomena no daba crédito. ¡Ella no había escrito aquel final del cuento!
Aquel extraño evento requería una investigación. Por eso, cuando volvió a casa, empezó a investigar qué había sucedido. Repasó mentalmente todo lo que había ocurrido desde que había acabado de escribir el cuento hasta que lo imprimió. Era un lapso de solo diez minutos, incluido el tiempo que había estado en la cocina tomando café.
     Se rascó la cabeza hasta que casi le salió humo. A ver, ¿quién estuvo en casa, además de ella, durante aquel momento? ¡Claro, su hijo, Luis Alfredo! Tenía por fuerza que haber sido él, ¿quién si no? No había entrado más nadie en casa, a menos que se tratara de un fantasma, cosa que sabía que podía pasar, porque los espíritus son incluso capaces de escribir al ordenador.
     Pero no, lo más probable es que se tratara del Luis Alfredo. Encontró al hijo haciendo los deberes en su cuarto, mientras comía un bocata de queso con membrillo y oía música con los auriculares.
    — Luis Alfredo —comenzó a decir la madre—, quiero que me digas la verdad: has sido tú quien ha cambiado el final de mi cuento?
     Pero Luis Alfredo solo canturreaba algo en inglés, o algo parecido al inglés, que era lo que escuchaba por los auriculares. La madre tuvo retirárselos y repetirle la pregunta. Y Luis Alfredo, sin inmutarse, respondió:
     — Claro, mamá, porque eres muy antigua tú con eso de los cuentos. Tienes buenas ideas, pero no sabes cómo acabarlas. Tus estudiantes están aburridos, que lo sé yo. Por eso, para ayudarte, hoy quise echarte una mano. Y dime, ¿ha funcionado?
     Claro que había funcionado. Doña Leticia Filomena tuvo unas ganas enormes de castigar a su hijo, pero comprendió enseguida que gracias a él había triunfado en el colegio.
     Como era una buena maestra, supo reconocer que se trabajaba mejor entre dos. Por eso, desde aquel día, doña Leticia Filomena se marchaba diez minutos a tomar el café a la cocina y, mientras, su hijo se colaba en el estudio de ella y, después de leer el cuento iniciado, le ponía él el final que le parecía mejor, sentado delante del ordenador.
     Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado, porque, por lo visto, hubo acusaciones de plagio por parte del vecino del ático, escritor frustrado que, sonámbulo, escribía sus historias en el pasillo comunitario.
      Pero esa, amigos, es otra historia… 

© Xavier Frías Conde, 2011

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